Crónicas grabadas - Juan Botana https://cartaabierta.com.ar/secciones/documentales/cronicas-grabadas/ Comunicación y cultura Sun, 08 Jan 2023 12:26:11 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.9 https://i0.wp.com/juanbotana.com/wp-content/uploads/2025/07/cropped-ico-jb.jpg?fit=32%2C32&ssl=1 Crónicas grabadas - Juan Botana https://cartaabierta.com.ar/secciones/documentales/cronicas-grabadas/ 32 32 Senegal (Capítulo 4). Autor: Juan Botana https://juanbotana.com/senegal-capitulo-4-autor-juan-botana/ Sun, 08 Jan 2023 12:23:10 +0000 https://cartaabierta.com.ar/?p=6470 Interpretada por Jorge Braulio Senda y Stella Maris Zamora Abrigo ¡Él no era alegre! Ni siquiera demasiado demostrativo. Era un senegalés de unos veintidós años, no más, de sonrisa blanca y tímida y ojos color negro, que miraban para abajo cuando se le apareció de nuevo la señora Basilia, y

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Interpretada por Jorge Braulio Senda y Stella Maris Zamora Abrigo

¡Él no era alegre! Ni siquiera demasiado demostrativo. Era un senegalés de unos veintidós años, no más, de sonrisa blanca y tímida y ojos color negro, que miraban para abajo cuando se le apareció de nuevo la señora Basilia, y le compró todos los relojes que llevaba en la valija, y como le pareció insuficiente el dinero que le cobraba, le pidió que fuera a buscar más. Y Handré salió corriendo hasta el quiosco de flores donde escondía la mercadería por si de improviso caía la brigada y le levantaba el puesto (aunque estas cosas se avisan), y le vendió la mercadería de tres valijas, no de una. ¡De tres! 

Poco más que la abrazó, se persignó y se arrodilló ante ella, y como si se tratara de un ángel salvador venido del cielo le besó las manos. Basilia le pidió que por favor no lo hiciera, que no sea loco, que estaban en la calle, que los estaban mirando, que no hacía falta, que ella no tenía nada que ver. Que la mandó su patrona a comprarle los relojes. Que quería ayudarlo. 

Handré ahora sí la abrazó agradecido, y sin contar el dinero lo guardó en la riñonera y se fue de raje a rendirle cuentas a su jefe Lourenco, contento y cantando en perfecto francés, cuando de pronto se le escapó un: Olé, olé. Olé, olé. Todos los negros tomamos café y se echaron a reír los otros vendedores ambulantes de cuanta cosa se les ocurra ocupando las veredas de Av. Pueyrredón y Av. Corrientes, en la zona del Once. 

Handré era alto y flaco, tenía físico de deportista y, de haber tenido chances, hasta podría haber sido modelo. Pero no. Tampoco tenía un oficio del cual jactarse, aunque sabía algo de plomería, un poco de electricidad y algo de albañilería, pero nada más (se las rebuscaba, como quien dice). La suerte, en cambio, lo trajo a la Argentina por un aviso de una ONG que buscaba jóvenes emprendedores con ganas de trabajar en ventas en el país, y una vez en Buenos Aires, después de un curso de español de casi tres meses que le dieron, se topó con Lourenco. 

Lourenco era paraguayo, pero nacido en Brasil, manejaba la venta ambulante, y como buen negociador arreglaba con la brigada y con migraciones, y había inventado esa especie de ONG medio turbia, que traía senegaleses al país. Encima lo trataba divino al bueno de Handré y más ahora que no paraba de vender relojes. 

Pero un día Basilia dejó de aparecer, y en su lugar, en cambio, se le vino al humo una rubia despampanante, de unos cuarenta y siete años y ojos muy celestes y el pelo planchado, con calzas fucsia. Que estaba apurada porque se tenía que ir corriendo a su clase de pilates y le pidió los relojes. Los mismos que le compraba la señora Basilia. Iba a dar una fiesta en su casa, el sábado a la noche, aprovechando que sus hijos no estaban y que su marido, Francisco, se la pasaba trabajando y no se daba cuenta. Y a los relojes los quería como souvenirs. “Iba a enviar a mi empleada”, le dijo, “Pero esta vez preferí venir yo, personalmente, para conocerte”.

Lo raro es que le habló todo el tiempo en francés. Y eso un poco a Handrè le gustaba y la trató como a una reina. “¿Su nombre es?”, le preguntó. -Mi nombre es Andrea-.

Pero parece que Andrea después se enojó y lo mandó a llamar por su empleada Basilia porque los relojes no andaban y fue un horror cómo se pusieron entonces los invitados de la fiesta. Y así no pensaba comprárselos más. Handré se presentó de inmediato en su casa de Recoleta, con la mirada baja, como se mira naturalmente al que es blanco y le paga, y casi sin levantar la cabeza, se animó a decirle que los relojes andaban. Que Lourenco los entraba vía Paraguay, pero que los importaba directo de China y Sri Lanka. Que eran de los mismos fabricantes que confeccionan para las mejores marcas. 

Ella de inmediato le dijo que no se preocupara y que la ayudara, en cambio, a hacer unos ejercicios con las piernas. Después le fue sacando la camisa violeta porque hacía calor, y terminaron en la cama, recostados. “¿Qué? ¿No te gusta, Handré? ¿Te pasa algo?  Es la canción de tu país, Senegal, la que puse. No sabés cómo la bailaba en mi adolescencia”.

Pero las tardes pasaron. Y cuando se cansó de él se lo pasó de manos a su amiguita nueva, bastante más joven que ella, y que también se la pasaba sola la gran parte del tiempo. Tal vez porque no podía tener hijos o porque su marido Augusto se la pasaba siempre con el esposo de Andrea, trabajando para un político que iba a ser presidente. El marido de Adriana le manejaba la campaña y el de Andrea la custodia. Y pensó que Handré le podría hacer compañía.

De Adriana, en cambio, Handré se enarmoró y en lugar de cogerle la concha, le cogía la oreja. Pero con el tiempo, también lo descartó. Un poco porque se estaba enamorando también y otro poco porque tenía miedo que el custodio que le había puesto su esposo, dejara de mirar para otro lado o se diera cuenta. Handré en los dos casos entraba a las casas, siempre con la excusa de hacer algún arreglo de plomería o de lo que sea y después Basilia iba al puesto a comprarle relojes. Y cuando visitaba a las mujeres se los devolvían.

Pero las dos lo dejaron, y ya sin ese dinero extra, lo que rendía el puesto no alcanzaba para pagar la pensión, enviarles dinero a su novia y a su hija a Senegal, y entender de a poco que estaba cada vez más lejos de traerlas. Encima tenía tantos relojes que no tenía donde meterlos, porque no los vendía. Así que hizo un arregló extraño con el Tiburón, traicionando a Lourenco, el mismo peruano que le alquilaba la pieza. Que le ofreció venderlos los fines de semana en un puesto en la feria de Castañares, en el Bajo Flores, bajo techo y aceptó. Un poco con miedo y otro poco porque necesitaba la guita.

Y lo peor que podía pasar, pasó. Unos días más tarde atardeció de golpe como en un derrumbe. De modo que su cuerpo parecía chocarse contra un grito de: “Ahí vienen, ahí vienen. Levantemos”. Handré parecía dormido y tardó en hacer caso. Las palabras que pronunciaron sus compañeros de esquina las escuchó más tarde como si vinieran de lejos. Y ya no pudo hacer nada cuando se vio rodeado por tres de la brigada. El sol del ocaso desoló la acera de Pueyrredón y Corrientes como un día de lluvia en domingo, la vereda desierta de ventas y su mar de gente que seguía paseando cada vez más lejos, muy lejos. Y ya no pudo hacer nada cuando se vio rodeado por los tres de la brigada a los costados, después que vino Basilia a traerle las tres valijas con relojes y la plata que le adeudaba Adriana (justo en ese momento), y cuando quiso ponerlos en el quiosco de flores donde habitualmente los guardaba, no tuvo tiempo ni nada. Y la historia una vez más le volvía cambiada.

