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]]>Y manifieste que no sabe escribir”
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]]>iba a encontrar
los cuentos olvidados en la memoria.
Yo no escribo, hablo, cuento,
cosas que pasaron.
Pero no que pasaron en la vida,
que están en mi cabeza.
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]]>Jamás pensé que en los recovecos
iba a encontrar
los cuentos guardados en la memoria.
Yo no escribo, hablo, cuento,
cosas que pasaron.
Pero no que pasaron en la vida,
que están en mi cabeza.
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]]>Fue por eso que llamó a Miguel, aquel jueves de verano por la noche, para invitarlo a salir…Fue por eso:
-Micky, Micky. ¿Qué hacés, loco? Mañana es feriado… ¿sabés, no?
-Claro, Gonzalo, ya sé que mañana es feriado. ¿Cómo no voy a saber?
-Bueno, mejor entonces. Así te dejás de joder y no empezás a dar vueltas como hacés siempre y me decís que sí a lo que te voy a proponer.
Prepará el bolso que mañana vamos todos a la pileta de IMOS.
-¿A la pileta de IMOS?
– Sí, a la pileta de IMOS.
-¿Quiénes son todos?
-¡Ves como sos, que ya empezás a mariconear y a dar vueltas!
-… ¡Todos!… ¡Todos son todos! ¿Quiénes vamos a ser?
Quique, el Enano, Juan, me parece que Galatto, Guillermo, el Negro Carlos y capaz que se prende alguno más que todavía no llamé. Pero te quería llamar a vos primero, princesa.
-(…)
¡Somos una banda!, ¿sabés? …
Venite ahora para acà. ¡Venite, dale!
-(…)
-¡Dale, pelotudo! Venite… ¡Apurate! …
Pero no vengas a casa… ¿sabés? …Y trae la guitarra también, además traete la malla, las ojotas y la remerita blanca ajustada que tanto te gusta, así parecés bien putito. ¡Pedazo de maricón!
¡Daale, chabón, venite! ¡Apurate, che, que te espero!
-(…)
Boludo paraá… ¡Estás más hincha pelotas que mi vieja! Preparo todo y voy, pero aguantá un cacho, ¿sabés? No llego enseguida.
(….)
¿Pero a dónde querés que vaya?
-Ah… no te dije todavía, Micky, perdona…
-(…)
-… Pero dale, forro, venite… ¡Metele!
-(…)
-Venite ahora, así salimos temprano.
Pero no vengas a casa. Venite para la casa de los viejos de Marina que se fueron de vacaciones y se la estoy cuidando. Tenemos videocassetera, microondas y todo, ¿sabés? Todo.
-(…)
-Alquilé Rambo para mí y una porno de Tinto Brass para vos, ¡así nos cagamos un poco de risa!
Vos nunca viniste a este departamento, así que te paso la dirección, anotá: Paraguay 2699 esquina Jean Jaures. ¿Te ubicás, no?
-Noo, boludo, ¡que mierda me voy a ubicar!
-Es fácil, Micky, es enfrente de la Plaza Monseñor de Andrea. No te podés equivocar. Vas a ver que hay un Coto nuevo enfrente. ¡Te vas a ubicar!
-Está bien, Gonzalo, le pregunto a mi hermano, que el seguro sabe, como hago para llegar y voy.
-Esperá, Micky, antes que me olvide… ¡Te quería decir que no comás, pelotudo! , que hacemos unos patys a la plancha con queso y te compro una Pepsi como a vos te gusta, ¿o preferís una cerveza esta vez?
-… Lo que vos quieras, Gonzalo, pero aguantá…. Preparo todo y voy, pero voy a tardar por lo menos una hora en llegar hasta allá. A ver, esperá, no cortés, que le pregunto a mi hermano…
¿Danieell, con qué bondi voy hasta Paraguay y Jean Jaures?
– Con el 56 y caminá vago. Va a ser lo mejor.
-¿Gonzalo, ¿eso qué es Once o Barrio Norte?
-Barrio Norte, ¡grasa! ¡Mirá si va a ser Once!
-(…)
¡Acordate que yo vivo en Celina, boludo!
-Ya sé, boludo, que vivís en Celina, te conozco hace más de diez años y siempre viviste ahí. ¡Ah noó, perdona!, el señorito de chiquito vivía en Mataderos. ¡Que fashion! Ja, ja. ¡Apurate y no llorès!, que te espero…
Y no te olvidés la remerita blanca, eeh… ¡pedazo de puto!, que si te la llegás a olvidar después te tenemos que aguantar rezongando todo el día y por lo menos yo, no tengo muchas ganas de oírte chillar…
(No le dijo que llevara un jeans porque estaba seguro que lo iba a llevar. A Miguel le gustaba andar siempre de jean azul gastado y remera blanca, así que descontaba que iba a ir vestido así. Tampoco le aclaro que llevara el gel para el pelo, porque también estaba seguro que lo iba a llevar, si no como hacía para parecerse en el peinado a los rockers ingleses que tanto admiraba, ni el Uvasal en el bolsillo del pantalón o en la billetera por si le caía mal la comida -sufría con frecuencia desajustes estomacales-.
Gonzalo tenía cierta habilidad para convencer a la gente, tenía 18 años recién cumplidos y ya se había convertido en flamante vendedor estrella de la empresa Barugel & Azulay, lo metió a trabajar el viejo de Marina, el dueño del departamento que estaba cuidando. Marina era la novia, era hija de una familia progre, exiliada en Francia durante la dictadura que volvió a la Argentina con la democracia y nieta de una familia judío-alemana por parte de padre y polaca por parte de madre El padre era jefe de ventas de la empresa de fotocopiadoras Ricoh y por eso tenía buenos contactos y amigos en el mundo de las ventas y a uno de esos amigos le recomendó contratar a su actual yerno, Gonzalo, ni bien éste terminó el secundario. ¡No saben la emotiva carta que le envío a su amigo, Ernesto Benegas, gerente de ventas del local de la Av. Del Libertador de la empresa Barugel & Azulay para que lo sumara a su equipo de ventas. La carta hablaba de lo importante que era para un chico que buscaba trabajo y se quería llevar el mundo por delante su primer empleo, y así lo convenció! ¡Un capo!
Gonzalo hace poco más de un año que está de novio con la hija, pero como el padre lo abandonó entrada su adolescencia, Félix –porque así se llamaba el padre de Marina, el nombre completo era Félix Kaufmann- un poco lo adoptó como el hijo varón que nunca tuvo y Gonzalo por ese entonces se hubiera dejado adoptar por cualquiera que le dejara a su cuidado un departamento para hacer lo que él quisiera, durante el término de dos semanas y le prestara tan solo una videocassetera y un horno microondas. Pero lo que quería esta vez no era solamente eso, sino rajarse a la costa atlántica, más precisamente a Villa Gesell para encontrarse con amigos, pero no quería hacerlo solo, y por eso lo llamó a Miguel aquel jueves de verano por la noche. Y a la mañana siguiente lo llevó engañado)
-¡Abrime, Gonzalo, que soy Miguel! ¡Abrime!
-Ya sé, Miguel que sos Miguel, ¿quién carajo vas a ser? La Madre Teresa de Calcuta… Si te estaba esperando a vos, forro.
¿Qué mierda estuviste haciendo hasta esta hora que tardaste tanto? ¿Que te pasó, chabón? ¿Te querías poner linda para mí? ¡Mirá que hoy no te voy a coger…putita! A que te pusiste la bombachita rosa que tanto me gusta. A que te la pusiste.
-(…)
-¡Qué cara de culo! Es un chiste, pasá-
-(…)
Nooo boludo, no jodás con eso. Vos sabés que salir de mi barrio no es fácil. ¿Sabés lo difícil que es caminar hasta la Ricchieri y más con las zapatillas Nike que vos me regalaste. ¡Te rompen las pelotas, todos! Caminás media cuadra y te dicen: “¡Qué lindas zapatillas que tenés, Miguel!, ¿me las dás? Dale, forro, no seas canuto, si vos te podés comprar otras. O si no le pedís que te regale otro par a alguno de tus amigos conchetos. ¿Por qué vos estoy seguro que tenés amigos conchetos en la capital? .Si no no irías tanto. Y cosas así.
A mí no me afanan porque me conocen, pero igual cada vez que pueden me rompen las pelotas y me bardean cada tanto mientras camino por el barrio y caminar una cuadra en Celina por lo general se convierte en dos y a veces en tres o quién sabe en cuantas más.
-¡Lo que pasa es que vos no sabés! ¡Vos no tenés idea, Gonzalo!-
-(…)
Estaá bieen… Dejate de llorar, maricón. ¡Tanto lío por esas zapatillas! ¡Si son una cagada esas zapatillas., boludo! Se las compré usadas a un pelotudo de Hindú, que el garca del padre se las trajo de afuera y que cada vez que íbamos a la casa con Maxi, Pancuca y con el gordo Fede nos decía: “no se afanen, naada”, “no se afanen, naada” y a menudo se jactaba de tirarle piedras a los gatos del botánico por la noche cuando los pobres estaban durmiendo y el muy forro lo hacía desde su inmenso balcón con vista a la Avenida Santa Fe y si por casualidad llegaba a saber que alguno de nosotros tenía una hermana que estaba buena te preguntaba: “es puta, tu hermana, no”, “es puta…tu hermana” Y seguía: “¿Está buena?…” “¡Qué va a estar buena…!” “Seguro, que es fea como vos, pero si es puta me la cojo igual”, “es puta, tu hermana, no”
– Nooo.
A ese pelotudo se las compré, ¿sabés? ¡Son brasileras…, no se usan más allá!, las trae de Río de Janeiro. Acá los pibes las usan porque todavía no entran muchos productos importados. Debe ser por eso. ¡Ahora se usan las New Balance, Micky! ¡Las New Balance!
-(…)
¡Para mí están buenísimas, igual!
-Ya sé que para vos están buenísimas por eso te las dí. Dejá de hacer puchero, maricón, como si fueras un pobrecito, que me vas a hacer llorar a mí también y no quiero.
¡Ahora se usan las New Balance, Micky! Yo ya tengo unas. ¿Las querés ver? Subí que te las muestro. Se las compré a Santi, un pibe que iba conmigo al Saint Leonard, ¿sabés?
– ¡Qué voy a saber, si no conozco a ninguno de los pelotudos que iban con vos al Saint Leonard!
.-Ah no, nunca te los presenté…
Se las trae el viejo de Estados Unidos y el turro se las vende a los amigos en el colegio. Así se hace unos mangos, ¿sabés?
¡Estas sí que están buenísimas!
-¡Dejá de decir boludeces, Gonzalo y abrime la puerta de una vez, pelotudo, que tengo hambre!
-¿Qué no abrió el timbre? Que cagada, otra vez no anda.
-Ahí va, Micky, perdona. Seguro que es el pelotudo del cuarto que cierra la puerta con llave y dice que es por seguridad.
Ya bajo con la llave a abrirte.
-(…)
-¡Que haceés, queriido!
-¡Que hacés, cabezón!
¿Por qué tenías tanto apuro en que viniera?
-Porque te quería ver, así vamos mañana tempranito a la pileta. Así que a comer… y derechito a la camita. Nada de hablar hasta tarde como te gusta a vos de las minitas que decís te levantás en la ferretería y todo eso. Y que encima es mentira.
-¡Que va a ser mentira, boludo!
-…ni de poner la radio hasta tarde para escuchar la música pedorra que escuchás vos, porque ahora a la noche escuchamos a Dolina.
-¿Quién es Dolina?
-Después te cuento. Micky…
-(…)
Un conductor de radio que le gusta mucho a Marina y a sus amigas del Lenguitas y de tanto y tanto escucharlo ahora me gusta un poco a mí también. Se hace el progre pero me parece a mí que es más peronista que zurdo, hasta lo fuimos a ver con Marina en vivo a los estudios de la Radio Continental.
-Pero no me dijiste. Micky. ¿Te gusta el departamento, che?
-¡Está buenísimo, boludo! ¡Es enorme! Pensá que nosotros vivimos cinco con el perro en un dos ambientes chicos del Barrio Obrero en Celina.
-(…)
-¡Está buenísimo! Encima tiene una biblioteca gigante y tiene me parece…, a ver…todos los tomos de “El Capital” de Karl Marx. Yo lo único que leí de Marx fue el apunte sobre la teoría del valor, ese que habla de la plusvalía, el que me prestó Juan. A él se lo dieron para estudiar en el CBC para la Carrera de Comunicación.
-¿Vos leíste algo de Marx, Gonzalo?
-Noó, que carajo voy a leer, me importa un pito Marx. A mí no me interesa ni la sociología, ni la comunicación, ni la política como a ustedes, yo me quiero anotar en economía, pero para ser Administrador de Empresas. ¡Empresario, papá! Pero por ahora lo único que me interesa es ascender en la empresa que estoy y vender muchas juegos de baños y cocinas para ganar mucha plata y poder irme todas las veces que quiera de joda.
Bueno… pero para eso primero tengo que terminar las dos materias del secundario que me faltan.
-¿Qué? ¿Y Marina?
-Con Marina también quiero irme de joda, con Marina también… No hablaba de salir con otras minas, boludo, ¿qué pensaste?
(El departamento era precioso y era obvio que el suegro de Gonzalo, Félix Kaufmann, no lo compró vendiendo fotocopiadoras, ni traduciendo textos inéditos de Marx y Engels y de Rosa Luxemburgo del alemán al francés ni textos de Althusser del francés al castellano durante el exilio en Francia. La guita un poco la heredó de la madre de su mujer y otro poco de algún vuelto que se quedó de la política, antes que lo amenazarán de muerte y se tuviera que ir a vivir con la familia a las afuera de París. De hecho, la hermana más chica de Marina, Marguerite, es francesa. Dicen que Félix es, o mejor dicho, fue testaferro de un alto dirigente del Partido Comunista francés y que tenía fuertes vinculaciones en la Argentina con Rubens Iscaro y que ahora es testaferro de gente del PC en la Argentina.
Gonzalo de progre no tenía nada. Más bien, era o fue, bastante careta, lo mandaron a estudiar de chico a un colegio inglés bilingüe y a jugar al rugby al Hindú Club que quedaba y queda en Torcuato, pero cuando su abuelo “Bocha” se murió un poco que su castillo de naipes se le vino abajo y de a poco se le fue acabando todo y tuvo que reconstruir su vida y la de su familia como pudo. Su madre “Chiche” hace años que estaba o está enferma de una enfermedad que ataca a los nervios adentro de la cabeza y quedó al cuidado de su abuela “Memé” al igual que él hasta cumplir los 18.
