Infante alabada, la indómita musa
El verbo que se conjuga a sí mismo
Soy
el risueño despertar del fuego que se refugia en su sagrado asilo
Frenesí de una luna sin dueño
El cántaro de eternas mariposas
La esquiva mirada de vientos lejanos
Soy
el eco de un nombre golpeando las rocas
Soy
el néctar de tu oda, las voces del mundo que cantan con desprecio
La efímera brizna en el aire
en el umbral del crepúsculo
Tierra fértil donde hundo las palabras
Elevación exquisita
aspiración de las animas
Tierra mía
Ajena
siempre ajena