“No puede ser”, decía, “Lourenco no me dijo nada”. Además en el puesto de flores tenía toda la mercadería, también la que guardaba debajo de la cama de la pieza, porque ya no tenía pieza ni nada y el dinero que juntaba lo traía encima, con el riesgo que eso significa. Si hasta el Tiburón le dijo que ya no lo necesitaba, que lo apretaron para que lo hiciera, que se fuera a otro lado, que no volviera por Once, ni por la pensión por un tiempo, y que por favor no preguntara nada más. “No sé, andate a Constitución, a Solano, a la Av. Avellaneda. A Liniers, o a la Salada. Qué sé yo”, le dijo. “Donde quieras, que no sea Once. Con esa facha vas a conseguir laburo enseguida. Vendiendo ropa en un shopping por ejemplo, algo más legal. En el de Haedo están pidiendo gente y en el de Catán también. Acá no te quiero más. Disculpame, Handré, pero no te puedo explicar. ¡Perdoname! Ya vas a entender”.

Los policías bajaron del móvil: bolsas grandes y precintos y le decomisaron toda la mercadería. Tampoco le dieron tiempo a descartar el dinero, ni aceptaron una coima como arreglo. La orden de levantarlo era estricta. Y tuvo que llevárselo con él a la comisaría, con temor a ser robado. Sabiendo que se lo iban a sacar. Era senegalés, y la documentación precaria que le consiguió Lourenco quién sabe si se encontraba al día. 

“Qué se yo, cuando vendes en la calle, estas cosas pasan”, le decía menos nervioso un compañero de celda. “Pero me sacaron toda la plata”, decía.

Él pensaba que Lourenco se enteró o le contó el Tiburón que tenía más relojes de los que podía vender y que los estaba ofreciendo en un puesto en la feria de Bajo Flores, los fines de semana. “Pero no”, le decía el mismo compañero de celda. “En la venta ambulante son todos amigos. ¿Seguro fue por otra cosa?”. 

En eso apareció un abogado que lo sacó de la cárcel por pedido de Lourenco, diciéndole que ahora iba a trabajar en un reparto con una camioneta, que eso de estar en la calle no corría más, y que la plata que le sacaron y la mercadería no la devolvían. Y también apareció una rubia parecida a Andrea buscando al comisario. Handré la miró, con la mirada baja como miraba habitualmente al que es blanco y le paga, para que ella no lo viera. En eso se le acercó y le dijo: “¡Handré! Hablame en francés mejor para no levantar sospecha. Es todo lo que te conseguí: 500 dólares. ¿Tenías más? El resto no sé”. 

“¿Qué te decía esa mujer, Handré?”, le preguntó el abogado. –Nada-. “¿Qué raro? Es la mujer del comisario, ¿sabías? ¿Por qué se pondría a hablar con vos? -No sé. Se dio cuenta que era senegalés y quería practicar el francés, supongo-. 

“¿Qué te decía ese muchacho?”, le hizo la misma pregunta el comisario a Andrea. –Nada-, y obtuvo lo mismo por respuesta. “Te dije mil veces que no quiero que hables con los detenidos, que cada vez que se te ocurre venir a buscarme al trabajo armás algún lío y me alborotàs la seccional. Al final con estos negros tenés que andar con pie de plomo. No los podés tocar. Decí que ahora cuando gane Mauricio se van a meter en el culo este versito de los derechos humanos. Los detenés por vender mercadería en forma ilegal en la vía pública y te cae: migraciones, la embajada de su país, alguna asociación en defensa de no sé qué cosa y se los lleva. Y poco más que tenés que pedirle disculpas. Igual la idea era que saltara más su jefe y se lo llevara de la zona que otra cosa. Queríamos pegarle un buen susto. Si lo hubiéramos podido tener detenido unos días, se lo dejaba a Sánchez y no sabés cómo lo hacía bailar. “Sene Sene Sene Sene Senegal. Sene Sene Sene Sene Senegal”,como dice esa canción brasilera que tanto te gusta. Me tienen podrido estos senegaleses vendiendo en el Once. Encima hasta parece que se hicieran los lindos. Con esas camisas y esos jeans ajustados y esos relojes de fantasía. La gente y los comerciantes nos piden a gritos que los saquemos y después les compran. Y cuando lo hacés haciendo cumplir la ley. ¡Zas! Te aparecen éstos bogas. Yo te quiero mucho, Andreíta. Pero sabés que no me gusta que me vengas a buscar a la seccional y menos sin avisarme. Cada vez que venís me revolucionás la tropa. Encima con esas calzas que te ponés fucsia, se te marca todo el culo. ¡Tapate, mi amor! Me hacés el favor. Mejor te cubro yo con mi saco. ¡No te des vuelta que te están mirando todos! ¡Sabés como son de babosos los poli! Y los reclusos ni te digo”.

De repente, en la mañana húmeda, pasó su brazo derecho por arriba de sus hombros. Aún podía escucharse la respiración de cuando recibió el llamado en su oficina de que un senegalés de unos veintidós años estaba frecuentándola. Le soltó el pelo para que cayera como flecha, rubio y planchado por la espalda. El golpeteo de un cenicero en un espejo que no estaba bien sujetado a la pared, se oyó. En vez de bajarle más el saco, prefirió levantárselo, para que los canas babosos que estaban amontonados en la puerta de la comisaría la vieran mejor de atrás y se calentaran un poco. Con carpa milica comenzó a apretarle el cuello con la mano cada vez más fuerte. “Me estás lastimando, Fran”, le dijo. Francisco le levantó el saco una vez más para que le vieran el culo mientras acercaba su boca a la oreja de Andrea, y su boca de ahogada ingresaba al auto apretándole el cuello con la cabeza baja para que se lo vieran de nuevo. “No quiero que hagas más esas cosas, Andreíta“.  -¿Queé?-, casi ahogada lo dijo. “De presentarle morochos de Senegal a Adriana. A lo mejor vos no lo entendés, porque sos mujer y son otros los códigos. Estos son favores que nos hacemos entre los hombres. Más en la política”. -Ah sí-, exclamó con más aire. “Sí. Sabés que pasa Andrea. No quiero que piensen que Augusto es cornudo”.

“Senegal” de Juan Botana

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Senegal (Capítulo 3). Autor: Juan Botana https://juanbotana.com/senegal-capitulo-3-autor-juan-botana/ Sun, 08 Jan 2023 12:12:21 +0000 https://cartaabierta.com.ar/?p=6464 Interpretada por Jorge Braulio Senda y Stella Maris Zamora Abrigo ¡Él no era alegre! Ni siquiera demasiado demostrativo. Era un senegalés de unos veintidós años, no más, de sonrisa blanca y tímida y ojos color negro, que miraban para abajo cuando se le apareció de nuevo la señora Basilia, y

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Interpretada por Jorge Braulio Senda y Stella Maris Zamora Abrigo

¡Él no era alegre! Ni siquiera demasiado demostrativo. Era un senegalés de unos veintidós años, no más, de sonrisa blanca y tímida y ojos color negro, que miraban para abajo cuando se le apareció de nuevo la señora Basilia, y le compró todos los relojes que llevaba en la valija, y como le pareció insuficiente el dinero que le cobraba, le pidió que fuera a buscar más. Y Handré salió corriendo hasta el quiosco de flores donde escondía la mercadería por si de improviso caía la brigada y le levantaba el puesto (aunque estas cosas se avisan), y le vendió la mercadería de tres valijas, no de una. ¡De tres! 

Poco más que la abrazó, se persignó y se arrodilló ante ella, y como si se tratara de un ángel salvador venido del cielo le besó las manos. Basilia le pidió que por favor no lo hiciera, que no sea loco, que estaban en la calle, que los estaban mirando, que no hacía falta, que ella no tenía nada que ver. Que la mandó su patrona a comprarle los relojes. Que quería ayudarlo. 

Handré ahora sí la abrazó agradecido, y sin contar el dinero lo guardó en la riñonera y se fue de raje a rendirle cuentas a su jefe Lourenco, contento y cantando en perfecto francés, cuando de pronto se le escapó un: Olé, olé. Olé, olé. Todos los negros tomamos café y se echaron a reír los otros vendedores ambulantes de cuanta cosa se les ocurra ocupando las veredas de Av. Pueyrredón y Av. Corrientes, en la zona del Once. 

