Notas en torno a Regreso a la fuente, poemario de Graciela Perosio.
Una y múltiples. Una mujer sin tregua atraviesa tiempos y paisajes. La pasajera, la peregrina, la viajera. Múltiples mujeres que se sumergen, flotan, se hunden, chapotean. Las que conocen lo cíclico, el futuro del río nacido en la nube, las que surcan la incertidumbre en clave ritual.
Estado de anhelo. Respirar duele y, acaso por eso, hay expectación: de una alternativa, de una metamorfosis, de una torsión. ¿No es lo que precipita el amor? Hay sed de flotación ahí, como hay entrega a la correntada.
Apacheta. La historia nos habla por sus ruinas, el relato por sus insistencias y elusiones. Las referencias históricas y míticas funcionan como señales del territorio, marcaciones de transición entre lo profano y lo sagrado, mano de mujer que pone una piedra más en el montículo ofrendatorio.
Pasiones. El dolor y el deseo, presencias y puntos de partida para el trabajo de hilar sentido, fluyen, arremeten. Afrodita induce y atestigua el goce en sede acuática. El agua constituyente. El vino puede ser cansado y el agua, suplicante, traicionada. Agua que dormita. Agua desatada del hambre. Agua desbocada. El sentido que la errante busca, aguda y vivaz, hace aventura y fondeo.
Belvedere. La voz poética circunda el mirador, un punto desde el cual abarcar la belleza, en lo que tiene de ímpetu y de vahído. Desde allí se divisa el tiempo. Desde allí el pasado es una mano que guía, pero también una mano que soltar. Hay invocación sin caer en la melancolía.
La fuente. Aquello que puede constituir materia historizante, la mujer más allá de su función de amada, de sacerdotisa, de madre. La libertad que otorga la reconciliación con el lugar de estar sola. La voz poética desata sus animales y recupera su abrevadero.
Querencia y bizarría. Ese viaje, ese sueño de no apoderarse de lo que aloja ni de lo que hiere. En el altar ya no espera la entrega sacrificial, sino la pócima que induce a una ensoñación donde ver y no temer, donde temer y ganarle al daño. Las nupcias se reemplazan por una ceremonia privada, de una sola que antes de partir borda la flor del jazmín de Madagascar, esa liana vistosa, que necesita humedad y un lugar al resguardo del sol fuerte. La luminosa semisombra que sólo es posible en el revés de los ideales, ¿en el después del amor? La que no quiere en breve cárcel, la que rehúye el amor cerrado: no quiso así, su amor ha asumido otras aperturas; así no quiso, hay voluntad y arbitrio en torno a cómo querer, hay renuncia. Escritura en la querencia y querencia en la escritura. Inclinación humana, inclinación animal por volver al sitio en que se ha criado (¿la palabra?) o acostumbra acudir (¿la historia?).
Reflejos, contemplaciones. Perosio invoca a Alessandro Baricco y a León Battista Alberti. Vayan de yapa estas citas, traídas caprichosamente: “La naturaleza posee una perfección propia sorprendente, que es el resultado de una suma de límites” (AB). “En ira vi, apuntando el arma,/a un hombre pálido temblando,/y a sus ojos a menudo llorando/por lo que arde en su alma” (LBA). María Zambrano nos da también el agua: “El agua ensimismada/¿piensa o sueña?/(…) Si tú te miras, ¿qué queda?”.
