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]]>Ambas novelas abordaban los mismos temas: el exilio, la relación entre política y literatura, el clima sofocante del proceso y la violencia política en la Argentina. Ahora, sus estilos y propuestas fueron completamente opuestos: Piglia utilizó a Emilio Renzi, un investigador literario, para ahondar en los crímenes del Rosismo y así estableció una relación instantánea con los crímenes de la dictadura. Desbordaba erudición, se quedó afónico citando a Borges, Kafka y se acalambró las pupilas de tantos guiños con el mundillo intelectual. Asís, en cambio, utilizó dos ex amantes (Rodolfo y Samamtha) para realizar un revisionismo, cínico y malicioso, del drama nacional acontecido en los años 70.
Esta bifurcación obedeció tanto a dos estilos y objetivos completamente opuestos: conseguir, por un lado, la aclamación de la critica y por otro lado la masividad de lectores. Para comprender el estilo y los matices de cada autor tenemos que ahondar en sus historias personales:
Jorge Cayetano Asís, alias el Turco, nació en 1946 en el partido de Avellaneda y, todavía, se lo puede ver deambular por los canales de televisión: desplegando su cinismo, su labia irreverente, narrando en clave literaria el circo político nacional.
Mucho antes de ser un charlatán agremiado fue un escritor pujante y de un estilo único: el mundillo literario comenzó a observarlo a partir de la publicación de su primera novela: Don Abdel Zalim (1972), un retrato desopilante de su padre, de Villa Dominico y, sobre todo, del oficio de madrugar a la gente y no morir en el intento. Luego del debut, Asís contraatacó: Los Reventados (1974), novela ambientada en las postrimerías del asesinato de Rucci y la vuelta de Perón, su argumento giraba en torno a cuatro rufianes que trataban de salvase el pellejo vendiendo posters y artículos sobre el general. La novela terminó como terminó la vuelta de Perón: en charcos masivos de sangre, en una juventud reventada contra el pavimento, en una desilusión que se llevó puesto la esperanza generacional.
El turco Asís, luego de coquetear con el comunismo y posar como escritor comprometido (al punto de estar en las listas de escritores subversivos), dejó el periodismo romántico y se volcó al oneroso: su color local, su picardía, su desaliento lo empezó a plasmar en las páginas del Diario Clarín. Más Todavía: se volvió famoso, gracias a las crónicas de Oberdán Rocamora amasó miles y
miles de lectores. Su desenfado y cinismo ya tenían el camino allanado.
Desde la maquinaria de Clarín publicó su obra fundamental: Flores robadas de los Jardines de Quilmes (1980), su novela más famosa y pieza clave de la literatura contemporánea.
Este libro narraba las primeras escaramuzas amorosas y líricas de Rodolfo y Samantha y, entre párrafo y párrafo, la tragedia de los 70″, la juventud y su peregrinaje a la picadora de carne, la dictadura, el exilio. Se puede decir más también: fue una novela río, donde el drama nacional fluía con humor y desesperación, fue también la historia de amor más entrañable de la literatura contemporánea y un orificio que respiraba sexualidad y desenfado. Esta novela significó un éxito aplanador: luego siguió Carne Picada (1981), la gran novela negra de la dictadura, otro despliegue de la prosa de Asís. El éxito continuó: La calle de los caballos muertos (1982), Canguros, etcétera. Su estilo crudo y a veces soez, le trajo la crítica de los claustros académicos; también, lo acusaron, soslayadamente, de colaboracionista, de no tenía un mensaje claro contra el régimen.
Para consuelo del enjambre que componían los críticos y el claustro académico: escritores sin lectores, panelistas del intelecto, críticos seriales y boludos varios, su gloria literaria viajaba en el Titanic: después de convertirse en Best-Seller, volvió la democracia y su estilo e historia, ya no encajaba en los nuevos aires. Clarín lo barrió debajo de la alfombra y, en un acto de barbarie, Asís publicó la reveladora novela Diario de la Argentina, en ella narraba la intimidad del gran diario argentino, como se compraban las notas y hasta el ascenso meteórico de Magnetto. Fue demasiado.
Luego de meter el dedo en el poder sagrado, el exilio literario: el fenómeno Asís se disecó y su nombre desapareció del vocabulario literario y periodístico de los años ochenta.
Este vía crucis lo narró en la novela Cuaderno del acostado (1988); pero, su amargura y resentimiento, llegó a su fin: Carlos Menen lo rescató del olvido y lo subió al ring nuevamente: fanfarrón, soberbio, condenadamente lúcido, se paseaba despampanante por todos los canales de televisión defendiendo un modelo económico de hambre. Se convirtió en el Asís actual: un sofista, un operador, un mercenario de la palabra.
En un estilo diametralmente opuesto se encontraba Ricardo Piglia: nació en Adrogué en 1941, en la adolescencia se trasladó con su familia a Mar del Plata, luego volvió a Buenos Aires y estudió Historia en la universidad de La Plata. Antes de ser conocido como escritor lo fue como crítico literario y ensayista. Durante los años 60 publicó varios libros de relatos, pero su notoriedad llegó con Respiración Artificial: publicada en pleno proceso militar, la novela ahondaba en los crímenes durante el rosismo a través de Emilio Renzi; en realidad, era una excusa para llevarnos al infierno de la dictadura. Pero la novela fue mucho más: dilatadas charlas sobre literatura, incursión de recursos del ensayo, mezcla exquisita de correspondencia, saltos temporales y una revisión de todo el melodrama nacional.
Respiración Artificial fue una novela abrazada por la crítica y ajena a los grandes reflectores de la literatura comercial. Luego de este desembarco Piglia continuó cimentando su prestigio: La ciudad ausente, Plata quemada y Blanco nocturno contribuyeron a su canonización literaria. En paralelo se desempeñó como Profesor de Literatura Latinoamericana en las Universidades de Harvard y Princeton y en programas de divulgación en los medios locales.
Con el tiempo Flores robadas y Respiración artificial se convirtieron en dos novelas imprescindibles de la literatura contemporánea y sus autores, obtuvieron un titulo solo perteneciente a privilegiados: ser autores de una novela generacional.
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