Handré era alto y flaco, tenía físico de deportista y, de haber tenido chances, hasta podría haber sido modelo. Pero no. Tampoco tenía un oficio del cual jactarse, aunque sabía algo de plomería, un poco de electricidad y algo de albañilería, pero nada más (se las rebuscaba, como quien dice). La suerte, en cambio, lo trajo a la Argentina por un aviso de una ONG que buscaba jóvenes emprendedores con ganas de trabajar en ventas en el país, y una vez en Buenos Aires, después de un curso de español de casi tres meses que le dieron, se topó con Lourenco. 

Lourenco era paraguayo, pero nacido en Brasil, manejaba la venta ambulante, y como buen negociador arreglaba con la brigada y con migraciones, y había inventado esa especie de ONG medio turbia, que traía senegaleses al país. Encima lo trataba divino al bueno de Handré y más ahora que no paraba de vender relojes. 

Pero un día Basilia dejó de aparecer, y en su lugar, en cambio, se le vino al humo una rubia despampanante, de unos cuarenta y siete años y ojos muy celestes y el pelo planchado, con calzas fucsia. Que estaba apurada porque se tenía que ir corriendo a su clase de pilates y le pidió los relojes. Los mismos que le compraba la señora Basilia. Iba a dar una fiesta en su casa, el sábado a la noche, aprovechando que sus hijos no estaban y que su marido, Francisco, se la pasaba trabajando y no se daba cuenta. Y a los relojes los quería como souvenirs. “Iba a enviar a mi empleada”, le dijo, “Pero esta vez preferí venir yo, personalmente, para conocerte”.

Lo raro es que le habló todo el tiempo en francés. Y eso un poco a Handrè le gustaba y la trató como a una reina. “¿Su nombre es?”, le preguntó. -Mi nombre es Andrea-.

Pero parece que Andrea después se enojó y lo mandó a llamar por su empleada Basilia porque los relojes no andaban y fue un horror cómo se pusieron entonces los invitados de la fiesta. Y así no pensaba comprárselos más. Handré se presentó de inmediato en su casa de Recoleta, con la mirada baja, como se mira naturalmente al que es blanco y le paga, y casi sin levantar la cabeza, se animó a decirle que los relojes andaban. Que Lourenco los entraba vía Paraguay, pero que los importaba directo de China y Sri Lanka. Que eran de los mismos fabricantes que confeccionan para las mejores marcas. 

Ella de inmediato le dijo que no se preocupara y que la ayudara, en cambio, a hacer unos ejercicios con las piernas. Después le fue sacando la camisa violeta porque hacía calor, y terminaron en la cama, recostados. “¿Qué? ¿No te gusta, Handré? ¿Te pasa algo?  Es la canción de tu país, Senegal, la que puse. No sabés cómo la bailaba en mi adolescencia”.

Pero las tardes pasaron. Y cuando se cansó de él se lo pasó de manos a su amiguita nueva, bastante más joven que ella, y que también se la pasaba sola la gran parte del tiempo. Tal vez porque no podía tener hijos o porque su marido Augusto se la pasaba siempre con el esposo de Andrea, trabajando para un político que iba a ser presidente. El marido de Adriana le manejaba la campaña y el de Andrea la custodia. Y pensó que Handré le podría hacer compañía.

De Adriana, en cambio, Handré se enarmoró y en lugar de cogerle la concha, le cogía la oreja. Pero con el tiempo, también lo descartó. Un poco porque se estaba enamorando también y otro poco porque tenía miedo que el custodio que le había puesto su esposo, dejara de mirar para otro lado o se diera cuenta. Handré en los dos casos entraba a las casas, siempre con la excusa de hacer algún arreglo de plomería o de lo que sea y después Basilia iba al puesto a comprarle relojes. Y cuando visitaba a las mujeres se los devolvían.

Pero las dos lo dejaron, y ya sin ese dinero extra, lo que rendía el puesto no alcanzaba para pagar la pensión, enviarles dinero a su novia y a su hija a Senegal, y entender de a poco que estaba cada vez más lejos de traerlas. Encima tenía tantos relojes que no tenía donde meterlos, porque no los vendía. Así que hizo un arregló extraño con el Tiburón, traicionando a Lourenco, el mismo peruano que le alquilaba la pieza. Que le ofreció venderlos los fines de semana en un puesto en la feria de Castañares, en el Bajo Flores, bajo techo y aceptó. Un poco con miedo y otro poco porque necesitaba la guita.

Y lo peor que podía pasar, pasó. Unos días más tarde atardeció de golpe como en un derrumbe. De modo que su cuerpo parecía chocarse contra un grito de: “Ahí vienen, ahí vienen. Levantemos”. Handré parecía dormido y tardó en hacer caso. Las palabras que pronunciaron sus compañeros de esquina las escuchó más tarde como si vinieran de lejos. Y ya no pudo hacer nada cuando se vio rodeado por tres de la brigada. El sol del ocaso desoló la acera de Pueyrredón y Corrientes como un día de lluvia en domingo, la vereda desierta de ventas y su mar de gente que seguía paseando cada vez más lejos, muy lejos. Y ya no pudo hacer nada cuando se vio rodeado por los tres de la brigada a los costados, después que vino Basilia a traerle las tres valijas con relojes y la plata que le adeudaba Adriana (justo en ese momento), y cuando quiso ponerlos en el quiosco de flores donde habitualmente los guardaba, no tuvo tiempo ni nada. Y la historia una vez más le volvía cambiada.

“No puede ser”, decía, “Lourenco no me dijo nada”. Además en el puesto de flores tenía toda la mercadería, también la que guardaba debajo de la cama de la pieza, porque ya no tenía pieza ni nada y el dinero que juntaba lo traía encima, con el riesgo que eso significa. Si hasta el Tiburón le dijo que ya no lo necesitaba, que lo apretaron para que lo hiciera, que se fuera a otro lado, que no volviera por Once, ni por la pensión por un tiempo, y que por favor no preguntara nada más. “No sé, andate a Constitución, a Solano, a la Av. Avellaneda. A Liniers, o a la Salada. Qué sé yo”, le dijo. “Donde quieras, que no sea Once. Con esa facha vas a conseguir laburo enseguida. Vendiendo ropa en un shopping por ejemplo, algo más legal. En el de Haedo están pidiendo gente y en el de Catán también. Acá no te quiero más. Disculpame, Handré, pero no te puedo explicar. ¡Perdoname! Ya vas a entender”.

Los policías bajaron del móvil: bolsas grandes y precintos y le decomisaron toda la mercadería. Tampoco le dieron tiempo a descartar el dinero, ni aceptaron una coima como arreglo. La orden de levantarlo era estricta. Y tuvo que llevárselo con él a la comisaría, con temor a ser robado. Sabiendo que se lo iban a sacar. Era senegalés, y la documentación precaria que le consiguió Lourenco quién sabe si se encontraba al día. 

“Qué se yo, cuando vendes en la calle, estas cosas pasan”, le decía menos nervioso un compañero de celda. “Pero me sacaron toda la plata”, decía.

Él pensaba que Lourenco se enteró o le contó el Tiburón que tenía más relojes de los que podía vender y que los estaba ofreciendo en un puesto en la feria de Bajo Flores, los fines de semana. “Pero no”, le decía el mismo compañero de celda. “En la venta ambulante son todos amigos. ¿Seguro fue por otra cosa?”. 

En eso apareció un abogado que lo sacó de la cárcel por pedido de Lourenco, diciéndole que ahora iba a trabajar en un reparto con una camioneta, que eso de estar en la calle no corría más, y que la plata que le sacaron y la mercadería no la devolvían. Y también apareció una rubia parecida a Andrea buscando al comisario. Handré la miró, con la mirada baja como miraba habitualmente al que es blanco y le paga, para que ella no lo viera. En eso se le acercó y le dijo: “¡Handré! Hablame en francés mejor para no levantar sospecha. Es todo lo que te conseguí: 500 dólares. ¿Tenías más? El resto no sé”. 

“¿Qué te decía esa mujer, Handré?”, le preguntó el abogado. –Nada-. “¿Qué raro? Es la mujer del comisario, ¿sabías? ¿Por qué se pondría a hablar con vos? -No sé. Se dio cuenta que era senegalés y quería practicar el francés, supongo-. 

