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¿POR QUÉ ES NECESARIO HABLAR DE ODIO EN LAS REDES
SOCIALES?
Varios dirigentes políticos y mediáticos empezaron a cuestionar los discursos de odio. El presidente Fernández afirmó hace un tiempo que quiere terminar con los odiadores seriales; el exjefe de gabinete, Santiago Cafiero, llamó oportunamente a desarmar estos discursos.
Consecuentemente, se produjeron revuelos entre reconocidos periodistas como Eduardo Feinmann que publicó en su cuenta de Twitter: “Pensar distinto es odio para @SantiagoCafiero. Son fanáticos del pensamiento único”. El funcionario se refería a poner límites a mensajes como: “Fase 1, fusilar políticos; Fase 2, fusilar sindicalistas; Fase 3, Argentina despega”. Este año, y ante el plenario de la Cepal, Fernández insistió en repensar los modos de comunicar e informar sin afectar la vigencia de los derechos individuales, el derecho a la información o los principios que fundamentan la libertad de expresión.
Obviamente, la libertad de expresión y de opinión deben resguardarse. No es posible censura alguna sobre estas libertades. El problema se genera cuando, en nombre de la libertad de expresión, se difunden mentiras o mensajes violentos. Una cosa es tener opiniones diferentes o miradas del mundo distintas, debiéndose garantizar que todos, absolutamente todos, puedan expresarse; pero algo muy diferente es la opinión de odio. El límite a la libertad de expresión comienza cuando se propaga el odio, cuando la dignidad de otra persona es violentada. Nadie puede decir que se trata de un deseo comunista ni de zurdos, sino del derecho a expresarse con obligaciones, deberes y responsabilidad.
ENTONCES, ¿QUÉ HACEMOS?
Educar. Sabiendo que las expresiones de odio son un conjunto de palabras que acosan, segregan, discriminan, limitan el ejercicio de derechos y generan así un clima intolerante cargado de prejuicios que consolidan la discriminación contra ciertas personas o grupos.
Son ataques motivados por temas raciales, de género, de religión, de nacionalidad, de ideología, de postura política o color de piel, y muchas cosas más. Los que odian siempre tienen cualquier motivo y padecen una borrachera mental que se apoya en prejuicios y datos infundados. Los odiadores seriales ensayan explicaciones sencillas en las redes que clausuran la disputa política, diciendo –por ejemplo– “todo es culpa de los negros”; “las feministas son todas unas sucias”; “son garcas”; “son todos kk”.
Se debe advertir sobre el peligro de usar estos discursos como herramienta política, porque son fácilmente reconocibles y aceptados por quienes se identifican con ellos. A tal punto que logran construir una comunidad. Una comunidad horrible, pero comunidad al fin.
Entonces, es responsabilidad de la política dar el primer paso coordinando acciones para enfrentar discursos de odio motorizados por algoritmos que generan adicción digital. Será difícil, pero se los debe erradicar cuestionándolos vengan de donde vengan. Si en Argentina unos se vinculan con otros a través de la descalificación y el odio, es probable que ese otro también recurra a la misma herramienta. Por qué, ¿no? Para esto, se debe tener una mirada más amplia que exceda las normas legales. A las normas legales nadie las lee. Es necesario forjarnos en la educación a partir de la construcción de una sociedad basada en la diversidad, el pluralismo y el disenso. Es un enorme desafío. Nadie puede insultar, desear la muerte y pretender que esto
no tenga ninguna consecuencia. Se puede decir lo que uno piensa sin incitar y sin negar derechos a nadie.
La pandemia puso a prueba una nueva forma de comunicación a través de las redes sociales. Estos medios pueden presentar cierta permeabilidad a discursos que afectan nuestra sensibilidad. Hay informes que permiten identificar si una red social es un espacio amigable o no; y/o si sus proveedores filtran o no los mensajes de odio.
No es posible que 200 mil tuits diarios se emitan desde una sola cuenta/usuario con mensajes agresivos o se utilicen otras tantas para juegos de odio, jaqueo de sitio o estafas. Tampoco son posible aquellas que utilizan Instagram para preparar un acto terrorista o hacer bombas caseras.
Es preciso regular la temperatura en las redes, porque aquello que se extrema con la palabra después termina radicalizándose en las calles.
En “Mil palabras para entender los discursos de odio” https://www.editoresdelsur.com/publicaciones-digitales/
Gregorio Andersen es comunicador social de la Universidad de Belgrano y docente de la Universidad Nacional de Río Negro
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