Un tío por parte de la madre que estaba en mejor posición económica que ellos y que vivía en un piso alto con vista al río sobre la Av. del Libertador en Vicente López frente a donde ahora hay un Carrefour los ayudó económicamente hasta que se cansó de hacerlo tiempo después de la muerte de su abuelo y un poco que se acabó todo para él. Se acabó el Saint Leonard, se acabó el Hindú y su tercer tiempo, se acabaron las chicas rubias de jockey y los viajes al exterior y la parafina en el pelo y vinieron las zapatillas importadas usadas, las remeras Sun Surf presadas, la secundaria nocturna en un colegio público de Once donde cursa las últimas dos materias que le faltan para poder terminarla –aunque el currículum que le armó el papá de Marina diga que es perito mercantil recibido- , los amigos pobres, el irse a vivir solo a un cuchitril sobre la calle Oro casi esquina Güemes cerca de Pacífico, que alquiló con la garantía del suegro. Tener que trabajar para pagar el alquiler y prácticamente dejar de ver a su mamá y a su abuela por recomendación de su suegra que era psicoanalista lacaniana y que jamás ejerció y que no tuvo mejor idea que decirle que tenía que romper con su familia porque si no nunca iba a poder progresar en la vida, en vez de recomendarle hacer terapia, a lo mejor porque sabía que no la iba a hacer y un poco que le hizo caso. Como le hizo caso Miguel a él, cuando le dijo: “Ya vimos la peli…, hemos comido, hemos bebido y ahora…)
-A dormir, Micky, que mañana nos tenemos que levantar temprano.
Pero antes escuchá el cassette que tengo: “Eyes without a face…” Escuchà, Micky, escuchá: “Eyes without a face…” ¿Qué es …? ¡Billy Idol, papá! Este tema seguro lo vas a poder sacar con la guitarra. ¡Vas a ver!
¡Que duermas bien, Micky! ¡Hasta mañana! ¡Qué descanses! No te puse la de Tinto Brass porque tenía miedo que te pusiera calentito y después te costara dormir y te anduvieras tocando.
A la mañana siguiente a la luz de un nuevo día, Gonzalo, no logra despertarlo:
-¡Despertate. Micky, despertate!
-Noo, pará, dejame dormir… un poco más.
Dale…, no seas canuto, cinco minutitos màs.
-Noo, boludo, que cinco minutitos más, despertate que es tarde. Ya te preparé el bolso y la leche calentita para el café.
Dale, levantate, boludo, que se enfría.
-(…)
-Seguro que te quedaste a la noche despierto fumando en el balcón y por eso ahora tenés tanto sueño.
¡Dale, Micky, despertate, toma la leche que nos vamos!
Gonzalo agarró con una mano los dos bolsos, pero antes que se fueran, manoteó con la mano que le quedaba libre un sobre con plata que estaba guardado en la vitrina del comedor y enseguida otro y los metió con carpa, lo más rápido que pudo en la mochila que tenía colgada en la espalda para que Micky no lo viera. Igual Miguel estaba tan dormido que aunque quisiera no podía ver nada.
Bajaron juntos por la escalera corriendo y sin dudar Gonzalo paró un taxi:
-¡Taxii, taxii!, ¡Acá, por favor!-, gritó.
El auto estacionó…
-¿Para qué vamos en taxi, Gonzalo?, preguntó sorprendido Miguel.
-¿Para qué va a ser, boludo? Para no llegar tarde. Si te la pasaste media hora lavándote la cara en el baño y peinándote el jopo frente al espejo como una quinceañera, además de calentar el café con leche cuatro veces en el microondas.
Por eso.
-(…)
-Maestro, cómo le va, llévenos a Aeroparque, por favor, y hágalo lo más rápido que pueda.
-(….)
-¿Para qué vamos a Aeroparque?, preguntó Miguel.
-Para ir a buscar a Juan.
-¿Pero Juan no está en Villa Gesell?
-(…)
-¿No está en Villa Gesell…?
-(…)
Ya vas a ver…, Micky. ¡Es una sorpresa…!
Al llegar a Aeroparque, por suerte el avión con destino a Mar del Plata estaba demorado y eso le dio tiempo a Gonzalo para contarle a Miguel que en realidad iban a ir a encontrarse con los chicos, pero a Villa Gesell, porque se habían ido todos a la costa hace un par de días, algunos en micro y otros en el auto de Quique, y que por supuesto no iban a ir a la pileta de IMOS, sino a la playa., que le había mentido y que por favor lo perdonara. Pero que sí se lo decía antes, seguramente no iba a aceptar, porque “vos sos un poco cagón y le tenés miedo a los aviones”. Y no entiendo bien por qué, porque nunca viajaste en uno. ¿O sí?
-Decime, Micky: ¿Por qué le tenès miedo a los aviones?
-¿Qué se yo, boludo? No me jodás con eso. Yo nunca salí mucho de Celina: al colegio en Mataderos, o a Caballito, o a Flores, o a Ramos, o a Belgrano cuando me encuentro con alguna minita, y ahora con ustedes que voy un poco más a Nuñez a la casa de mi primo Quique. Pero mucho más que el 28 que va por la Gral. Paz hasta Estación Rivadavia yo nunca me tomé. ¡A no, miento!, me tomé el tren eléctrico con ustedes, cuando fuimos de colados a Mar del Plata hace unos años. ¿Te acordás, no?
-¡Claro, cómo no me voy a acordar, boludo! ¡Si la pasamos genial! Si nos colamos todos y viajamos abajo de los asientos para que no nos viera el guarda: “Chancho, Chancho”, le gritaba el negro Carlos y se volvía a esconder y nosotros nos asustábamos todos por miedo a que nos descubriera. Me acuerdo que no nos querían alquilar una pieza en ningún hotel porque éramos menores. Decí que encontramos a ese pibe Jorge que iba a ver a la novia y como era mayor de edad firmó el libro de entradas en nombre de todos nosotros y nos dejaron pasar. ¡La pasamos genial!
-¿Te acordás cuando Juan se estaba cagando encima y como el Negro Carlos estaba ocupando el baño y tardaba mucho en salir, Juan no se aguantó más y antes de hacerse caca encima gritó: “la caja, la caja” y Quique le alcanzó la caja de zapatillas Nike vacía que se había comprado el Negro para que la usara de chata. ¡Qué hijo de puta este Juan! Tan fino que parece.
-¿Y te acordás cuando perdiste tu remera blanca porque le hiciste caso al pelotudo de Guillermo Binstock de lavarla en el mar? Decí que siempre llevás más de una.
-Y cuando estábamos en Playa Grande caminando por las rocas y el boludo de Horacio grita: “Vengan, vengan, que está lleno de minas tomando sol en pelotas” y vos corriste como buen pajero que sos y cuando se acercaron con Fernando y Robertito eran una manga de putos de pelo largo con la cola parada que les dijeron: “Hola, chicos”. “Seguro que vienen a debutar a Mar del Plata”. Y vos le gritabas desencajado: “Pero no con vos, puto de mierda”. “Pero no con vos”. Mientras Horacio le tiraba piedras ¿Pero bien que te gustaron de lejos, no? ¡Pedazo de puto! ¡Eso te pasó por pajero!
-(…)
¡No, jodás, boludo, claro que me acuerdo! No ves que estoy asustado. Yo nunca viajé en avión.
-Al final te entretuve con estas historias y ya casi llegamos. ¡Mirá lo buena que está la asafata! ¡Mirá que buena que está!
-(…)
¡Boludo, estabas tan nervioso que ni siquiera la viste!
Ya está maricón, ya pasó, ya llegamos.
-¿Y cómo pagaste todo esto, Gonzalo?
-Con plata, como lo voy a pagar.
-¿Y estos días con qué plata vamos a vivir? ¿Cómo vamos a ir hasta Villa Gesell?
-En remis…, pero quedate tranquilo que yo tengo suficiente guita para los dos, sino no te hubiera dicho que vinieras.
-¿Y cómo vamos a volver? ¡Mirá que yo tengo que estar el lunes a las ocho en la ferretería, eh!
-Yo también tengo que estar en la oficina a más tardar a las nueve. Así que por eso no te preocupés. ¡En micro vamos a volver, en micro!
-¿Pero tenemos pasajes?
-¡Que hincha pelotas que estás! Al menos llevá los bolsos que al final de cuentas hago todo yo.
Los sacamos allá. No te dije que yo tengo plata para los dos y si nos falta le pedimos a Juan o a Quique que seguro tienen. ¡No te preocupés!
A Miguel no se le fue el susto en todo el viaje en avión. No se movió del asiento en ningún momento, no hizo chistes ni le tiró tiros a las azafatas ni onda a ninguna otra mina y se bancó calladito que Gonzalo lo bardeara y le contará por enésima vez historias que ya son viejas, vividas en común y archiconocidas por ambos. Ni siquiera se preocupó por ir hasta el baño y acomodarse el pelo con gel cada tanto, como hace siempre.
A Miguel no se le fue el susto en todo el viaje en remis desde el aeropuerto de Camet hasta la 108 y 6 en Villa Gesell donde estaban sus nueve amigos hacinados en una pieza de alquiler que dejaba mucho que desear: Quique, el Enano, Gustavo Galatto, Diego Morera, Guillermo Binstock, el Negro Carlos, Juan y dos amigos de Juan: Daniel Esses y Alejandrito Sztjen, los que al verlos dijeron:
-“¡GONZALO, GONZALO!”, viniste… ¡Vinieron, eeehhh…! ¡MIGUEL! ¿Cómo lo convenciste para que viniera al puto este?, exclamó Quique.
-Fue fácil, un poquito de vaselina y de a poquito fue abriendo los cantos. No saben lo asustado que estaba en el avión y como pide pija la guacha.
-¿Qué vinieron en avioónn? ¡Qué caapos!, gritó el Enano.
– Y sí, sino no llegábamos, contestó Gonzalo.
Miguel no podía decir palabra, se limitó a saludar a Daniel Esses y a Alejandrito que los acababa de conocer y fueron presentados en ese mismo momento por Juan, que de todos era el más educado y además parecían mucho menos desaforados que Quique, el Enano, el Negro Carlos y Gonzalo juntos, por lo que tuvo la sensación de que podían ser amigos o por lo menos llevarse bien mientras durara la convivencia.
Casi por la tarde fueron todos a la playa y a la noche a comer a un restaurant caretón que habían elegido entre Guillermo y Alejandro como para festejar el reencuentro y ahí Gonzalo no tardó en mandarse una de las suyas cuando Alejandrito a quién hace unas horas acababa de conocer le preguntó a la camarera:
-“Señorita, por favor, podría servirme unos mariscos”
-Si, claro, contestó la empleada.
-“Mirá que mariscos piden los putos”, le gritó desde la otra punta de la mesa un fervoroso Gonzalo.
-“Y a vos que te importa, boludo, si no los vas a comer vos”
-Noo, yo te digo por vos. Porque no sé si sabías que hay marea roja
-(…)
-¿No, señorita, que hay marea roja?, preguntó Gonzalo.
-(…)
¿Hay marea roja?, le preguntó por abajo Alejandro a una de las mozas.
¿Hay marea roja?, le volvió a preguntar a un señor que estaba en la mesa de al lado comiendo tranquilamente con su mujer y sus hijos.
Gonzalo, por supuesto, ya los había hecho cómplices a todos y todos fueron sus secuaces en la cargada a Alejandrito que por lo visto era un poco inocentón y llamó a la camarera y con vergüenza le dijo:
-“Señorita, discúlpeme, por favor, le puedo cambiar el pedido.
-Si, claro.
-No me traiga mariscos, traigame un bife a caballo con papas fritas, bien cargado, demostrando que el podía comer una comida mejor que los ñoquis con tuco que pidió todo el resto, incluso Gonzalo que teniendo un montón de plata encima prefirió guardársela porque tenía otros planes. Y otra bandeja con pan, y otra Coca, y una Cerveza también, y después postre.
Más tarde y después de jugar al pool en parejas de dos en un Bar llamado “Dinamita”, donde los que perdían tenían que pagar a cada uno de los ganadores un licuado de banana con dulce de leche, se dividieron en grupos: unos fueron a un boliche en la playa de nombre “Charlie’s”, ahí fueron: Miguel, Juan, Guillermo, Daniel y Alejandrito; y todos los demás fueron a un bar medio “rock and roll” que se llamaba “Petroleum”: el Enano, Galatto, Diego Morera que eran chupa medias de Quique y el Negro Carlos, con la promesa de que Quique y Gonzalo iban a ir después para allá, pero se demoraron un poco porque Gonzalo quería convencerlo de algo.
-¿Quique, me acompañas mañana al Casino de Pinamar? ¿Vamos con tu auto, dale? Yo tengo plata para la nafta y para todo. Para putas si querés también, cerramos la sala de Black Jack , todo. Nos las cogemos arriba de la mesa de ruleta. Si querés te compro merca, todo. ¡Lo que vos quieras, papu! ¡Llevame, dale! ¡Vamos!
Vamos mañana a la tardecita y con la excusa de irnos a bañar a la pieza nos rajamos de la playa mientras todos se quedan cantando y tocando la guitarra con Miguel cuando baja el sol y se ponen seguro a tomar mate con facturas, que para eso son especialistas.
Gonzalo ya lo había convencido a Quique. Quique todo el tiempo quiso preguntarle de donde había sacado la plata que decía tener, pero no se animó, así que se fueron juntos para “Petroleum” a tomar una cervecitas-. “Una Quilmes negra para mi amigo, Quique”-, pidió en la barra y también para todos los que le gusta Rata Blanca, y a partir de ese momento empezó a sacar plata que traía escondida en un sobre que guardaba en la mochila y empezó a gastarla. “Acá a las ratas las matamos a todas”, gritó un borracho que se la daba de Jagger sentado frente a la ventana. “Aguante los Ratones”, gritó, entonces, Gonzalo.
