Las sábanas están mojadas, mi rostro también, la cigarrera está en la mesa tras la ventana, a unos doce metros de mis pies, lo siento lejos, muy lejos.
¿Estaré muriendo?
¿O me enterraron viva?
¡No lo sé!
El humo tabaquero abraza la lámpara apagada alineándose entre la poca luz del cristal al suelo, como el láser que usaba de pequeña, pero esta vez no soy niña ni hay juegos.
Giro a la izquierda.
Cubro mis piernas.
Escurro mis ojeras.
La inconsciencia muerde mi boca, la consciencia presiona mi mano en el pecho y pide a Dios que no me deje ir así, ¡no lo merezco!
Me sumerjo bajo el peso de la ropa fuera del placard, me acomodo en la incomodidad dejando caer mis ojos.
Giro a la derecha:
No veo.
No respiro.
El dolor comenzó a devorar mi corazón.
Parece un ataúd.
No hay movimientos, pero mi alma no terminó la oración a Dios, que dijo en Efesios que después de la noche, viene la armadura.
