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]]>En el barrio, la sensación de descontrol es descontrol, y son pocos los que logran trazar un camino hacia la salvación. Esta realidad no es una mera percepción, sino una necesidad imperiosa que oculta un problema de proporciones inmensas: la carencia de recursos que impide alcanzar un destino más justo, disfrutar verdaderamente la vida. Si bien muchos atribuyen esta situación a las drogas, no podemos obviar la presencia de un sistema judicial corrompido que también desempeña un papel crucial en este drama social. La falta de oportunidades educativas y laborales se juntan como un muro infranqueable que divide a la comunidad de las posibilidades de prosperidad. La juventud, carente de modelos a seguir, se ve arrastrada hacia un abismo de delincuencia y desesperanza, perpetuando así un ciclo vicioso de pobreza y desolación. Además, la ausencia de espacios recreativos y culturales deja a los habitantes sin alternativas saludables para ocupar su tiempo libre, empujándolos hacia actividades ilícitas y peligrosas. En medio de este caos, surge la solidaridad y el espíritu de supervivencia como defensa de una comunidad olvidada por las instituciones y la sociedad en general. La resiliencia y la creatividad se convierten en armas super poderosas para resistir y buscar una luz al final de este túnel tan oscuro. “Paraíso de Ladrones” es mucho más que un título que transgrede y provoca, es un grito de auxilio en medio de la oscuridad, un llamado a la reflexión sobre las injusticias que perpetúan la marginalidad y la desigualdad en nuestras ciudades.
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]]>Un viaje de 64 kilómetros desde Puerto Pañuelo, a orillas del Nahuel Huapi, hasta quedar de cara al volcán Osorno, en Chile.
Desde la Patagonia Argentina y el Sur Chileno
De todas las formas posibles que había para cruzar a Chile, Ernesto Guevara y su amigo Alberto Granado eligieron en el verano de 1952 la que los obligaba a salir de Bariloche y navegar tres lagos distintos con su moto a cuestas hasta llegar al pueblo de Petrohué. Entonces no había setenta pasos fronterizos como ahora, y si bien imponía manejar sobre ripio, trepar la Cordillera de los Andes y montar y desmontar la moto en distintas barcazas, aquel era al mismo tiempo el camino más atractivo para hacer desde la Patagonia.
Guevara lo contó muy apasionantemente en sus Diarios de motocicleta. No así la película, cuyo guión le quitó volumen a una experiencia que fue breve pero, se supone, fundante: dos veinteañeros abandonan Argentina con dos bolsos y una moto maltrecha sobre caminos complejos, espejos de agua y la tupida selva valdiviana que abraza ese tramo de la cordillera. Todo sucedió en un mismo día y fue, además, el único cruce internacional que pudieron hacer con la moto antes de que se rompiera definitivamente.
El periplo inicia en Puerto Pañuelo, a orillas del Nahuel Huapi, y termina de cara al volcán Osorno, ya en Chile. En la bitácora del viaje que empezó a convertir a Ernesto en el Che, el flash es permanente: habla de las “aguas templadas” del Lago de Todos los Santos (aunque lo llama de su otra forma, Esmeralda) que “hacen agradable la tarea de tomar un baño”, a diferencia de los gélidos de Argentina; y también del “imponente volcán” Tronador y de la sensación de que “ahora miraba el futuro, la estrecha faja chilena y lo que viera luego”. Guevara tenía 23 años.
Más de 70 años después de aquel viaje, la infraestructura vial fue evolucionando a pasos agigantados. Aunque hoy sigue siendo tan difícil como entonces hacer el periplo conocido como Cruce de los Lagos Andinos, un camino que ya usaban distintos pueblos indígenas hasta que fue comercializado por un empresario argentino de origen suizo que descubrió la zona a principios del Siglo XX.
La derivación de ese kiosco turístico que hizo el privado antes del Estado es el denominado Cruce Andino, nombre bajo el que se vende un paquete de traslado con los tres tickets de navegación y los dos terrestres entre el puerto de llegada y el de salida. Todo a precio dólar, claro. Es eso, o pegar toda la vuelta y cruzar por el paso Cardenal Samoré, a la altura de Villa La Angostura, full asfalto, aunque el doble de extensión, largas colas en las aduanas de los dos países limítrofes y, principalmente, un entorno menos impactante.
El paso fronterizo se llama Pérez Rosales y puede atravesarse caminando. Literal: entre una aduana y otra hay 30 kilómetros de distancia y la línea divisoria de países –imaginaria en el medio de una montaña en una selva– solo se estima ante la presencia de un cartel de madera en el camino de ripio invadido por la vegetación. El tema es que, tanto para llegar ahí como para salir, es menester un traslado que articule tierra con agua: la cama más cerca del lado argentino está a dos lagos de distancia, mientras que la del lado chileno al otro lado de la cordillera.
La única alternativa entre la guevariana y la all inclusive termina siendo la bicicleta, único medio que ofrece un poco de épica a un cruce que no tendría más gracia que la de la foto si se completara en micros (lo cual, de todos modos, no sería poco).
En todo caso, siempre habrá que rentar la conexión con las embarcaciones que van a atravesar el brazo Blest del Nahuel Huapi y luego los lagos Frías y Todos los Santos, éste último ya en Chile. Solo que la bici ofrece unir todos esos puertos en dos ruedas: los 20 kilómetros desde el centro de Bariloche hasta Pañuelo, 4 entre Blest y el lago Frías y alrededor de 40 para la arremetida del cruce cordillerano propiamente dicho a Peulla, punto de partido del último barco. Luego, claro, cada cuál decidirá hasta dónde seguirla.
El Che fue hasta Caracas, aunque tampoco hace falta tanto. Lo normal es seguir por la zona, rodear los pueblos y volcanes a orillas del Llanquihue (el segundo lago más grande de Chile) y hasta quizás estirarse a Puerto Montt en una coronación final de cara al Pacífico, algo que Guevara y Granado no hicieron porque decidieron que era hora de dejar el sur (esa noche terminaron en Osorno, 100 kilómetros al norte del último desembarco en el Puerto de Petrohué).
En todos los casos, la salida es de Puerto Pañuelo, en el kilómetro final de la extenuante avenida Bustillo, sobre la península Llao Llao. El entrevero con clientes de cruceros y tours vuelve medio farragoso el trámite portuario: Pañuelo es un punto caliente de concentración turística (salen barcos hacia otros lados del Nahuel Huapi) y cargar la bici a la embarcación requiere de paciencia entre el gentío y la obligación de desatar todo tipo de objeto amarrado al rodado, desde el equipaje hasta un inflador.
