En época mundialista, el mundo entero para la pelota, la rutina empieza a acomodarse al ritmo del fútbol y la pasión adquiere una dimensión que parece de otro planeta. Durante un mes, millones de personas viven pendientes de un mismo objetivo. Las cábalas se multiplican, la esperanza crece partido tras partido y aflora el fanatismo. La selección se convierte en el punto de encuentro de un país que, al menos por noventa minutos, deja de lado sus diferencias.
Hasta quienes nunca fueron del mundo futbolero terminan aprendiendo de memoria los nombres de los titulares, los suplentes y hasta los goleadores. En la puerta de la heladera conviven imanes, alguna receta, el volante de una pizzería de delivery y, ocupando un lugar privilegiado, el fixture del Mundial. Allí aparecen las primeras cruces sobre los partidos de la fase de grupos y, más tarde, las de la eliminación directa, donde la ilusión se renueva o se desvanece en cuestión de minutos.
Desde el primer Mundial, en 1930, han pasado generaciones enteras. Abuelos, padres e hijos fueron testigos de la magia que representa ser parte, aunque sea como espectadores, de esa fiesta global. Recuerdo mi primer Mundial: las cornetas, los papelitos, los abrazos y los festejos interminables.
Los mundiales han convivido con otras realidades. Mientras millones sonreían frente a una pantalla, otros atravesaban el dolor, la violencia o la incertidumbre.
En Argentina, el Mundial de 1978 se disputó en plena dictadura militar. Al mismo tiempo que los estadios se llenaban de festejos, el terrorismo de Estado hacía desaparecer personas, sembraba el miedo y utilizaba la Copa del Mundo para mostrar al exterior un país que estaba muy lejos de la realidad.
Argentina no fue la única. Antes y después de 1978, el fútbol fue utilizado por regímenes autoritarios. La Italia fascista de Mussolini convirtió los Mundiales de 1934 y 1938 en símbolos del régimen; el Brasil de la dictadura militar explotó políticamente la conquista de México 1970; y en el Chile de Pinochet el deporte además fue utilizado como herramienta propagandística. Sin embargo, pocos casos resultan tan estremecedores como el argentino, donde la fiesta mundialista convivió con el terrorismo de Estado.
El mundo entero termina sumergido en una misma burbuja, donde solo se habla y se respira fútbol. Por un instante, uno llega a creer que todo se reduce a un deporte. La historia demuestra que no siempre fue así.
Figuras irrepetibles como Pelé, Maradona y Messi dividieron durante décadas a millones de fanáticos que todavía discuten quién fue el mejor jugador de todos los tiempos. Un enigma difícil de resolver. Cada uno reinó en su época y dejó una huella imborrable.
Hubo muchos jugadores que hicieron historia: Garrincha, Johan Cruyff, Ronaldo Nazário, Zinedine Zidane, Ronaldinho, Romário, Cristiano Ronaldo y Neymar, entre tantos que convirtieron al fútbol en una obra de arte.
Pero el fútbol nunca fue solamente fútbol. Detrás de la pelota convivieron el poder, los intereses económicos, la corrupción y, en los últimos años, el negocio de las apuestas.
Como si la historia insistiera en cruzar los caminos del deporte y la política, el Mundial de España 1982 comenzó mientras la Guerra de Malvinas, librada entre la Argentina y el Reino Unido por la soberanía de las Islas Malvinas, llegaba a su fin. Argentina todavía lloraba a sus muertos, recibía a los sobrevivientes y trataba de comprender una derrota que dejaría heridas abiertas durante generaciones. Aquella Copa del Mundo ya no podía vivirse de la misma manera.
Cuarenta años después apareció un rival nuevo: las redes sociales. Allí los rumores corren más rápido que la pelota. Una versión sin pruebas alcanza para instalar una duda y, repetida miles de veces, termina pareciendo una verdad. Hasta hicieron viralizar la idea de que los argentinos somos racistas.
Qatar 2022 no escapó a esa lógica. La consagración argentina despertó admiración en gran parte del mundo, pero también envidia. Comenzaron a circular versiones sobre supuestos favoritismos arbitrales y, durante el Mundial de 2026, resurgieron acusaciones de racismo apoyadas, entre otras cosas, en la ausencia de jugadores afrodescendientes en la Selección.
Hubo un evidente ensañamiento con Lionel Messi y con la Selección. Durante años se le reprochó no ganar títulos con la camiseta albiceleste, como si todo dependiera de un solo futbolista. Después llegaron la Copa América, la Finalissima y el Mundial de Qatar.
Lejos de terminar el debate, aparecieron nuevas teorías para intentar restarle mérito a cada conquista.