“¿Qué te decía ese muchacho?”, le hizo la misma pregunta el comisario a Andrea. –Nada-, y obtuvo lo mismo por respuesta. “Te dije mil veces que no quiero que hables con los detenidos, que cada vez que se te ocurre venir a buscarme al trabajo armás algún lío y me alborotàs la seccional. Al final con estos negros tenés que andar con pie de plomo. No los podés tocar. Decí que ahora cuando gane Mauricio se van a meter en el culo este versito de los derechos humanos. Los detenés por vender mercadería en forma ilegal en la vía pública y te cae: migraciones, la embajada de su país, alguna asociación en defensa de no sé qué cosa y se los lleva. Y poco más que tenés que pedirle disculpas. Igual la idea era que saltara más su jefe y se lo llevara de la zona que otra cosa. Queríamos pegarle un buen susto. Si lo hubiéramos podido tener detenido unos días, se lo dejaba a Sánchez y no sabés cómo lo hacía bailar. “Sene Sene Sene Sene Senegal. Sene Sene Sene Sene Senegal”,como dice esa canción brasilera que tanto te gusta. Me tienen podrido estos senegaleses vendiendo en el Once. Encima hasta parece que se hicieran los lindos. Con esas camisas y esos jeans ajustados y esos relojes de fantasía. La gente y los comerciantes nos piden a gritos que los saquemos y después les compran. Y cuando lo hacés haciendo cumplir la ley. ¡Zas! Te aparecen éstos bogas. Yo te quiero mucho, Andreíta. Pero sabés que no me gusta que me vengas a buscar a la seccional y menos sin avisarme. Cada vez que venís me revolucionás la tropa. Encima con esas calzas que te ponés fucsia, se te marca todo el culo. ¡Tapate, mi amor! Me hacés el favor. Mejor te cubro yo con mi saco. ¡No te des vuelta que te están mirando todos! ¡Sabés como son de babosos los poli! Y los reclusos ni te digo”.

De repente, en la mañana húmeda, pasó su brazo derecho por arriba de sus hombros. Aún podía escucharse la respiración de cuando recibió el llamado en su oficina de que un senegalés de unos veintidós años estaba frecuentándola. Le soltó el pelo para que cayera como flecha, rubio y planchado por la espalda. El golpeteo de un cenicero en un espejo que no estaba bien sujetado a la pared, se oyó. En vez de bajarle más el saco, prefirió levantárselo, para que los canas babosos que estaban amontonados en la puerta de la comisaría la vieran mejor de atrás y se calentaran un poco. Con carpa milica comenzó a apretarle el cuello con la mano cada vez más fuerte. “Me estás lastimando, Fran”, le dijo. Francisco le levantó el saco una vez más para que le vieran el culo mientras acercaba su boca a la oreja de Andrea, y su boca de ahogada ingresaba al auto apretándole el cuello con la cabeza baja para que se lo vieran de nuevo. “No quiero que hagas más esas cosas, Andreíta“.  -¿Queé?-, casi ahogada lo dijo. “De presentarle morochos de Senegal a Adriana. A lo mejor vos no lo entendés, porque sos mujer y son otros los códigos. Estos son favores que nos hacemos entre los hombres. Más en la política”. -Ah sí-, exclamó con más aire. “Sí. Sabés que pasa Andrea. No quiero que piensen que Augusto es cornudo”.

“Senegal” de Juan Botana

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Senegal (Capítulo 2). Autor: Juan Botana https://juanbotana.com/senegal-capitulo-2-autor-juan-botana/ Sun, 08 Jan 2023 11:54:59 +0000 https://cartaabierta.com.ar/?p=6459 Interpretada por Jorge Braulio Senda y Stella Maris Zamora Abrigo ¡Él no era alegre! Ni siquiera demasiado demostrativo. Era un senegalés de unos veintidós años, no más, de sonrisa blanca y tímida y ojos color negro, que miraban para abajo cuando se le apareció de nuevo la señora Basilia, y

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Interpretada por Jorge Braulio Senda y Stella Maris Zamora Abrigo

¡Él no era alegre! Ni siquiera demasiado demostrativo. Era un senegalés de unos veintidós años, no más, de sonrisa blanca y tímida y ojos color negro, que miraban para abajo cuando se le apareció de nuevo la señora Basilia, y le compró todos los relojes que llevaba en la valija, y como le pareció insuficiente el dinero que le cobraba, le pidió que fuera a buscar más. Y Handré salió corriendo hasta el quiosco de flores donde escondía la mercadería por si de improviso caía la brigada y le levantaba el puesto (aunque estas cosas se avisan), y le vendió la mercadería de tres valijas, no de una. ¡De tres! 

Poco más que la abrazó, se persignó y se arrodilló ante ella, y como si se tratara de un ángel salvador venido del cielo le besó las manos. Basilia le pidió que por favor no lo hiciera, que no sea loco, que estaban en la calle, que los estaban mirando, que no hacía falta, que ella no tenía nada que ver. Que la mandó su patrona a comprarle los relojes. Que quería ayudarlo. 

Handré ahora sí la abrazó agradecido, y sin contar el dinero lo guardó en la riñonera y se fue de raje a rendirle cuentas a su jefe Lourenco, contento y cantando en perfecto francés, cuando de pronto se le escapó un: Olé, olé. Olé, olé. Todos los negros tomamos café y se echaron a reír los otros vendedores ambulantes de cuanta cosa se les ocurra ocupando las veredas de Av. Pueyrredón y Av. Corrientes, en la zona del Once. 

Handré era alto y flaco, tenía físico de deportista y, de haber tenido chances, hasta podría haber sido modelo. Pero no. Tampoco tenía un oficio del cual jactarse, aunque sabía algo de plomería, un poco de electricidad y algo de albañilería, pero nada más (se las rebuscaba, como quien dice). La suerte, en cambio, lo trajo a la Argentina por un aviso de una ONG que buscaba jóvenes emprendedores con ganas de trabajar en ventas en el país, y una vez en Buenos Aires, después de un curso de español de casi tres meses que le dieron, se topó con Lourenco. 

Lourenco era paraguayo, pero nacido en Brasil, manejaba la venta ambulante, y como buen negociador arreglaba con la brigada y con migraciones, y había inventado esa especie de ONG medio turbia, que traía senegaleses al país. Encima lo trataba divino al bueno de Handré y más ahora que no paraba de vender relojes. 

Pero un día Basilia dejó de aparecer, y en su lugar, en cambio, se le vino al humo una rubia despampanante, de unos cuarenta y siete años y ojos muy celestes y el pelo planchado, con calzas fucsia. Que estaba apurada porque se tenía que ir corriendo a su clase de pilates y le pidió los relojes. Los mismos que le compraba la señora Basilia. Iba a dar una fiesta en su casa, el sábado a la noche, aprovechando que sus hijos no estaban y que su marido, Francisco, se la pasaba trabajando y no se daba cuenta. Y a los relojes los quería como souvenirs. “Iba a enviar a mi empleada”, le dijo, “Pero esta vez preferí venir yo, personalmente, para conocerte”.

Lo raro es que le habló todo el tiempo en francés. Y eso un poco a Handrè le gustaba y la trató como a una reina. “¿Su nombre es?”, le preguntó. -Mi nombre es Andrea-.

Pero parece que Andrea después se enojó y lo mandó a llamar por su empleada Basilia porque los relojes no andaban y fue un horror cómo se pusieron entonces los invitados de la fiesta. Y así no pensaba comprárselos más. Handré se presentó de inmediato en su casa de Recoleta, con la mirada baja, como se mira naturalmente al que es blanco y le paga, y casi sin levantar la cabeza, se animó a decirle que los relojes andaban. Que Lourenco los entraba vía Paraguay, pero que los importaba directo de China y Sri Lanka. Que eran de los mismos fabricantes que confeccionan para las mejores marcas. 

Ella de inmediato le dijo que no se preocupara y que la ayudara, en cambio, a hacer unos ejercicios con las piernas. Después le fue sacando la camisa violeta porque hacía calor, y terminaron en la cama, recostados. “¿Qué? ¿No te gusta, Handré? ¿Te pasa algo?  Es la canción de tu país, Senegal, la que puse. No sabés cómo la bailaba en mi adolescencia”.

Pero las tardes pasaron. Y cuando se cansó de él se lo pasó de manos a su amiguita nueva, bastante más joven que ella, y que también se la pasaba sola la gran parte del tiempo. Tal vez porque no podía tener hijos o porque su marido Augusto se la pasaba siempre con el esposo de Andrea, trabajando para un político que iba a ser presidente. El marido de Adriana le manejaba la campaña y el de Andrea la custodia. Y pensó que Handré le podría hacer compañía.