El primer viaje sobre agua implica una hora de navegación por el brazo Blest del Nahuel Huapi hasta un lugar que el Che, en su diario, señaló “llamado pomposamente Puerto Blest”, casi en burla. En ese entonces el turismo recién estaba popularizándose en Argentina, no era algo que generara oferta ni demanda, pero años después la industria se sofisticó y hoy Puerto Blest es un lugar relativamente coqueto: tiene un solo hotel que el día que cayó este cronista estaba cerrado. “Lo va a ocupar la familia del que lo maneja”, explicó alguien que trabajaba en el lugar compartido con una especie de bar-confitería.
El ripio comienza camino al segundo barco: 4 kilómetros amables de pendientes suaves desde Blest hacia Puerto Alegre, orilla del lago Frías. Nuevamente el ritual de desatar los bártulos de la bici antes de subirla para un viaje breve, de media hora hasta desembarcar en Puerto Frías, donde verdaderamente comienza la aventura mientras se va asomando el cerro Tronador, primero de los volcanes de compañía.
La aduana argentina espera para un trámite ágil. Eventualmente pueden pedir la factura de compra de la bici, algo común en este tipo de papeleos y que, por cierto, nunca está de más tener a mano. A pocos metros de la oficina luce el único registro en todo el camino del cruce que hicieron Guevara y Granado en 1952: una réplica de la Norton 300, algunas imágenes (la mayoría de la película) y un mapa del recorrido desde San Francisco, Córdoba, hasta Caracas, donde se despiden hasta la próxima.
Lo que sigue es una trepada intensa de 4 kilómetros en pendiente exigente. Depende el momento del año, puede estar acompañada de lluvias o de un soporífero calor, y en ninguno de los casos hay que tener vergüenza en soltar la bici y llevarla a tiro. Señores: bienvenidos a la selva valdiviana. Al término de ese tramo difícil pero breve vendrá de premio un descenso que hay que hacer con cuidado: el ripio chileno es distinto al argentino, y por cierto mucho más incómodo para cualquier tipo de rueda.
La segunda mitad del camino a Peulla es más plana y previsible, y comienza en un lugar que está igual a cuando Guevara lo conoció y se deslumbró: Casa Pangue. En una curva de la ruta 225 conviven un puesto de carabineros con la orilla del río Peulla, que abre en agua de deshielo un valle directo al Tronador. “El mirador permite atacar un lindo panorama del suelo chileno”, escribió Ernesto entre los destacados del cruce.
Peulla es un pueblo chiquito: no más de 150 habitantes, dos hoteles y un bar en cuatro cuadras. Después de un trajín intenso y sin pausa, el cuerpo comienza a pedir un poco de esparcimiento y contemplación. El Cruce Andino exige mucha premura y papeleo: subirse al barco, bajarse del barco, subirse al micro, bajarse del micro, hacer cola para el otro barco… y así, con todas las cosas encima, que van desde el bolso hasta la bici.
Lo primero que se ve del pueblito es el puesto de aduana chileno. Casi como una señal: no te olvides de hacer los trámites migratorios, indispensables sobre todo para volver a entrar a Argentina. Que las puertas estén abiertas y no haya nadie no es problema, en cualquier momento el administrativo volverá y saldremos de ahí con los papeles en regla. Son los bretes de ir por tu cuenta, fuera del bus y en los tiempos que tu pila te permita.
En todo caso, esa demora servirá de excusa para ir al puerto al otro día y llorar un poco la carta: normalmente los portuarios nunca se ortiban con una bici y permiten que te tomes el último barco de los tres un día después de lo que dice el boleto. Y eso hasta habilita un chapuzón en las aguas templadas y esmeralda del Lago de Todos los Santos antes de atravesarlo durante dos horas.
El cruce náutico final deposita en el puerto de Petrohué, al otro extremo del lago, y una rápida salida a la ruta 225 en una versión asfaltada y con bicisenda en la banquina. Al instante se abre en el horizonte el volcán Osorno, principal compañero de la travesía. El mapa, a partir de entonces, vuelve a abrirse: la llegada al último tramo en barco implica el inicio de un nuevo camino.
Fuente: Página 12
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]]>Vivir de viaje (Fondo de Cultura Económica) es la compilación de las crónicas periodísticas de Sara Gallardo, esa autora fuera del canon en su época y reivindicada más tarde, también desde los feminismos por su primera novela, Enero, que narra la historia de una joven campesina obligada a tapar una violación casándose con el agresor. En este nuevo volumen que edita y prologa Lucía De Leone, una joven que sostiene una erudita adoración por esta autora, los textos de Gallardo hablan del viaje como forma de vida, como movimiento e imaginación. Una forma de salir de la asfixia de su clase y a la vez service de ella. Una oportunidad para seguir conociendo a esta pluma inquieta.
El acercamiento de Lucía De Leone a Sara Gallardo fue azaroso. Experta en la vida y obra de la autora de la poderosa novela Enero y de la experiencia lingüística sobre el mataco Eisejuaz, entre otros textos literarios, De Leone es una de las investigadoras que iluminó la figura de Gallardo y acaba de compilar y prologar el libro Vivir de Viaje (Tierra Firme. Serie Viajeras/Viajeros, Fondo de Cultura Económica), que da cuenta de la escritura periodística de una mujer, siempre en movimiento, que se redescubre a sí misma mientras recorre y habita distintos sitios porque no puede permanecer quieta.
Gallardo es una bicha que camina y sus crónicas, una invitación a la lectura gozosa de los registros nómades. Dividido en cuatro partes: Tretas para viajar, Desde Europa, Por América y En Argentina, el volumen incluye títulos como Cómo viajar hacia el mar en autobús (¿Cómo?), La ridiculez de ser turista en el más allá, Presencia de Bioy, La ropa de hombre ya no es la misma, La historia de Lisandro Vega, Una mujer en carne viva, un perfil escrito por el periodista Daniel Pliner y otro, “Yo de perros no sé nada”, por Luisa Valenzuela, entre otros textos.