Al otro día, Gonzalo y Quique hicieron lo que habían planeado: se fueron de la playa, le llenaron el tanque al Honda Civic, dos puertas, modelo 80 azul metalizado y encararon la ruta 11 para el lado de Ostende hasta el Casino de Pinamar con la ilusión y los nervios a cuestas; entraron, Gonzalo, jugó un par de plenos al número 22 que es el día de su cumpleaños y perdió, después al Punto y banca y también perdió, hasta que pidió dos whiskys en la barra para Quique y para él, se acercó al jefe de sala del casino y pidió cerrar la sala de Black Jack por el término de una hora, pero ahí entró solo. Quique se quedó afuera en los pasillos fumando y preguntándose como salía tanta plata de un sobre que traía encanutado en los calzoncillos Gonzalo y encima le parecía haber visto dólares, pero cada vez que Gonza sacaba plata y más plata de ahí le decía que mirara para otro lado y él le hacía caso. Lo que no pudo hacer Quique es mirar para otro lado cuando dos terribles morochas no le sacaban los ojos de encima, y él que todavía era un poco inexperto en la vida y el sexo, se dejó llevar por esas miradas hasta que supuso que lo que querían esas minas era merca, porque salvo que fueran putas jamás se fijarían en él, aunque estuviera acompañado por otro pendejo que se hacía el millonario y no paraba de adornar a cuenta persona se le acercaba: “esto es para vos” de acá y “esto es para vos” de allá. Y así las cosas.
A la hora y media aproximadamente salió Gonzalo con cara de pocos amigos, pero como un experto en disimular dijo:
-“Quique, dónde estabas, te estaba buscando”
-Estaba acá, Gonzalo, fumando.¿Dónde voy a estar?
-¿Y estas chicas que están allá son amigas tuyas?
-Noo, ojalá, que van a ser amigas mías. Pero no paran de mirarme…Para mí, que quieren merca.
-Chicas, ¿cómo están? , se acercó Gonzalo. El es mi amigo, Quique. ¿Quieren que vayamos a tomar algo? Una cerveza, frula, o algo así. ¿Quieren?
-Si quieren merca le conseguimos, pero acá no-, contestaron las chicas. Podemos ir a nuestro departamento si quieren ¿Están con auto?
-Sí, gritó Gonzalo: “Estamos con auto”.
-Eso si, les va a salir una platita y algún regalito para nosotras si quieren que la pasemos bien. ¡Muy bien!
-“Por la plata no hay problema”, dijo Gonzalo.
-“Vamos entonces”, dijeron ellas.
-“Que lindos que son” ¿Cómo se llaman?
-Yo Gonzalo y mi amigo, Quique.
-¿Ustedes?
-Yanina “mimosa”…dijo una de ellas y le acercó un beso al costado de la boca a Gonzalo como sabiendo quien manejaba la billetera.
.Cathy, dijo la otra y le estampó un beso en la mejilla a Quique que lo manchó con rouge, pero este fue más tímido.
A lo que Gonzalo le dijo: “Relaja, Quique, que son putas”
-¿Cómo te fue en el Black Jack?
-Para el orto, ni me hablés, me queda guita para estas trolas y no mucho más.
-¿De dónde la sacaste?
-Vamos a festejar mejor que la noche está en pañales y yo tengo unas ganas locas de coger, a ver si acabando se me va la mufa.
-¿De dónde la sacaste…?
-Me adelantaron todas las comisiones de las ventas de este mes en el laburo, va se las pedí. Estoy ganando mucho, pero también estoy gastando mucho, pero no quiero hablar de eso ahora. ¡Mejor vamos a festejar!
A la noche del día siguiente, Gonzalo tenía que volver con Miguel en micro a Buenos Aires, pero no tenía guita ni para los pasajes y su única salvación como siempre era Juan, pero esta vez no lo sumó a su joda porque tenía miedo que le preguntara de donde había sacado la guita y tuviera que decir la verdad y a Miguel no lo podía llevar por razones obvias y de los demás casi que no era amigo, un poco del Enano, pero tenía más ganas de ser amigo él de Gonzalo que Gonzalo de él. Ah, y del Negro Carlos pero era muy quilombero y le gustaba demasiado la joda y era incapaz de guardar un secreto.
-¿Juan me podés prestar plata para comprar mi pasaje y el de Miguel para volver a Buenos Aires? En Buenos Aires te la devuelvo.
-Sabès que pasa, Gonza, esta vez no tengo.
-¿Dale, mirá si vos no vas a tener plata?
-No, cambié de laburo y no tengo casi guita, encima esta vez lo estoy bancando a Daniel. ¡Perdoná! El que tiene un montón de plata es Alito.
-¿Quién es Alito?
-Alito es Alejandrito Sztjen.
-¿El de los mariscos?
Pero ni lo conozco, ¿no me va a prestar? Encima se recalentó cuando lo cargué.
-(….)
-¿Dónde la guarda? ¿Por saber nomás?
-La tiene en el bolsillo de la campera marrón de cuero. ¡Pero no se te ocurra afanársela!
A las horas Gonzalo tenía los pasajes para él y para Miguel. “Viste, Micky, que no te iba a fallar, que te dije que no te preocuparas” y al grito del Negro Carlos en pedo en la terminal de ómnibus de “un Ràpido para mi amigo Gonzalo y paaara Miguel” se fueron en el Rápido Argentino con destino a Retiro. Fueron todos a despedirlos, menos Daniel Esses y por supuesto, Alejandrito que ofendido sin saludar se fue un rato antes solo desde la misma estación de micros hacia Mar del Plata para encontrarse con unos amigos de Hebraica con los cuales igual tenía pensado encontrarse la semana que viene, pero adelanto el viaje cuando se dio cuenta que ya no podía confiar en los que dormían con él, porque le faltaba dinero de la billetera que guardaba en el bolsillo de la campera que estaba en el placard y al único que se lo dijo fue a Dany, dejo saludos para Juan y se fue.
(Como decía el papá de Juan: “Gonzalo no te quería cagar, pero tenía siempre una diarrea…”. Encima Juan, con esa cara de bueno que tiene, jamás nadie desconfía de él y se la pasa aconsejando a todos como hacer cualquier cosa: si le preguntan como hacer una monografía, él te dice como hacer una monografía; si le preguntan como encararse una mina, él te dice cómo encararte una mina; si le preguntan como armar un faso, él te dice como armar un faso, aunque nunca haya fumado un faso; y si le preguntan cómo afanar, él te dice como afanar; con esa lógica que sigue como si las cosas cayeran siempre de maduro para entender cualquier lógica y te la explica como en juego de ajedrez.
Gonzalo volvió a Buenos Aires con tiempo suficiente como para ir a trabajar y presentarse a la reunión que tenía en la oficina con un arquitecto que debía hacer una compra bastante grande de sanitarios y cocinas en Barujel & Azulay para dos edificios de departamentos que estaba edificando por la zona de Saavedra, además el tipo venía recomendado por su suegro, Félix Kaufmann, el que se fue de vacaciones y dejó su departamento y el de su familia al cuidado de Gonzalo y un par de recados más para hacer. Pero Gonzalo estaba demasiado quemado por el sol y demasiado nervioso ese día como para presentarse a trabajar y no fue).
-¿Gonzalo, qué te pasó que no viniste a trabajar hoy?, le preguntó cuando lo llamó por teléfono su jefe Ernesto Benegas.
-(…)
-Te llamé al departamento de Félix, pero como no te encontré te llamé a tu casa porque supuse que estabas ahí.
-Lo que pasa es que estoy muy descompuesto y con fiebre, por eso no fui hoy a trabajar. Me parece que me insolé ayer en la pileta de IMOS.
-¿Pero si ayer estuvo nublado, Gonzalo?
-Noo, el rato que hubo sol digo. Lo que pasó es que me quedé dormido y me quemé mal o me insolé, que se yo, y por eso ahora me siento mal.
-¿Me parece que no hubo nunca sol ayer, Gonzalo?
-(…)
-Bueno, no importa si hubo sol o no hubo sol. El tema es que me defraudaste. Félix y yo te confiamos este cliente que era muy importante para la empresa y vos no te presentaste a la reunión con él y el tipo se quedo esperándote, ni siquiera fuiste capaz de llamarlo ni a él ni a mí ni a ninguno de tus compañeros para que lo atendiera, así que le pasé la cuenta a Ramiro Pérez Vidal y el amablemente lo atendió y cerró la venta a su favor.
Si no vas a comprometerte con el trabajo, decímelo, así no pierdo tiempo con vos, ni en capacitarte, ni en pasarte buenos clientes, ni en nada. Pero es tu decisión, claro.
O le voy a tener que decir a Félix que nos equivocamos con vos, que no te interesa tanto este trabajo.
Chau, Gonzalo, que te mejores. Te espero mañana a primera hora en mi oficina. No faltes. Chau.
-Chau, Ernesto.
Y así pasó para Gonzalo la semana laboral: su jefe como castigo le quitó el saludo y lo miraba de reojo y con cara de culo todo el tiempo y no le pasaba más clientes -una técnica por lo visto bastante pelotuda- porque Gonzalo no funcionaba así. Que su jefe no le hablara por unos días no constituía ningún castigo para él, sino todo lo contrario, así por un tiempo no le hinchaba las pelotas. Igual a Gonzalo le sobraba carisma y talento como para levantarse del escritorio sólo cuando tenía ganas de hacerlo, tomarse el trabajo de dar una vueltita por el salón y cerrar una venta tras otra con cualquiera de los potenciales clientes que entraban al local, incluso con los que solo ingresaban para averiguar los precios y las formas de pago y nada más, y él siempre terminaba vendiéndoles algo y más si los clientes eran mujeres a las cuales atendía con especial atención o tenían pinta de rugbiers o de jugar al golf en el golfito cercano al Tiro Federal, personajes a los que conocía muy bien tanto por su pasado de rugbier o porque era asiduo habitué del golfito de Udaondo.
Y así pasó Gonzalo la semana con los amigos todavía en Villa Gesell y con el llamado de Miguel que le hizo recordar que tenía que solucionar una cosa antes que volviera su novia con la familia de Córdoba y tuviera que devolver el departamento en condiciones el día sábado.
-Gonzalo, ¿cómo estás?
-¡Qué hacés Micky! ¡Bien, como voy a estar!
-No, te preguntaba porque a mí aunque quieras no me podés engañar. Yo vi la cara de preocupación que tenías a la noche en el micro cuando veníamos para acá. Si no te podías dormir, dabas vueltas de un lado y después para otro y nada. Si no pegaste un ojo en toda la noche.
No te llamé antes porque se que no te gusta que te esté diciendo lo que tenés que hacer, ni que me meta mucho en tu vida, pero te vi preocupado y por eso decidí llamarte ahora.
¿Fue por algo que paso el día que se fueron con Quique a Pinamar? ¿Fue por eso? Mirá que mi tía no sabe nada que Quique se está drogando de nuevo. ¿No le habrás prestado plata vos para que compre merca, no? Igual no te preocupés que yo no le voy a decir nada a Gregoria.
-No, Micky, no es eso, boludo, no es por Quique que estoy preocupado.
Me están rompiendo las bolas mucho en el laburo con que venda y venda y mi jefe se calentó porque falté el lunes y yo cuando volvíamos en el micro ya pensaba faltar, encima el pelotudo de mi jefe es muy amigo de Félix y le cuenta todo lo que yo hago. No sé, los pelotudos, se creeran que así me están cuidando, que lo hacen por mi bien. ¡Y que mierda saben lo que es el bien para mí! Además con Marina y con la familia las cosas no andan bien. ¡Estoy un poco hinchado las pelotas de todo!
-¿Y con tu vieja y tu abuela?
-Non con ellas no. ¡Pobres, si prácticamente no las veo! Por más que me haga el boludo mi mamá no está bien y no me gusta verla así y entonces prefiero no ir.
-(…)
Bueno, Gonzalo, te tengo que cortar porque tengo gente en la ferretería. Chau, loco, cuidate, que estés bien.
-Chau, Micky, hablamos después. Gracias por llamar.
Después de la hora de comer, Gonzalo, se armó de valor y encaró a su jefe:
-Ernesto, te quería hablar….
-Qué necesitás Gonzalo. Mirá que con vos no quiero hablar.
-(…)
Seguís siendo el mejor vendedor del salón, pero lo que hiciste el lunes no me cayó nada bien y vas a tener que hacer muy buena letra para que te devuelva el saludo.
-Ya sé. Lo que te quería pedir es si existe la posibilidad que me adelanten las comisiones de este mes y de los meses siguientes porque tengo unos gastos extraordinarios y voy a necesitar la plata.
-Eso lo maneja contaduría y para sacar adelanto de comisiones que todavía la empresa no cobró tendría que poner el gancho yo y por vos esta vez no lo voy a hacer, al menos hasta que te vuelvas a ganar mi confianza.
-(…)
-Aunque no lo creas te estoy ayudando. Si no hago esto no aprendés más.
¿Y quién mierda quería aprender algo y encima de este pelotudo? Así que Gonzalo se fue directo con los últimos tres y únicos recibos de sueldo a pedir un préstamo a una financiera que por supuesto no se lo dieron porque le exigían como mínimo tener seis meses de antigüedad en el puesto y él todavía no los tenía y cuando salió del local de la Av. Cabildo empezó a transpirar y a transpirar y lo mejor que se le ocurrió fue ir a ver a su tío materno que no veía hace tiempo, pero no lo atendió y después a su abuela que por supuesto si lo recibió con un abrazo y le preparó la salsa boloñesa con ravioles que al tanto le gustaba y le prestó toda la plata que tenía, pero no era mucha y solo alcanzaba para cubrir la plata de los impuestos de la casa de Marina y nada más.
Gonzalo abrazó a su abuela Memé y a su mamá Chiche con afecto y se fue, prometiéndole como hacía siempre que las iba a ir a visitar más seguido.
Al día siguiente, pagó los impuestos adeudados del departamento de la familia de Marina antes que cortaran algún que otro servicio, pero el problema aún no estaba resuelto.
Para colmó, el viernes por la mañana en la oficina no entraba un puto cliente, ni siquiera esos con pinta de garcas que sacan plata de todos los colores del bolsillo y pagan en efectivo y él ya había arreglado con la chica de contaduría que si entraba un pago grande en efectivo por cualquier venta de cualquiera de los vendedores del salón se lo daba y hacían figurar la venta para el mes que viene, porque todo el mundo estaba al tanto en la oficina que Gonzalo estaba atravesando un problema delicado de plata, pero no sabían bien cual y que el plazo se vencía más o menos el día sábado y lo querían ayudar.
Pero el tiempo se acabó y sonó con más insistencia que otras veces el teléfono de su escritorio.
-Gonzi, ¿cómo estás?
-Que hacés, Marina, volvieron.
-Si, volvimos un día antes.
-Ahh…
¿Qué tal la pasaron?
