La escritura y el ser. Por Karina Piriz

La escritura y el ser. Por Karina Piriz

Escribir por escribir, sin saber muy bien hacia qué rumbo vas. A la deriva, frente a un domingo de atardeceres aburridos. Necesidad de absorber todo cuanto te rodea y la imperiosa exaltación de la soledad; para sentirse más cerca de uno; para dejar la represión paternalista; dejar afuera el control externo. Escribir para ser.

Escribir sin ir muy lejos hacia ninguna parte, desde los deliciosos cuarenta que te encuentran contigo misma, sin saber muy bien qué hacer con ella. Hermosa, destacada, inteligente y resoluta pero conflictuada al encontrarte frente a la satisfacción de unos deseos ocultos, escondidos a la mirada existencialista, obscenos de fetichismo.  Demostrando aquello que deseas ver, sin disfrutar en serlo. Escuchar cómo el mundo se divierte, querer o no querer, to be or no to be, mientras los sueños se acumulan dejando un tendal de frustraciones.

 Escribir por escribir o para hablar con alguien, con aquel que menos puede comprender la esencia del que se mira y no se reconoce.

Escribir en difícil, para que sea una tumba, mis palabras y la coraza quede intacta cuando vengas a querer destruir las fantasías absurdas. Escribir en poético, enlazando los sonidos y sintagmas, los significados y significantes arbitrarios. Intentando alcanzar el estrato del que “escribe bien” para no resignarse a ser uno más de los mortales.

Escribir para encontrar el espacio donde dejas de ser reclamada por aquello que todos desean que seas: la docente combativa, entregada a las marchas, en la lucha docente; la madre abnegada, preocupada por un plato nuevo que sorprenda a su progenie; la esposa entregada, a la espera de tu cuerpo trasnocho gentilmente.

Escribir para discutir la idea de reclamar lo propio…

 ¿Y qué es? Escribir sin nada que decir.

Escribir para no decir nada, porque ya está todo dicho, porque a nadie le interesa esta expresión autista y de manotazo suicida de no decir nada, nada que contar ni recordar.

Leer por inercia, para hacer pasar las horas, sin ánimo, voracidad ni entusiasmo. Leer con displacer, como si todo lo que se pudiera haber leído no redunda, no justifica las horas perdidas de nada que asombra, nada que conmueve, nada que decir. ¿Es el alma perturbada que no concibe encontrar la vida; que no se predispone a la espontaneidad del encuentro; que se anega como charco empantanado para regodearse en la plenitud del encierro y la soledad de no decir, de no compartir una sola brizna de emoción?

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