The post César, poemas humanos. Por Adriana Petrigiano appeared first on Juan Botana.
]]>Allá en Santiago de Chuco o en Trujillo, le dolía el hambre.
Pero aquí, la soledad del Ande lo perseguía y le cavaba hondos pozos en el alma.
Se le deshilachaban los recuerdos y era jueves. Y era otoño.
El otoño le arrinconaba la memoria y el hambre seguía persiguiéndolo.
Con nada, ya, se le llenaba el estómago dolido.
No era pan lo que le faltaba, el hondo pozo del alma, se estiraba dañino dentro suyo.
Volviendo atrás los días, la memoria le acercaba las caritas morenas que llegaban a diario a la escuela.
Se vio, frente a ellos, tan vacíos y tan solos, que ni la taza de leche hirviendo sostenía la pena.
El poncho desflecado no defendía la puñalada del invierno, y los pies, descalzaban miseria.
Recordaba con precisión cada jornada con la rabia sorda de los dolores estrenados.
Y se le vino encima aquella muerte absurda de tan poquitos años que no aguantó la hambruna.
Puco. Puco le decían y así lo llamaba él cada mañana para entregarle el tazón de leche caliente.
La clase era imprecisa. Poco necesitaban esas almas.
Los números, debían alcanzar para contar ovejas.
La geografía, hasta donde los ojos abarcaran.
Pero César insistía y les enumeraba palabras imposibles: Ciudades, Mares. Océanos de arena, y él mismo, por esos años, soñaba ya con el París fantástico y ruidoso.
Puco casi no hablaba. Saboreaba despacio la escasa leche y hacía durar el trozo de pan más de la cuenta.
Cuando llovía, como hoy en París, Puco llegaba empapado. Era uno de los pocos que se acercaban a la escuela con ese tiempo. Pero llovía poco…y él, recordaba su infancia exactamente igual, manoseada por la miseria gris y permanente.
Pero César tenía a su madre, prodigiosa paloma de panes y de choclos.
Puco era huérfano, y en el puesto, apenas lo tenían para cuidar ovejas.
Recordó minuciosamente los ojos oscuros y asombrados, las manitos ásperas y el pelo enmarañado.
Pero le dolía la mirada.
Aún hoy, le dolía la mirada. Asustada y esquiva.
Casi nunca participaba de la clase, y cuando César le preguntaba algo, sobaba desesperado la punta del ponchito y apenas balbuceaba.
Hoy se le vino encima el recuerdo y empezó a romperse en pedacitos la memoria malvada.
Le avisaron de la muerte de Puco tempranito en la mañana.
La bruma del Ande apenas levantaba su velo azul.
La procesión, diminuta y serpenteante, que llevaba el cajón, orilló los cerros bajos.
Una campana, tocaba a muerto mucho más triste que de costumbre.
El cementerio, abrió otra boca terrosa y allí quedaron los nueve años de Puco, prisioneros de sueños incumplidos.
El sol, esa mañana, brilló igual e indiferente.
Y volaron los pájaros y los chiquillos bebieron su tazón de leche y aprendieron una palabra nueva.
Puco, fue una ráfaga apenas, de miseria, hambruna y de pocas ovejas y ajenos horizontes…
Y hoy, jueves, jueves de otoño en París, se le llenaba la memoria de esos días para garabatear en pocos versos:
“…jueves será, porque hoy, jueves que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala, y, jamás, como hoy, me he vuelto
con todo mi camino, a verme solo.”
El cuarto, se le venía encima, atestado de dolores.
Decidió morirse un jueves.
Cercada estaba su alma y Puco, allá en el Ande, le tironeaba las tristezas y se sumaban cientos y miles de Pucos desolados.
Ningún camino se traza para ellos…
Las fauces de todos los cementerios se abrirán inexorablemente apronto.
Hoy, era tarde de recuerdos.
Deshilachados y dolidos.
Decidió morirse un jueves.
