“Yo creo que con el Gordo Alorza me convencí de que se puede hacer, se pueden contar historias en forma de tango, de milonga, de valses, que en ese momento yo las hacía en rock, en blues, en otros ritmos”

“Yo creo que con el Gordo Alorza me convencí de que se puede hacer, se pueden contar historias en forma de tango, de milonga, de valses, que en ese momento yo las hacía en rock, en blues, en otros ritmos”

Entrevista a Cristian Ariel “Cholo” Castelo, cantor, compositor, letrista y gestor cultural argentino. Es la voz y uno de los fundadores de Quiero 24. Por Juan Pablo Billordo.

Cristian Ariel “Cholo” Castelo es cantor, compositor, letrista y gestor cultural argentino, reconocido principalmente por ser la voz y uno de los fundadores de Quiero 24, agrupación nacida en Valentín Alsina que se convirtió en una de las expresiones más singulares del tango suburbano contemporáneo. Su figura quedó asociada a una manera de entender el tango desde el barrio, el conurbano y la cultura popular, mezclando tradición arrabalera, rock nacional, murga, teatralidad, humor y crítica social.

Criado en la zona sur del Gran Buenos Aires, Castelo se formó dentro de una identidad profundamente atravesada por la vida barrial y el rock argentino de los años noventa. Antes de
dedicarse al tango participó durante varios años en bandas de rock y blues, experiencia que
marcaría definitivamente su manera de concebir la música y la escena. Más adelante, él mismo
contaría que gran parte de la energía y la lógica de trabajo de Quiero 24 provienen de aquella
cultura rockera suburbana.

Su acercamiento definitivo al tango no fue inmediato ni académico. Aunque el tango estaba
presente en su entorno familiar, durante gran parte de su juventud estuvo mucho más ligado al
rock. Todo cambió cuando sufrió un problema en la garganta que derivó en la aparición de un
pólipo y una posterior operación. Luego de esa experiencia comenzó a estudiar canto y a
replantearse su vínculo con la música. Ese proceso terminó acercándolo al tango y a la canción
urbana rioplatense.

Entre las influencias artísticas que el propio Castelo reconoció como fundamentales aparecen
Juan “Tata” Cedrón, Juan Vattuone, La Chicana y Alorsa. De ellos tomó una idea del tango menos
vinculada a la reproducción tradicionalista y más cercana a la canción popular contemporánea,
la poesía urbana y la mezcla con otros lenguajes musicales.

En 2005 nació Quiero 24, proyecto iniciado junto a Emiliano Fernández y al que luego se sumarían Laura Genlote, Alejandro “Zurdo” Alustiza y otros músicos ligados a la escena cultural del sur bonaerense. El grupo surgió en un contexto profundamente marcado por la crisis social y política posterior al 2001. Muchos de sus integrantes provenían de espacios culturales y musicales vinculados a la zona sur del conurbano y compartían la necesidad de construir una expresión artística propia, contemporánea y popular.

Desde sus comienzos, Castelo impulsó una idea clara: Quiero 24 no debía funcionar como una
orquesta típica tradicional sino como una banda de tango con dinámica y energía de grupo de
rock. Esa definición terminó convirtiéndose en una de las principales identidades del proyecto.
En distintas entrevistas explicó que la agrupación trabaja desde la autogestión y la lógica
cooperativa, alejándose de las estructuras más rígidas del tango clásico y acercándose al espíritu
independiente del under musical.

Musicalmente, Quiero 24 desarrolló un lenguaje donde conviven tango, milonga, vals, murga,
candombe y rock argentino. Las composiciones impulsadas por Castelo comenzaron a retratar
escenas suburbanas, personajes barriales, amistades, trabajadores, contradicciones sociales y
experiencias ligadas a la vida cotidiana del conurbano bonaerense. Muchas de sus letras
contienen humor, ironía, sensibilidad social y referencias constantes a la cultura popular
argentina.

Como cantante, Castelo construyó un estilo muy personal. Diversos medios describieron su presencia escénica como una mezcla entre cantor de tango tradicional y Frontman de banda de
rock. Su manera de interpretar combina dramatización, exageración gestual, humor y una fuerte
impronta arrabalera. Radio Nacional destacó que su figura juega irónicamente con el estereotipo
del “showman tanguero”, incorporando picardía barrial y teatralidad popular.

Uno de los rasgos más distintivos de su obra es la relación directa que establece entre el tango y
el rock nacional argentino. El propio Castelo declaró en varias oportunidades que “el rock de los
90 es mi tango”, estableciendo un puente entre la poesía tanguera clásica y autores fundamentales del rock argentino contemporáneo. Para él, artistas como Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Divididos, Charly García o Fito Páez continúan una sensibilidad urbana
heredera de figuras históricas del tango como Enrique Santos Discépolo.