Sara fue la hija de Sara Drago Mitre y de Guillermo Gallardo, tataranieta de Bartolomé Mitre, bisnieta del escritor Miguel Cané y nieta del científico y ministro Ángel Gallardo, integrantes de las familias criollas fundadoras de la nación. Viajó a Europa siendo adolescente intentando superar el asma y la asfixia de un ambiente cerrado. Ella optó por ser una cronista itinerante soñando y viviendo una vida bohemia.
Dijo en varias ocasiones que se sentía incómoda ante la llamada “escritura femenina”. Confiaba en el rigor de la escritura, en el trabajo con la palabra, apostaba a pulirla hasta obtener diamantes. Escribió en 1958 la primera novela argentina que cuenta una violación y la imposibilidad de abortar desde el punto de vista de la afectada.
Ella es quien construye un personaje muy controversial, como Irma en Pantalones azules: una chica proletaria, de costumbres sexuales libres que “vuelve loco” de pasión a un joven conservador, antisemita y machista y que se convierte al judaísmo en el Buenos Aires de los 60. Todo eso sin subrayados, sin consignas, con acción literaria. No por casualidad, los feminismos contemporáneos han puesto en valor toda su obra.
Tanto en su literatura como en sus textos periodísticos, Sara Gallardo se desplaza constantemente: de escenarios, de tradiciones, de narradores, de universos referenciales. Sara vive de viaje, elige al viaje como forma de vida, entendiendo al viaje como movimiento físico y como imaginación.
Así como podría pensarse a Sara como una escritora federal (son palabras de Alejandra Laera), también se federaliza en su prosa periodística y en sus viajes (va al norte al sur, al este y al oeste). Estos movimientos se advierten en el plano de las voces que construye para narrar las ficciones: la primera persona, el monólogo interior, el indirecto libre, la tercera persona omnisciente, etc. En el periodismo inventa al “Bicho Gallardo”, esa periodista insolente que es bicho, bicha, distinta, viva, y se diferencia del resto porque acuña un lugar de enunciación particular: la desactualidad.
De Leone recuerda en el epígrafe con el que encabeza el prólogo: “Soy la que viaja. Puerta de viajes. Es verdad que me arriesgo; veo la muerte a cada paso. ¿Cómo sujetarse a uno solo este mi cuerpo de mil vidas?”. Son palabras de Sara,a quien Lucía abrazó como compañera del alma cuando un febrero caluroso daba clases particulares de Lengua, Literatura y Latín a chicos y chicas que se habían llevado esas materias a marzo.
Una tarde cuando, después del último alumno, salió a caminar por José Hernández, en el barrio de Belgrano, y en una librería de usados, medio escondida, se topó con La rosa en el viento, la última novela de la escritora, publicada en Barcelona en 1979. Desde entonces, Lucía convirtió a Gallardo en el leit motiv de su vida intelectual. “Me quedé pegada. Era un ejemplar un poco ajado, dedicado por una tía a un sobrino que, imagino, se desprendió rápido del libro. En el viaje en subte a la casa de mis padres empecé a leerlo y sentí que algo especial había pasado en el cruce entre Sara y yo”.
Al poco tiempo, De Leone tuvo la suerte de ser invitada a un grupo de lecturas que coordinaba Nora Domínguez, profesora de teoría literaria y pionera en el dictado de seminarios de género y en la investigación con perspectiva feminista. “Nora propuso leer, analizar, hacerse preguntas sobre escritoras que hubieran empezado a publicar hacia los años 60, que habían quedado relegadas, olvidadas o silenciadas por esos fenómenos extraños que articulan mercado, academia, canon, celadas críticas, interés del público y demás”, revela Lucía. Los nombres fueron Sara Gallardo, Elvira Orphée, Amalia Jamilis, entre otras. “Desde entonces, no paré y me dediqué a investigar su obra literaria y periodística y su vida. Escribí la tesis de doctorado, edité sus materiales hasta que ahora llegó el turno de dar a conocer sus escritos de viaje”.
¿Cómo te resulta “convivir” con la periodista y narradora a la que elegiste dedicarte?
–Absolutamente armónica a esta altura. Es parte de mi vida. En casa, le decimos “Sara” a secas, toda mi familia está atenta a lo que ocurre con sus textos y los eventos que se le dedican. Un placar entero le está destinado, rotulado, con todas las notas que recogí en bibliotecas durante años y voy sistematizando con prolijidad desde notas que van saliendo, hasta postales, cuadernos, gacetillas, lapiceras. Es una locura de fanatismo, mis materiales para su museo. Al principio, fue más difícil la convivencia. No había una coyuntura cultural tan favorable y me cuestionaron porqué estudiaba a una escritora que procedía de la elite porteña sin el impacto de otras. Eran críticas hoy totalmente desmontables, pero que en su momento me afectaron, quizá por juventud, por no contar con argumentaciones sólidas que llevan tiempo pensar y elaborar. Estoy segura de que si se trataba de un escritor varón no hubiera tenido que dar esas explicaciones. A Sara la clase le jugó más en contra que a Victoria o Silvina Ocampo, pero prefiero pensar que la dificultad y versatilidad que traían sus textos, tan alejados a las modas literarias, pero conociéndolas y haciendo otra cosa a lo esperado, el tono inventado, sus modos de figuración pública y sus movimientos (físicos, imaginarios, de espacios, de continentes, de actividades) la hicieron una escritora con la que no había sido fácil “casarse”. Sara seduce y distancia, convence y te hace dudar. No falla, aunque puede producir reticencias. En lugar de espantarme, me estimuló: enfrentar a una escritora desde lugares incómodos, alejados a mis círculos, donde hay que sacar fuerza, con quien no se comulga en todo, pero a la que se admira y con quien se descubre una época y una sensibilidad me ayudó a darme cuenta de cuánto prejuicio existe en los modos de leer. Tuve mucha suerte con sus herederos, sus tres hijos siempre se han mostrado muy entusiastas, generosos y amorosos con la figura y obra de su madre. Con Paula Pico Estrada y su hija, Victoria Winograd (la nieta de Sara), tenemos una muy linda amistad.
¿Qué nos dice Gallardo hoy?
–Tanto su literatura como su periodismo escrito tienen muchísima vigencia. No porque sí, su primera novela, Enero, de 1958, que narra las desgracias de una joven puestera que es abusada por un trabajador del lugar y obligada a contraer matrimonio para “lavar” las culpas del embarazo, fue reivindicada como estandarte literario de los feminismos contemporáneos. También su prosa para los medios es de absoluta actualidad, por el tratamiento de los temas, la posición de enunciación que inventa y el personaje que construye para dar por tierra con muchos de los prejuicios y los contratos sexoafectivos epocales.
