Hay una frase que resume mejor que cualquier manifiesto cómo me paro frente a la política argentina: creo más en “My War” —esa canción de Black Flag con la voz de Henry Rollins— que en el encolumnamiento. No por fetiche punk, sino porque ahí hay una idea clara: la guerra que importa es interna, personal, ética. No es la coreografía de una columna que avanza al compás de una consigna; es el ruido, el sudor y la decisión de sostener la propia independencia frente a cualquier relato que quiera ordenarte.
Me crié en un ambiente pensante y poco cooptable por el status quo. De chico, viví a metros de la ex ESMA; mi familia tenía vínculos militares y con la SIDE. Era un nene en el 76: heredé una historia, no una causa. Nunca fue mi lucha custodiar el pasado de nadie. Por eso me interesa llegar a la verdad “antes” de la dictadura —cómo se llegó hasta ahí— sin convertir esa curiosidad en bandera para justificar lo que vino después. Esa distancia me dejó un reflejo: no marcho, no uso símbolos como credencial de pertenencia, y entiendo los símbolos como lo que son para mí, metáforas, lenguaje figurado. Puedo leerlos, no necesito habitarlos.
Desde ese lugar miro el ruido de la época. Me río cuando alguien grita “Milei, basura, vos sos la dictadura” o cuando se repite “patria sí, colonia no” como si estuviéramos en 1973. No por cinismo, sino porque la solemnidad de esas consignas quedó desacoplada de la experiencia de un país que se reventó, que se vendió en los 90. “Soberanía energética” me saca una mueca: no porque el tema sea irrelevante, sino porque el slogan llega tarde, gastado, convertido en fetiche. También observo con curiosidad el relato progre, la agenda LGBT, la izquierda antiimperialista; no para afiliarme ni para cancelarlos, sino para entender su gramática. No soy parte de su liturgia ni de la vereda opuesta.
Soy, además, cristiano protestante. Esa fe me pone en un cruce poco habitual en el debate público: comparto el lenguaje de la trascendencia, pero desde una tradición que pone el acento en la conciencia individual y la lectura directa, no en la autoridad institucional. Eso refuerza lo mismo: no compro paquetes cerrados, ni progres ni conservadores. No hay pensamiento único que me contenga, y menos una dictadura que me ordene.
Por todo esto me pregunto cómo me leería alguien como Victoria Villarruel. Probablemente como un “caso raro”. No soy el militante de calle que ella ubica en la vereda enemiga; tampoco soy parte de su universo católico tradicionalista ni de su “memoria completa”. Comparto el lenguaje de la fe, pero desde otra tradición, y miro los símbolos sin necesidad de custodiarlos. Eso me vuelve inclasificable: no soy “de los suyos” ni un adversario nítido. Y ahí aparece la fricción: cuando tu identidad pública se construyó sobre una causa compacta, destrabar la mente tiene costos altos. No es solo cambiar de opinión; es tocar el relato que te legitimó. La política y el roce con la gestión meten dudas, aunque no se digan en voz alta: pasar de la trinchera al despacho vuelve el mundo menos binario. No es que no piense; es que el costo de pensar en voz alta, para ella, es más alto que para alguien que no custodia ningún relato heredado.
Volvamos a “My War”. Rollins no está convocando a una columna; está afirmando una pelea interior. Esa es la expresión cultural que me interesa: una ética de la independencia que no necesita épica ni escenografía para validarse. Un emergente —si se quiere, “2027”— que registra el ruido de los relatos heredados pero no los habita. Que puede reírse de la solemnidad sin descreer de la verdad, y que prefiere la pregunta incómoda a la consigna cerrada. Eso es “My War”: no un encolumnamiento, sino una forma de estar en el mundo.