La respuesta llegó dentro de la cancha. A los 39 años, cuando muchos anunciaban el final de su carrera, Messi volvió a demostrar por qué millones lo consideran el mejor futbolista de todos los tiempos. Cerró el Mundial de 2026 con ocho goles en ocho partidos y elevó su cuenta personal a 919 goles como profesional entre clubes y la Selección. Una vez más, los números hablaron por sí mismos.
La historia argentina presenta particularidades que muchas veces quedan fuera de ese debate. La Asamblea del Año XIII dio el primer paso hacia la abolición de la esclavitud con la Ley de Libertad de Vientres, que quedó definitivamente abolida con la Constitución de 1853, nunca tuvo un sistema de segregación racial legal como el que existió durante décadas en Estados Unidos, ni leyes que prohibieran los matrimonios interraciales. Tampoco fue el último país de América en abolir la esclavitud, como sí ocurrió con Brasil en 1888.
Eso no significa que aquí no exista discriminación. Significa, simplemente, que la realidad suele ser bastante más compleja que un video de treinta segundos o un mensaje viral. Entre lo que ocurrió y lo que se dice suele haber una distancia enorme. Un ejemplo reciente de esa realidad es el de Stephen “Kiki” Ramos, futbolista afrodescendiente de 17 años, nacido en Haití y adoptado por una familia argentina cuando tenía apenas nueve meses. Formado en las divisiones inferiores de Vélez Sarsfield y considerado una de las grandes promesas del club, fue convocado a la Selección Argentina Sub-17 y eligió vestir la camiseta albiceleste por sobre la de la selección haitiana.
Creo yo que, para acusar, primero hay que examinar la historia.
Cabe recordar que, desde la década de 1820, muchas familias alemanas, suizas y británicas pisaron suelo argentino buscando un nuevo horizonte. Luego de la sanción de la Constitución Nacional de 1853, llegaron al país alrededor de seis millones de inmigrantes, principalmente de Italia y España, en busca de trabajo, tierras y una nueva oportunidad. Más tarde, la Argentina volvió a recibir europeos que escapaban de las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial.
El 14 de agosto de 1889 llegó al puerto de Buenos Aires el vapor alemán Weser, con más de 120 familias judías rusas que escapaban de la violencia y la pobreza. Los primeros llegaron con identidad secreta, conocidos como criptojudíos, para huir de la persecución de la Inquisición en España y Portugal.
Con los años, la comunidad judía creció y se convirtió en una parte importante de la vida social, cultural y económica del país, y hoy está integrada por alrededor de 200.000 personas.
En la Argentina viven aproximadamente 302.936 personas afrodescendientes, entre ellas inmigrantes y descendientes de familias provenientes de Senegal, Nigeria y Ghana. A ellos se suman otros provenientes de países latinoamericanos como Brasil, Uruguay, República Dominicana y Cuba.
En las últimas décadas ha llegado una importante comunidad venezolana. Se estima que alrededor de 250.000 venezolanos encontraron un lugar donde comenzar de nuevo, trabajar y construir un futuro lejos de la crisis que atravesaba su país. A partir de las décadas de 1980 y 1990, las corrientes migratorias comenzaron a llegar especialmente desde Chile, Paraguay, Bolivia, Colombia y Perú, además de Corea, China y Japón.
En cuanto al turismo, quienes visitan el país suelen hablar del calor humano, la solidaridad, la buena predisposición y el trato servicial que se encuentran. Son rasgos que forman parte de una sociedad construida por distintas culturas y costumbres.
Tal vez por eso resulte llamativo que las acusaciones no llegaran solamente desde Sudamérica, sino también desde distintos países europeos. El Reino Unido llegó a tener más de 120 colonias y territorios en todo el mundo, y cerca de 65 países actuales obtuvieron su independencia del dominio británico. Francia construyó el segundo imperio colonial más grande de la historia, con presencia en decenas de territorios de África, Asia, América y Oceanía. Alemania desarrolló un imperio colonial con alrededor de diez territorios en África, Oceanía y Asia hasta la Primera Guerra Mundial. Tampoco puede ignorarse que, tras la guerra entre Estados Unidos y México (1846-1848), este último perdió aproximadamente el 55 % de su territorio, incluyendo los actuales estados de California, Nevada, Utah, gran parte de Arizona y Nuevo México, además de partes de Colorado y Wyoming. La Argentina, después de casi tres siglos de dominio español, dejó de ser una colonia hace más de dos siglos. Desde entonces construyó su propio camino como Nación soberana, recibiendo millones de inmigrantes de todas partes del mundo.
Por eso me resulta extraño que algunos hablen de la historia de los demás sin antes mirar la propia.