De Adriana, en cambio, Handré se enarmoró y en lugar de cogerle la concha, le cogía la oreja. Pero con el tiempo, también lo descartó. Un poco porque se estaba enamorando también y otro poco porque tenía miedo que el custodio que le había puesto su esposo, dejara de mirar para otro lado o se diera cuenta. Handré en los dos casos entraba a las casas, siempre con la excusa de hacer algún arreglo de plomería o de lo que sea y después Basilia iba al puesto a comprarle relojes. Y cuando visitaba a las mujeres se los devolvían.

Pero las dos lo dejaron, y ya sin ese dinero extra, lo que rendía el puesto no alcanzaba para pagar la pensión, enviarles dinero a su novia y a su hija a Senegal, y entender de a poco que estaba cada vez más lejos de traerlas. Encima tenía tantos relojes que no tenía donde meterlos, porque no los vendía. Así que hizo un arregló extraño con el Tiburón, traicionando a Lourenco, el mismo peruano que le alquilaba la pieza. Que le ofreció venderlos los fines de semana en un puesto en la feria de Castañares, en el Bajo Flores, bajo techo y aceptó. Un poco con miedo y otro poco porque necesitaba la guita.

Y lo peor que podía pasar, pasó. Unos días más tarde atardeció de golpe como en un derrumbe. De modo que su cuerpo parecía chocarse contra un grito de: “Ahí vienen, ahí vienen. Levantemos”. Handré parecía dormido y tardó en hacer caso. Las palabras que pronunciaron sus compañeros de esquina las escuchó más tarde como si vinieran de lejos. Y ya no pudo hacer nada cuando se vio rodeado por tres de la brigada. El sol del ocaso desoló la acera de Pueyrredón y Corrientes como un día de lluvia en domingo, la vereda desierta de ventas y su mar de gente que seguía paseando cada vez más lejos, muy lejos. Y ya no pudo hacer nada cuando se vio rodeado por los tres de la brigada a los costados, después que vino Basilia a traerle las tres valijas con relojes y la plata que le adeudaba Adriana (justo en ese momento), y cuando quiso ponerlos en el quiosco de flores donde habitualmente los guardaba, no tuvo tiempo ni nada. Y la historia una vez más le volvía cambiada.

“No puede ser”, decía, “Lourenco no me dijo nada”. Además en el puesto de flores tenía toda la mercadería, también la que guardaba debajo de la cama de la pieza, porque ya no tenía pieza ni nada y el dinero que juntaba lo traía encima, con el riesgo que eso significa. Si hasta el Tiburón le dijo que ya no lo necesitaba, que lo apretaron para que lo hiciera, que se fuera a otro lado, que no volviera por Once, ni por la pensión por un tiempo, y que por favor no preguntara nada más. “No sé, andate a Constitución, a Solano, a la Av. Avellaneda. A Liniers, o a la Salada. Qué sé yo”, le dijo. “Donde quieras, que no sea Once. Con esa facha vas a conseguir laburo enseguida. Vendiendo ropa en un shopping por ejemplo, algo más legal. En el de Haedo están pidiendo gente y en el de Catán también. Acá no te quiero más. Disculpame, Handré, pero no te puedo explicar. ¡Perdoname! Ya vas a entender”.

Los policías bajaron del móvil: bolsas grandes y precintos y le decomisaron toda la mercadería. Tampoco le dieron tiempo a descartar el dinero, ni aceptaron una coima como arreglo. La orden de levantarlo era estricta. Y tuvo que llevárselo con él a la comisaría, con temor a ser robado. Sabiendo que se lo iban a sacar. Era senegalés, y la documentación precaria que le consiguió Lourenco quién sabe si se encontraba al día. 

“Qué se yo, cuando vendes en la calle, estas cosas pasan”, le decía menos nervioso un compañero de celda. “Pero me sacaron toda la plata”, decía.

Él pensaba que Lourenco se enteró o le contó el Tiburón que tenía más relojes de los que podía vender y que los estaba ofreciendo en un puesto en la feria de Bajo Flores, los fines de semana. “Pero no”, le decía el mismo compañero de celda. “En la venta ambulante son todos amigos. ¿Seguro fue por otra cosa?”. 

En eso apareció un abogado que lo sacó de la cárcel por pedido de Lourenco, diciéndole que ahora iba a trabajar en un reparto con una camioneta, que eso de estar en la calle no corría más, y que la plata que le sacaron y la mercadería no la devolvían. Y también apareció una rubia parecida a Andrea buscando al comisario. Handré la miró, con la mirada baja como miraba habitualmente al que es blanco y le paga, para que ella no lo viera. En eso se le acercó y le dijo: “¡Handré! Hablame en francés mejor para no levantar sospecha. Es todo lo que te conseguí: 500 dólares. ¿Tenías más? El resto no sé”. 

“¿Qué te decía esa mujer, Handré?”, le preguntó el abogado. –Nada-. “¿Qué raro? Es la mujer del comisario, ¿sabías? ¿Por qué se pondría a hablar con vos? -No sé. Se dio cuenta que era senegalés y quería practicar el francés, supongo-. 

“¿Qué te decía ese muchacho?”, le hizo la misma pregunta el comisario a Andrea. –Nada-, y obtuvo lo mismo por respuesta. “Te dije mil veces que no quiero que hables con los detenidos, que cada vez que se te ocurre venir a buscarme al trabajo armás algún lío y me alborotàs la seccional. Al final con estos negros tenés que andar con pie de plomo. No los podés tocar. Decí que ahora cuando gane Mauricio se van a meter en el culo este versito de los derechos humanos. Los detenés por vender mercadería en forma ilegal en la vía pública y te cae: migraciones, la embajada de su país, alguna asociación en defensa de no sé qué cosa y se los lleva. Y poco más que tenés que pedirle disculpas. Igual la idea era que saltara más su jefe y se lo llevara de la zona que otra cosa. Queríamos pegarle un buen susto. Si lo hubiéramos podido tener detenido unos días, se lo dejaba a Sánchez y no sabés cómo lo hacía bailar. “Sene Sene Sene Sene Senegal. Sene Sene Sene Sene Senegal”,como dice esa canción brasilera que tanto te gusta. Me tienen podrido estos senegaleses vendiendo en el Once. Encima hasta parece que se hicieran los lindos. Con esas camisas y esos jeans ajustados y esos relojes de fantasía. La gente y los comerciantes nos piden a gritos que los saquemos y después les compran. Y cuando lo hacés haciendo cumplir la ley. ¡Zas! Te aparecen éstos bogas. Yo te quiero mucho, Andreíta. Pero sabés que no me gusta que me vengas a buscar a la seccional y menos sin avisarme. Cada vez que venís me revolucionás la tropa. Encima con esas calzas que te ponés fucsia, se te marca todo el culo. ¡Tapate, mi amor! Me hacés el favor. Mejor te cubro yo con mi saco. ¡No te des vuelta que te están mirando todos! ¡Sabés como son de babosos los poli! Y los reclusos ni te digo”.

De repente, en la mañana húmeda, pasó su brazo derecho por arriba de sus hombros. Aún podía escucharse la respiración de cuando recibió el llamado en su oficina de que un senegalés de unos veintidós años estaba frecuentándola. Le soltó el pelo para que cayera como flecha, rubio y planchado por la espalda. El golpeteo de un cenicero en un espejo que no estaba bien sujetado a la pared, se oyó. En vez de bajarle más el saco, prefirió levantárselo, para que los canas babosos que estaban amontonados en la puerta de la comisaría la vieran mejor de atrás y se calentaran un poco. Con carpa milica comenzó a apretarle el cuello con la mano cada vez más fuerte. “Me estás lastimando, Fran”, le dijo. Francisco le levantó el saco una vez más para que le vieran el culo mientras acercaba su boca a la oreja de Andrea, y su boca de ahogada ingresaba al auto apretándole el cuello con la cabeza baja para que se lo vieran de nuevo. “No quiero que hagas más esas cosas, Andreíta“.  -¿Queé?-, casi ahogada lo dijo. “De presentarle morochos de Senegal a Adriana. A lo mejor vos no lo entendés, porque sos mujer y son otros los códigos. Estos son favores que nos hacemos entre los hombres. Más en la política”. -Ah sí-, exclamó con más aire. “Sí. Sabés que pasa Andrea. No quiero que piensen que Augusto es cornudo”.