Los trabajos de De Leone sobre Gallardo son continuos y muy productivos. En 2013 defendió su tesis de doctorado sobre ella y luego publicó varios artículos académicos en revistas científicas nacionales y del exterior, disponibles en la web. Como resultado final del Homenaje que se celebró por los 20 años del fallecimiento de Sara desde el Instituto de Investigaciones de Estudios de Género, surgió junto con Paula Bertúa, Escrito en el viento. Lecturas sobre Sara Gallardo, un libro con artículos críticos, ensayos, semblanzas periodísticas y relatos familiares.
En 2014 salió Macaneos. Las columnas de Confirmado 1967-1972 (Buenos Aires, Winograd, 2015), que reúne la mayoría de las columnas que escribió para Confirmado durante los 60 y 70. También la investigadora tuvo a cargo la edición y prólogo de Los oficios (Buenos Aires, Excursiones, 2018) que contiene entrevistas, una pequeña autobiografía, notas de La Nación, Atlántida y otros medios más, dos relatos literarios que salieron sólo en la prensa y las necrológicas.
Y el año pasado la convocó Alejandra Laera del Fondo de Cultura Económica para Vivir de viaje, que junta textos periodísticos, entrevistas, relatos viajeros por Europa, América y la Argentina. Reúne textos inéditos y algunas notas que ya habían salido en antologías previas (Macaneos y Los oficios) que armó para las editoriales Winograd y Excursiones.
¿Por qué tuvieron que pasar varias décadas para que su obra emergiera a la superficie y se difundiera?
–Los “olvidos” de escritoras y escritores obedecen a una combinación de múltiples factores, no siempre fácilmente identificables. Hay modas, hay gustos, hay operaciones del canon, hay coyunturas favorables, hay prejuicios y también hay una pizca de suerte o mala fortuna. Entiendo que ese relegamiento pudo deberse más que nada a sus apuestas diferentes en cada libro, a los universos referenciales de sus ficciones que siempre nos despistan, los espacios distintos donde instala la fábula de sus novelas, la variedad de narradores y técnicas narrativas, el tratamiento singular de temas no dependientes de las agendas. Prefiero pensar ese silencio más en términos de inteligibilidad, de ilegibilidad de una propuesta literaria que se corre de los caminos más transitados.
¿Qué nos dice Gallardo hoy?
–Tanto su literatura como su periodismo escrito tienen muchísima vigencia. No porque sí, su primera novela, Enero, de 1958, que narra las desgracias de una joven puestera que es abusada por un trabajador del lugar y obligada a contraer matrimonio para “lavar” las culpas del embarazo, fue reivindicada como estandarte literario de los feminismos contemporáneos. También su prosa para los medios es de absoluta actualidad, por el tratamiento de los temas, la posición de enunciación que inventa y el personaje que construye para dar por tierra con muchos de los prejuicios y los contratos sexoafectivos epocales.
Los trabajos de De Leone sobre Gallardo son continuos y muy productivos. En 2013 defendió su tesis de doctorado sobre ella y luego publicó varios artículos académicos en revistas científicas nacionales y del exterior, disponibles en la web. Como resultado final del Homenaje que se celebró por los 20 años del fallecimiento de Sara desde el Instituto de Investigaciones de Estudios de Género, surgió junto con Paula Bertúa, Escrito en el viento. Lecturas sobre Sara Gallardo, un libro con artículos críticos, ensayos, semblanzas periodísticas y relatos familiares.
En 2014 salió Macaneos. Las columnas de Confirmado 1967-1972 (Buenos Aires, Winograd, 2015), que reúne la mayoría de las columnas que escribió para Confirmado durante los 60 y 70. También la investigadora tuvo a cargo la edición y prólogo de Los oficios (Buenos Aires, Excursiones, 2018) que contiene entrevistas, una pequeña autobiografía, notas de La Nación, Atlántida y otros medios más, dos relatos literarios que salieron sólo en la prensa y las necrológicas.
Y el año pasado la convocó Alejandra Laera del Fondo de Cultura Económica para Vivir de viaje, que junta textos periodísticos, entrevistas, relatos viajeros por Europa, América y la Argentina. Reúne textos inéditos y algunas notas que ya habían salido en antologías previas (Macaneos y Los oficios) que armó para las editoriales Winograd y Excursiones.
¿Por qué tuvieron que pasar varias décadas para que su obra emergiera a la superficie y se difundiera?
–Los “olvidos” de escritoras y escritores obedecen a una combinación de múltiples factores, no siempre fácilmente identificables. Hay modas, hay gustos, hay operaciones del canon, hay coyunturas favorables, hay prejuicios y también hay una pizca de suerte o mala fortuna. Entiendo que ese relegamiento pudo deberse más que nada a sus apuestas diferentes en cada libro, a los universos referenciales de sus ficciones que siempre nos despistan, los espacios distintos donde instala la fábula de sus novelas, la variedad de narradores y técnicas narrativas, el tratamiento singular de temas no dependientes de las agendas. Prefiero pensar ese silencio más en términos de inteligibilidad, de ilegibilidad de una propuesta literaria que se corre de los caminos más transitados.
¿Por qué recomendás leer Vivir de viaje?
–Porque allí van a encontrar a una Sara que se adentra por distintos países del nuevo y viejo mundo, quien tiene consejos para el arte de viajar, la que tiene anécdotas soñadas de sus viajes, la que se ríe de todo, la que también se rinde ante la experiencia Eisejuaz, la que viaja a Barcelona en barco y se lleva a sus hijos, una galga y un lavarropas lleno de libros, la que se deslumbra ante el Che Guevara en la Cuba revolucionaria, la que recorre las calles de la Europa posguerra. Porque el libro es todo un viaje, es divertido, entretenido, informativo, insolente. También el libro es un panorama de época: los 60 hasta entrados los 80 contados desde la posición de enunciación de Sara Gallardo y en este sentido integra una genealogía de viajeros: Victoria Ocampo, Clarice Lispector, Manuel Mujica Láinez y demás. Por otra parte, es un libro fácilmente transportable (puede ir en el bolso o en la mochila sin problemas), hermoso (casi un libro objeto, con fotos), para leer de corrido o por partes. Parafraseando a Sara, porque es hospitalario, y leerlo nos lleva a recorrer un mundo estando en casa.
¿Qué textos preferís del libro?