Desde siempre se supo que el fútbol despierta rivalidades. Primero entre jugadores, luego entre hinchadas y, muchas veces, entre naciones. La pasión puede sacar lo mejor de millones de personas, pero también lo peor. He visto linchamientos y agresiones en las calles de Madrid y en andenes del metro contra personas que llevaban la camiseta de la Selección Argentina. Nunca vi que algo semejante ocurriera en la vía pública en Argentina contra simpatizantes de otros países.
Hasta que llegó el partido más esperado para la Argentina. Enfrente volvía a estar Inglaterra. Era imposible no recordar aquel cruce de los cuartos de final del Mundial de México 1986, apenas cuatro años después de la Guerra de Malvinas de 1982. Aquella tarde, la Selección ganó 2 a 1 con los dos goles más recordados de Diego Armando Maradona: la Mano de Dios y el que muchos siguen considerando el gol más extraordinario en los Mundiales.
Ese fue el partido clave. Argentina llegaba invicta, había ganado sus seis encuentros, la mayoría por dos o tres goles de diferencia. En varios de ellos tuvo que sobreponerse a momentos adversos, como ocurrió frente a Cabo Verde y Egipto, demostrando una vez más el carácter de un equipo que nunca bajaba los brazos. Contra Inglaterra volvió a suceder. La Selección mostró el hambre de gloria, la pasión y la garra de un campeón decidido a defender la corona conquistada en Qatar 2022.
El partido fue ríspido, con un juego trabado desde el comienzo, que por momentos parecía más una especie de riña entre ambos equipos.
Argentina ganó su séptimo partido por 2 a 1 y logró el pase a la final de la Copa del Mundo. Pero algo sucedió. Al culminar el encuentro, desde las plateas alguien arrojó al campo de juego una bandera pintada a mano con la leyenda: “Las Malvinas son Argentinas”.
Lo Celso la recogió y la mostró hacia los espectadores, rompiendo así el protocolo de la FIFA, que prohíbe las pancartas políticas y religiosas.
Después se comentó que Argentina podía ser sancionada, pero el día de la final contra España el silencio de prensa fue protagonista. Nada hacía suponer lo que sucedería después.
La Selección llegó al estadio con su sonrisa habitual. Sabía que, de ganar, se convertiría en bicampeón del mundo, con dos títulos consecutivos. Pero el partido todavía debía jugarse.
El equipo salió a jugar, pero algo delataba en el rostro de los jugadores que algo no andaba bien.
El partido comenzó y la Selección intentó encontrar su juego. La tensión parecía pesar más que la pelota. Cada pase, cada avance y cada decisión se vivían con una inquietud difícil de explicar. Desde las tribunas, el público alentaba sin imaginar lo que estaba ocurriendo puertas adentro.
Hasta la semifinal, la Albiceleste era el equipo más goleador del campeonato, con un Messi imbatible. Pero, en la final, la Selección no pateó al arco durante todo el primer tiempo. En el entretiempo, varios jugadores regresaron al campo de juego con lágrimas en los ojos.
En el segundo tiempo tampoco pateó al arco rival y, pese al dominio de España, el cero se mantuvo hasta los 90 minutos. En el alargue, cuando Argentina resistía con un jugador menos y sin cambios disponibles, España encontró el 1 a 0 en el minuto 106, apenas comenzado el segundo tiempo suplementario.
Era una Selección desconocida, herida, como si se hubiera olvidado de jugar. Recién cuando faltaban dos minutos comenzó a atacar como lo había hecho durante todo el torneo, con la velocidad y el peligro de siempre. Estuvo a punto de empatar de manera épica, como si de pronto hubiera reaccionado, pero no pudo lograrlo.
El campeón había caído. Pero acá no existían David y Goliat. Era una final y, en definitiva, solo un partido de fútbol. No había una rivalidad como la que existió entre Francia y Argentina después de aquella final para el infarto en Qatar 2022. Pero algo no cerraba, había gato encerrado y se notó.
Los jugadores recibieron sus medallas. España festejó, pero con una alegría inusualmente medida para quien acababa de consagrarse campeón del mundo.
Los futbolistas argentinos no se retiraron inmediatamente a los vestuarios. Permanecieron varios minutos sobre el césped, abrazados, algunos de rodillas, otros con lágrimas, mirando fijamente hacia las tribunas, donde miles de hinchas seguían cantando, alentando y agradeciendo por el torneo que había hecho la Selección.
La escena llamaba la atención. No era el dolor habitual de una derrota. Detrás de esos rostros parecía esconderse algo más. Algo que, hasta ese momento, nadie conocía. Solo los protagonistas, la AFA y las autoridades del torneo parecían conocer lo ocurrido. El resto del mundo tardaría en enterarse.
