El estado tibio. Por Clara Streb

El estado tibio. Por Clara Streb

Existe una desconexión del fuego, del ardor que brilla en todas dimensiones, donde culmina el esplendor. El causante es un corsé. Cuando complacemos y pactamos no sobresalir, perdemos vigor. Ponerse al molde quita fuerza.

En redes, las fotos de comida son tibias. También lo son las fotos opulentas, sobre todo cuando el usuario está desconectado de su propio estilo accidental o natural. El ser expresa con reserva y anula la pasión, con el método de un tibio. Se rebaja: se amputa el estilo, la frescura y la actitud, atenuado en una nube, casi natal.

“Tiene su gracia hacer un uso menos políticamente correcto de las redes. Cuando me siento feliz esto es demasiado chato para la dimensión de mi pecho. Estamos mucho acá y cuando te sentís feliz este ya no es el lugar más entretenido”, ardí en una historia de Instagram, años antes de mi adaptación. Y ardió mucho antes un lobo estepario:

“Es algo hermoso esto de la autosatisfacción, la falta de preocupaciones, estos días llevaderos, a ras de tierra, en los que no se atreven a gritar ni el dolor ni el placer, donde todo no hace sino susurrar y andar de puntillas. Ahora bien, conmigo se da el caso, por desgracia, de que yo no soporto con facilidad precisamente esta semisatisfacción, que al poco tiempo me resulta intolerablemente odiosa y repugnante, y tengo que refugiarme desesperado en otras temperaturas, a ser posible por la senda de los placeres y también por necesidad por el camino de los dolores. Cuando he estado una temporada sin placer y sin dolor y he respirado la tibia e insípida soportabilidad de los llamados días buenos, entonces se llena mi alma infantil de un sentimiento tan doloroso y de miseria, que al dormecino dios de la semisatisfacción le tiraría a la cara satisfecha la mohosa lira de la gratitud, y más me gusta sentir dentro de mí arder un dolor verdadero y endemoniado que esta confortable temperatura de estufa.”(Hesse, H., 2012, pp. 35-36.).

El discurso de lucir bien y así quererse (la condicionada autoestima), y de distanciamiento pasional del otro, crea una simulación. La verdadera autoestima surge de entender que no hay yo. El fuego es una consecuencia, se desprende. Los valores de la apariencia no son propios. Una anotación de marzo de 2025 dice: “Me pregunté qué pensaba de mí realmente, para tener autoridad. Contesté. Luego supe que no me interesaba ser bella, cualidad que me atribuí.

Supe que there is no me.”

El ego es funcional a la sociedad. Es para identificarnos con un yo que nos dé identidad, un concepto negativo porque me diferencia. Pero el fuego solo arde en la reconexión.

Foto y texto por Clara Streb

@clarastreb

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