-Bien, muy bien.
-Ahh…
¿Qué tal La Cumbrecita?
– ¡Lindo, muy lindo, mi negro! Así dicen allá.
-Ahh…
-¿Estás bien, vos, Gonzi? Te noto raro.
-Raro, yo, ¿por qué? No, estoy bien. Un poco cansado nomás.
-Perdona, que te pregunte ahora: ¿pudiste pagar los impuestos de la casa?
-Si, Marina, claro, que los pagué. Unos días más tarde porque me colgué un poco pero los pagué.
-Ah, porque no estaban los recibos, quiero decir que no los encontramos.
-Porque los tengo yo guardados en la mochila. A la noche te los doy.
-¡Está bieen! No hay problema por eso.
-Chee, y el sobre que tenías que llevarle a Iscaro del PC, el que estaba herméticamente cerrado, que tenía los dólares ¿se lo llevaste? ¿O lo tenés vos todavía? Porque mi papá está como loco buscándolo, porque el tipo lo llamó hoy a la mañana diciéndole que no había recibido la plata y está convencido que vos te olvidaste de hacer lo que te pidió.
-Pará… Marina, que no te escucho bien. Haber… dejame que cambio de teléfono.
Ahora, te escucho mejor, ¿qué me decías?
-Qué….
-Pará…. pará de nuevo, que me llama mi jefe por un problema que hay acá en la oficina. Después te llamó, ¿sabés? Beso.
A la salida del trabajo, Marina lo estaba esperando en la esquina y verla para Gonzalo no fue en absoluto una sorpresa. Estaba seguro que tarde o temprano iba a aparecer y lo iba a encarar.
-¿Qué pasó que viniste a buscarme, Marina?
-A lo mejor porque no nos vemos hace dos semanas. A lo mejor porque si yo no te llamaba no eras capaz de llamarme vos, y bueno, porque quería verte también un poco. No te parece. ¡Te extrañé mucho, mi amor!
-(…)
Además, te escuché raro al mediodía cuando hablamos y pensé que te pasaba algo malo. Por eso vine.
-¿Qué te está pasando, Gonzalo, contame?
-¿Que me pasa de qué?
-¿Qué te pasa, Gonzalo? O mejor dicho, ¿qué te pasó?
-¿Que me pasó con qué?
-En estos días que te pasó, te noto raro, como tenso, preocupado, y vos no sos así, como si me quisieras evitar, como si no quisieras que te tocara.
– No, Marina, no es eso. ¿Cómo no voy a querer que me toques?
-Entonces, que te pasa Gonzalo, contame, soy tu novia.
-Nada.
-¿Qué te pasa, decime, dale? Me estás poniendo nerviosa.
-(….)
-Hablaá, ¿qué te pasó?, ¿qué tuviste?
-Nada.
-Hablaá:
-Lo que pasa es que tuve algunos contratiempos.
-¿Contratiempos? ¿Qué contratiempos?
-Algunos…
(…)
…Contratiempos.
-¿Cuáles?
-(…)
La plata que le tenía que llevar al fulano del Partido Comunista, ¿viste?, me la gasté, no la tengo.
-Ahh, era eso lo que te pasaba. Me lo suponía.
-¿Y qué te pasó tan importante que te gastaste 2000 dólares, Gonzalo?
-(…)
-¿Qué fue tan importante que te cagaste en la confianza de mi viejo, en la mía, en la de toda mi familia?
– Mi abuela.
-¿Tú abuela? ¡Esa que no joda! Ya te hizo bastante daño. A esa ya le dije que no te comprara más suéters ni pantalones pinzados de tela con la excusa de tu cumpleaños cuando vos lo que necesitás son trajes para trabajar y encima que te los compre con la plata que te pide todos los meses para gastársela quién sabe en qué, o mejor dicho, todos sabemos bien en qué: en el bingo o en esa quiniela trucha que levanta por el barrio o en los juicios que le hacen por no pagar los alquileres de los departamentos que alquila siempre con garantías truchas y se ampara en que es una pobre jubilada y que cuida a tu mamá enferma que se volvió loca, la pobre, por culpa de ella.
Por eso mi mamá y yo te recomendamos que te fueras a vivir solo y lo hicimos para que salieras de una vez por todas de ese círculo vicioso en el que vivías y te salves. Pero vos te empecinas en seguir viéndolas y engancharte en sus quilombos.
-Que estás diciendo, ¿qué quilombos? ¿Qué me salve de qué, Marina? ¡Hablás igual que tu mamá!
Justamente fue una de esas cosas que vos decís lo que pasó. A mí abuela le salió el desalojo y para que no la echaran del departamento a ella y a mi mamá tenían que pagar lo que debían y yo le di la plata del sobre. ¿Qué iba a hacer? Es mi abuela y mi vieja, ¿no las podía dejar en banda?
-¿Pero, Gonzalo, era mucha plata esa? Y además no era tuya.
-Yo la voy a devolver.
El tema es que también le debían al abogado, que fue el que le consiguió la jubilación y se sumaron varias cosas. Mi idea era devolverla con las comisiones de las ventas de este mes y de los meses siguientes, pero el turro del amigo de tu viejo no me las quiso adelantar porque falté el lunes porque me sentía mal, y bueno, por eso todo esto.
-¿Pero, Gonzalo, estás loco? Esa plata es plata del partido no de mi viejo y con esas cosas no se jode. Se va a enojar mucho cuando se entere, el suponía que la tenías vos, pero no que te la habías gastado, noo y me pidió entonces a mí que te preguntara.
-Ahh, por eso viniste a buscarme y no porque me querías ver.
-Por las dos cosas, Gonzalo, pero que querés: con las cagadas que vos te mandás… Al final un reencuentro que debió haber sido lindo se transformó en una pelea.
Nosotros queremos ayudarte, pero si vos le mordés la mano a los que te dan de comer, no cuentes conmigo, ni con ninguno de mi familia.
-(…)
-Chau, Gonzalo, ¡no sé para que vine!
-(…)
Pará, Marina, no te vayas…
…Es que mi abuela está muy enferma.
-¡De la cabeza está enferma tu abuela y tu mamá también! Son tal para cual.
-No en serio, escuchá, mi abuela está muy enferma.
El otro día cuando fui a llevarle la plata a la casa la encontré llorando y me besó y me abrazó como si no me viera hace años y sentí que lo hizo con culpa, la pobre, y cuando le dí la plata la agarró con vergüenza y me juró que me la iba a devolver. Y después viste que yo siempre le hago el mismo chiste a Chiche, mi mamá, de golpear la mesa fuerte y ella se asusta y empieza a marchar como un soldado como si un jefe militar le ordenara que lo hiciera y no deja de hacerlo hasta escuchar el próximo golpe.
-¿Y eso que tiene que ver, Gonzalo?
-Que cuando golpeé la mesa se cayó un sobre con un estudio oncológico…
Mi abuela tiene cáncer de páncreas y si a ella le pasará algo, ¿quién va a cuidar a mi mamá?
-No te preocupes que yerba mala nunca muere y además si tu abuela se muere nos haría un favor a todos, así deja de sacarte la plata que vos no tenés y que para dársela sos capaz de robar. Y a tu pobre madre, ya que ahora decís que la querés tanto, cuando la vivís cargando porque se asusta de todo, la metés de una vez por todas en un loquero y cobras vos la pensión que se traga tu abuela y que seguro alcanza para eso y para mucho más y se acabaron los problemas..
¿Pero en qué quedamos, Gonzalo? ¿Para qué te pidió la plata tu abuela? Para pagarle a los abogados, para que no la desalojen y por el tema de la jubilación o para hacerse unos estudios.
-Para mí para hacerse unos estudios médicos que seguro PAMI no los cubre y tenía que hacerlos sí o sí en una clínica privada y me dijo lo del desalojo y lo del abogado porque son los quilombos que nosotros siempre tuvimos y que yo viví en carne propia y sabía que si me decía eso le iba a dar la plata. Igual ella no me la pidió, tampoco sabía que yo tenía esa cantidad de plata, simplemente me contó lo que le pasaba y yo se la ofrecí. Me contó lo que le pasaba el otro día que la llamé y bueno, se la ofrecí y después se la llevé. ¿Qué iba a hacer?
-¿Y para qué mierda tenés que estar vos llamándola? ¿Cuántas veces te dijimos que no lo hicieras? Que te hace mal, que siempre te mete en quilombos.
-(…)
-Además, ¿por qué va a mentir tu abuela con una cosa así? ¿Por qué va a decir que necesitaba la plata para parar un desalojo y para pagarle a un abogado chupa sangre o a dos, en vez de decir que tenía que hacerse los estudios por lo visto más caros del mundo en quien sabe que clínica privada por un cáncer de páncreas?
-(…)
¿Por qué va a ser?
-Por soledad.
-¿Por soledad?
-Sí, por soledad. Porque otra cosa va a ser.
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]]>Pero a la distancia todo se ve distinto.
Nunca más estaría su abuela Roxana asomada a la ventana charlando con cuanta vecina pasaba por allí, alargando las tardes en la primavera callada del ‘79.
Ni Mariela arrancándole los pelos a cuanto “negro”, como decía ella, pasaba por la puerta corriendo a su hermano, Ricardo, con el afán de obligarlo a seguir jugando a las escondidas. Un juego –que por contar siempre él– había dejado de divertirlo y por eso escapaba.
Los “negros”, como decía su hermana mayor eran el Indio y Víctor; y como eran más grandes que él, se sentía en la obligación de defenderlo como podía: con uñas y dientes, subida a un banquito, desde lo alto, en la ventana de su casa.
Eran dos chicos de los conventillos de Palermo viejo cruzando Honduras, que paraban en la feria de Nicaragua vestidos con ropa deshilachada y calzados con zapatillas que de Flecha le quedaban sólo la suelas: gastadas, confeccionadas con retazos de distintas telas: lisas, floreadas, de jean y con cordones de diferentes colores.
No podían alcanzarlo a Ricardo, si no por supuesto le hubieran pegado. Por “cheto”, por tener las zapatillas sanas y limpias –ni siquiera mejor que las de ellos, marca Pampero–, pero nuevas, motivo más que suficiente para envidiarlo y castigarlo de ser posible.
Ricardito tenía experiencia en eso de correr y esquivar sopapos. Además, contaba con la ayuda incondicional de su única hermana, y no era poco.
Hablaba solo. Así lo encontró su padre, sentado en el furgón del camión de mudanza, mirando con ojos sin retorno la casa donde vivían.
Pero no miraba la casa, si no la ventana, por última vez. Buscaba algo. En esas visiones que el viento deshilacha y sopla basuras en los ojos que impiden mirar con claridad, que molestan; porque ya nadie estaba allí, excepto la mancha de sangre en la persiana otra vez baja, que todavía creía ver. Queriendo confundir recuerdos con quien sabe qué en la esquina de un rosal lleno de espinas.
–¡Andá para la cabina del conductor!, ¡Ricarditoo! No te lo quiero volver a repetir.
Y ahí nomás, su padre le voló un mamporro. No le dio tiempo a moverse y la cachetada sonó como un látigo en la mejilla de Ricardo, como tantas otras veces.
Creyó reconocer su ira desde entonces, la siguió viendo florecida en el ayer: marchita, olvidada, pero viva.
Pero no lloró. Nunca lo hacía. Ricardo no sabía llorar.
Mordió los dientes, como siempre, refunfuñando y se fue para adelante, a la cabina del conductor, sin chistar.
El camión con sus pertenencias –junto con ellos– estaba en marcha. Había un coche de policía apostado en la esquina. Como muchos en esos años conocía la calma que anticipa la tormenta, aunque sólo fuera un niño. Ricardito notó que su papá se puso más nervioso que de costumbre, y ya era mucho.
–Arrancá, Ulises, arrancá. Arrancá, que se nos hace tarde. Y ese auto de policía que está ahí, parado atrás… ¿Lo vés? ¡No mirés, pelotudo! No me gusta nada.
Por fin, el camión partió a destino. Además, una orden de su papá era una orden, para cualquiera que escuchara ese tono de voz. Mientras la calle Gurruchaga se terminaba sin dejar huella y doblaba por Warnes sin que nadie los siguiera. Llevando consigo bajo el brazo las primeras horas amargas de su vida.
Con el correr de los minutos, las lágrimas del espejo interior de Ricardo se fueron secando con un pañuelo de seda azul color cielo que heredó de su abuelo materno al que prácticamente no conoció y disfrutó del viaje. La bronca se le fue yendo de a poco y descubrió el placer de observar todo desde la ventanilla. El sol se reflejó en sus ojos y en los cristales, en ese puente de sueños que oscila entre la oscura sombra y el reflejo de su vida. Al lado del asiento del chofer se sentía importante, acompañado, contenido, aunque sea por un rato.
Su padre no habló en todo el trayecto. Hasta que, fastidioso porque Ricky no dejaba de leer uno por uno todos los carteles con el nombre de los negocios que veía en voz alta, le gritó:
–¡Callate! Pero fue sólo un grito, esta vez.
(Por suerte, no hubo violencia)
El flete dobló por Campichuelo y cruzó la Avenida Díaz Vélez por una calle que a las pocas cuadras se corta por las vías del tren Sarmiento, escondida entre los parques Centenario y Rivadavia (o Lezica), empedrada, repleta de arces y paraísos, al costado del Hospital Durand.
–¡Llegamos! – dijo Ricardito, con el corazón que se le salía del pecho.
–¡Llegamos! – repitió su padre.
Cuando Ricardo entró a la casa de Eleodoro Lobos en Caballito se encontró con dos puertas con cerrojo pero sin llaves abiertas de par en par, un patio cerrado con vidrios y un cielo color azul como su pañuelo de seda, que al verlo, le permitió sonreír por un instante y una escalera que lo conducía, luego de pasar por una pieza ubicada en un entre piso, a un jardín repleto de pájaros y de flores: había zorzales, colibríes, botones de oro, cabecitas negras, mirlos y una calandria mora que no paraba de cantar. Las flores eran muchas y distintas, pero sólo reconoció los claveles.
Había un macetero de cemento que cubría todo el frente y alegraba su vista, con plantas que trepaban sobre las paredes de la terraza recostadas sobre el verdín que le dan los años y la humedad a las casas viejas.
Pero si la vivienda estuvo desocupada durante mucho tiempo, y es por eso que se la dieron a su abuelo paterno por un alquiler insignificante, ¿quién regaba las plantas y las flores y le daba de comer a esos pájaros? ¿Quién guardaba todas esas pelotas de fútbol allá arriba? ¿Quién?