Esa mirada artística quedó especialmente reflejada en “Vieja Escuela 90”, disco donde Quiero 24
reinterpretó clásicos del rock nacional transformándolos en tangos, milongas y valses. El proyecto buscó recuperar no sólo canciones emblemáticas sino también una identidad generacional ligada a la esquina, la amistad, el barrio y la cultura rockera suburbana de los años noventa.

A lo largo de su trayectoria, Quiero 24 editó distintos trabajos discográficos entre los que se encuentran “Q24”, “Va Queriendo”, “Sean eternos los placeres” y “Vieja Escuela 90”. Paralelamente, la banda desarrolló una intensa actividad en teatros, bares notables, milongas, centros culturales y
festivales populares de Buenos Aires y el conurbano.

En 2014, la agrupación fue distinguida como “Artista Revelación” en el Festival de Tango de la
Ciudad de Buenos Aires
, reconocimiento que consolidó el lugar de Quiero 24 dentro de la escena del tango contemporáneo argentino.

Además de su faceta musical, Castelo desarrolló un importante trabajo como gestor cultural y
organizador independiente. Fue uno de los impulsores del Festival de Tango de Valentín Alsina,
evento orientado a acercar el tango a los barrios y generar espacios de encuentro para músicos,
bailarines, milongueros y trabajadores culturales. Su trabajo dentro de la organización de ciclos,
festivales y proyectos cooperativos siempre estuvo ligado a la defensa de la cultura popular y la
autogestión artística.

La dimensión política y social también ocupa un lugar importante dentro de su obra. Varias
composiciones de Quiero 24 abordan conflictos sociales, memoria colectiva y experiencias
populares atravesadas por la crisis argentina de 2001. Entre ellas se destaca “Maxi y Darío”,
canción dedicada a Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, asesinados durante la represión de
Avellaneda en 2002.

A lo largo de su recorrido artístico, Cristian Ariel “Cholo” Castelo compartió proyectos y escenarios con distintas figuras vinculadas al tango independiente, la murga porteña y la poesía popular rioplatense. Entre esos cruces aparece su vínculo artístico con Martín “Pitu” Frontera, con quien coincidió en espectáculos y producciones ligadas a la cultura popular suburbana.

Ambos participaron del proyecto “Tangos Negros y Libertarios”, realizado junto al Quinteto Negro La Boca y Osvaldo Bayer, donde Castelo intervino como cantor invitado y “Pitu” Frontera como decidor. Años más tarde, Frontera también participó como invitado en “Vieja Escuela 90”, aportando recitados dentro del universo poético y barrial que caracteriza la obra de Quiero 24.

Estos encuentros reflejan una afinidad artística construida alrededor del tango barrial, el recitado, la murga y la autogestión cultural, dentro de una generación de artistas que buscó devolverle al tango un vínculo directo con la calle, el barrio y las nuevas formas de expresión popular.

Con el paso de los años, Cristian Ariel “Cholo” Castelo terminó convirtiéndose en una figura
representativa de una camada de músicos que buscó actualizar el tango desde una mirada
suburbana y contemporánea, integrando rock, murga, poesía urbana y cultura popular sin perder
la raíz arrabalera del género. Su trabajo artístico quedó asociado a una idea de tango vivo, popular y profundamente ligado a la experiencia cotidiana de los barrios del sur bonaerense.

— ¿Quién era Cristian Ariel antes de convertirse en el Cholo Castelo
?

—Tengo que pensar quién era Cristian antes del Cholo. Tengo que irme a… qué sé yo. Creo que estaba en secundario cuando empezaron a decirme “Cholo”. Pero sí, un amigo de sus amigos, como hasta ahora. Y fanático del fútbol, quería ser el 9 de Boca. Me acuerdo cuando era chico.

— ¿Fútbol y la música?

—La música, la actuación… Me gustaba la actuación en los actos escolares. Dirigía, producía y actuaba. Me gustaba mucho eso. Y cantaba, cantaba. Era un payaso en la esquina, era el centro. Me gustaba ser el centro de atención también en las fiestas.

Parábamos en una esquina en el barrio de Gerli, como treinta pibes. Y ahí me empezaron a decir “Cholo” por las “choladas”. Las choladas serían las inquietudes artísticas que ellos veían que yo tenía.

