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]]>Jacinto Miraflor tenía una hija, Matilde Miraflor Estévez, que en plena crisis del 2001 había abandonado el país de manera forzosa, como tantos otros. Él, hasta entonces encargado de la fábrica en la que trabajó por más de cuatro décadas, compró los pasajes para ella y su familia (marido y dos hijos), con la ilusión de reencontrarse en tierras europeas ancestrales, apenas tuviera la posibilidad de viajar. – Vos andá yendo pichona, que yo los alcanzo en unas semanitas -. Nunca sucedió. La fábrica quebró y cerró, dejando a todos sus empleados en la calle, a excepción de Jacinto, quien se quedó viviendo en las oficinitas del primer piso; a una la convirtió en habitación, y a la otra le siguió dando su uso corriente.
Mi amigo Lalo y yo, pocos años después de la crisis, también nos quedamos sin trabajo y un buen día decidimos comenzar con lo que sería nuestro primer microemprendimiento: una estampería. Ninguno de los dos tenía el más mínimo conocimiento o experiencia alguna en el rubro, pero un conocido nuestro vendía el “paquete de máquinas” para hacerla funcionar. Pedimos plata prestada a cuanto ser querido teníamos al alcance y en módicas cuotas fuimos financiando los pedacitos de nuestra futura empresa. Para alquilar ni resto nos quedaba, así fue que aceptamos un galpón (fábrica abandonada en ruinas), que nos prestaban al menos, por unos meses.
Era una tarde de junio de esas en las que apenas ponés un pie en la calle ya estás esperando el momento de volver a casa. Caía una garúa finita e insistente que en pocos minutos te dejaba empapado de pies a cabeza.
Cuando llegué al galpón, Lalo, me esperaba acobachado en el umbral de la diminuta puerta de chapa, convertida después de la quiebra de la fábrica, en la entrada principal (y única).
Dentro, llovía aún más; el agua que se juntaba en el techo caía en pequeñas cascadas que se replicaban a lo largo del inmenso recinto decrépito. El paisaje era realmente salvaje; las hiedras y las madreselvas se escurrían por los boquetes de la pared y trepaban por las columnas de hierro oxidadas. En pocos minutos chapoteábamos sobre escombros, barro y un líquido colorido, espeso y aceitoso, que era la herencia química de la fábrica.
En la otra orilla del pantano artificial nos esperaba Jacinto. El dueño ya nos había avisado pero mi imagen “pre diseñada” de este curioso habitante no coincidía en lo más mínimo con la de Jacinto. Tenía saco, pantalón, corbata y zapatos, impecables, y lo primero que pensé fue cómo haría para atravesar el chiquero sin arruinar semejante atuendo. Semanas después comprobé que Jacinto era absolutamente previsor y por ende, siempre tenía algo pensado para cada situación.
– Buen día jóvenes, pasen pasen, siéntanse a gusto. Mientras se acomodan voy poniendo la pava -. Tenía uno de esos calentadores del año del ñaupa, pesadísimos, con base de cerámica y una resistencia arriba que calentaba indefinidamente hasta que alguien se acordara de desenchufarlo.
Con esos mates inaugurales, Jacinto nos contó su historia; la fábrica había nacido a mediados de los ’60, y él había entrado como repartidor pocos meses después de su creación. Con el tiempo sus tareas y responsabilidades habían ido fluctuando, hasta llegar a “encargado general de la fábrica”, nombre que él mismo había elegido para el rol que le tocaba desempeñar (que nunca terminamos de entender exactamente cuál era).
– Durante cuarenta años, cuarenta – enfatizaba con el dedo índice – trabajé en esta fábrica, hasta que las deudas y las dudas, nos hicieron cerrar.
Cinco años habían pasado y desde entonces vivía (y trabajaba) en las oficinitas del primer piso, realizando visitas al microcentro, llevando y trayendo papeles y carpetas.
Nos instalamos en el único sector sin lluvia del galpón: debajo de las oficinitas de Jacinto, y pocas semanas después, a las 8.30 en punto, esperábamos el saludo cálido de todas las mañanas:
– Buen día jóvenes, veo que hoy hay producción, ¡hay producción! -. Como de costumbre, lucía su saco, corbata, pantalón y zapatos impecables; y bajo el brazo, la montaña de papeles y carpetas.
Fueron meses de jornadas de trabajo interminables, la mercadería que entraba se iba acumulando y nosotros que seguíamos experimentando con las máquinas, no dábamos a vasto. Sólo parábamos a media mañana para los mates que nos traía Jacinto, extremadamente calientes, fortísimos los primeros, lavados los restantes, pero todos con el sabor de sus historias.
Jacinto iba diariamente al microcentro a “ocuparse de sus negocios”; entregaba papeles y recibía otros a cambio, y una vez por semana, hablaba con su hija desde un locutorio. Mantenían prolongadas conversaciones, fluidas y detalladas, de sus respectivos cotidianos, sentires, pesares y quehaceres. Con el tiempo llegamos a percibir la enorme afectividad que residía en esa relación de padre – hija, que ni el tiempo ni la distancia habían modificado.