–Me resulta difícil elegir, pero tengo mi corazón puesto en la primera parte, “Tretas para viajar”, donde Sara da consejos al viajero sobre el arte de viajar, muy graciosas, muy irónicas y auto críticas. También me encanta la crónica sobre el Napoli “maradonizado” y las páginas en las que la donna é mobile (ese personaje frívolo que inventa en Confirmado) hace de las suyas en la noche porteña, en Salta o en Punta del Este, recomendando lugares y tendencias “chic” e interpelando con desfachatez a las mismas mujeres que leían esas zonas de la revista donde podría estar ella misma.
Fuente: Página 12
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]]>Hay días en que se despierta más cansado que si se hubiera corrido una maratón nocturna. Que sin darnos cuenta, dejamos nuestras tibias sábanas para levantarnos, ducharnos y vestir deportivamente, sin saber a qué hora decidimos dejar nuestro descanso para hacer tamaña locura, si al día siguiente los deberes están esperando.
Así me siento hoy. Como si recién llegará de un día difícil y me estuviera acostando.
Alguien diría: “Es que el descanso, después de “cierta edad’, no se consigue completo y los intereses van sumando, algo así como una deuda repactada que no se termina de pagar”. Pareciera que así nomás es. Se trata de un deseo de dormir interminable, que no importa cuántos días de inconsciencia sean, sólo es olvidar que hay que continuar porque “a cierta edad” se necesita quedar en blanco un poco más, que nada será suficiente, que llegará un momento de dejar el pijama en forma veloz y entrar a ponerse bajo la ducha fría para despertar.
Personalmente pienso que hoy nos cansamos más, pero no tan sólo quienes tenemos una cierta edad. Yo creo en el cansancio de todos y lo respeto sin fijarme en los años. Hay jóvenes muy cansados y para evadirse se valen de pastillas, gaseosas energéticas y otra forma de escapar de la abulia ante la vida que indiferente no se detiene y corre como un río pequeño al principio. Que se agranda cuando va sumando afluentes y la fuerza se hace mayor. Arrasa con todas las etapas porque hay instantes en que se camina casi durmiendo porque la personal porción de río pasó y la jornada no está terminada.
Pienso y me calzo los zapatos de quienes como esclavos no tienen derecho a un reposo. Que trabajan hasta reventar porque todo está difícil en forma transversal, entonces, por un trabajo hecho a medias, hay cientos esperando para hacerlo bien. Así funciona el sistema porque hoy no hay personas, sólo somos números bien destacados en el libro de los días, que somos controlados hasta cuando pasamos a un baño. Si no han visto eso o si para algunos no es creíble, observen su móvil y sabrán cómo está marcada su entrada al Mall y su giradita a la izquierda o derecha, dependiendo por qué lado entre. También puede haber sido en otro lugar.
Tuve la dicha de vivir cuando éramos libres todo el mundo y con suerte había un teléfono en casa para avisar si llegábamos un poco más tarde. Hoy se llama hasta para preguntar: “¿Qué marca prefieres o cuántas hamburguesas de soya llevo y qué más falta?” desde el supermercado. La falta de libertad nos hace sobrecarga y pesan las piernas porque hay que llevar de lo que se pueda porque está más barato, porque es verano y el sol tampoco es el agradable sol de antes y quema. Los gases que circulan en la atmósfera, ensucian nuestro aire, nos quema la piel y nadie ya está escapando a las molestas alergias que no permiten ni arreglarse un poco la cara porque todo lo químico es nocivo ante ellas. Esperar su ciclo es lo que queda y Bienvenido el siguiente.
En Ucrania la gente debe trasladarse de sus lugares como si fuera así de fácil porque no existe calefacción creada que pueda entibiar sus cuerpos y es más, adiciona la sobrecarga de la guerra, de las constantes invasiones al territorio ya destruido. Es que nadie tiene siquiera un lugar adónde huir. Es un paréntesis para aclarar que no sólo el verano daña. Que estamos viviendo las extremas situaciones soportables para el ser humano.
Uno mi cansancio de hoy para sumarlo a todos los cansados a ver si juntos, de alguna manera, le sacamos algún provecho y hacemos como si fuera basura reciclable, que será aprovechada, trabajada y convertirla en materia reutilizable para crear o construir edificios de vivienda o barcos pesqueros para los pequeños trabajadores de la mar que no poseen más que su embarcación y sus redes para pescar. No digo pequeños de tamaño, sino porque es uno de los trabajos más esforzados y sufridos que yo conozco. Se debe ser bien hombre para soportar el genio parecido al de todas las mujeres de su dama: -la mar- en femenino.
Se debiera hacer mezcla de buena calidad de todo lo que molesta, nos agota, nos daña en el rendimiento y terminamos siendo menos productivos para que a otros les sirva. Como un donante de órganos. A esa persona no le servía, estando sano el riñón, la córnea, etc., pero a otro ser humano sí le sirve para seguir viviendo.
No hay que cerrar los ojos ni tampoco ser alarmistas, pero hay que darse cuenta que nuestro mundo no está limpio. Está contaminado de suciedades de todas las malsanas invenciones y a veces pienso que si nos cuidamos por dentro, también contamirá el alma, se hará cansada y estaremos perdidos.
Mi abuela y los abuelos de muchos pasaron los noventa años, habiendo parido todos “los hijos que Dios les diera” y trabajaron hasta los últimos días de su vida. Nos tocó vivir este mundo y a algunos nos sobrepasa en la edad que sea.
El mundo salve al mundo.
Escribir hoy salvó mi día, se me fue el cansancio y sólo por obedecer a mi pensamiento y pensando no sólo en mí, sino en todos quienes sufren de alguna forma, un cansancio que sólo quiere tenerlos en cama. Ese remanso no es bueno. ¡Vamos!
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]]>¿Qué es lo que se compran o llevan? Verduras congeladas, jabón skip, carnes y off, las clases más acomodadas. Arroz, aceite y fideos, la clase baja. Ambas lavandina, jabón de tocador y papel higiénico; pero alcohol y alcohol en gel, ya no queda. Lo mismo que en las farmacias: el paracetamol. Y las motos no dan a vasto llevando a domicilio lo que sea. Todos apurados por la televisión que aconseja no salir de las casas, lavarse las manos con agua y jabón, llamar a los médicos ante cualquier síntoma de dolor de garganta, fiebre y tos, e higienizar la casa y las cosas con lavandina y agua, y agua y alcohol, para prevenir los efectos de la pandemia.