“hoy sufro suceda lo que suceda.
Hoy sufro solamente.”
César Vallejo, murió, dicen algunos diarios.
Es otoño, quizá sea jueves, y París llueve sobre sus huesos tristes.
The post César, poemas humanos. Por Adriana Petrigiano appeared first on Juan Botana.
]]>The post “No entiendo a la poesía como un género literario” appeared first on Juan Botana.
]]>Entre las credenciales de Adriana Petrigliano, hay una que ella destaca: “susurradora de poesía”. En tre los varios talleres que coordina, despliega su instrumento susurrador (tubo de cartón) para compartir la experiencia del verso. La autodefinición no es gratis, junta un par de gestos que construyen lo poético: la intimidad de una percepción que es siempre un diálogo entre una voz y un cuerpo que experimenta la emoción, y la palabra como instrumento sonoro.
Adriana nació en Buenos Aires, vive desde hace 50 años en La Rioja y en 2021 fue declarada Ciudadana Ilustre. La Rioja/12, charló con la poeta y gestora cultural sobre su intensa labor como coordinadora de talleres literarios y el presente de la poesía en la provincia.
¿Cómo es enseñar a escribir algo que escapa de toda definición, como la poesía?
Quizá la primera definición sea justamente corrernos de las definiciones: en los talleres (por lo menos en los míos) no se enseña nada y a la poesía, no la entiendo como género literario. Las búsquedas, en el caso de quienes escribimos, estarán obviamente en la lectura, en la práctica del oficio, en explorar, etc. Pero la verdadera búsqueda está en la observación, entonces, allí creo que aparece la verdadera poesía, en la manera que miramos, en la manera que observamos, en poner todos los sentidos, pero absolutamente todos, en percibir la real poética de la que estamos rodeados. Todo lo demás que querramos hacer, serán solo posturas.
¿Cuál crees que es la relación del presente con lo poético?
Es un punto muy débil esto del “presente”. Por un lado está lo que decía antes, en ese percibir el mundo, y cuando uno dice “mundo” en poesía, ¿qué estamos diciendo? El presente es un abismo, porque está hecho de todo nuestro pasado, y contiene absolutamente nuestro futuro. Entonces, ¿cuál es el verdadero mundo que hace nuestro presente?, ¿y cómo escapamos de ese otro presente que nos habita y nos golpea y que insiste en sacarle toda poesía a la realidad? Cuando se escribe poesía, es muy difícil no mostrar los nuditos de la trama. Esto lo marco mucho a mis alumnos, si lo que yo trabajo en un poema no es aquello que realmente me atraviesa, y solo busco una postura, allí no habrá nunca poesía. Entonces la relación del presente con lo poético, no será genuina.
¿Cómo pones en prácticas en tus talleres estas relaciones?
Muchas veces llegan alumnos al taller y lo primero que piden es una especie de “plan” o esquema. Un programa, una guía, quieren saber qué van a aprender. En mis talleres no hay ni guía ni plan ni esquema. La escritura no encuentra siempre a la misma persona sentada frente a la compu o el cuaderno. La escritura, la verdadera, esa que no podemos evitar y nos asalta, encuentra a la persona que somos en ese momento único, minúsculo, breve quizá. En mis talleres nunca seremos las mismas personas, y de hecho, yo que los coordino, no soy nunca la misma persona. Para poder responder a la pregunta, quizá debería decir que justamente en los espacios de un taller, donde se explora y se escarba, donde se rompe y se une, donde se dice y se silencia, logramos relacionar lo poético con lo que conforma nuestros presentes tan efímeros.
¿Qué tipos de demandas encuentras cuando alguien llega a tu taller?
La primera demanda y quizá la más valiosa, sea la de que alguien los escuche, que en un taller de escritura significa que alguien “los lea”. Después de establecerse ese lazo importante de confianza (dar tus textos a alguien), la demanda más frecuente es la de buscar o afianzar la propia voz. Necesitan sentir que es por ese lugar por donde deben seguir. Esto, me han demostrado estos 20 años de coordinar talleres, marca la gran diferencia entre quienes vienen a un taller porque “necesitan” hacer algo con unas horas libres, y entre quienes definitivamente hacen de la escritura su modo de vida.