Tres veces a la semana los mediodías en la fábrica se impregnaban de olor a tortilla de papas jugosa que Jacinto cocinaba religiosamente en el mismo calentador que usaba para los mates hirvientes. Los otros dos días laborales, el aire se regaba simplemente de olor a sánguche de milanesa. Veíamos pasar a un Jacinto apurado (sin papeles y probablemente con mucha hambre) que en cuestión de minutos volvía con su paquetito oloroso debajo del brazo. Se ponía una sillita de caño despintada enfrente nuestro y comenzaba su ritual, desplegando meticulosamente el papel de envoltorio y después el plástico; entre bocado y bocado nos observaba y pronunciaba su tradicional frase de aliento: “Hay producción, ¡hay producción!”. Una vez que terminaba su sánguche, juntaba las escasas miguitas de pan que habían caído al suelo (ardua tarea si se tiene en cuenta la superpoblación y biodiversidad de basura que había en ese piso), doblaba el papel de envoltorio y lo dejaba en suspenso sobre su regazo, mientras que, con un pedacito de plástico se sacaba de entre los dientes, los sobrantes de carne. Finalmente se incorporaba, volvía la silla a su rincón y silbando bajito se iba por la puerta del fondo, con el paquetito de migas en la mano.
Las primeras veces, Lalo y yo habíamos cruzado miradas sorprendidas, que más adelante se habían convertido en la sencilla aceptación de un acto obsesivo, hasta que un buen día decidí seguir a Jacinto. Fui detrás de él sigilosamente para que no advirtiera mi presencia. Desde lejos vi que abría la puerta del fondo y despacito ponía un pie en el patio trasero, me acerqué unos pasos más y escuché que empezaba a tararear una melodía y después a susurrar palabras sueltas. De pronto vi que desenvolvía el papel del sánguche y que las miguitas meticulosamente recogidas del piso, caían ahora en una lluvia finita sobre el lomo de cuatro o cinco torcazas que movían las alas y se hinchaban de felicidad. Al notar mi presencia Jacinto se dio vuelta y mientras afirmaba con un enfático ademán de cabeza, me regalaba una enorme sonrisa satisfecha.
Sábados y domingos, la fábrica volvía a ser toda de Jacinto. Aprovechaba esos días de silencio para escribirle a Matilde; si bien conversaban por teléfono semanalmente, la charla no bastaba para contar toda una vida con lujo de detalles; para eso, estaban las cartas. No es que Jacinto fuera reacio a la tecnología, simplemente prefería el papel y la lapicera, decía que de esta manera las palabras y las emociones conservaban su relieve. Matilde, quien ya de por sí era escritora, compartía ampliamente ese gusto con el padre. Así es que, además de las prolongadas charlas telefónicas, mantenían un fluido mar de correspondencia. Entre mate y mate, Jacinto solía mostrarnos las fotos que ella mandaba; el primer día de clases de sus nietos, su yerno cocinando platos suculentos, Matilde sonriendo detrás de una montaña de papeles.
Jacinto era la combinación perfecta entre oficinista obsesivo y hombre totalmente reconciliado y gozoso de los pequeños placeres de la vida.
Uno de esos tantos mediodías, Lalo y yo nos sorprendíamos de no estar saboreando alguno de los dos aromas habituales, y en eso, vimos bajar a Jacinto, despacito, con la mirada fija en un punto y como caminando sobre espuma; tenía el nudo de la corbata a medio hacer y la mitad de la camisa fuera del pantalón. – Matilde llega hoy, se mudan nuevamente para la Argentina -.
Desde entonces, no hubo más tortilla de papas jugosa en la fábrica: esos tres días a la semana, Jacinto almorzaba con su hija y por la tarde llevaba a pasear a sus nietos.
Los mates hirvientes tampoco fueron ya cosa de todos los días. Jacinto dedicaba gran parte de sus mañanas a la confección de juguetes, o remendando sus atuendos o incursionando en la cocción de nuevos platos para agasajar a su familia.
Pasamos todo un invierno extrañando el saludo cálido de las mañanas, los perfumes de mediodía y las historias coloridas. Ya no lidiábamos tanto con las máquinas y además habíamos concluido con la etapa de “suerte y abundancia de principiantes”. Teníamos más tiempo libre para notar sus ausencias; sin embargo, nos consolábamos al verlo entrar y salir, subir y bajar la escalerita, irse y llegar; más vital que nunca, desbordado de emoción y entusiasmo.
Esa mañana me hizo acordar al día en que llegamos al galpón por primera vez; la misma garúa incisiva, tenaz, y ese gris concentrado que sugiere mate y tortas fritas.
Jacinto bajó a la misma hora de siempre, y nos saludó también con la calidez de siempre; lucía además, su impecable atuendo de siempre, pero, ese día, no llevaba corbata. – ¿Qué tal estoy? – nos preguntó galantemente a Lalo y a mí. – De punta en blanco Jacinto, como siempre, pero ¿y la corbata? ¿Qué pasó con la corbata?- le pregunté. Me contestó que ya no la necesitaría, que nos dejaba la fábrica toda para nosotros, que se mudaba a otro cuartito, muy parecido a las oficinas del primer piso, pero la diferencia era que ése estaba cerquita de donde vivía su hija. Por último esbozó una de sus sonrisas amplias y dijo: – Un gustazo de conocerlos jóvenes, veo que aún ¡hay producción!
Con la boca abierta lo vimos cruzar el lodazal químico y pegajoso, chapoteando feliz en los charcos espesos y aceitosos, y salir por la puerta diminuta de chapa, sin papeles, ni carpetas, ni corbata.
