Hace poco escuché que el gobierno quiere privatizar el agua potable. Me pregunto: ¿hasta dónde quieren llegar? ¿Y hasta dónde estamos dispuestos a soportar?
Beber agua debería ser un derecho garantizado en cualquier rincón del planeta. Como también deberían serlo la salud y la educación. Pero algo grave está pasando: estamos perdiendo derechos básicos sin reaccionar. Y lo más preocupante es que, incluso así, todavía hay quienes siguen apoyando a este gobierno.
La historia nos enseña que los grandes cambios sociales no siempre se anuncian. A veces, simplemente suceden. Cuando un pueblo se organiza, pueden pasar cosas impensadas. Pero hasta hoy, pareciera que no hemos tomado verdadera conciencia de lo que estamos viviendo.
Está claro que un empresario va a priorizar el lucro por sobre las necesidades básicas de la gente. ¿Tan difícil es entender que sin Estado no hay sociedad posible?
El agua es un bien cada vez más escaso. No van a faltar los inversores dispuestos a hacer negocio con ella. Y nosotros, ¿vamos a seguir siendo espectadores de un régimen que regala el territorio, los minerales, el agua, la dignidad?
Algo nos está pasando. Y ojalá no sea demasiado tarde cuando despertemos.
Lacan decía que la pasión por la ignorancia es una de las más poderosas. A veces, incluso más que el amor o el odio. Es una fuerza inmensa que nos mantiene inmóviles, en piloto automático. Pero estar vivos implica hacernos preguntas, aunque nos incomoden. Hagamos el ejercicio de preguntarnos cada día que tipo de pasión es nuestra brújula. Es un camino de ida y de sentir el placer de estar vivos. Muchas personas se mueven por el odio, otras por el amor, otras por el miedo. Y el miedo —creo— es primo hermano de la ignorancia. Nos alejamos de lo que deseamos verdaderamente porque tememos no encajar, no agradar, no cumplir con las expectativas del Otro. Pero lo que evitamos saber, vuelve: como lapsus, sueños, síntomas o enfermedades.
Hoy preferimos no saber. Tal vez por cansancio, tristeza, desilusión. Pero el precio de no saber es enorme.
En este clima político, el odio se ha vuelto protagonista. En un horizonte neofascista, el discurso dominante es el del Amo Canalla: uno que encandila con violencia, simplifica con slogans, y captura a muchos. Y quienes quedan atrapados en ese relato, muchas veces terminan siendo víctimas del mismo sistema que creyeron apoyar.
Veo personas que votaron a este régimen y hoy perdieron sus trabajos, sus casas o no tienen acceso a salud porque el hospital público está colapsado. Lo mismo va a pasar con todo: si el Estado deja de garantizar los derechos fundamentales y la Constitución está pintada tomar agua será, también, un privilegio.
Pensemos en quienes están en situación de extrema vulnerabilidad. No se puede ser feliz en un sistema donde la mayoría mira la fiesta desde afuera. Y cuando digo “mayoría”, digo casi todos.
Hay un plan, orquestado desde afuera, para vaciarnos: de recursos, de derechos y de dignidad. Y la dignidad no se negocia, porque es lo que nos hace humanos.
Despertemos. Todavía estamos a tiempo.
Basta de slogans.
Lic. Patricia Gorocito
Docente UBA – PSI