Los que tienen trabajo y pueden lo hacen remoto. Los que tiene plata la pondrán a intereses y esperan. Los que no tienen trabajo ni plata o hacen changas, salen como pueden; y hasta los acusan de ir y venir unas veinte veces por día del barrio, a personas con chicos que viven hacinadas en las villas de emergencia.
Pero como toda restricción tiene sus licencias. Y del aislamiento social obligatorio están exceptuados los médicos y el personal de limpieza, los funcionarios de gobierno, los supermercados y proveedores de alimentos, quienes cuidan o tiene a cargo a personas mayores, los padres separados, el transporte, los servicios públicos, las estaciones de servicio, los medios de comunicación, las fuerzas de seguridad, y los que cada día no les queda otra que poner a prueba su fuerza. Y su fuerza consistía en un jogging grande para guardar lo que se llevaba sin que la vean. Para no ser sorprendida cuando saliera.
Y con la plata que le pagan por cuidar a una señora mayor, el día que tuvo libre, se fue al supermercado a comprar lo que pudiera. Y se encontró con este mundo de gente. Y con la desesperación de la clase media por stockear con tarjeta.
Blanca se tiró de cabeza a la góndola de alcohol en gel cuando lo vio. Si en la televisión no hablaban de otra cosa que eso. Y un señora de plata que entendía mejor que ella los cuidados que había que tener por el coronavirus, la asesoró que lo hiciera. Mientras arrasaba con sus amigas con todos los potes que había. Pero uno Blanca manoteó, y como pensó que era caro y no iba a poder pagarlo lo escondió entre sus piernas.
Obviamente robaba para comer. Porque la plata que tenía no le alcanzó. Pero, lo repiten los periodistas en los medios porque el caso apareció en televisión, que una señora fue descubierta al salir del supermercado Coto con dos productos sin pagar. Ahora que los medios hacen guardia en los supermercados por temor al desabastecimiento. O lo provocan.
El flujo del saqueo entre comillas es incontrolable. Y lo mismo pasa con las compras por home banking que dejan sin mercadería a tantos que no tienen acceso. Con las colas en los cajeros automáticos. Y lo mismo va a pasar cuando se llenen los hospitales de casos. Y ya pasa con los que tienen auto y lo usan cuando no debieran truchando permisos. O puedan comprarse un respirador artificial, antes que el Estado los provea. Y ojalá la vacuna y/o algún tratamiento salga pronto. Y a lo mejor esta vez se dan cuenta de que los científicos son más importantes que los economistas e inviertan más plata en la salud pública y no solo por contingencia. Porque este virus es matemático y se comparta de la misma manera en cada lugar donde se propagó. Y con la cuarentena vamos a aplanar la curva para que los contagios no se den todos juntos y no colapsen los hospitales, las morgues y el sistema.
Por eso Blanca entendiendo la situación, cuando la paró el personal de seguridad del supermercado para tomarle la fiebre, le contó que se había llevado dos productos sin pagar. Y el muchacho la entendió y le dijo: “Está bien. Deme uno y el otro lleveló”. Blanca, pensó unos minutos y lo miró, metió la mano en su jogging holgado para la ocasión, se guardó el alcohol en gel y le entregó un paquete de fideos.
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]]>Justo el día en que los jubilados salieron en masa a cobrar a los bancos.
Llegaron las tardes de las sillas en la vereda que describió Roberto Arlt.
Buenos Aires se fracturaba entre los que seguíamos haciendo la cuarentena para evitar la propagación del coronavirus y los que ya después de un tiempo no les importaba más. Pero es fácil hablar cuando tenés trabajo fijo, trabajas desde tu casa, tenés vivienda propia y un jardín delante de tu casa con la reja entre abierta que te permite ver a los demás. Y así es como yo veía a Osvaldo, que se la pasó los últimos años ocupando la vereda con cuanta cosa se les ocurra a la venta: muebles, gestoría, autos usados, películas; o hablándole a gritos al seguridad de la garita o a los demás. Y ahora que se le fue la anemia que tenía, salió. Y porque iba a cambiar su modo de actuar por esta pandemia, si nunca cuido a nadie ni obedeció a la autoridad.
En los edificios la historia es distinta y salen a los balcones a las 21 a aplaudir al personal de salud y limpieza que se juegan la vida en cada día laboral. Y andan encerrados con las persianas bajas, en lugar de salir a la puerta a charlar, como Osvaldo, por miedo al contagio.
-“Yo no sé qué tienen esos departamentos del centro de Lomas o de la capital, que le gustan tanto a la gente con plata” -decía Osvaldo- “si ahora te hacinás. Es mucho mejor vivir en una casa vieja en un barrio con balcón en la puerta. ¿No te parece vecino?”
Él siempre me llamó José aunque en realidad me llamo Juan.
La brasilera de al lado sale con el marido a pasear al Pancho, o se cruza una cuadra hasta la panadería nueva y vuelve con la bolsa repleta de pan. La señora nueva pasa todas las mañanas para cuidar a Antonia. La chica de enfrente que no trabaja desde su casa, interrumpe la cuarentena para que su ex pareja se lleve a su hija a tres cuadras de acá. Y Coco ya no se atreve a ir más a la esquina. Esto es todo o nada más, o el tango de Osvaldo se escucha otra vez.
Todo esto es profundamente nuestro. No respetar las leyes o interpretarlas a nuestro criterio. Y para Karina violar la cuarentena es ir a cuidar a su mamá a Lomas viviendo en Cañuelas y se la larga a su hermana. O que el ex novio de su hija se lleve a su nieto y no lo pueda ver. Y para los de las colas del banco no usar el barbijo o no lavarse las manos. Y no rociar con lavandina o no lavar a fondo lo que estuvo en la calle, una vez que vuelvan.
Y ahora parece que el virus entra a las casas con las cosas y no solo lo transmiten las personas, o se propaga en el aire. Y el sistema de coronavirus, como dice mi hija, no termina más. Y echarle la culpa a los que viajaron a Europa ya es un cuento viejo. Y lo que importa no es de dónde lo trajo, si no lo que hizo una vez que lo tuvo. “Y yo no lo tengo” -repetía Osvaldo- “y si más tarde o más temprano todos vamos a contagiarnos: Ma sí, salgo igual”.