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]]>a su lado van las melodías incansables,
los retoños invisibles que juegan con sus cabellos y los garabatos de su hablar.
Al árbol en su cabeza le crecen minúsculas y corazones.
Frutos a piachere, y yo ¡uhmm!
Yo que la percibo aglutinado
En un viaje en bondi leyendo ”X” libro.
De re ojo letras,
de re ojo expresiones.
Cada tanto sus palabras
toman sorbos de matecocido
con mis anhelos.
Sus palabras que son como hormigas,
sobre el blanco papel de esta novela
que estoy empezando a soñar.
Preguntas que florecen desde focos amarillos me llevan a sus cuadros,
a sus escenas borrosas.
Fui olvidando rieles en gamuza, trenes se pelean por equilibrar universos de historias.
Un deseo se balanceaba en el aire, ventiscas que salían de los portales movían nuestros corazones
a ritmo atemporal.
De pronto su mirada supo de la mía
y unos soles se pusieron en el plan
de salir de nuestras mejillas,
se fusionaron.
Mis ojos amanecían viéndola desde mi libro, tiempo detenido en su cara llena de pecas,
de estrellas, y su sonrisa que iba conquistando todos los astros que giraban en mi.
Su sonrisa que terminó por destruir malos augurios,
en la letanía de un amor pronto a suceder.
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]]>íbamos de ida al trabajo con mi mujer embarazada cuando la vimos por las calles de Alsina. Estaba sola. Tenía puesta una malla y un tapado de piel y cortaba el tránsito en una de las rotondas de Remedios de Escalada de San Martín, por Lanús. La chica del cuento, por supuesto, es otra. Pero aquella me sirvió de inspiración. Una vez alguien me dijo que la chica de la crónica no es como la que andaba por Alsina, que ella la conocía, porque vivía por ahí. Le dije que no, que espero haya tenido mejor suerte. Seguimos pasando con mi mujer y al tiempo dejamos de verla. Pero me contaron que cada tanto vuelve.
De verla continuamente en las calles de Alsina con la mirada perdida empujar el chango, con su frazada marrón como vestido y su figura flaca y desgarbada de modelo mendiga y detener el tránsito. Provocando a tanto policía. Cuando se quitaba la ropa en las esquinas y mostraba su encanto. Y tal vez por eso desapareció un día. Y después el rumor del embarazo.
Pasaron dos años.
Solía caminar la calle Taxot, de Tuyutí a la Avenida. De su pasado no había rastro. Parece que ella era de La Perla, Temperley, y no de Valentín Alsina, y vivía con su tía, que la había abandonado. O se escapó. Al hospital a recibir violencia obstétrica.
Seguro la culparon por los golpes en la cara y en los brazos. En los muslos. Por haber tomado alguna que otra pastilla y por sus dieciséis años. Por la mirada perdida. Por estar acompañada por un policía todo el tiempo y por el chango.
Apenas saber sin seguridad lo que me dijo un cronista que estaba investigando el caso. “Qué por ahí, por la calle Tuyutí había regresado”.
Y su silueta desgarbada con frazada marrón volvía a romper la lógica de tantos autos. Porque ya no miraba a nadie, ni esperaba ser mirada y lo único que quería era empujar el chango. Lavar la mamadera del bebé, aceptar lo que le daban, doblar la mantilla con cuidado y cuidar su espacio en la vereda por si acaso.
Ya no quería caminar ni provocar a tanto policía ni mostrar sus atributos ni cortar el tránsito. Quería que a diferencia de ella, el niño no llorara tanto.
Por eso le prometió que lo llevaría a la placita de enfrente cuando cumpliera los dos años. Había que cruzar la rotonda por la calle Taxot hacia Remedios de Escalda de San Martín, pero el miedo la tenía titubeando. Pero se armó de valor y cruzó. Tal vez atraída por el cartel que decía: “Los únicos privilegiados son los niños”, de la plaza. Y se lanzó a la aventura de cruzar la calle con el niño en brazos.
A la loca del chango se le cayeron las cosas por cruzar tan rápido. Tanta porquería de las que fue juntando. Y entonces se le cae la caja de un muñeco que se había robado. Un bebé hermoso todo blanco. Y se le caen también un trapo sucio, unas escarapelas, un sachet de leche, un autito roto y unas botellas de vidrio que se rompen a pedazos.
Iban a jugar en la hamaca, en la calesita, en el sube y baja, en el tobogán. En todos los juegos. Iban a pedir sándwiches de miga en la panadería de enfrente, y se iban a reír los dos, comiéndolos en el pasto.
Eran las tres de la mañana cuando cruzó con el chango porque había menos autos. No había cumplido el niño todavía los dos años.
Pero se adelantó.
Tal vez porque los padres queremos lo mejor para nuestros hijos y lo mejor estaba cruzando los autos. Las luces encendían la plaza más que de costumbre. Las estrellas brillaban como rayos. La panadería a esa hora estaba cerrada y no iban a comer sándwiches de miga, los dos, en el pasto. Un agente de policía que estaba de guardia escuchó el ruido a vidrios rotos y por supuesto paró el tránsito.
Es que la plaza estaba tan linda, los juegos, las hamacas, la calesita, el sube y baja, el tobogán, el pasto. Eso decía cuando la atraparon. Esquivando el ojo abusador del policía que la había violado. Del que la había violado, no. Del que la llevó al hospital por pedido de su tía que vivía en La Perla y que a su modo se hizo cargo.