Después, a los 17 o 18 años, entré en una banda de rock, canté algo en una banda heavy y después ya fui parte de Ropa Interior, que fue mi primera banda de rock así más en serio. Ya era el “Cholo” ahí.

Parábamos en una esquina en el barrio de Gerli, como treinta pibes. Y ahí me empezaron a decir “Cholo” por las “choladas”. Las choladas serían las inquietudes artísticas que ellos veían que yo tenía.

— ¿En qué momento sentiste que el tango hablaba de ustedes y no solamente de otra época?

—Yo creo que el tango lo empecé a sentir más propio. Creo que el primer tango que me conmovió y que me interesó, por el lado por donde entré al tango, fueron Los Twist, me parece, con “Piso de solteros”, un tangazo de Los Twist.

Me parecía que estaba buenísimo que se hablara de otras cosas que no fueran solamente de otros tiempos en el tango.

Y después sí había insinuaciones —o no tantas insinuaciones, sino hechos concretos— en Charly García, en Fito Páez, lo veía en Luis Alberto Spinetta, en Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, en Sumo. Vi tango, sentí tango en ese momento. Era finales de los noventa.

Y después, ya más adelante, llegando a los 2000, cuando pude escuchar a Juan Vattuone, a LaChicana, La Orquesta Típica Fernández Fierro, al Gordo Alorza

Yo creo que con el Gordo Alorza me convencí de que se puede hacer, se pueden contar historias en forma de tango, de milonga, de valses, que en ese momento yo las hacía en rock, en blues, en otros ritmos.

Yo creo que con el Gordo Alorza me convencí de que se puede hacer, se pueden contar historias en forma de tango, de milonga, de valses, que en ese momento yo las hacía en rock, en blues, en otros ritmos.

— Sabemos que sos una persona que cosechó muchas amistades a través del arte. Por eso nos tomamos el atrevimiento de hablar con Juan Martín Scanlerandi para que nos compartiera una anécdota o una vivencia de aquellos tiempos entre amigos, y nos envió este audio.

Martín me contaba una situación muy linda de los comienzos de Mugre Criolla. Me decía que, cuando arrancaron con el grupo, ensayaban los miércoles a la tarde en una pizzería de Escalada, la Pizzería Centenario, que era de un amigo del “Cholo”.

El lugar prácticamente les abría las puertas para que pudieran preparar el repertorio y hasta llegaron a hacer algunos conciertos ahí.

Según me contaba él, en un momento esa posibilidad se terminó porque la pizzería dejó de abrir los miércoles, o pasó algo por el estilo. Entonces decidieron mudarse al Bar de Cata, un bar que quedaba cerca de su casa.

La idea, al principio, era simplemente seguir ensayando ahí, pero empezó a pasar algo muy particular: los vecinos y, sobre todo, los viejos del barrio se acercaban a escuchar.

Martín decía que, de a poco, esos encuentros dejaron de ser solamente ensayos porque la gente quería cantar un tema, compartir una guitarra, quedarse un rato más. Él mismo los acompañaba y así, casi sin darse cuenta, nació lo que después terminaron llamando “Las Tardecitas Camperas”.

Primero eran reuniones todos los miércoles y, más adelante, quedaron como una peña mensual. Él lo recuerda más como una situación colectiva y espontánea que como una anécdota puntual, pero claramente fue uno de esos momentos que terminan marcando una historia.

—Primero queremos preguntarte: ¿cómo fueron aquellos años junto a Martín?

—Y también: ¿en qué momento te diste cuenta de que ya no era solamente un ensayo entre amigos y que estaba naciendo algo mucho más grande?

—Con Juan Martín Scanlerandi lo conozco compartiendo escenarios: yo con Quiero 24, él con La Santa Milonga, en ese momento con Pata Corbani. Y hacían algo muy lindo, que era una fusión entre tango, carnaval y milonga.

Yo me acuerdo que me gustaba mucho en esa época la discoteca de Juan Carlos Cáceres y eso era lo que más me acercaba a eso.

Y pegamos amistad ya de entrada, muy buena onda. Creo que enBar El Malevaje fue la primera vez que nos cruzamos y tocamos un tema de Ratones Paranoicos hecho milonga.

Y después salió la cosa de juntarnos. Él me invita a tocar a Adrogué y me hace cantar “Golondrinas”, deGardel, y dos canciones más también, así como del pre tango, antes del tango.

Y nada, me encanta, me encanta. Desde el principio me encantó su forma de tocar. Me parecía que era una forma distinta a la que venía escuchando de otras guitarras.

Nos empezamos a juntar en la Pizzería Centenario, ahí en Remedios de Escalada, a ensayar. Creo que era los miércoles, antes de que abriera la pizzería, cuando se estaban acomodando. Y la verdad que sí, ahí arrancamos con él.