“Senegal” de Juan Botana

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Senegal (Capítulo 1). Autor: Juan Botana https://juanbotana.com/senegal-capitulo-1-autor-juan-botana/ Tue, 04 Oct 2022 15:42:40 +0000 https://cartaabierta.com.ar/?p=3291 Interpretada por Jorge Braulio Senda y Stella Maris Zamora Abrigo ¡Él no era alegre! Ni siquiera demasiado demostrativo. Era un senegalés de unos veintidós años, no más, de sonrisa blanca y tímida y ojos color negro, que miraban para abajo cuando se le apareció de nuevo la señora Basilia, y

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Interpretada por Jorge Braulio Senda y Stella Maris Zamora Abrigo

¡Él no era alegre! Ni siquiera demasiado demostrativo. Era un senegalés de unos veintidós años, no más, de sonrisa blanca y tímida y ojos color negro, que miraban para abajo cuando se le apareció de nuevo la señora Basilia, y le compró todos los relojes que llevaba en la valija, y como le pareció insuficiente el dinero que le cobraba, le pidió que fuera a buscar más. Y Handré salió corriendo hasta el quiosco de flores donde escondía la mercadería por si de improviso caía la brigada y le levantaba el puesto (aunque estas cosas se avisan), y le vendió la mercadería de tres valijas, no de una. ¡De tres! 

Poco más que la abrazó, se persignó y se arrodilló ante ella, y como si se tratara de un ángel salvador venido del cielo le besó las manos. Basilia le pidió que por favor no lo hiciera, que no sea loco, que estaban en la calle, que los estaban mirando, que no hacía falta, que ella no tenía nada que ver. Que la mandó su patrona a comprarle los relojes. Que quería ayudarlo. 

Handré ahora sí la abrazó agradecido, y sin contar el dinero lo guardó en la riñonera y se fue de raje a rendirle cuentas a su jefe Lourenco, contento y cantando en perfecto francés, cuando de pronto se le escapó un: Olé, olé. Olé, olé. Todos los negros tomamos café y se echaron a reír los otros vendedores ambulantes de cuanta cosa se les ocurra ocupando las veredas de Av. Pueyrredón y Av. Corrientes, en la zona del Once. 

Handré era alto y flaco, tenía físico de deportista y, de haber tenido chances, hasta podría haber sido modelo. Pero no. Tampoco tenía un oficio del cual jactarse, aunque sabía algo de plomería, un poco de electricidad y algo de albañilería, pero nada más (se las rebuscaba, como quien dice). La suerte, en cambio, lo trajo a la Argentina por un aviso de una ONG que buscaba jóvenes emprendedores con ganas de trabajar en ventas en el país, y una vez en Buenos Aires, después de un curso de español de casi tres meses que le dieron, se topó con Lourenco. 

Lourenco era paraguayo, pero nacido en Brasil, manejaba la venta ambulante, y como buen negociador arreglaba con la brigada y con migraciones, y había inventado esa especie de ONG medio turbia, que traía senegaleses al país. Encima lo trataba divino al bueno de Handré y más ahora que no paraba de vender relojes. 

Pero un día Basilia dejó de aparecer, y en su lugar, en cambio, se le vino al humo una rubia despampanante, de unos cuarenta y siete años y ojos muy celestes y el pelo planchado, con calzas fucsia. Que estaba apurada porque se tenía que ir corriendo a su clase de pilates y le pidió los relojes. Los mismos que le compraba la señora Basilia. Iba a dar una fiesta en su casa, el sábado a la noche, aprovechando que sus hijos no estaban y que su marido, Francisco, se la pasaba trabajando y no se daba cuenta. Y a los relojes los quería como souvenirs. “Iba a enviar a mi empleada”, le dijo, “Pero esta vez preferí venir yo, personalmente, para conocerte”.

Lo raro es que le habló todo el tiempo en francés. Y eso un poco a Handrè le gustaba y la trató como a una reina. “¿Su nombre es?”, le preguntó. -Mi nombre es Andrea-.

Pero parece que Andrea después se enojó y lo mandó a llamar por su empleada Basilia porque los relojes no andaban y fue un horror cómo se pusieron entonces los invitados de la fiesta. Y así no pensaba comprárselos más. Handré se presentó de inmediato en su casa de Recoleta, con la mirada baja, como se mira naturalmente al que es blanco y le paga, y casi sin levantar la cabeza, se animó a decirle que los relojes andaban. Que Lourenco los entraba vía Paraguay, pero que los importaba directo de China y Sri Lanka. Que eran de los mismos fabricantes que confeccionan para las mejores marcas. 

Ella de inmediato le dijo que no se preocupara y que la ayudara, en cambio, a hacer unos ejercicios con las piernas. Después le fue sacando la camisa violeta porque hacía calor, y terminaron en la cama, recostados. “¿Qué? ¿No te gusta, Handré? ¿Te pasa algo?  Es la canción de tu país, Senegal, la que puse. No sabés cómo la bailaba en mi adolescencia”.

Pero las tardes pasaron. Y cuando se cansó de él se lo pasó de manos a su amiguita nueva, bastante más joven que ella, y que también se la pasaba sola la gran parte del tiempo. Tal vez porque no podía tener hijos o porque su marido Augusto se la pasaba siempre con el esposo de Andrea, trabajando para un político que iba a ser presidente. El marido de Adriana le manejaba la campaña y el de Andrea la custodia. Y pensó que Handré le podría hacer compañía.

De Adriana, en cambio, Handré se enarmoró y en lugar de cogerle la concha, le cogía la oreja. Pero con el tiempo, también lo descartó. Un poco porque se estaba enamorando también y otro poco porque tenía miedo que el custodio que le había puesto su esposo, dejara de mirar para otro lado o se diera cuenta. Handré en los dos casos entraba a las casas, siempre con la excusa de hacer algún arreglo de plomería o de lo que sea y después Basilia iba al puesto a comprarle relojes. Y cuando visitaba a las mujeres se los devolvían.

Pero las dos lo dejaron, y ya sin ese dinero extra, lo que rendía el puesto no alcanzaba para pagar la pensión, enviarles dinero a su novia y a su hija a Senegal, y entender de a poco que estaba cada vez más lejos de traerlas. Encima tenía tantos relojes que no tenía donde meterlos, porque no los vendía. Así que hizo un arregló extraño con el Tiburón, traicionando a Lourenco, el mismo peruano que le alquilaba la pieza. Que le ofreció venderlos los fines de semana en un puesto en la feria de Castañares, en el Bajo Flores, bajo techo y aceptó. Un poco con miedo y otro poco porque necesitaba la guita.

Y lo peor que podía pasar, pasó. Unos días más tarde atardeció de golpe como en un derrumbe. De modo que su cuerpo parecía chocarse contra un grito de: “Ahí vienen, ahí vienen. Levantemos”. Handré parecía dormido y tardó en hacer caso. Las palabras que pronunciaron sus compañeros de esquina las escuchó más tarde como si vinieran de lejos. Y ya no pudo hacer nada cuando se vio rodeado por tres de la brigada. El sol del ocaso desoló la acera de Pueyrredón y Corrientes como un día de lluvia en domingo, la vereda desierta de ventas y su mar de gente que seguía paseando cada vez más lejos, muy lejos. Y ya no pudo hacer nada cuando se vio rodeado por los tres de la brigada a los costados, después que vino Basilia a traerle las tres valijas con relojes y la plata que le adeudaba Adriana (justo en ese momento), y cuando quiso ponerlos en el quiosco de flores donde habitualmente los guardaba, no tuvo tiempo ni nada. Y la historia una vez más le volvía cambiada.