Por entonces, cerca de los tres meses la loca del chango perdió el embarazo.
Las hemorragias eran fuertes, los dolores, las contracciones que no había, el llanto. Después fue internada en el hospital para hacerse un raspaje y ser atendida. Y después terminó en la casa de su tía, que nunca quiso mantenerla cuando se murió su madre y otra vez se le escapó.
Y otra vez se fue tan lejos. Y una vez más del Chino casi esquina Tuyutí, en Valentín Alsina, robó el chango. Y otra vez la llevó hasta allí el compañero del policía que abusó de ella, vecino del barrio. Que sabía perfectamente lo que había pasado. Si incluso fue él quien le pidió a los dueños del supermercado de la vuelta que no la denunciaran, que él mismo le pagaría el chango y la leche que llevó. Y alguna otra cosa que se hubiera robado.
Lo de la mantilla para el bebé, la mamadera, la ropa sucia, la frazada, eran donaciones de los vecinos o cosas que encontraba a diario. Se las dejaban en el umbral de una casa abandonada, sin que nadie se acercara demasiado. Excepto el policía que la abusó, que creyó ver mientras dormía con el bebé. Por eso cruzó apurada a las tres de la mañana con el chango. Y se cayeron las botellas de vidrio que la adelantaron.
Había una denuncia en su contra por el robo de un muñeco en una juguetería. Cuando le preguntó el policía qué tenía en el chango. Casi ni contestó. Congelada para la foto del cronista que investigaba el caso. Y entregó el muñeco como si devolviera un juguete perdido. Apenas si lo despidió con un beso y le puso la mamadera llena de leche para que no tuviera hambre entre los brazos.
Tampoco lloró.
Y a pesar que el policía que la detuvo y que conocía, la miró con ternura. Cuando le remarcó varias veces que la estaba ayudando. Sabiendo lo que venía después, se tapó el cuerpo con la frazada marrón, porque le estaba mirando los pechos demasiado.
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]]>El funeral no tenía la espectacularidad de otros cortejos de izquierda en la pasada dictadura. Apenas media cuadra de caras famosas y destempladas por el asombro. Algún político, algún figurín de teleserie y la murga bulliciosa de máscaras, zancos y saltimbanquis de teatro callejero, conocidos de Willy Oddo, uno de los integrantes de QUILAPAYÚN, el grupo musical pionero del neofolclor revolucionario, recién retornado al Chile democrático, recién instalado en Santiago, cuando aún al Willy le costaba relacionar esta puta ciudad moderna con el pueblucho que dejó al partir como refugiado político, cuando tenía tantos planes y proyectos como agente cultural de la Municipalidad. Y se lo pasaba recorriendo las calles en su autito, conversando con la gente, recogiendo antecedentes de todo lo ocurrido en el país de su ausencia, Porque la verdad, éste era un Chile desconocido para el Willy tantos años lejos, cantando las mismas canciones, la misma «Plegaria del labrador» para gringos solidarios. La misma cantata del «Pueblo unido jamás será vencido», que tanto emocionaba a los italianos chupando pastas con tuco. El mismo «Potito embarrado» del niño Luchín para la elegancia francesa. Las mismas huijas dolorosas de la Violeta Parra, reestrenadas mil veces para la piedad europea. El mismo avión, los mismos estadios y peñas de exiliados entonando la cueca del regreso, comiendo la empanada sintética y la humita de choclo congelado. Era mucho revolotear por el mundo, como la paloma roja expulsada del arca que nunca encontraba su islita. Y luego, después del diluvio, recién regresado, después de tanto cantar la protesta del martirio chileno, venir a encontrarse con esta muerte de tango de página amarilla, de riña callejera. Esta muerte sin ideología, de otra partitura musical, bolereada por el alcohol y la euforia del trasnoche. Porque el Willy nunca imaginó que ese sábado la ciudad llevaba un aguijón en el escote.
El Willy ya nunca sería tan feliz como en esa última fiesta. Nunca más se vería tan buen mozo, con ese atractivo madurón de los soñadores que musicaron la gesta. Con tanto amigo, tanto reencuentro, tanta gente cultural y artistas raros que tornaban y tomaban brindando por el Santiago postnoventa. Por eso cuando se acabó el alcohol, y todos se fueron a un lugar underground a seguir la fiesta, el Willy aún necesitaba estrechar su abrazo de retorno con la calle patipelá y lujuriosa. Aún le faltaba conversar cara a cara con la urbe pringada por el deseo ambulante.
Sobre todo al hundir el acelerador y llegar a la ganada Plaza Italia, la diva de los mítines, la estrella del NO, el epicentro de todas las marchas, donde flameó la primera bandera del plebiscito. Donde el bar Prosit repleto, aún humeaba del maraqueo sodomita y las cervezas. Y allí justamente bajo el neón azuloso, la pendejuela patín ofreciendo sus diecisiete veranos de encanto travesti. Tan joven, que de lejos pasaba por mujer. Tan lampiña, que hasta de hombre, en la penumbra, pasaba por mina la diabla, tan niñita y ya laburando esos trotes.
