La insípida calle se alejaba
tras la línea de tus huellas,
como si la fueras ovillando,
metro a metro.
Mis ojos dejaban de tocarte,
contorno esfumado.
La humareda de los pastos que ardían
al costado del asfalto
velaba aún más tu cuerpo,
acaso te convertías en humo
y por eso te deshilabas.
Como una pesadilla de fiebre,
arremetía la anchura que nos separaba.
Te seguía
no avanzaba
no escuchabas.
Se extravió la voz.
Se gastaron los ruegos.
No vas a volver.
Pero te aprendí de memoria
y te miro
de los párpados hacia adentro,
mucho más nítido
cuando la noche muerde.
Luna lejana
sacude mi marea
y hunde de una vez
mi barca anegada de pasado.
Ana Cárol Anriquez