Fue entonces cuando descubrió a una señora en el balcón de la vivienda de al lado observándolo con ojos inteligentes, desconfiados, sin decir palabra. Para meterse luego, hacia el interior de la casa color marrón de dos plantas con terraza donde ella vivía, ni bien lo vio.
Su balcón del primer piso estaba pegado a su azotea, lo miraba de costado, como lo miró, por unos segundos, su nueva vecina en esa mañana de cristal. A la primera luz de un nuevo día.
Rickyto, como lo llamaba su abuela, corría de un lado al otro, contento, traspirado en el asfalto resbaladizo ya caliente por el sol, contra el mediodía, casi tarde.
Jugaba al fútbol con las tres pelotas que encontró al mismo tiempo, no le bastaba una, las hacía rebotar contra la pared, sin cesar. Era un especialista en eso. Lo hacía una y otra vez, gambeteando telas de araña, saltando de alegría en su partido imaginario sin estadio, ni gente, pero de pelotas nuevas y encontradas dispuestas a hacerlo feliz. Su mirada y sus pies volvieron a iluminarse y murmuró… “donde se oculta el silencio, en la voz de los follajes de una enredadera, el jugar con los recuerdos, con la tristeza profunda, en las noches estrelladas, en las alas de los vientos de la luz de la mañana, y vio entonces como se formaban figuras sobre la pared de la terraza a orillas de la vida, vagamente…”
Cuando un baño de agua fría lo volvió a la realidad de un baldazo, al grito de su padre:
–¡Bajaá Ricardoo! ¿Qué carajo estás haciendo ahí arriba? No ves que no hay nada.
(Su papá no había visto lo que vio él, por eso el enojo)
–Vení a ayudar a tu mamá y a tu hermana a desembalar las cosas, que yo estoy con el señor de la mudanza entrando los muebles y no doy abasto. ¿Qué querés, que lo hagan tus abuelos? ¡Bajaá Ricardoo! No te lo quiero pedir ni decir más.
Ricky bajo de inmediato. Quería contarle a su papá que en esa terraza de sueños iban a poder tener el criadero de perros que por falta de espacio no tuvieron en el departamento de Palermo. Y que en el lavadero podían poner los pájaros que, aunque no fueran silvestres –como él los había visto– podían ser canarios de colores: verdes, marrones, rojos, azules, amarillos y por qué no, también de canto clásico. Ricardo tenía el oído adiestrado por la práctica para reconocer cuándo un canario roller cantaba bien y cuándo no, aunque su canto estuviese perdido en una pajarera con más de cien pájaros cantando a la vez. Su padre lo ponía a escucharlos cantar y cuando Ricardito decía “ese”, ese y no otro era el que compraban, se lo llevaban y efectivamente era bueno.
Pero no lo escuchó.
Quería contarle que él había visto en la terraza las plantas, las flores y los pájaros, al menos por un instante. Que faltaban los perros, pero que los podían traer. Que lo imaginó así y que esta vez, aquel deseo de su papá, que también fue el de él por un largo tiempo, podía convertirse en realidad.
Pero no lo escuchó.
Lo único que quería su padre era que ayudara a su mamá y a su hermana a desembalar los canastos y a ordenar las cosas. Y a sus abuelos a terminar de instalarse.
Y eso fue lo que hizo.
Al otro día, una vez terminados de mudarse, ya más tranquilos, Ricardo encaró a su papá en la cocina, con la voz tomada por la emoción de la mudanza, por tener una casa vieja pero nueva y una pila de sueños, y comenzó a hacerle una por una las preguntas que le quedaron pendientes del día anterior.
–¿Papá, vamos a tener el criadero de perros chihuahuas o de cocker spanish inglés que tanto querías? ¿Cuándo vamos a algún criadero a ver perros? ¿Este fin de semana? ¿Viste algún aviso? ¿Y a ver pájaros? ¿Cuándo vamos a la feria de Domínico o a la de Pompeya?
La familia se la pasaba yendo a ver perros los fines de semana a cuanto criadero había en alguna localidad del Gran Buenos Aires. Iban todos, menos sus abuelos paternos Enrique y Roxana, que vivían con ellos, o al revés. Su papá Mario, su mamá Elvira, su hermana Mariela y por supuesto, Ricardo. A ninguno le gustaba ir –y mucho menos todos los fines de semana– salvo a su papá. Pero con el tiempo y por costumbre su capricho se volvió obligación para todos, 14 que buscaban en cada nueva lechigada que nacía de cada raza de perros que se le antojaba a su padre ese día ir a ver, al futuro campeón.
Por qué cada fin de semana iban a ver a un perro distinto de una raza distinta, irremediablemente. Después de revisarlos de pies a cabeza y no siempre convencido de lo que hacía, su padre los compraba. Uno compraba. Al menos uno por vez. Para encerrarlo luego en una jaula que hacía las veces de cucha y casi siempre de prisión, ante los ojos de Ricardo. Encerrado por el delito de ser bello, de cumplir con el estándar desde cachorro –quién sabe por cuánto tiempo– que imponía el Kennel Club o la Federación Sinológica Argentina de perros y de tener chances ciertas de ser campeón en alguna exposición.
En la oscura sombra de su vida, los diferentes perros que por desgracia conocieron el departamento de la calle Gurruchaga en Palermo, salían pocas veces, para ir al veterinario o para practicar su pasada triunfal por la alfombra roja de la pasarela imaginaria de alguna exposición canina. Salían poco porque de lo contrario les podía pasar algo malo y después cómo iban a hacer para llevarlos al concurso si estaban lastimados, donde una medalla de honor los estaba esperando, irremediablemente.
Pero nada de eso pasaba.
Su padre nunca presentó un perro en un certamen y los campeones que creía tener cuando los traía de cachorros con el tiempo se volvían imperfectos, fuera de estándar, feos y él ya no los quería y los vendía o los cambiaba o los regalaba con tal de no verlos más. Y era en esos casos cuando ofendido decía:
–¡Llevateló!, ¡Llevateló!, ¡la puta madre!, al perro de mierda este. ¡Llevateló! Elvira, sácalo de mi vista. Por favoor, te pido. ¡Hija de puta!, no escuchás lo que digo. Llevateloó. ¿No te das cuenta que no lo quiero ver?
–¿Y qué hago? – le preguntaba su mujer.
–Vendelo o regalalo, hacé lo que quieras, ¿qué me preguntás?, pero que acá no esté más. No lo quiero ver.
Una orden de su papá era una orden, para cualquiera que escuchara ese tono de voz, y más para su madre que se suponía ya cansada de sus maltratos o tal vez no.
Con los pájaros, sacárselos de encima cuando ya no los quería, resultaba más fácil, lo resolvía sin remordimientos: se los regalaba a alguien o simplemente los dejaba morir.
Ricardo insistía:
–¿Papá, vamos a tener el criadero de perros chihuahuas o de cocker spanish inglés que tanto querías? ¿Cuándo vamos a ver perros? ¿Este fin de semana? ¿Viste algún aviso? ¿Y a ver pájaros? ¿Cuándo vamos a la feria de Domínico o a la de Pompeya?
–Paraá, Ricardo, son muchas preguntas. No vamos a tener un criadero ni de perros ni de pájaros.
Su padre todavía tenía muy presente el recuerdo triste de la mañana anterior al día de la mudanza. El momento preciso en que asesinaron a Alberto, un amigo suyo de la infancia hasta pasada la adolescencia, que vivía también en Palermo en la otra cuadra, sobre la mano izquierda de la calle Gurruchaga, apenas cruzando Soler. En la casa de paredón y enredadera, de pasillo largo al costado, de cuellos rotos de botellas en las paredes del frente apuntando hacia arriba, como una especie de fortaleza, que la defendiera de un ataque que inevitablemente iba a suceder en estos días, para que no saltaran adentro de la casa, al menos tan fácilmente. La puerta estaba cerrada bajo siete llaves que nunca más se abrieron, nunca más. Al menos hasta hoy, ante los ojos húmedos sin lágrimas de Ricardo.
Pero su papá ya no lo frecuentaba a Alberto, apenas lo saludaba con cariño cada tanto cuando se lo cruzaba por la calle de casualidad. Ya no era aquel muchacho con el que iban a pasear a Costanera norte o a las playas de Saint Tropez en Olivos, o al Ancla, ni compartían el gusto por los cuchillos y las armas, ni por pelearse a las trompadas con cualquier infeliz que los mirara mal. Apenas sabía que estaba metido en algún partido de izquierda, que admiraba al Che Guevara, que quería irse a Cuba y que pensaba hacerlo en estos días de silencio cómplice y de ojos que no querían mirar lo que pasó en el barrio aquella noche que se volvió mañana de cristales rotos.
“Anoche escuché varias explosiones. Pu tum pe tem, Pu tum pa tam.
Tiros de escopeta y de revólveres. Pu tum pe tem, Pu tum pa tam.
Carros acelerados, frenos, gritos.
Ecos de botas en la calle.
Toques de puerta. Quejas. Por Dioses.
Platos rotos. Estaban dando la telenovela.
Por eso nadie miró pa’ fuera.
Bo bo bo bo bo bo bo bo, bo bo ro bo bo. Bo bo bo bo bo bo bo bo, bo bo ro bo bo.
¿A dónde van los desaparecidos?
Busca en el agua y en los matorrales.
¿Y por qué es que se desaparecen?
Porque no todos somos iguales.
¿Y cuándo vuelve el desaparecido?
Cada vez que lo trae el pensamiento.
¿Cómo se le habla al desaparecido?
Con la emoción apretando por dentro.
Bo bo bo bo bo bo bo bo, bo bo ro bo bo. Bo bo bo bo bo bo bo bo, bo bo ro bo bo”.
(Cantó Rubén Blades y tantos otros después, pero a Alberto no lo desaparecieron, lo mataron a quemarropa aquella noche que se volvió mañana de cristales rotos en alguna telenovela)
Más allá, el ya no tan joven idealista, ni siquiera alcanzó a beber un puto sorbo de la taza de café que sostenía, por si acaso esta vez con su mano derecha durante el desayuno. Tampoco alcanzó a saltar el paredón con vidrios para que no entraran otros, ni le permitieran salir a él cuando empezaran los disparos. Porque lo venían a buscar después de tantos días y noches en la sombra. Lo hicieron caer en su propia trampa cuando se desplomó sobre la vereda con sangre y sudor café que destiñeron su remera color roja para siempre, sin hasta, ni victoria. Como si el castigo se repitiera eternamente a cuanto zurdo se le ocurriera asomar la cabeza, para que el mensaje llegara a destino junto a otros cadáveres aún tibios por la orden de matar a balazos a cualquiera que saliera de esa casa.
Muerte y destino desayunaron la infusión amarga de aquella mañana. La imagen oscura del horror envenenó las ventanas de las casas de los vecinos, de los que vieron y de los que no y de los que no quisieron mirar. Algunos no creyeron, otros aludieron haber salido temprano y que por eso no vieron nada, que se lo contaron, que escucharon el rumor, pero que no sabían bien por qué ocurrió ni cómo, los que lo vieron no querían contarlo, y la mayoría comentaba en voz baja que se lo había buscado, que por algo sería y que por supuesto, algo habría hecho para merecer un final así.
Ricardito sintió la impotencia y la rabia de un chico de 10 años, la estocada final de los primeros miedos conscientes, un miedo sin fronteras, estomacal, profundo, de intestino bajo hasta los retorcijones, de ganas de vomitar, capaz de presentir la sombra de las botas bajo el hilo de luz que deja la ranura de la puerta en el suelo y alarma.
Pero eran canas, no milicos, y el papá de Ricardo decía que con esos negros de mierda no se podía hablar porque no entran en razones, porque son burros, porque cumplen órdenes pelotudas que le dan otros pelotudos más pelotudos que ellos. Porque son como los pibes de los conventillos, están cagados desde que nacieron, viven asustados, porque no tuvieron educación y por eso tiran, a quemarropa y mucho más si su sangre es roja, como hicieron con el pobre de Alberto.
Y Ricardito pensó: “si fueron capaces de hacer lo que hicieron, si planearon esa emboscada en una noche de lobos y cordero que se transformó en mañana sin sol para que muchos lo vieran y hoy lo puedan contar, si vallaron la calle con cintas de peligro como si se tratara de un caso de emergencia, si alertaron a los vecinos para que no se asomaran”. Si algunos como el padre de Ricky sabían unos días antes lo que iba a pasar y no hicieron nada, porque se los contó el vigilante de la esquina.
Mario hablaba mucho con él, decía que no quería a los canas, pero bien amigo que era de ese, y de los milicos ni les cuento, no era amigo, pero los admiraba profundamente. Acaso se callaron la 18 boca y no fueron capaces de avisarle, acaso lo creyeron culpable de quién sabe qué cosa, acaso felicitaron a los policías por el éxito de la operación que se convirtió en cacería cobarde de varios dogos argentinos persiguiendo a un jabalí. “Muerto el perro se acabó la rabia”, decían algunos, en la mañana callada a tiros de un viernes de noviembre de 1979.
Y cuando Ricardo caminaba por la calle junto a su papá, sabía perfectamente por qué su padre evitaba pasar cerca de la policía apostada en las esquinas y más si veía con ellos a un patrullero, por qué temía que le preguntaran por Alberto, incluso después que éste murió. Ya lo habían hecho y prefería no pasar de nuevo por esa experiencia traumática, tenía miedo que le preguntaran qué relación tenía en ese momento con él, qué más sabía que no les hubiera contado.
“Muerto el perro se acabó la rabia”, decían algunos. Algunos otros decían que lo vendió.
Son muchos por Palermo los que no querían recordar el día de ayer, y no despiertan y duermen, y hacen tiempo esperando que esta pesadilla termine. Porque, aunque Alberto hubiera hecho lo que hubiera hecho, había nacido allí, era nacido y criado en el barrio, y los que lo vieron nacer y se dijeron alguna vez sus amigos le dieron vuelta la espalda para no mirar cuando lo cagaban a tiros.