Y quizás si el Wílly no la hubiera visto, si no hubiera chispeado el taco coliza en esa acera, llamándolo, frenando el auto para echarla arriba. Como quien se rapta un maniquí o una esquina de la ciudad para alargar la farra del «Nunca amanezca». Y si sólo hubiera sido eso, una canción de Serrat, una metáfora que pasa de largo, un deseo perlado en un rostro que esfuma el tráfico. Si no hubiera estado el semáforo en rojo, más encima en rojo. Tal vez, si la mocosa hubiera sabido quién era el Willy, si hubiera escuchado por casualidad al QUILAPAYÚN en el retumbar de su cultura disco. Si por lo menos no hubieran hablado de tarifas enfriando la comedia sentimental. Si no se hubiera atravesado el precio de la carne, musicalizado por «Todos los pobres del mundo». Esa tensión del tanto por cuánto, el forcejeo, el tira y afloja, el me pagaí o me bajo. Porque la pendeja no tenía sueños románticos que alteraran su tranza prostibular. Había una familia que mantener y por eso estaba trabajando. No tenía tiempo para conversar del ayer, y menos para escuchar canciones de protesta. Se lo dijo.
Y él pareció no escucharla,
Y ella amurrada, tragó saliva
Y él miraba afuera como si lloviera,
Y ella insistió con lo de la plata,
Y él se rió, pensando que no era por eso,
Y ella quiso bajarse del auto,
Y él la sujetó del hombro,
Y ella apretó algo en su cartera,
Y él sólo quería abrazarla,
Y ella no entendió el gesto,
Y él estiró el brazo,
Y ella hundió el puñal en la axila del Willy.
Porque nunca quise matarlo, dijo en la tele temblorosa la pendeja. Solamente darle un pinchazo para que se asustara. Y por eso salió huyendo, sin saber que la insignificante cortaplumas había roto esa arteria del sobaco que desangra el cuerpo en cinco minutos. «La vida no era eterna», como decía la canción de Víctor Jara. Y la mala sangre con la mala leche son hermanas de la misma suerte. Ella con sus cortos años ya lo sabía. Por eso enfrentó la prensa a cara lavada. Más bien, prisionera de su fatal adolescencia, cautiva de la noche pelleja y, su ingrato porvenir. Cantó su vida como si doblara una canción. Lo dijo todo, no omitió ningún detalle, cargando analfabeta la responsabilidad de asesinar un mito. Posó mansa, sumisa y nerviosa para el golpe eléctrico de los flashes. Cruzó, casi transparente, por el odio de la izquierda como si desfilara bajo un aluvión rosado de copihues. Dijo a todo que no, como diciendo sí. Pero fue enfática al aclarar que no era un crimen político.
Y por esa función televisiva le dieron varios años de condena. Largas vacaciones en la penitenciaría, en el siniestro patio que congrega a las locas convictas. Allí no tuvo problemas, al reencontrarse con viejas amigas del patín mohosas tras los barrotes. Tampoco le fue difícil ganarse un novio con su juventud, en esa jungla de machos templados por el encierro. As¡ mismo, con tanta facilidad como quien pisa un chicle, se pegó la sombra, que en el sidario penitencial crece como musgo venenoso por las paredes. Las desgracias nunca vienen solas, la colegiala travesti lo sabía desde chiquitita. Por eso no le pareció tan terrible esa catacumba terminal Ni siquiera los alaridos a media noche, ni esos brochazos de sangre que decoraban las celdas continuamente.
Quizás la pendeja, después de escuchar al QUILAPAYÚN en los cassettes que le prestaron los presos políticos. Luego de oír por horas «En esa carta me dicen que cayó preso mi hermano… ». Tal vez, se encontró con un Willy que hubiera deseado conocer en otro momento. A lo mejor, por eso asumió el sida como una doble condena privada y sentimental, pensando que la vida era sabia, pero a veces tan injusta, por donde pecas pagas al degollar un gorrión con la caricia de un filo.
Fuente: Lemebel blogspot
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]]>Desde Ciudad de Buenos Aires, Argentina
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]]>Un día de esos aciagos en que la lucha interna por ser diferente es controversial y cansa porque me voy sumiendo en la aventura de ser yo misma sin esperar nada de nadie y cantar la melodía curiosa que me anime a continuar sin miedo por esto que no sé qué es. Las existencias me han consumido y he pasado de una a otra sin darme cuenta que ruta tomé desde las bifurcaciones donde llego. Me pierdo en esto que llaman mundo y que lo llamo igual porque como todos, visto la misma ropa, paso los mismos problemas, hablo mi idioma y me creo otro personal para hablar conmigo misma o a alguien a quien pongo a mi lado para que me escuche, ese alguien desconocido que creo que no juzgará, no mentirá ni tampoco lo llamará el apetito carnal típico de alguien que se obsesiona. Ese es mi ser invisible que se llama como se llame, es la entidad en que suelo desvincularme de esta rareza pluscuamperfecta que me ha atado por años, por siglos, antes y después. Es entonces cuando puedo mirar la vanidad de la que salgo un rato, mientras converso con él, o lloro, o le escribo y no me dice nada. El mundo está lleno de palabras, pero él sólo me escucha y en el sinsentido de mis arbitrariedades, no se burla. Me tiene pena, me tiene lástima o admiración, no lo sé porque no se lo he preguntado y tampoco quiero saberlo porque su presencia me llena esté hálito mudo que fanfarronea como todos, soy como todos y tengo una vida diferente dentro de esta capa de vacíos que cubre el cuerpo para que los huesos no se desparramen ni salgan las cepas personales que cada