¿Cómo ves la relación entre tradición y actualidad en la poesía riojana?
A veces siento que hay una barrera infranqueable entre lo tradicional y las formas actuales, si se puede decir así, de la poesía riojana. Lo folklórico a veces parece no querer dar lugar a otras miradas y viceversa. Yo siempre me planteo, por ejemplo, por qué razón deben seguir apareciendo escenas, o símbolos o costumbres que no dan cuenta de nuestra realidad. Por qué motivo no podemos reflejar así y como son hoy nuestras vivencias. Porque he sentido que si se quieren romper algunas reglas, estas rupturas son muchas veces interpretadas como una falta de respeto a lo tradicional, a las voces establecidas, al “buen decir” de una poesía que si siguiera de esa forma, no encontraría más lectores. Mis alumnos suelen reírse con una expresión que repito hasta el cansancio: “los lectores de Rubén Darío ya no están vivos…”, pero sí debo conmover (como lo hizo en su tiempo R. Darío) a los lectores a los que quiero invitar al convite poético. En La Rioja de hoy ya no quedan (al menos en la ciudad) acequias, ya no se hacen retretas en las plazas, nadie regala serenatas por poner apenas algunos ejemplos. Pero sí sucede la poesía en todas las esquinas y plazas y veredas, porque la poesía seguirá sucediendo, entonces, la debemos buscar en lo que nos rodea, allí donde los lectores se sientan involucrados. Donde se reconozcan. Y mostrarla.
Poemas que ella no quiso escribir
Ella se raspa las rodillas/
se sienta derechita/se afeita las axilas/
se guarda las palabras que nombran lo que no hay que nombrar/
ella cuenta los días/
los que tienen que ser de rojo y sangre/
cruza la plaza con el dolor debajo de las muelas(porque eso del corazón es un
invento)/
ella espera cobrar la litis y entonces lo recuerda/
sabe que puede sola pero sería lindo con él/
ella se ensucia las manos/
con las que ofrece pan con manteca y leche tibia/
ella cruza patios y puentes y sube a trenes que solo la alejan de la memoria/
ella sabe que todo lo que late le pertenece por herencia y hechura/
ella tiembla la mayoría de las veces de miedo/
pero también por el deseo oscuro/
ese que le dijeron era sucio/
y tiembla por la esperanza/
o por la estupidez de esa luna que cuelga el cielo cada noche/
ella se cose la piel que le arrancaron/
o la tira a un costado para ser otra/
ella, que cuando era chica no sabía/
pero que ahora sabe/
ella/
que también guarda la memoria de un abuelo de mierda inmensa/
que la besaba en la boca…
Ella
Que se nace y se muere/
Pero que ahora sabe…
como una duda
de esas oblicuas que caen desde lugares inciertos
como un silencio espeso que humedece las formas
como una sombra que apenas se distingue en el sol de la siesta
como si fuera un nudo y una soga
y como si fueran todas las palabras dichas y escuchadas que te abruman
como si se pudiera alejar de mí
como si se acercara
como reírse
como llorar
como esperar, como escaparse
como un plato de sopa fría
y como un cigarrillo que se apaga para siempre
como todas las palabras calladas
como los sueños de la infancia
como los abismos
y las terrazas
y las cajas cerradas
como la pausa del invierno
como los vidrios empañados
como mentiras y adioses
como esperar y como irse
como cortar el pan y repartirlo
como entrar a los cuartos de la memoria esquiva.
como si fuera posible alzar los puentes.
como si todo eso.
todo junto.
hoy.
en mi garganta…
Fuente: Página 12
The post “No entiendo a la poesía como un género literario” appeared first on Juan Botana.
]]>