El gobierno militar estaba más fuerte que nunca y la dictadura se hacía sentir también en los barrios más acomodados de la Ciudad de Buenos Aires en una noche mañana más larga que las otras y la policía ayudaba si se lo pedían como en este caso. De todos modos, los ojos de Alberto se destacan en las sombras de largas noches sin sueño y de tristes soledades, llevando murmullos de vida y olores de primavera al recuerdo infantil de Ricardo. Pero la familia de Ricardito se mudó a Caballito a una casa vieja pero nueva, repleta de plantas y de flores, de pájaros y de perros; y ese oscuro recuerdo de la niñez quién sabe por qué estéril razón con la distancia se hizo nostalgia y decidió volver. El hecho ni siquiera salió en las noticias, como tantos otros acontecimientos de entonces que no vieron la luz. En el barrio nuevo aquel suceso infame no había pasado, al menos no de ese modo, excepto en la cabeza de su padre y en la de Ricardo.
–¿Papá, vamos a tener el criadero de perros chihuahuas o de cocker spanish inglés que tanto querías? ¿Cuándo vamos a ver perros? ¿Este fin de semana? ¿Viste algún aviso? ¿Y a ver pájaros? ¿Cuándo vamos a la feria de Domínico o a la de Pompeya?
–Paraá, Ricardo, son muchas preguntas. No insistas. No vamos a tener un criadero de perros, ni de pájaros. Vamos a tener un perro de pelea, uno solo nomás. Vamos a traer un Bull Terrier, para que nos defienda. Te va a gustar, vas a ver.
Me dijeron que hay uno en Monte Grande, pero hay que ir a buscarlo, encima nos lo regalan. Pesa 30 kilos y está pasado de estándar, pero no importa. Es blanco y tiene un parche negro en el ojo izquierdo parecido al de un pirata. Se llama Gitano. Me dijeron que tiene más de 30 peleas en el lomo y que ganó las 30, que tiene más o menos 6 años –es un poco viejo–, pero en este caso no importa. Él nos va a cuidar.
Además, no quiero que salgas a la calle sin mi consentimiento, salvo para ir al colegio. Tengo miedo que te cruces con la policía y que te hagan algunas preguntas. Y vos como sos el más chico de la familia y un poco demasiado charlatán vas a tener que tener cuidado y callarte la boca, porque estos canas de mierda se aprovechan de ese tipo de cosas y no podemos correr riesgos.
Por lo demás creo que está todo controlado. La abuela ya no sale por el accidente que tuvo en la cadera y tu abuelo, como no está nunca, es casi imposible que relacionen que vive acá con nosotros. Por ese lado estamos bien. Tu hermana se la pasa atrás de la pollera de tu mamá y tu mamá sería incapaz de traicionarme, así que no creo que traigan problemas, además ellas están bien adiestradas en eso de callarse la boca y no van a hablar, porque no les conviene. ¿Pero vos, Ricardo?, ¡con eso de querer jugar siempre a la pelota y encima en la calle!, ¡qué manía, la tuya! Si acá tenés terraza, por qué no jugás arriba con todas esas pelotas que encontraste y te dejás de joder.
Ricardo volvió a su cama sin desayunar, a su cama que dejó de ser marinera para convertirse en un sofá que tenía otra cama escondida que salía de abajo, al lado de la de su hermana, ubicada en el comedor. La casa tenía tres ambientes habitables: en la pieza principal dormían sus abuelos, en el otro cuarto su papá y su mamá, y en el comedor su hermana mayor y él.
Ricardito estaba en la cama, mirando el techo, recitando para adentro estrofas sin páginas en el silencio que crece con los años. Pero no pensaba, hablaba solo.
Todavía tenía muy presente el recuerdo triste de la mañana anterior al día de la mudanza. El momento preciso en que asesinaron a Alberto, un amigo de su padre de la infancia hasta pasada la adolescencia, que vivía también en Palermo en la otra cuadra, sobre la mano izquierda de la calle Gurruchaga, apenas cruzando Soler. En la casa de paredón y enredadera, de pasillo largo al costado, de cuellos rotos de botellas en las paredes del frente apuntando hacia arriba, como una especie de fortaleza, que la defendiera de un ataque que inevitablemente iba a suceder en estos días, para que no saltaran adentro de la casa, al menos tan fácilmente. La puerta estaba cerrada bajo siete llaves que nunca más se abrieron, nunca más. Al menos hasta hoy, ante los ojos húmedos sin lágrimas de Ricardo.
Su padre contaba siempre que Alberto peleaba muy bien y que le salvó el pellejo, como decía él, varias veces y que le estaba muy agradecido por eso.
Pero ya no lo frecuentaba. Apenas sabía que…
El padre de Ricky y él salieron a la puerta de calle cuando se escuchó el tiro al pichón, porque alguien apretó el gatillo y la bala calló el grito sin voz en aquella noche que se volvió mañana de cristales rotos, desde la sombra cómplice de su último vuelo, que intentó hacerlo en vano con las alas atadas “a contra pelo, a contra sol, a contra luz y a contra vida”, aleteando el sueño trunco de un mundo mejor a la cubana, aunque sólo fuera un sueño, un mal sueño acaso para muchos y una pesadilla para él. Porque no logró su cometido, porque no llegó a tiempo, ni siquiera la desgraciada vida le dio la chance de pasear su cara en pancartas en los sucesivos actos del Partido Comunista cuando la democracia del ´83 los encontró a todos desarmados hasta que los mismos compañeros de militancia del partido cambiaran su rostro por el de otro en las pancartas, por otras pancartas con la cara de una nueva víctima. Aún más joven, hasta la victoria que nunca llegó. Nació para morir con las ideas puestas, que por lo visto también se matan, cuando alguien muere así.
A la semana, el padre de Ricardo lo despierta en una mañana de esas en las que el sol entra por la ventana como una perla de luna que naufragó en la noche y se quedó despierta, y muy temprano, muy temprano le dice:
–¿Vamos a Monte Grande a buscar el Bull Terrier?
–Sí, papá, claro – le contestó Ricardito todavía dormido. También dormido se desperezó de un salto que con el correr de los meses se convirtió en mortal.– ¡Me cambio y vamos!
Fueron juntos como tantas veces a ver perros, pero esta vez solamente ellos dos. Caminaron desde su casa hasta la Avenida Rivadavia (unas cuatro cuadras), Rickyto hablaba mucho y se lo notaba ansioso, más que de costumbre, pero todavía faltaba mucho trayecto por recorrer y mucho por hablar. Tomaron el subte a Plaza Constitución y luego el tren a la estación de Monte Grande y de ahí a las afueras en colectivo.
Llegaron a la casa de los Murias: tenía rejas, un jardín en la parte de adelante un tanto descuidado, dos sillas de mimbre, una parrilla para hacer asado que por el estado de abandono se notaba que no la usaban demasiado, unas pocas chapas y unas tablas de machimbre de pino tiradas en el pasto recién cortado, algunas gallinas, una palangana de lata oxidada con agua estancada y muchos mosquitos, demasiados mosquitos.
–¡Don Murias! – grita su padre mientras aplaude con las manos cada vez más fuerte.
–¡Gitano! – grita Ricardo – ¡Gitanooo!
–¿Que dice, Mario? ¿Cómo está? ¿Vino con su hijo?
–Sí, es el más chico, se llama Ricardo. Saludá, Ricardo.
–¿Cómo le va, don Murias? ¿Y el Gitano? Lo quiero ver, ¿dónde está?
–Lo tengo en el fondo, vengan.
En el fondo de la casa hacían apuestas, comían empanadas y tomaban vino, y alguna que otra cervecita. Se reían y gritaban, algunos se peleaban a punta de cuchillo cuando uno de sus gallos perdía, Porque eso hacía don Murias en el fondo de su casa, organizaba riñas de gallos por plata y a veces los muchachos se mamaban y se pasaban de rosca y se armaba flor de quilombo. Es ahí cuando don Murias pegaba dos gritos y todo volvía a la normalidad: comían empanadas y tomaban vino, y alguna que otra cervecita. Se reían y gritaban, algunos se peleaban a punta de cuchillo cuando uno de sus gallos perdía.
–Ahí está el Bull Terrier del que tanto les hablé, Mario. Como ustedes ya saben se llama Gitano. Está un poco gordo porque se la pasa encerrado en esa jaula, y si lo suelto me puede matar a alguna gallina o lo que es peor, a algunos de los gallos, que son los que me dan de comer en este momento. Es que actualmente los gallos son mi principal entrada de guita. Además, está un poco viejo y ya no pelea. Antes hacíamos peleas de perros acá en el fondo, –si usted sabe, Mario–, –si yo le conté–. Pero con esto de los milicos hay que hacerlo por izquierda, de queruza, sabe, y encima ahora éstos canas de mierda también se cebaron con esto de la dictadura y no dejan vivir. Se meten en todo: te preguntan a dónde vas, de dónde venís, a qué te dedicas, –como si no supieran–, si hacés reuniones en tu casa. ¿Qué carajo les importa? ¡Si acá no hacemos política! ¿Por qué no se van a la casa de ellos a ver como sus mujeres los hacen cornudos? ¡Manga de putos!, todo el tiempo te hacen sentir observado. Igual siempre a alguno coimeás, pero es más difícil. Y esto de la riña de gallos pasa más desapercibido que el tema de los perros. Los muchachos traen a los gallos en cajas de madera, con el pico atado para que no griten y listo.
¡No sabés, Mario, lo calientes que llegan a la pista una vez que los soltás! Y cómo no van a estar calientes los pobres si se la pasaron atados en una jaula.
Por lo visto, su hijo está contento con esto de tener un perro. Y como le dije por teléfono, yo no lo puedo tener más y para que esté encerrado todo el día en esa jaula mejor lo regalo. Es todo blanco, salvo la mancha negra que tiene en el ojo izquierdo, pero como para una exposición de perros yo nunca lo quise, no me hice problemas. Además, la pigmentación de la piel y las manchas en la cabeza no son penalizables, por suerte, en el Bull Terrier. Pero eso en el caso que lo quiera presentar en una exposición.
–A usted le gustan las exposiciones de perros ¿no, Mario?
–Antes. Ya no.
–El perro está inscripto, tiene pedigree. Así que por eso no se haga problema. Vengan para adentro que le doy los papeles.
El hijo de Murias sacó al Gitano de la jaula. Recién ahí pudieron verlo. Ricardo se agachó y lo abrazó como si lo conociera de antes, porque soñar con algo a veces es un poco conocerlo también. El perro lo miró con ojos llorosos, como pidiendo ayuda y se hicieron grandes amigos.
–¡Tené cuidado, Ricardo! – le advirtió su padre. No ves que no te conoce.
El Gitano y Ricardito se volvieron inseparables y nunca más se sintieron solos. Se acompañaban el uno con el otro. Al lado del Gitano, Ricardo se sentía importante, a salvo, contenido; como sabiendo que esta vez, a diferencia de las otras, su amistad con un perro sería posible y que no iba a ser sólo por un rato. Con la certeza de sentir el viento poderoso del olvido en su cara por primera vez se sacó de los ojos las basuritas que le impedían mirar con claridad en una noche mañana más larga que las otras y respiró profundo.
Fue el único perro con el cual su padre lo dejó jugar. Porque a los aproximadamente 20 perros que se pasearon por el departamento de Palermo nadie los podía tocar, excepto su papá, y estaba terminantemente prohibido jugar con ellos. A ver si les pasaba algo que les impidiera presentase en alguna exposición de perros en la que los esperaba un seguro primer premio que nunca llegó. Porque nunca los presentaban, porque para la mirada perfecta de su padre jamás hubieran ganado.
Y si acaso fuera verdad que ese perro había peleado veces, que estaban en presencia de un sanguinario y que iban a convivir a partir de entonces con un asesino, no parecía. El Gitano con Ricardo era totalmente dócil, cariñoso, amigo, compañero. Parecían dos chicos despertando de largas noches sin sueño y de tristes soledades, llevando por fin consigo murmullos de vida y olores de primavera.
Cuando Ricardito lo sacaba a la puerta, se quedaban sentados los dos en el umbral de la calle mirando pasar la vida con ojos sin retorno, esperanzados. Un día de tantos lo encararon varios chicos que decían ser los dueños de las pelotas de fútbol que caían en el balcón de la vieja de al lado y le preguntaron si él las tenía. Se ve que alguno de ellos lo vio jugar en la terraza desde algún balcón más alto y le hicieron la pregunta por pura formalidad cuando conocían perfectamente la respuesta. Le dijeron que se cansaban de tocarle timbre a la señora, pero que no salía, que nunca los atendía, que es un poco sorda, así que le da lo mismo que la caguen a timbrazos o no, o que incluso le griten, que le tiran piedras en la ventana para hacerla renegar y que creen que es por eso que no les devuelve las pelotas que caen en su balcón cuando ellos las cuelgan. Pero que las pelotas son suyas y deseaban recuperarlas.
En cambio, a Ricardo se las regaló todas como si fueran de ella, como si supiera que Ricardito salía poco a la calle porque su padre no lo dejaba y que jugar a la pelota en la terraza era uno de sus pocos entretenimientos hasta que llegó el Gitano, que le gustaba escuchar los goles que él hacía en su partido imaginario, sin estadio ni gente, contra la pared repleta de plantas y de flores que lindaba con su casa.
Rickyto, como lo llamaba su abuela, devolvió todas las pelotas menos una porque le gustaba mucho y decidió quedársela.
Su padre cada vez salía menos y él, por el contrario, cada vez más. Los controles eran menos estrictos, el miedo a la policía y a las esquinas de Mario quién sabe. Su papá ya no trabajaba y se la pasaba los días enteros encerrado en la pieza leyendo. Ricardo pasaba más tiempo con el perro que con él.
Un día su papá le dijo:
–Ricardo, andá a buscar al Gitano que está en la terraza y nos vamos los tres al Parque Centenario. Me comentaron que allí se juntan un montón de perreros que llevan perros de distintas razas de las que nos gustan a nosotros, bravos, con carácter ¿viste? No como esos 25 perros maricones que siempre vemos en la Federación Sinológica, a la que ¡por favor, no insistas, porque no vamos a ir más!
¿Entendiste no? No más caniches, ni cocker, ni chihuahuas, ni todos esos perros de mierda que compran las minas o los putos que nunca me gustaron. Lo que pasaba es que un departamento como el de Palermo, si no tenés esos perritos chiquitos, no los podés tener. Pero acá tenemos terraza y patio y dos parques grandes cerca y encima en uno de ellos se juntan estos tipos… Me dijeron que llevan Dobermans, Dogos argentinos, algún que otro Schnauzer gigante, Bull Mastiff también. Me contaron que andan con una raza nueva alemana que se llama Rotweiler, que entraron al país ahora desde que se abrió la importación, los vi en la enciclopedia esa que me compró tu mamá, pero como nunca los vi en vivo y en directo, de verdad, ¡viste!, los quiero conocer y dicen que son muy bravos. Además, me dijeron que llevan una raza americana nueva también, que no está reconocida oficialmente por ninguna asociación de perros: algo así como Pit Bull o American Pit Bull.