uno lleva dentro de sus intestinos. Él siempre se queda, me voy después que me he desbordado en risas, llantos y reclamos. Hay un cerro de luces que pocos han visto, sólo porque no saben mirar. Yo lo veo, pero no puedo ir hasta allá porque esta humanidad entre comillas que me aferra al continente del latido, de esta existencia que a ratos me parece horrenda. Me mata la crudeza de los pueblos solos, sin ley y son iguales que yo, a semejanza y esa disparidad me acongoja. Es cuando creo que no existe nadie más, ni superior, menos inferior que pueda salvar los clamores de los que soy testigo y siento mi ropa rasgada, manchada porque suelo pasar entre ellos y creen que soy la salvación. Me aturde la mirada de los niños tristes y siento que soy ellos porque también, en otra crueldad fui una niña triste. La cobardía abunda en esta agonía sin hospitales ni enfermeros. Tengo miedo. Tanto miedo que a veces creo que camino a mi lado para no ser yo y mirarme desde lejos. Sin darme cuenta, me ha venido una apatía que me quiere hacer huir de todo. Y luego revierto y quiero pensar que puedo solucionarlo todo. Puedo ver más allá de los ojos sin ser irióloga y sé cuándo me mienten. Sé cuando todo es apariencia, cuando es interés inclemente de dejarme sin pensamiento ni libertad. Creo que estoy cuerda, todavía y es por eso que no hago lo que debería. Mañana es lunes y todo comienza tal cual como quedó el sábado o el viernes. Es septiembre acá y me toca una nueva primavera. Me gusta porque la tierra me emociona en su trabajo de parto, mientras los pájaros hacen nidos clandestinos en mi madriguera y un bolsillo de silbos se me desgrana en la luna llena. Me acuerdo de mi padre y su pena. De ahí nací yo, de un padre con pena y para mí fue su karma. También supe que quería arreglar el mundo, pero a los cuarenta y cinco no se ha vivido nada. Soy mayor que mi padre y tampoco sé nada. Fluye mi nota ajena y la dejo aquí porque mañana he de sentir como todos, fingir que voy serena cuando la revolución por dentro me derrite las venas y me deja sin aliento. Literalmente, sin aliento
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]]>Estamos en una crisis de posverdad. Ya nada nos dice nada, la tele no nos dice nada, los padres también guardan silencio. En la mesa, no hay que olvidar que no se mencionan ni los temas de política ni de religión, porque es de mala educación. Pero… en ese momento, todos los principales elementos sociales quedan por fuera del ámbito familiar. Este mismo ámbito social en el que hubo un momento en nuestra historia del que la mujer no podía tomar parte de ninguna manera y que poco a poco fue asumiéndose como parte de esta sociedad. Y la empezó a cuestionar.
Las mujeres han logrado que se las admita en el ámbito laboral, aunque no tenemos los mismos salarios, es un tema que se toca, se ha tocado y se seguirá tocando. Como muchos otros tópicos que tantas mujeres ya han escrito suficiente para que se haya logrado como un proceso largo. Con logros y cosas que todavía no se han dudado. Pero la sociedad no solo estaba siendo aplicada a un lado de la sociedad. Estas reglas que nos dicen implícitamente (porque nacemos en la sociedad que no ha tocado crecer y adquirir) cómo tenemos que ser. Primero, los humanos se mataron entre ellos, y la mujer no podía ejercer ese matar. Pero ellos sí a las mujeres. Pero la violencia no es nata ni instintiva de la mujer. Sino Eva no hubiese escuchado a la serpiente que la guió hacia el árbol que le llevó tener tantos problemas.
Pero existe un mayor problema con respecto a la muerte, el Estado ejerciendo violencia, los hombres golpeando a la mujeres, los padres con los hijos, la dialéctica hegeliana, el miedo a morir que como humanos a todos nos involucra, nos lleva a matar primero al otro. El gran problema de la metáfora. Nadie de los que puede hablar conscientemente puede realmente decirse muerto. Es el problema del otro, como dice Todorov. El problema de que no sea un yo. Para llegar a conocer al otro, primero debe ser descubierto, conquistado y amado. Descubre Eva la serpiente, descubre Eva el árbol y ella también es quien descubre el bien y el mal al poder comer la manzana.
La mujer es la que logra enojar a Dios y que la humanidad sea echada del paraíso, para no tener esa vida eterna, que solo Dios puede obtener. La mujer conquistó el enojo de Dios, sin saber lo que estaba haciendo al seguir a la serpiente. Ciega caminó para encontrarse con un fruto prohibido. La manzana, la quinta esencia y el veneno también está ligada en toda la literatura.
Es importante el descubrir, es el primer paso del proceso de individuación. El autoreconocerse como héroe, encontrar el llamado, seguir el camino. En el descubrir, también Todorov, analizando Los diarios de Colón se da cuenta cómo en este descubrimiento gana el lenguaje mentiroso de Colón y Cortés, versus el lenguaje metafórico de las culturas nativas del momento.
La diferencia en estos lenguajes se puede observar también en otros puntos sustanciales de cómo categorizamos hoy el día tanto a la política como a la religión. En tiempos de posverdad, el lenguaje de mentira ya no funciona. Nada puede ser mentira, cuando nada es del todo verdad. La lucha continua entre la objetividad y la subjetividad. Lo teórico y lo práctico. Lo masculino y lo femenino. Y muchas de esas otras dualidad que según Deleuze y Guattari se vienen sosteniendo a lo largo del pensamiento occidental.