El desconsuelo del técnico argentino en la conferencia de prensa terminó de reflejar lo que había ocurrido. Lionel Scaloni apenas pudo hablar y abandonó la sala antes de finalizar la conferencia. Argentina nunca jugó esa final. Y la frase de Diego Maradona volvió a hacerse plural: “Me cortaron las piernas”. Para muchos, esta vez se las habían cortado a toda una Selección. Evidentemente, Argentina debía perder. Esa era la sanción no declarada. Porque el show debía continuar.
No era la primera vez que una sospecha de este tipo envolvía a un Mundial. La final de 1930 entre Uruguay y Argentina estuvo rodeada de polémicas. Años después, Luis Monti sostuvo que él y otros jugadores recibieron amenazas contra sus familias si ganaban aquel partido.
Las diferencias entre la AFA y la FIFA fueron creciendo. La selección Argentina decidió no participar en los Mundiales de Francia 1938, Brasil 1950 y Suiza 1954, en medio de desacuerdos deportivos, políticos e institucionales que marcaron una de las etapas más conflictivas de su relación con la FIFA.
Cinco años antes de su fallecimiento, Diego Maradona reveló que, durante el entretiempo de la final de Italia 1990, Julio Grondona ingresó al vestuario y les dijo: “Hasta acá llegamos. No podemos ganar”. Según contó el propio Maradona, él se negó, pero finalmente el equipo terminó aceptando aquella decisión.
Cuatro años más tarde, en el Mundial de Estados Unidos 1994, un control antidoping terminó con su expulsión del torneo. Entre lágrimas dejó una frase que quedó grabada para siempre: “Yo no me drogué, me cortaron las piernas”.
Esa frase volvió a cobrar fuerza después de la final de Brasil 2014 frente a Alemania y, nuevamente, tras la final de 2026.
Durante el Mundial circulaban rumores de que el FBI estaba tras el presidente de la AFA por presunta malversación de fondos durante su gestión. No era un dato menor. La propia FIFA ya había estado bajo sospecha por hechos de corrupción. El 27 de mayo de 2015 se realizaron las primeras siete detenciones en un hotel de Zúrich, Suiza, en el marco del escándalo conocido como FIFAgate. Catorce dirigentes fueron acusados por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos por fraude, asociación ilícita, crimen organizado y lavado de dinero. En diciembre de ese mismo año se produjeron nuevos arrestos de dirigentes vinculados a la FIFA. Tras aquellos hechos, Joseph Blatter anunció su renuncia a la presidencia del organismo y, meses después, fue sucedido por Gianni Infantino.
Con esos antecedentes, no fueron pocos los que se preguntaron si detrás de aquella final había algo más que un simple partido de fútbol. Respuestas que nunca aparecieron. Las sospechas, en cambio, siguieron creciendo.
Un día después de la derrota en la final de 2026 comenzaron a salir a la luz algunos videos registrados en el túnel del estadio durante el entretiempo. En uno de ellos se ve a un Messi cabizbajo intentando levantar el ánimo del grupo. “Olvídense de todo. Hay que salir a jugar. Ya está”, les dice a sus compañeros.
En esas mismas imágenes, Enzo Fernández y Lisandro Martínez aparecen visiblemente emocionados, con lágrimas en los ojos, junto al resto del plantel con una tristeza difícil de disimular.
En otra grabación se observa al Dibu Martínez arengando al equipo con una frase que resumía el momento: “¡Para atrás juegan los cagones!”. Aun así, nada alcanzó para cambiar el desarrollo de una final que, para muchos, nunca pudo jugarse como las anteriores.
Argentina acababa de perder la final el 19 de julio. A pesar de eso, los argentinos seguían cantando, porque, más allá del resultado, esa Selección ya había ganado algo mucho más importante: el cariño, el respeto y el reconocimiento de un pueblo que nunca dejó de creer en ella.
Lo cierto es que nos robaron la ilusión. Y cuando el fútbol deja de jugarse dentro de una cancha, empieza a perder credibilidad. Ningún negocio, ningún poder y ningún puñado de dólares deberían estar por encima de la pasión de millones de personas.
Quizás el fútbol debería parecerse más al ajedrez, donde no hay lugar para las trampas, sino para la destreza, la inteligencia y la técnica.
Entre las polémicas que dejó aquella final, siete días después el árbitro esloveno Slavko Vinčić anunció su retiro del arbitraje internacional.
Después de esta nota, tal vez algún sicario venga a golpear mi puerta. O quizás alguien me dé las gracias. Es el riesgo de escribir cuando uno decide contar lo que piensa.
En el campo de los sueños, el reflejo siempre devuelve la verdad, la vida pone a cada uno en su lugar y el resto lo hace el tiempo.
Argentina ya había ganado su Mundial el 15 de julio, derrotando a Inglaterra.
Y yo sigo afirmando que las Malvinas fueron, son y serán siempre argentinas. ¡¡¡Oh, juremos con gloria a morir!!!
Adrián Darío Arévalo.
DNI 20185695