“No puede ser”, decía, “Lourenco no me dijo nada”. Además en el puesto de flores tenía toda la mercadería, también la que guardaba debajo de la cama de la pieza, porque ya no tenía pieza ni nada y el dinero que juntaba lo traía encima, con el riesgo que eso significa. Si hasta el Tiburón le dijo que ya no lo necesitaba, que lo apretaron para que lo hiciera, que se fuera a otro lado, que no volviera por Once, ni por la pensión por un tiempo, y que por favor no preguntara nada más. “No sé, andate a Constitución, a Solano, a la Av. Avellaneda. A Liniers, o a la Salada. Qué sé yo”, le dijo. “Donde quieras, que no sea Once. Con esa facha vas a conseguir laburo enseguida. Vendiendo ropa en un shopping por ejemplo, algo más legal. En el de Haedo están pidiendo gente y en el de Catán también. Acá no te quiero más. Disculpame, Handré, pero no te puedo explicar. ¡Perdoname! Ya vas a entender”.

Los policías bajaron del móvil: bolsas grandes y precintos y le decomisaron toda la mercadería. Tampoco le dieron tiempo a descartar el dinero, ni aceptaron una coima como arreglo. La orden de levantarlo era estricta. Y tuvo que llevárselo con él a la comisaría, con temor a ser robado. Sabiendo que se lo iban a sacar. Era senegalés, y la documentación precaria que le consiguió Lourenco quién sabe si se encontraba al día. 

“Qué se yo, cuando vendes en la calle, estas cosas pasan”, le decía menos nervioso un compañero de celda. “Pero me sacaron toda la plata”, decía.

Él pensaba que Lourenco se enteró o le contó el Tiburón que tenía más relojes de los que podía vender y que los estaba ofreciendo en un puesto en la feria de Bajo Flores, los fines de semana. “Pero no”, le decía el mismo compañero de celda. “En la venta ambulante son todos amigos. ¿Seguro fue por otra cosa?”. 

En eso apareció un abogado que lo sacó de la cárcel por pedido de Lourenco, diciéndole que ahora iba a trabajar en un reparto con una camioneta, que eso de estar en la calle no corría más, y que la plata que le sacaron y la mercadería no la devolvían. Y también apareció una rubia parecida a Andrea buscando al comisario. Handré la miró, con la mirada baja como miraba habitualmente al que es blanco y le paga, para que ella no lo viera. En eso se le acercó y le dijo: “¡Handré! Hablame en francés mejor para no levantar sospecha. Es todo lo que te conseguí: 500 dólares. ¿Tenías más? El resto no sé”. 

“¿Qué te decía esa mujer, Handré?”, le preguntó el abogado. –Nada-. “¿Qué raro? Es la mujer del comisario, ¿sabías? ¿Por qué se pondría a hablar con vos? -No sé. Se dio cuenta que era senegalés y quería practicar el francés, supongo-. 

“¿Qué te decía ese muchacho?”, le hizo la misma pregunta el comisario a Andrea. –Nada-, y obtuvo lo mismo por respuesta. “Te dije mil veces que no quiero que hables con los detenidos, que cada vez que se te ocurre venir a buscarme al trabajo armás algún lío y me alborotàs la seccional. Al final con estos negros tenés que andar con pie de plomo. No los podés tocar. Decí que ahora cuando gane Mauricio se van a meter en el culo este versito de los derechos humanos. Los detenés por vender mercadería en forma ilegal en la vía pública y te cae: migraciones, la embajada de su país, alguna asociación en defensa de no sé qué cosa y se los lleva. Y poco más que tenés que pedirle disculpas. Igual la idea era que saltara más su jefe y se lo llevara de la zona que otra cosa. Queríamos pegarle un buen susto. Si lo hubiéramos podido tener detenido unos días, se lo dejaba a Sánchez y no sabés cómo lo hacía bailar. “Sene Sene Sene Sene Senegal. Sene Sene Sene Sene Senegal”,como dice esa canción brasilera que tanto te gusta. Me tienen podrido estos senegaleses vendiendo en el Once. Encima hasta parece que se hicieran los lindos. Con esas camisas y esos jeans ajustados y esos relojes de fantasía. La gente y los comerciantes nos piden a gritos que los saquemos y después les compran. Y cuando lo hacés haciendo cumplir la ley. ¡Zas! Te aparecen éstos bogas. Yo te quiero mucho, Andreíta. Pero sabés que no me gusta que me vengas a buscar a la seccional y menos sin avisarme. Cada vez que venís me revolucionás la tropa. Encima con esas calzas que te ponés fucsia, se te marca todo el culo. ¡Tapate, mi amor! Me hacés el favor. Mejor te cubro yo con mi saco. ¡No te des vuelta que te están mirando todos! ¡Sabés como son de babosos los poli! Y los reclusos ni te digo”.

De repente, en la mañana húmeda, pasó su brazo derecho por arriba de sus hombros. Aún podía escucharse la respiración de cuando recibió el llamado en su oficina de que un senegalés de unos veintidós años estaba frecuentándola. Le soltó el pelo para que cayera como flecha, rubio y planchado por la espalda. El golpeteo de un cenicero en un espejo que no estaba bien sujetado a la pared, se oyó. En vez de bajarle más el saco, prefirió levantárselo, para que los canas babosos que estaban amontonados en la puerta de la comisaría la vieran mejor de atrás y se calentaran un poco. Con carpa milica comenzó a apretarle el cuello con la mano cada vez más fuerte. “Me estás lastimando, Fran”, le dijo. Francisco le levantó el saco una vez más para que le vieran el culo mientras acercaba su boca a la oreja de Andrea, y su boca de ahogada ingresaba al auto apretándole el cuello con la cabeza baja para que se lo vieran de nuevo. “No quiero que hagas más esas cosas, Andreíta“.  -¿Queé?-, casi ahogada lo dijo. “De presentarle morochos de Senegal a Adriana. A lo mejor vos no lo entendés, porque sos mujer y son otros los códigos. Estos son favores que nos hacemos entre los hombres. Más en la política”. -Ah sí-, exclamó con más aire. “Sí. Sabés que pasa Andrea. No quiero que piensen que Augusto es cornudo”.

“Senegal” de Juan Botana

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Pampa. Autor: Juan Botana https://juanbotana.com/pampa-autor-juan-botana/ Tue, 04 Oct 2022 15:32:06 +0000 https://cartaabierta.com.ar/?p=3289 Pampa. Autor: Juan Botana. Interpretada por M. Laura Daniele Al ver la cantidad de perros babosos encaramándose una y otra vez, uno arriba del otro, sobre la perra alzada, la perra cansada, que ya no puede más, que dice basta, que se mete detrás de las rejas de una obra

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Pampa. Autor: Juan Botana. Interpretada por M. Laura Daniele

Al ver la cantidad de perros babosos encaramándose una y otra vez, uno arriba del otro, sobre la perra alzada, la perra cansada, que ya no puede más, que dice basta, que se mete detrás de las rejas de una obra en construcción o de la refacción de una casa, no sé, para que la dejen tranquila la jauría de perros de la esquina, mientras el personal de seguridad de la garita festejaba la hazaña.

Al captar esa escena, corro para separarlos y recuerdo cuando a la perra le pusieron “Pampa”.

Pampa era la perra y la dueña. El problema es que la dueña se fue de viaje a La Pampa. Y como la perra era callejera y no le gustaba quedarse sola adentro, decidió dejarla viviendo en el umbral de su casa. Y cuando tuviera un problema se metiera en la obra de al lado. Si eso hacía. Pero la perra estaba en celo y eso nadie lo esperaba.

Tampoco nadie esperaba a la perra, que una mañana de sábado escapando de quién sabe qué cosa, se instaló en la cuadra. Al igual que los cuatro perros que viven en la garita. Y de otros tres de la vuelta y, de otros dos, a una cuadra. Y esa noche estaban todos juntos queriendo violarla.

La dueña -no la perra- era feminista, iba a las marchas de los pañuelos verdes en defensa del aborto seguro, quería decidir sobre su cuerpo y militaba en un colectivo de mujeres, y se peleó con su ex novio y el padre de su hija porque la maltrataba.

Tenía un cuello largo, como la perra, y era muy flaca. Daba clases de yoga y a sus 38 años mantenía un buen cuerpo y las tetas paradas.

Se llamaba Teresa, pero desde que a los 18 años se vino a Buenos Aires le decían Pampa. Después se mudó a Remedios de Escalada con su ex novio rasta y ahora a Banfield después de la separación. Toma pastillas homeopáticas.

Con su hija de 5 años se lleva como puede. La nena quiere más a su papá, y a ella un poco la rechaza. Se tratan como dos adolescentes y la consiente en todo y le consiguió la perra porque estaba encaprichada. Era tan flaca y sola, parecida a ella que a la perra también le pusieron Pampa.