¡Va a estar buenísimo! ¡Vas a ver!
Ricardo, andá a buscar al Gitano que está en la terraza y nos vamos los tres al Parque Centenario. No te olvides de ponerle el collar de púas, pero esta vez poneseló para afuera, por si alguno de estos perros se hace el malo y lo quiere morder.
Ricardo como siempre obedeció y le puso el collar con las púas hacia afuera como los cuellos rotos de botellas en las paredes del frente apuntando hacia arriba de la casa de Alberto, como una especie de fortaleza, que lo defendiera de un ataque que inevitablemente iba a suceder. Iba a suceder.
El perro con Ricardito era totalmente dócil, pero su padre no se confiaba y menos de los demás. Caminaron hacia el parque los tres por la calle Eleodoro Lobos hasta cruzar la avenida Díaz Vélez. Llevándolo…
El parque era hermoso, repleto de pájaros y de flores: había zorzales, colibríes, botones de oro, cabecitas negras, mirlos y una calandria mora que no paraba de cantar. Las flores eran muchas y distintas, pero sólo reconoció los claveles.
Ricardito lo recordaba de cuando pasaron por allí el día de la mudanza. Tenía una pileta sin agua, vacía, que en algún momento iba a hacer un lago artificial, pero estaba en refacciones. Ricardo se prometió volver cuando las obras estuvieran terminadas.
Su padre ni bien llegaron se puso a hablar con todos los perreros del lugar. Mejor dicho, con todos los que le hablaron, preguntaba entusiasmado: ¿qué perro es este?, ¿y este otro?, ¿es bravo?, ¿el mío es más bravo?, ¿ningún perro se compara a un Bull terrier? y mucho menos si el Bull Terrier era el de él. E inmediatamente empezó a contar anécdotas, relatos ajenos, historias prestadas, que oyó al pasar, de refilón tal vez, que ni siquiera sabía que eran ciertas. Que le contaron, que dicen, que dijeron, que escuchó por ahí, que sintió el rumor…
Ricardito notó que su papá se puso más nervioso que de costumbre, y ya era mucho. Y tanto entusiasmo no podía terminar bien.
Todos los perreros contaban sus historias o las de sus perros, una menos creíble que la otra, jactándose de que su perro había hecho esto y lo de más allá, que habían ganado una y mil peleas y habían vivido para que las contaran sus dueños.
En eso Mario empezó a calentar la garganta repitiendo las historias fantásticas que le contó el forro de don Murias, como si fueran reales, como si él las hubiera vivido, cuando la charla se le fue de las manos y a Ricardito el Gitano por esa puta costumbre de obedecerlo siempre, aunque sus órdenes no tuvieran razón.
Se acercó un perro y empezó a olfatearlo, el Gitano lo miró a Ricardo igual que como lo miró el día que se conocieron, con ojos sin retorno, como pidiendo ayuda. Parecía llorar, suplicando que impidieran lo que él mismo iba a hacer.
El otro perro era un Gran Danés, prepotente, altanero, ¡bastante boludo el pobre! y le empezó a olfatear la cara. Y a nadie que le pagaron alguna vez le gusta que le toquen la cara.
El Gitano empezó a fastidiarse.
Ricardito notó que su perro se puso más nervioso que de costumbre y nunca lo había visto así.
Era inevitable, iba a reaccionar como cualquiera que alguna vez lo golpearon y mucho. La espera se demoraba más de lo previsto para cualquiera que lo observara, pero no para él. Tenía la paciencia de un profesional y la lealtad hacia el amo educada a garrotes, porque esperaba la orden como cuando lo hacían pelear en el fondo mugriento de la casa de don Murias. Esperaba la orden porque así lo educaron, porque era un profesional. Porque se tomaba unos segundos para reaccionar, porque no se pelea en caliente. Esperaba la orden de alguien que había peleado y se sabía ganador, pero ya no lo quería hacer y lloraba por eso.
Era inevitable, iba a reaccionar como cualquiera al que alguna vez le pegaron y mucho, y ya no iba a permitirlo.
Ricardo lo miró a su padre y por primera vez lo vio como realmente era. Se salía de sí, ni siquiera había un puto policía en el parque, ni una esquina oscura que lo regulara, ni estábamos en casa. Tampoco estaba su papá Enrique, el abuelo de Ricardo, que cuando lo miraba con la indiferencia y el desprecio que lo hacía era peor que cualquier trompada.
–¡Soltalo, Ricardo!, ¡soltalo! No ves que está llorando.
Y Ricardo lo soltó. Y fue ahí, en ese preciso instante, cuando aparecieron sus dotes de peleador callejero. Fueron 3 o 4 segundos, no más. El Gitano sin tomar envión pegó un salto mortal y giró en el aire, como un trompo. Mientras giraba en el aire abrió su boca y dejó caer su mandíbula de 30 kilos de peso, que estranguló el cuello del Gran Danés. Fueron 3 o 4 segundos, no más, cuando el Danés se desplomó sobre la vereda con sangre y sudor café que destiñeron su manto rojo para siempre, su pelaje color ladrillo sobre el suelo del parque sin plantas y con flores, pero sólo reconoció los claveles. Sin hasta, ni victoria. Como si el castigo se repitiera por igual para ganadores y perdedores.
El papá de Ricardo enloqueció. Tomó al Gitano en sus brazos y se fueron corriendo sin hacerse cargo de lo que había sucedido ese día, en ese parque. El Gitano estaba bañado en sangre, salpicado, impertérrito. Ya nunca más pudo mirarlo a los ojos a Ricardito de la misma manera. Sabía lo que había vuelto a hacer y que esta vez sí iba a ser condenado por eso. Su padre creía que el perro estaba lastimado, porque no alcanzó a ver la pelea en primera fila como la vio su hijo al borde de otro cielo rosado que anticipa la tormenta.
El Gitano no tenía nada.
Corrieron las tres cuadras hasta la casa sin mirar atrás. En el apuro Ricardo perdió el collar de púas que lo defendía del peligro. Su padre abrió las dos puertas con cerrojo, pero sin llaves de la entrada de la casa de par en par, a los gritos:
–¡Elviraaa, pelotuda, vení para acá! ¿No te das cuenta que el perro está lastimado? ¡Ayudame!
Elvira no estaba, se había ido con su hija Mariela porque ya los controles en la casa no eran tan estrictos. La que estaba era su mamá, Roxana, pero en estos casos no se metía, prefería no hacerlo. Era la madre ¿qué otra cosa iba a hacer? Jamás contestaba a los gritos o a las agresiones de su hijo Mario.
Metió el perro en la bañadera y con las dos manos comenzó a bañarlo con jabón blanco. Le pasó DG6 y povidona también, por si acaso. Quería sacarle lo antes posible la sangre oscura, salpicada por otros, como mancha indeleble, porque el Gitano no tenía ni un rasguño.
El Gitano no tenía nada.
Ricardo sabía perfectamente que el Gran Danés no le había hecho nada, pero no pudo decírselo. No lo escuchó.
Gritaba como un loco:
–“El perro no tiene nada”. ¡Era verdad, sabía pelear!
Para eso lo llevó al Parque Centenario, lo llevó para hacerlo pelear. Por eso se animó a salir una mañana de domingo de la pieza en la que estaba encerrado hacía meses, porque había menos policías en las esquinas y además le habían pasado el dato de esa maldita reunión de perreros a la que no tenían que haber ido.
Gritaba como un loco:
–“El perro no tiene nada”. “El perro no tiene nada”.
Como si fuera algo para festejar lo que pasó en el parque hace un rato. Y a partir de ese día oyó voces oídas…
Contento porque el Gitano había ganado 30 peleas y con esta 31, y encima no le había pasado nada y ni siquiera estaba lastimado, ni siquiera.
–No le pasó nada – gritaba.
(Gritaba como un loco)
–Vení para acá, pelotuda. ¿No te das cuenta? – le gritaba a su esposa Elvira ni bien llegó.
–¿A dónde fueron?
–Preguntale a Ricardo, vas a ver. Contales, Ricardo, a tu mamá y a tu hermana. Contales lo que pasó.
–El Gitano peleó en el Parque Centenario su pelea número 31 y la ganó.
–Se dan cuenta. Era verdad que sabía pelear. ¡Esta vez tengo un campeón!
¡Te das cuenta, pelotuda, tengo un campeón!
A las horas, esa pelotuda, como él decía, tuvo que ir a abrir la puerta cuando tocaron el timbre, porque él no tuvo huevos y se encerró en la pieza de la que no tendría que haber salido al menos ese día.
–Vení, Ricardo, ¡no hagas ruido! Llevá al Gitano arriba, a la terraza y escondelo en el lavadero y ponele el bozal. Si es necesario encerralo con llave, ¡por favor te pido!
Ricardo, como siempre, le hizo caso. Se quedaron los dos abrazados sentados en cuclillas en el piso, debajo de la pileta de lavar en el lavadero, pero ya nunca más su perro pudo mirarlo a Ricardito de la misma manera. Estaba salpicado de sangre ante sus ojos y lo sabía, aunque en este caso todos fueran culpables.
Y Ricky volvió a sentir la misma impotencia y la rabia de un chico de 10 años, la estocada final de los primeros miedos conscientes, un miedo sin fronteras, estomacal, profundo, de intestino bajo hasta los retorcijones, de ganas de vomitar, capaz de presentir la sombra de las botas bajo el hilo de luz que deja la ranura de la puerta en el suelo y alarma.
–Buenas tardes, señora, soy el Sargento Cuevas. Recibimos una denuncia por un perro muerto hace un par de horas en el Parque Centenario. Aparentemente lo mató un Bull terrier y todo indica que se trata del perro blanco que anda siempre con su hijo.
–¿Sería tan amable de llamar a su hijo?, ¿o a su marido, si tiene?, porque siempre la veo salir sola o con su hija.
–Mi hijo no está. Fue a jugar a la pelota al parque Rivadavia con unos amigos y lo llevó mi marido. Y al perro no lo tenemos más, lo llevamos a la provincia, a la casa de una prima mía hace unos meses. Así que no puede ser lo que usted dice. Seguramente se trata de un error. Se habrán equivocado al indicarle esta dirección.
El policía se quedó callado y dejó que la mujer se explayara, y al percibir que ella no pensaba seguir hablando, dijo:
–Puede ser, porque el denunciante no estaba seguro, pero estaba tan angustiado por la muerte de su perro que decidimos dar como válida la denuncia que hizo en la comisaría. Pero por ser usted, si quiere, claro, doy como denegada la denuncia por falta de datos y listo.
Le dejo mi teléfono. Cualquier cosa que necesite estoy para servirla. Como la veo siempre sola con su hija la más grande. ¡Cualquier cosa que necesite me avisa!
Además, en ese parque últimamente cada dos por tres hay bolonqui con los perros de esos perreros. Por qué no se dejarán de joder y los llevarán con collar y bozal como marca la ley. Así se evitarían estas peleas y estos malos entendidos.
Disculpe si la molesté. Cualquier cosa que necesite me llama. ¡No se olvide! ¿Me llama?
Que tenga usted buenas tardes y que vuelvan pronto su hijo y su marido.
A los pocos meses, llegó una carta documento de un juzgado a nombre del Sr. Enrique Balbuena para que se presentara a declarar… Cosa que el abuelo de Ricardo nunca hizo, era experto en ese tipo de metier. Como tantas otras veces, tiraba las cartas que le enviaban y más si se trataban de oficios públicos que enviaba algún juzgado, porque siempre estaba metido en algún quilombo judicial. Como estaba poco y nada en la casa, nadie se enteraba. Tampoco nadie le preguntaba nada y si le preguntaban no contestaba. Se hacía el ocupado o el apurado y listo.
A los pocos meses, llegó una carta documento de un juzgado a nombre del Sr. Enrique Balbuena para que se presentara a declarar por la muerte de un perro.
–Ricardo, ¿qué sabés vos de la muerte de un perro en el parque Centenario? ¿Es verdad, lo que andan diciendo por ahí, que lo mató el Gitano? ¿Por eso tu papá lo tiene encerrado en el lavadero? ¿Es por eso?
–(…)
–Contestame. Porque llegó una carta para que me presente a declarar. ¿Y yo qué tengo que ver? Igual no pienso ir. Debe ser porque el alquiler de esta casa figura a mi nombre.
–¿Pero no era que no pagábamos alquiler, que la casa te la presto tu amigo Numeriani porque estamos con problemas de plata desde que papá no trabaja más?
–¡Bueno!, pero yo le firmo unos recibos.
–(…)
–Contestame. Y no me cambiés el tema. ¿Qué sabes vos de la muerte de un perro en el parque Centenario?
–Yo no sabía que lo mató.
–Entonces, es verdad lo que se comenta por ahí, que fue el Gitano. ¿Por eso tu papá lo tiene encerrado en el lavadero? Y vos como siempre lo cubrís, una vez más sos su cómplice.
–(…)
–¿Y cómo fue?
–Fuimos a un encuentro de perreros. De pronto, un Gran Danés se le acercó al Gitano y empezó a molestarlo. Y papá me dijo que se lo soltara. Yo no sabía que iba a ser para tanto.
–¡Vos no sabías! ¡Vos no sabías!
–(…)
Abrí los ojos, Ricardo. Tu papá es un muchacho con problemas. Vos no te das cuenta porque sos muy chico y además te la pasás el día pegado a él o a ese perro que al final resultó un asesino.
–El Gitano no es un asesino. Él no quería.
–¡No quería! ¡No quería!… Tu papá es un muchacho con problemas.
–(…)
–¡Ricardo…! Tu papá está loco.
–¡Vos sos un hijo de puta!
–(…)
–Él siempre dice que lo dejaste solo, que lo abandonaste.
–¿Y qué querés que haga con ese desequilibrado, Ricardo? Demasiado que vivo con ustedes. A mí porque no me das bola. Porque te llenó la cabeza tu papá. Si no yo pasaría más tiempo con vos. Tu abuela tampoco está bien y ahora encima cada vez camina menos, así que por eso no va a ningún lado y las compras las tengo que hacer yo.
–(…)
–¿No viste que dormimos en camas separadas?