No sabía cómo hacer para decirle desde enfrente que se meta para adentro y que no le hablara tan cerca a todos los que pasaban, una vez que su hijo y su nieto se fueron, y su mujer que le aguantaba todo no se lo aguantaba más. Y dejándolo afuera descansaba un rato.
-“Vecina; fuiste a la panadería nueva” –decía- “qué tal es, la mercadería es buena, y los precios, yo nunca fui todavía, ¿sabés? Trae otra silla, que hablamos de vereda a vereda” -le decía a la brasilera- “Traéte una silla y me contás”.
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]]>Juguemos a pensar que todas las cometas que encumbramos no volverán a la tierra, de lo contrario no va a servir de nada todo el hilo que gastamos. Lo compramos caro y hasta quedamos debiendo. No sé cuándo vamos a pagarlo y si las cometas caen a tierra irá todo a pérdida y no estamos para eso. Mira que ha quedado un montón de hebras que no sirven ya porque están enredadas. Se hizo nudo ciego y los nudos ciegos no ven y no sabemos desatarlos.
Juguemos a pensar que habrá buen viento. Que siempre los empujará hacia arriba, atravesando las nubes y pasarán por ellas.
Algo así como que llegarán cerquita del cielo. Cerquita, nomás porque no creo que alcancen hasta allá y cuando hayan pasado más allá del cosmos, se disolverán y podría ser que alguna estrella ociosa recoja el polvo mágico que dejaron los cometas que enviamos desde la tierra y cómo va a estar sin hacer nada, podría ocurrírsele crear algo con esa cosa rara que ve y que no sabe que se llama Cometa.
Juguemos a pensar que no somos y que no hicimos nada y que estamos tan invisibles.
Que todo lo que hacemos lo verán sólo nuestras rosas y los gatos porque son brujos.
Que somos susurros inquietos de una diástole sin cuerdas. Que preferimos dejarlo tranquilo sobre un piano destartalado que se fundió con un “Silencio” de Beethoven, mientras las bombas estallaban.
Debemos jugar a pensar triste también, sólo un momento porque este globo está lleno de dolores.
Fíjate que yo saludé a un hombre en una parada de bus.
Lo vi antes de llegar. Él estaba allí debajo del ventilado paradero y sólo vestía como abrigo un corta- viento. Hacía tanto frío. Pensé en la ropa gruesa que no se usa en casa y que a lo mejor podría servirle, pero es de mujer. Vaya.
Esperé a su lado y volteó hacía mí, viéndome a los ojos que en su brillo, portaban una paz desconocida.
Era un hombre de color y tenía una radio pequeña cubierta con nylon. Seguro era para que no se mojara y no acallara su música.
Cantaba y bailaba una canción de su tierra y el autobús no venía.
Hacía frío y el hombre de otro país estaba contento. No necesitaba nada.
En ese tiempo de espera hice una historia, imaginando su vida.
No podía ofrecerle ropa abrigada a un hombre que no conocía y que era feliz.
Pensemos que cuando encumbramos nuestros cometas al fin, no llueve y eso es tener suerte.
Pensemos que llegará hasta esa estrella ociosa y capaz que las convierta en otra estrella.
No lloverá y eso será tener suerte.
Allí se fueron todos nuestros sueños a buscar respuestas.
El hombre de color seguirá entonando en su idioma la música tan extraña que hablaba de soles, de una Casa del Sol Naciente. Mentira, pero se lee bonito.
Tan extraño debe parecerle que llueva aquí en el fin del mundo, pero es feliz, así lo da a entender y contagia.
Juguemos a pensar que somos felices porque no se mojaron nuestros cometas y van de viaje.
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]]>Aprendí que el desierto es un lugar inhóspito, yermo, caliente, que las serpientes se pierden entre la arena como pueden hacerlo en un río, en una cueva, en los matorrales e ignoro en cuántos más se parapetan para otear a sus posibles víctimas. Aprendí que no había nada de vegetación, obvio, al ser un terreno en donde sólo hay arena y nunca llueve, no puede tener la humedad necesaria para que se fecunde una semilla.
Con el tiempo se va aprendiendo. He leído que existen pequeños lugares en donde por no sé qué maravilla, existen lagunas y hay vegetación hermosa, entonces, nunca fue tan solo. Existen pequeñas comunidades en donde vive gente, hacen familias y hay historias. Tampoco sé por qué alguien podría elegir un lugar tan poco generoso como él, para vivir y entonces, comprendo que estamos rodeados de tanta gente que son invisibles a los ojos de quienes habitamos las ciudades. Lo leí en el libro de un amigo, Juan Ferrete y aunque, puso bastante de su imaginación, no creo que esté tan lejos de la realidad.
No imaginé que la vida me llevaría por lugares no imaginados; las cosas pasaban y hubo tiempo en que se dejaban pasar sin averiguar más. Además, ni en mi niñez ni en la adolescencia, había medios de comunicaciones como hoy ni la facilidad para aprender más de lo que enseñaban en la escuela.
La primera vez que atravesé el desierto, todo para mí fue impresionante y no puedo explicar en palabras lo que más emocionó a mi corazón. Hubo un antes y un después, como ocurre con tantas cosas que se van experimentando y van haciendo crecer por dentro para atesorar este paso hacia otro paso, dependiendo de cada creencia y filosofía.
Conté a algunas personas que en el desierto, en una época del año, había flores. Me miraron con gesto de indiferente ironía que me hizo comprender que yo no podía convencerlos de ello. Tampoco tenía un fundamento cierto. Me di a la tarea de investigar y de allí, no sé de dónde salió otra leyenda que yo creí y que me pareció lo más hermoso que yo podía escuchar al respecto.
Decía que en el desierto habitan los guanacos, que son animales mamíferos, propios de América del Sur, de lugares cálidos. Son parecidos a los ciervos, pero más voluptuosos y que en la temporada invernal, bajaban a pastar a los lugares cercanos habitados en donde sí, a veces, llovía.
Está también la Camanchaca, que es un aporte para la tierra. Es una niebla costera que condensa la humedad en sub tierra, genera fertilidad que da vida a la semilla para que se produzcan frutos, el más conocido es el de la vid. Y bueno, esa leyenda decía que una de las razones por las que el desierto se hacía fértil, era que los guanacos regresaban al desierto después del invierno y sus patas mojadas iban dejando fértil una parte del terreno desértico y se lograba la gloriosa realidad de los jardines del desierto. Cuando conté esto, me vieron, aún, con más desconfianza, pero yo lo creo y me gusta creerlo así.