Y me di cuenta de que ya no era un ensayo cuando estábamos en el Bar de Cata. Sugerimos hacer ahí los ensayos los miércoles, también acá en Valentín Alsina, y compartíamos el espacio con la gente del bar, con los muchachos; casi todos hombres eran.

Cata estaba viva todavía, que era la dueña, una ucraniana de principios del siglo XX. Un lugar mágico.

Y ahí fluyó. O sea, nunca fue un ensayo. Siempre fue compartir, siempre fue cantar todos, pasarla bien.

Y después fue un ciclo de juntada —no digo concierto, sino juntada— que hasta hace pocos años lo seguimos manteniendo. Primero una vez por semana, después una vez por mes y después ya era una vez por año, porque cada uno estaba con otros trabajos y demás cosas.

Pero con Juan hemos hecho muchísimas composiciones de él, casi todas de otros compañeros y clásicos, y cosas que yo no volví a cantar tampoco con otra persona. Cifras, estilo milonga, sureras…

Aprendí de él un estilo que a mí me puso en otro lugar y pude conocer otros ritmos. Y bueno, aprendí un montón con Juan Martín y lo quiero mucho, mucho.

Aprendí de Juan Martín Scanlerandi un estilo que a mí me puso en otro lugar y pude conocer otros ritmos. Y bueno, aprendí un montón con Juan Martín y lo quiero mucho, mucho.

—El carnaval siempre estuvo ligado al barrio, al tango y al encuentro de lo popular… ¿hay algún lugar dentro del Cholo que todavía respire carnaval?

Yo creo que el barrio, el tango, el encuentro y el carnaval, como englobando estos tres temas, es un poco de lo que estoy hecho, es la realidad.

Cuando escucho la palabra carnaval o cuando pienso en el carnaval, ya me acuerdo que teníamos una murga con nuestros amigos a los diez años, pidiendo plata a los vecinos, disfrazados. Se formó un día que llovía, así, con seis o siete amiguitos del barrio.

Así que, desde ahí hasta hoy, cada vez que uno se da permiso para crear, para jugar, para ser otro o para ser el que quiere ser, me parece que es carnaval, sea febrero, marzo, abril, mayo o junio, no importa.

Es una forma de ser, un estilo de vida. Y creo que queda reflejado en cada una de las expresiones artísticas y también en la forma de vivir, de trabajar, de paternar, de lo que sea.

Me siento muy identificado con el carnaval, con Quiero 24. Se nota en la lírica, en la poesía, en la música. Hay también mucho candombe, mucho carnaval rioplatense y hoy en día, con Pablo Censotera, en el dúo que tenemos, las composiciones, la poética y la música están empapadas de carnaval y de murga porteña.

Así que sí, tuve la suerte de vivir la experiencia de salir con Zarabanda Arrabalera en el 2019. Creo que fui a todos los corsos donde se presentó y lo viví bien desde adentro, ya de grande.

Y nada, la cantidad de amigos y amigas que me regaló el carnaval es impresionante.

Así que el encuentro, lo comunitario, lo que se arma en comunidad, es lindo. Y eso de prepararse todo el año… Los que se atreven a cantar, cantan; los que se atreven a bailar, bailan. Pero siempre la puerta está abierta para todos y todas.

Medio que estoy hecho de eso.

Yo creo que el barrio, el tango, el encuentro y el carnaval, como englobando estos tres temas, es un poco de lo que estoy hecho, es la realidad.

—¿Qué cosas de aquel barrio y de aquellas noches sentís que todavía siguen vivas dentro tuyo?

—Me parece que te la había contestado antes, esta pregunta. Nunca dejé los barrios donde tuve la suerte de transitar.

Siempre sigo volviendo y sigo pasando las noches como si fueran las primeras.

Así que siguen vivas todas esas cosas.

Nunca dejé los barrios donde tuve la suerte de transitar.

—Cuando dentro de muchos años alguien nombre al “Cholo” Castelo… ¿qué te gustaría que quede vivo?

Y lo que más me gustaría es que, cuando suene mi nombre, cuando lo escuchen o cuando me citen, provoque una sonrisa.

Eso creo: la amistad, los buenos recuerdos, los buenos momentos, uno los lleva siempre guardados.

Es lo que me gustaría. Que es lo que me pasa a mí cuando recuerdo a alguien que quise o quiero mucho.

Lo que más me gustaría es que, cuando suene mi nombre, cuando lo escuchen o cuando me citen, provoque una sonrisa.

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