–(…)
–Tu mamá me odia. Me necesita, la pobre, pero me odia. Y tu hermana cada vez que le digo “Mielita” se enoja.
–(…)
–Así que… ¿Qué querés que haga?
–¡Vos sos un hijo de puta!
–Puede ser, pero abrí los ojos, Ricardo. Tu papá es un muchacho con problemas.
–Él no era así, él está así desde que nos mudamos acá. Desde que la policía mató a su amigo Alberto. Parece que a él lo apretaron y cantó. Al menos eso dicen. Por eso le tiene miedo a la yuta, por eso tiene miedo a pasar por algunas esquinas y más si un patrullero está estacionado. Por eso está así –como dicen– un poco paranoico y encima ahora esto que pasó con el Gitano no lo ayuda y ya no quiere salir más. Se la pasa encerrado en la pieza leyendo.
Él no era así, él está así desde que nos mudamos acá, desde que mató la policía a su amigo Alberto.
–¿A quién?
–A su amigo Alberto, el que quería irse a Cuba, que militaba en el PC.
–¿El que se hizo comunista? ¿El que de pendejo se hacía el malo y lo venía a buscar a tu papá para ir a las playitas del río y cada tanto se cagaban a piñas con otros que también se hacían los malos más boludos que ellos?
–(…)
–¿Ese, me decís?
–Sí, ese. –Nunca fueron grandes amigos. Además, tu papá no tiene amigos. ¿Quién lo va a aguantar? Sólo vos que sos el hijo podés aguantarlo. Si apenas lo saludaba. Mirá si va a ser amigo de un comunacho. Si tu papá defiende a los milicos. A los canas les tiene bronca por gronchos, pero no por canas.
–(…)
–¿Quién te metió esas ideas en la cabeza?
–(…)
–Abrí los ojos, Ricardo. Tu papá es un muchacho con problemas. ¿Cuántas veces más querés que te lo diga?
–(…)
–No viste que se la pasa leyendo en la pieza esa enciclopedia de perros que le compró tu mamá y ahora le llenó el lavadero de pájaros para que esté ocupado. Ya no sabe qué hacer, la pobre, para tenerlo entretenido y que no joda.
Tu papá está loco.
–¡Vos sos un hijo de puta!
–Puede ser, pero abrí los ojos Ricardo, tu papá es un muchacho con problemas. Empezá a estar menos pendiente de él y dejá que tu mamá se haga cargo, que para eso se casó. Yo no sé cómo este tipo se pudo casar y tener dos hijos. Yo ayudo en lo que puedo, pero más de lo que hago no pienso hacer. Demasiado que vivo con ustedes, de lo contrario esta familia se iría a la misma mierda. Encima tu mamá dice que tu papá no le pega. Pero las veces que se encierran en la pieza y se gritan y se gritan durante horas, yo no te puedo asegurar que a tu viejo no se le escapó una mano alguna vez. ¿No me vas a decir que tu papá no es violento?
–(…)
–Si tu papá es un agresivo, siempre lo fue. Igual que ese perro de mierda que trajo. ¿Cuántas veces aparece tu viejo con la mano lastimada?
(Ricardo no contesta)
–¿Cuántas veces? Contestame. Y siempre es la izquierda porque es zurdo, contrariado, pero es zurdo. Porque yo lo mandé a hacer esa reeducación ridícula para que escribiera con la mano derecha, que me dijeron que iba a ser bueno para él, pero cuando pega, pega con la izquierda.
–(…)
–¿Me vas a decir que no sabés?
–(…)
–¡Justo vos no sabés!
–(…)
–De todos modos, yo no tendría que estar hablando estas cosas con vos, porque sos muy chico. Yo sólo te quería preguntar qué sabías vos de la muerte de un perro en el parque Centenario y si vos o tu papá tenían algo que ver. Y me doy cuenta que sí.
–Él se lastima a veces y grita porque dice que necesita gritar. A mamá nunca le pegó, él me lo juró. Y a Mariela menos, si la cuida como si fuera una princesa. A mí alguna vez, pero fue para educarme y yo lo perdono. En cambio, a vos no. A vos no…
Vos sos un hijo de puta.
Hablaba solo. Así lo encontró su padre, sentado en el furgón del camión de mudanza, mirando con ojos sin retorno la casa donde vivían.
Pero no miraba la casa, sino la ventana, por última vez. Buscaba algo. En esas visiones que el viento deshilacha y sopla basuras en los ojos que impiden mirar con claridad, que molestan; porque ya nadie estaba allí, excepto la mancha de sangre en la persiana otra vez baja, que todavía creía ver. Queriendo confundir recuerdos con quién sabe qué en la esquina de un rosal lleno de espinas.
Porque ya nadie estaba allí.
Nunca más estaría su abuela Roxana asomada a la ventana charlando con cuanta vecina pasaba por allí, alargando las tardes en la primavera callada del ‘79.
Ni Mariela arrancándole los pelos a cuanto “negro”, como decía ella, pasaba por la puerta corriendo a su hermano.
Aunque quizás todavía conserven el mismo sitio en esa ventana plasmada en los recuerdos grises de Ricardo que hoy quieren salir.
Porque hay momentos de los que nadie vuelve, lamentablemente.
Nunca más estaría su papá, Mario, que falleció solo años más tarde, porque ya casi no los reconocía.
Nunca más estaría su perro Gitano acompañándolo, ni los pájaros.
Nunca más…
Cuando una madrugada con tormenta, Ricardo se encontró con dos puertas sin cerrojo, pero con llaves cerradas de par en par. Y se despertó sin haber dormido en una noche pálida más larga que las otras, con las manos traspiradas sin sangre y con recuerdos dispuestos a escapar, aunque doliera. Aunque el dolor fuera tan grande que le impidiera llorar.
No se apuró, ni hizo ruido, para no despertar a su hermana Mariela que padecía pesadillas y siempre le fue difícil conciliar el sueño. Por eso no se apuró ni hizo ruido. Y no por otra cosa.
Como muchos en esos años, conocía la calma que anticipa la tormenta, aunque esta vez la tormenta no parara nunca más (por suerte con los años pasó la dictadura). Aunque sólo fuera un niño, Ricardito notó que se puso más nervioso que de costumbre y él no parecía nervioso. Atravesó el patio abierto con vidrios rotos por el temporal porque ya nadie hacía los arreglos en la casa y estaba un tanto abandonada. En una noche que se volvió mañana de cristales rotos otra vez. Atravesó el patio. Silbaba el viento un grito que estremece. Subió la escalera. Como muchos en esos años conocía la calma que anticipa la tormenta, aunque esta vez la tormenta no parara nunca más. Aunque sólo fuera un niño, Ricardito notó que se puso más nervioso que de costumbre y él no parecía nervioso. Luego de pasar por una pieza ubicada en un entrepiso, llegó a la terraza (no se apuró, ni hizo ruido) hasta que ingresó a un jardín repleto de pájaros y de flores: había zorzales, colibríes, botones de oro, cabecitas negras, mirlos y una calandria mora que no paraba de cantar; pero llegó tarde. Silbaba el viento un grito que estremece porque nadie lo escuchó. Las flores eran muchas y distintas, pero sólo reconoció los claveles.
Había un macetero de cemento que cubría todo el frente y alegraba su vista, con plantas que trepaban sobre las paredes de la terraza recostadas sobre el verdín que le dan los años y la humedad a las casas viejas.
Había un macetero de cemento que cubría todo el frente y allí los enterró.
A uno de los tirantes que sostenía las chapas del techo del lavadero lo venció la tormenta. Había 50 cm de agua y el Gitano con suerte medía 31. El lavadero no tenía rejilla y la puerta estaba cerrada por el viento. La madera que puso su padre para cubrir la ranura de la puerta para que no se escucharan los ruidos desde afuera funcionó. Los pájaros que estaban en las jaulas empotradas contra la pared quedaron paralizados por el susto, por el grito sin voz del Gitano. Un grito que estremece porque nadie lo escuchó. Pero no ladró. Nunca lo hacía. El Gitano no sabía ladrar.
Ricardo sintió el ruido de las tres pelotas rebotando en el techo que la señora de al lado volvió a arrojar a la terraza de su casa esa noche. Por eso se despertó. La señora las tiró porque ya no lo oía jugar más al fútbol en la terraza y quería ayudarlo. Jugaba con tres pelotas al mismo tiempo. No le bastaba una, las hacía rebotar contra la pared, sin cesar. Era un especialista en eso. Lo hacía una y otra vez, gambeteando telas de araña, saltando de alegría en su partido imaginario sin estadio, ni gente, pero de pelotas nuevas y encontradas dispuestas a hacerlo feliz. Entonces, su mirada y sus pies volvieron a iluminarse y murmuró… “donde se oculta el silencio, en la voz de los follajes de una enredadera, el jugar con los recuerdos, con la tristeza profunda, en las noches estrelladas, en las alas de los vientos de la luz de la mañana, y vio entonces como se formaban figuras sobre la pared de la terraza a orillas de la vida, vagamente…” alejarse para siempre sin decir adiós.
Tal vez lo presintió en una noche pálida, desvelada, de tormenta, más larga que las otras.
Había un macetero de cemento que cubría todo el frente y allí los enterró. Uno por uno, a los 16 canarios muertos y al Gitano. Abrió la puerta del lavadero cuando lo vio. Lo tomó en sus brazos y lo acarició por más de media hora. Se quedaron los dos abrazados sentados en cuclillas en el piso, debajo de la pileta de lavar en el lavadero, pero ya nunca más su perro pudo mirarlo a Ricardito de la misma manera, estaba salpicado de sangre ante sus ojos y lo sabía el pobre, aunque en este caso todos fueran culpables.
Lo rescató del agua como pudo, pero no de su ahogo. A los pájaros también, aunque a decir verdad le importaban mucho menos.
Pero no lloró. Nunca lo hacía. Ricardo no sabía llorar.
Al otro día, sobre los cadáveres todavía tibios dejó caer los claveles que compró con la plata que le daba todas las tardes su abuela Roxana. Plata que le pedía a diario a su marido para dársela a él, para comprar las galletitas dulces que tanto le gustaban y el jugo Royalina para la cena, de sabor naranja de ser posible. Rickyto hacía tiempo que venía juntando el dinero por si acaso. Fue a la florería y pidió los claveles rojos más lindos que tuviera la florista y los dejó caer de a uno hasta que la tierra de los maceteros los volviera cenizas, gotas de rocío, fuego en el alma, cementerio, donde sólo basta una línea de sol para broncear sus rostros y sus ojos dormidos.
Pero a Ricardo nunca le gustaron las despedidas, por eso unió esas visiones que el viento deshilacha y sopla basuras en los ojos, que impiden mirar con claridad, que molestan; porque ya nadie estaba allí, excepto la mancha de sangre en la persiana otra vez baja, que todavía creía ver. Por eso unió esa mancha de sangre con las otras. Y allí, en esa ventana y en esa calle, bajo la claridad borrosa del alba, aún quedaba una última mirada para contemplar las dos casas: el departamento de Palermo con la casa de Alberto en un “Hasta siempre” de claveles rojos, de paredón y enredadera, de pasillo largo al costado, de cuellos rotos de botellas en las paredes del frente apuntando hacia arriba, como una especie de fortaleza, que la defendiera de un ataque que inevitablemente iba a suceder en esos días, para que no saltaran adentro de la casa, al menos no fácilmente. La puerta estaba cerrada bajo siete llaves que nunca más se abrieron, nunca más. Al menos hasta hoy, ante los ojos húmedos sin lágrimas de Ricardo que decidió volver. Y creyó escuchar la música que salía de los pasillos de la casa:
“Aquí se queda la clara,
la entrañable transparencia,
de tu querida presencia
comandante Che Guevara”.
(Cantó Carlos Puebla y tantos otros después, pero Alberto no está presente, lo mataron a quemarropa aquella noche que se volvió mañana de cristales rotos)
Y se sentó a pensar:
“Comandante, en tu querida presencia,
en lo preciso de tu ausencia, en tus militantes.
Hay cadáveres”,
que los policías mataron por orden milica.
En forma asesina y cobarde. (…)
Papá, en los maceteros de la casa de Lobos.
Hay cadáveres,
(que Ricardo enterró y que vos dejaste morir)
Un grito que estremece en los oídos de algunos, porque nadie los escuchó. Quizás detenidos bajo la oscuridad de un parche que tapa los ojos.
Así las dos casas de Palermo (una era un departamento) quedaron unidas con la de Caballito en la cabeza de Ricardo en una misma imagen.
Tantas veces se preguntó por Alberto y tantas más por la salud de su padre, como si alguien le devolviera la pregunta, aunque los años pasen y no la pudiera contestar.
Tuvo que aprender a vivir llevando bajo el brazo los silencios, los Alberto, los Enrique, los Mario, los Gitano, los Gran Danés, los perros que sufrieron el encierro, los Murias, los gallos de riña, la muerte, los pájaros, la policía, los milicos, el abandono, los cadáveres, los claveles y su complicidad.
Tuvo que acomodarlos bajo el brazo para que no se cayeran, para defenderlos –como lo hacía su hermana mayor con él desde la ventana de su casa cuando lo corrían “los negros”, como ella decía, para obligarlo a contar–, para que callara como le pedía su madre hasta hoy.
El resto sería relato conocido, narrado en primera persona y prefirió evitarlo.
Hablaba solo. Así lo encontró su padre, sentado en el furgón del camión de mudanza, mirando con ojos sin retorno la casa donde vivían, como si nunca más la fuera a ver. La casa, que en realidad era un departamento en planta baja sobre la calle Gurruchaga, se borró de su memoria por completo por un tiempo, al menos hasta hoy.
Pero a la distancia todo se ve distinto.
Nunca más estaría su abuela Roxana asomada a la ventana charlando con cuanta vecina pasaba por allí, alargando las tardes en la primavera callada del ‘79.
Ni Mariela arrancándole los pelos a cuanto “negro”, como decía ella, pasaba por la puerta corriendo a su hermano, Ricardo, con el afán de obligarlo a seguir jugando a las escondidas. Un juego –que por contar siempre él– había dejado de divertirlo y por eso escapaba.
Hablaba solo para poder contar lo que estaba pasando en esos años, para que no lo escuchara su padre, ni nadie.
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]]>Iba a encontrar
los cuentos olvidados en la memoria.
Yo no escribo, hablo, cuento
cosas que pasaron.
Pero no que pasaron en la vida,
que están en mi cabeza.
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