El lenguaje metafórico gana cuando se sostiene en lo rizomático. No busca la competencia ni los polos. Simplemente, armar una red de lenguaje en donde todos nos podamos sentir seguros al caer en ella. Sin pensar en tener que luchar con verdades ni mentiras. La sororidad, la colectividad, de puntos bellamente armados para que en la sociedad todos podamos ser un axón o vértice más para continuar creciendo. No seguir luchando. Sin miedo a seguir a la serpiente que nos muestra lugares desconocidos, oscuros y cavernosos nos pueden llevar a comer manzanas que tal vez podamos ver la belleza no en un espejo sino en la muerte (como Cenicienta).
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]]>No es difícil de acordar que los tiempos que corren no están muy estables y de ninguna manera nos encontramos completamente desalineados con la violencia. “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo” (Párrafo que abre al libro Historia de dos ciudades de Charles Dickens). Para quienes no saben, la comparación en grado superlativo habla de la amplitud del adjetivo comparador, por ejemplo, si tomamos el adjetivo “bueno”, su grado superlativos es “buenísimo”. Sí tengo una distancia x entre malo y bueno, la amplitud entre lo malo y lo buenísimo es mayor.
De esta manera, el neoliberalismo ha generado lo que ya podemos acordar todos que solo les está funcionando a unos pocos y, ni siquiera, algunos solo están tan individualizados como para que les dé vergüenza, temor, y cuantos otros sentimientos que los llevan a no querer aceptar que no son perfectos seres humanos. Un claro traspaso de la racionalidad masculina a los conceptos actuales que manejamos como sociedad. Sin pretender juicio alguno, dado que estamos donde estamos. Considero su inicio en el proceso entre el 100 a.C hasta el 400 d.C. Cuando se estabiliza, pasamos a una “Alta Edad Media” que luego verá su fulgor para la conquista de América y la caída del último sesgo imperial romano. Su apogeo lo observamos dentro de la revolución científica, la revolución del pensamiento, la revolución industrial y la revolución tecnológica. Y, ahora, luego de que la mayoría de los países han estado de alguna manera “en manos de” otra nación, el imperialismo se hace hacia adentro y las naciones tienen enemigos internos y ningún lugar más hacía donde explotar la violencia y las armas más que consigo mismos. No quiero juzgarnos como humanidad, ni a ningún pasado, meramente recopilar hechos de este sistema que ya está podrido.
En fin: La racionalidad nos dictó que no son buenas las plagas, entonces, debemos cuidarnos de las enfermedades, que nos matan, que nos envenenan y destruyen. El rey Edipo se autocastigó sacándose los ojos porque él era culpable de que su pueblo sufriese. Su hija Antígona, luego de que su tío tomase el reinado, lucha contra un gobierno de racionalidad absoluta. Ella sufrirá en todas las obras el deterioro del instinto femenino. Pero la racionalidad también se ha ganado cualquier instinto, el sexo es tabú, el cuerpo está mal visto, la sangre no debe verse, las cosas no deben decirse. La imposición del silencio por parte del Estado a todos los que no son él ha sido sistematizada como algo propio de quien tiene culpa. Avalando continuamente una ética del cristianismo institucionalizada. Las instituciones funcionan como las empresas del Estado finalmente.
Con todo esto dicho, nos encontramos frente a un Estado donde, por concebirse a partir de ciertos conceptos extraídos de los imperialismos, los cuerpos son sometidos. No solo los femeninos, también los masculinos. Pero lo que ahora se necesita, en este cambio de era, es la revolución hacia el lado instintivo de lo femenino. Sacarnos la culpa de Eva al ser tentada por la serpiente para que coma la manzana del bien y el mal. Culpada por Adán. Pero Eva es quien la comió, ella es quien ahora diferencia el bien y el mal. Adán por su parte se quejó y se avergonzó cubriendo su cuerpo. En el reino de Dios, existe otro árbol, el de la vida Eterna. Cuando Dios echa a Adán y Eva del paraíso es para que no lleguen al otro árbol. Dios no supo qué consecuencias tendría que aquí en la tierra las mujeres puedan comer su manzana, mientras que ellos la tienen atragantada en la garganta.
El instinto no es voluntario, es un momento donde se escucha lo más interno de una, no tiene que ver con pensar en pasado o en futuro. Sino es presente, sentir el cuerpo y lo que este necesita. Es mi cuerpo el que no puede hablar, solo se habla con el pensamiento. En este cambio de era, el veneno es solo una experiencia más, solo esperamos que no nos mate en el camino. Así, un grupo de mujeres, en el contexto de noviembre en Santiago, Chile, 2019, gritaron con sus cuerpos un silencio impuesto por este Estado patriarcal, donde los padres ya no son patriarcas ante un sistema de sustento neoliberalista que ya no provee con empleos dignos, horarios sanos y muchas veces ni siquiera lo mínimo y necesario para vivir. Si alguien no quiere trabajar, no es menos útil para la sociedad, pero si el sistema no tiene un lugar para elle, no es culpa del individuo que no encuentra trabajo, sino del sistema que no lo está pudiendo acoplar, porque, como ya dije antes, es el sistema que está corrupto.