Una de las veces que regresé al país en septiembre, oh, estaba lleno de flores, colores suaves, delicados, increíbles como de un paraíso arenal. Visto esto, sé que es verdad. Que puedo decirlo con seguridad y no va a importarme que me vean ingenua, por decirlo, elegantemente, aunque todavía no sepa bien cuál es el fenómeno natural que se produce para que haya flores en el desierto de Atacama.
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]]>Y de excursión o de viaje estábamos con mi mujer, cuando de pronto azotó un vendaval en la provincia de Córdoba y nos agarró con la carpa a orillas del Quilpo a 12 km de San Marcos Sierra. Más precisamente en el camping Tres Piletas, y todo fue envolvente. La carpa resistió, el cielo se volvió polvo y la tormenta llegó como un torrente que inundó la ciudad porque el río rebalsó.
Así que bajamos ni bien se pudo de la sierra y sin encontrar hospedaje en las casas de tanto hippie que se levantaba a las 11, decidimos irnos a conocer las salinas de Mansilla. O mejor dicho, la depresión de las Salinas Grandes (o de Ambargasta), al oeste, casi Santiago del Estero.
El calor era fuerte y el sol estaba cerca, la ruta 60 nos llevaba de raje y los carteles de “gobernador narco” estaban a la orden del día. La tierra no había secado y parece que el medidor de electricidad que le daba luz a los 782 habitantes de Mansilla tampoco. Y había unos 4 o 5 vecinos con unos cuantos policías en la ruta mirando lo que hacían.
Entrando al pueblo, nadie. Y no vimos a nadie hasta llegar a las salinas totalmente inundadas por la lluvia. El calor era fuerte y el sol estaba más cerca. Y las motos, de esas que se compran en cuotas y con DNI, iban y venían.
Por supuesto, no les preguntamos nada y mucho menos qué hacían. Sacamos un par de fotos y nos fuimos al casco histórico a comer unas galletitas con paté y unos tomates y frutas que traíamos.
A mí se me ocurrió acercarme al único almacén que había y pedir hielo. Y aunque no había luz, me dieron un bloque congelado en una botella que partí con el cuchillo tramontina.
Pero no veíamos a nadie, sentados en el único banco bajo el único árbol que había. Hasta que pasó una de Almodovar. Una travesti a los gritos nos preguntó si ya había venido el camión con las flores, que las dejarían en el almacén de Francisca.
“Ese que está acá”, le dije. –Si ese. Mañana es “Día de todos los muertos” y yo soy la encargada de llevar las flores al cementerio por todos y todas, y de hacer los arreglos florales. A veces, me ayuda Ernestina-.
De repente, Ernestina llegó. Una señora de unos 70 años que trataba a la travesti como si fuera su hija. La travesti se llamaba Claudio, dando clara muestra que los nombres no coinciden con las apariencias. Y que el DNI o el bautismo, tantas veces o siempre, son una condena para la expresión real de la existencia.
“Seguro el pedido está demorado por el temporal de ayer y por el corte de luz. Y estos canas que están con la empresa de luz no permitan que el camión haga la entrega”, decía Román.
Otro hombre que se acercó y parece que el pueblo de a poco se levantaba de la mañana o de la siesta.
“Si esos canas demoran al camión y no llegan las flores se las verán conmigo. Cada vez que les saco las ganas en mi pieza”, decía la travesti Claudio o Claudia, para que se entienda.
“Claudita: esos canas no quieren a nadie y menos a sus muertos. Y vos sabés que en el camión de las flores traen la merca para los pibitos de las motos que la reparten por todo el Departamento de Tulumba. Y que cuando se les complica en Córdoba se pasan a Santiago. Y que el cartel de “gobernador narco” de Córdoba se repite en Santiago y en Santa Fe, y en más de una provincia Argentina”.
“A mí no me importa. A mí me traen las flores para mis muertos. O la próxima vez que se acuesten conmigo les corto la pija”, decía Claudita.
Mi mujer me miraba como si estuviéramos viendo una película. Por suerte, llegó el camión. Francisca se fue a dormir, así que no tuvieron que golpear en el almacén y Claudia recibió vestida con blusa y pantalón blanco la encomienda.
Estaban todas, las 781 rosas rojas que pedía y una amarilla para su madre muerta. Y que pagó con sus ahorros para que cada muerto de Mansilla tuviera una. “Y en Mansilla hay más muertos que vivos o los mismos. Y cada vez se mueren más jóvenes por esto de la falopa. Los que pueden y se animan se van. Pero yo me quedé porque mi mamá está muerta y si yo no la cuido, ¿Quién lo haría? Las travestis no creemos en Dios, porque Dios nos negó. O fueron los hombres o el machismo, que no reconoce la homosexualidad de cada cana que se acuesta conmigo”, me decía.
Nosotros dejamos que hablara y a esta altura la galletita con paté que comíamos era una anécdota.
Las flores estaban hermosísimas y por suerte la luz se arregló. Así que pasó el camión, llegó el pedido, Román nos saludó, Ernestina se fue a su casa y Claudia a armar los ramos y la carta, que mañana será el día.
Aunque pensándolo bien, Mansilla tenía la misma cantidad de muertos que de habitantes y bien podría cada ciudadano del pueblo llevarle una rosa a cada uno, en un acto solidario con sus muertos y con Claudia, que prácticamente se ocupaba sola de la tarea.
Pero no los convenció. Tampoco lo intentó, sabiendo que el egoísmo ganó y que había poco tiempo hasta mañana y que su madre esperaba una rosa amarilla. Y con su madre todos los que a veces no tienen quienes los recuerdan.
Con mi mujer dormimos en el auto para participar al otro día de la entrega de flores a cada muerte ajena. Y junto con Román, Ernestina, Claudia y algunos y algunas más que se acercaron -la mayoría mujeres- pusimos una flor en cada tumba.
La carta de Claudia de este año a su madre decía: “Cantando la perdí y es un ramo de flores. Aunque solo quede una rosa amarilla en mi pupilas”. Mostrando que hay más amor en una travesti de un pueblo del norte de Córdoba cerca de Santiago, que en sus gobernadores narcos, iglesias o policías.
De allí partimos con mi mujer hacia Miramar. Dejando atrás el funeral. Pero esto es solo una postal, de esas que uno se lleva de un viaje, no vayan a creer lo que les digo.
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