Pongamos contexto: @Colectivogataengrifa hizo una performance donde individuas bailaron en la fuente de Plaza Almagro hasta teñir dicha fuente de rojo y negro. Este texto claramente no pretende ser una crónica de lo que sucedió, solo voy a decir: fue intenso, cada una fue ganando además confianza de lo que estaban haciendo poco a poco, desde estar debajo de una tela hasta estar completamente desnudas con los ojos llorando sangre. La música clásica de una orquesta en vivo las puso en movimiento. Una colectividad de mujeres que demostraron que el cuerpo está gritando, que la preocupación de cada una al tener que sacarse la vergüenza, la culpa de tener un cuerpo de mujer que excita a los hombres. El tema ahí es que a esos varones nadie les ha enseñado que deben retener sus instintos. Ellos, seres de razón, no tienen porqué retener sus deseos porque tienen el poder de someter al otro bajo sus deseos explícitos o no, guste o no. Aunque no todos los varones sean así, claramente. A nadie le sorprendió que ninguno de los varones que se encontraba en el público gritó como mono y saltó a estar con ninguna de ellas. Y eso es un espacio más que ganado.
El instinto femenino también debe ganarse nuevamente. Volver a lo sagrado de nuestra madre tierra, comprendernos parte de este proceso del que no tenemos ninguna idea más allá de los nuestros que nos han dejado historias, escrituras y objetos. Vivir en este presente continuo en donde nos enfrentamos con un sistema que lanza las últimas garras, mientras debemos recuperar las ruinas, las fortalezas y comenzar a construir lo que se viene. Sin culpar, tomar las cosas que venimos haciendo mal y reformularlas para que la racionalidad no tenga más poder que lo instintivo. El instinto sano sabe improvisar y poder saltar todos los obstáculos que queden de esta gran caída. Se vienen tiempos oscuros hasta que esto nuevo se estabilice de cierta manera. Pero el instinto dicta colectividad, sororidad, desapego, amándonos. Para lograr ir en contra de los conceptos de racionalidad impuestos y avalados por el sistema estatal:
– la institucionalización jerárquica (educación, salud, seguridad, justicia, gobierno)
– el imperialismo económico
– justicia pública (versus la justicia privada)
– propiedad privada (versus propiedad pública)
– la representación democrática meritocrática a partir de los mismo estándares estatales.
– y muchos etcéteras que todes los que quieran pueden nombrar.
Creo que lo único que se logra sosteniendo estos conceptos es que la brecha entre lo cultural y lo natural continúe agrandándose de manera superlativa. El tiempo y la medida que le damos a él, los valores con los que lo componemos deben cambiar. La mirada se posa en la serpiente como guía que nos lleva en un presente continuo a preguntarnos y ¿por qué la serpiente no me está picando? ¿Hacia qué cueva oscura húmeda nos lleva? Después de todo, la serpiente ha sido durante todas las edades un símbolo sexualmente ambivalente, fálico por su forma, cavernoso por su lado femenino. Entonces, es momento que los varones se decidan y prueben la manzana con las mujeres, dejar la culpa, dejar el patriarcado, dejar el control de nuestras vidas, para finalmente ser todos parte de una misma humanidad.
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]]>Ya ha pasado más de un mes, las calles se van pelando pero la gente sigue indignada. Nada ha cambiado, la dignidad de un pueblo en llamas todavía sigue sin ponerse sobre la mesa de los discursos hegemónicos. Violencia y más violencia. No sé cómo va a poder frenarse esta situación. La verdad de algo tan visible como lo está siendo los Estados Nación corruptos y desvisibilizando a la gran mayoría de la humanidad en pos a sus deseos me tiene cansada. Chile despertó pero la televisión, los medios, los políticos y, principalmente, los empresarios que han comprado leyes y que continúan comprando a la élite para sostenerse en sus palacios intentan por todos los medios acallar a la fuerza las palabras que deben ser dichas. Ahora andamos gritando porque al parecer son sus oídos los que no pueden llegar a comprender que de acá debemos salir todos juntos, porque ellos también deben cambiar. Todo el sistema tiene que mejorarse. Algo nuevo renace y es necesario realmente que las cosas se acomoden a su tiempo. Pero el tiempo lleva siendo y a mí me están pesando los pies y la espalda. Me estoy quedando seca de palabras, no sienta que pueda decir nada porque ya se ha dicho. Todos andamos denunciando y explicitando los fallas que ya deberían estar en esa mesa. Esta hegemonía sigue intentando que todo quede implícito, con unas cuantas miradas y codazos, para que nadie diga nadie. Porque ninguno de ellos quiere ser el culpable, el verdadero problema es que ya todos lo son. Hasta yo acá, inmersa en estas palabras, en este sistema, del cual no me puedo alienar porque soy ser humano y pertenezco a la humanidad, aunque esté dentro de un constructo estatal que no nos está sirviendo para poder seguir adelante. Los silencios y secretos de quienes tienen el poder son más fuertes que nuestros gritos, aunque poco a poco se vayan descascarando. Cada pedazo de cáscara es un estallido social. Y como se dio en Chile ahora se está dando en Bolivia y en Colombia, además de todos los países ya mencionados. El racismo vuelve. La intolerancia. La xenofobia. Solo queda seguir diciendo, explicando, tolerando, hasta que queden expuestos sin ninguna cáscara o careta que los avale.
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