Pero Teresa mucho no podía cuidarla. Ni a la perra ni a su hija. Entre su trabajo de seguridad en el Congreso, las clases de yoga y cuanto curso se le ocurría hacer de cualquier cosa de medicina alternativa y arte no tradicional, poco tiempo le quedaba. Si hasta se fue a un retiro de yoga y meditación en el Cerro Uritorco y después a San Marcos Sierra con amigas. Y a la hija la dejó con su padre, cuando éste trabajaba.

Se había cortado el pelo tan corto, que ahora en el barrio suponían que era o se hizo lesbiana. Cómo si esas cosas se hicieran. Pero sea como fuere a las tetas las mantenía paradas. Razón suficiente para que el señor de la garita, que estaba loco por cogérsela, con la excusa de la clase de yoga de prueba, entrar a su casa. Por eso festejaba cuando los perros de la garita hacían lo propio con su perra. Porque se imaginaba a él mismo pudiendo garchársela. Y él no veía en ella ni a una feminista, ni a una madre abandónica, ni a una lesbiana. Él solo le miraba las tetas y quería garchársela.

En aquellas tarde de calor, cuando había vuelto de La Pampa con su hija, y el padre la venía a buscar para llevársela, Teresa se quedó sola y cansada. Y él de la garita se quedó con la mirada clavada en la puerta de su casa. Hasta que su sueño se cumplió y Teresa salió a entrar a la perra con un shorcito tan corto que parecía bombacha. Y una remerita suelta toda despechugada. Parecía recién levantada de la siesta, toda traspirada.

En eso él de la garita se acercó. Con la excusa de contarle lo que le había pasado a la perra cuando ella no estaba. Y de cómo él la defendió, aunque antes que él se había cruzado el muchacho de enfrente de su casa. Y que incluso el “negrito”, el más buenito de los perros de su garita, se quedó con ella todos los días siguientes en el umbral haciendo guardia. Y le hacía de novio y se peleaba con los otros perros para cuidarla. Y que él podía hacer lo mismo con ella.

En el barrio están diciendo cosas. Que vos estás sola y que tu perra provocó un escándalo desde que está alzada. Y los juicios moralizantes funcionan. Y encima vos que te fuiste y la dejaste en la calle, abandonada.

Un chica bienuda del colegio de la esquina quería adoptarla. Ella tiene auto, marido, un padre que se ocupa de sus nietas y un fondo grande para que la perra esté y corra; no como vos, que vivís en este departamentito chiquito y no estás casi nunca en tu casa.

La veterinaria de acá a la vuelta me dijo que si el embarazo es reciente, todavía puede operarla. Salvo que vos quieras tener los cachorritos.

En ese momento Teresa se puso a llorar. La perra la miró. Porque para mí está embarazada.

“Eran tantos que parecía una violación”, le dijo el cuidador. ¿Querés saber cómo lo hicieron? Te lo explico en detalle si me dejas entrar a tu casa.

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Los amores de Laura. Autor: Juan Botana https://juanbotana.com/los-amores-de-laura-autor-juan-botana/ Sat, 01 Oct 2022 11:12:23 +0000 https://cartaabierta.com.ar/?p=3136 Los amores de Laura. Autor: Juan Botana. Interpretada por Laura Romano. ¿Cuánto tiempo más me vas a tener así? Que venís y no, que hoy tampoco pudiste, que se te hizo tarde. Que te cayó de improviso ese amigo del sur del que nunca me hablaste. –¿Qué querías que hiciera,

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Los amores de Laura. Autor: Juan Botana. Interpretada por Laura Romano.

¿Cuánto tiempo más me vas a tener así? Que venís y no, que hoy tampoco pudiste, que se te hizo tarde. Que te cayó de improviso ese amigo del sur del que nunca me hablaste. –¿Qué querías que hiciera, que lo echara?– Y te cambió los planes.

¿Y yo qué? Acaso te importa un poco lo que me pasa. Si no me preguntaste nada la última vez que nos vimos y te la pasaste callado mirando de lejos a cualquier minita con más ganas que a mí. Justo la noche que me había puesto ese corpiño piel que me marca las lolas y creí te gustaba. Si ya casi ni hablamos. Si incluso estaba decidida a escaparme con vos después a tu casa como habíamos quedado, y nada. Si hasta tus amigos pegaron más onda con mis amigas que vos conmigo esa noche. Y eso que nos conocemos hace más de un año y recién ahora nos decidimos a esto.

¿Por qué no me vas a decir que lo nuestro es algo más que esto? Porque amor no es. Calentura ni llega, sino un fuego apagado con canciones gastadas en un campamento. –¡A los campings me dijo mi psicóloga que fuera! ¿Sabés como levantás?– Y yo en cambio me la paso en boliches caretas sanando mis penas en el frío mezquino de un vaso de alcohol.

¿Cuántos mensajes más tengo que mandarte para que te des cuenta que nos sos un chape? Que me interesás. O mejor dicho que me interesabas.

Ahora no. Ya no. Por suerte me di cuenta a tiempo. ¡Qué tonta, no!. Que apagó tu sonrisa una nube de polvo en mis ojos de acaso. Que ni siquiera los viste. Que no quisiste mirar. Porque no te hubiera echado de mi corazón asustado mientras no lo sabía. Que no me querías, que lo hiciste sin ganas. Porque no fuiste capaz de invitarme a tu casa, y paraste tu auto en diagonal canchera con cara de vamos. ¿Con cara de qué? Como si hiciera falta la pregunta. Como si no te hubieras dado cuenta que mi boca cereza se quedó temblando de tibio a tu lado soñando tu amor. Porque ni siquiera tuviste el valor de invitarme a tu casa. Porque ni siquiera estoy muy segura de que tengas una casa donde decís la tenés.

¿Y quién sabe por qué mierda te escribo esta carta? Si vi más veces tus fotos del facebook que no estabas conmigo que mi cara al espejo por miedo al fracaso. Que fracasé otra vez. En enviarte esta carta sin saber por qué lo hago. Si le gusto a tanto boludo sin gustarte a vos. Si es con Lau con quien estás hablando, ¡tarado!, en la sombra ebria de mí andar hormigo por volverte a ver.

4 de febrero de 2015

“Los amores de Laura” de Juan Botana

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Leones de Escalada (Parte IV). Autor: Juan Botana https://juanbotana.com/leones-de-escalada-parte-iv-autor-juan-botana/ Sat, 01 Oct 2022 10:59:20 +0000 https://cartaabierta.com.ar/?p=3131 Intrepretada por Susana Rebequi. I A mí me dijeron que no puede ser. Que no debe ser ella. Que tiene que ser otra la persona que pone los carteles en el alambrado de la casa. Esos que dicen: “Cuidado con el árbol. Peligro de caída”. Para que nadie camine la

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Intrepretada por Susana Rebequi.

I

A mí me dijeron que no puede ser. Que no debe ser ella. Que tiene que ser otra la persona que pone los carteles en el alambrado de la casa. Esos que dicen: “Cuidado con el árbol. Peligro de caída”. Para que nadie camine la vereda. Ni se acerque demasiado a la vivienda. Ni se atreva a tocar el timbre a ver si todavía está allí (si no anda el timbre). Ni pase por la esquina de Alajarín y Del Valle Iberlucea y la vea. ¡Más con este calor! ¡Qué ganas!

-¡Vos sabés que la tengo que llamar a Martita!

“Porque hay que ser viejo para saber lo que le pasa a un viejo”. Hablar es fácil. Decir que Muñecote está muerta o tendría que estarlo, también. ¡Qué vivos! Por la edad lo dicen. ¡Cómo le gusta a la gente hablar macanas de los otros sin saber, eh!

¿Cómo?

Yo muy bien no me acuerdo, pero algunos hasta le cuentan más de cien. Yo le cuento noventa y nueve. Y por ahí más o menos tiene que tener. No sabés cómo manejaba el frío / calor la última vez que la vi.

¿Cómo?

Ese que le compró el Jeremías.

Yo bien no me acuerdo. Pero si todas sus amigas: la que no está en un geriátrico, está en la flor de última, o ya pasaron a mejor vida las pobres. Que la diálisis, que el cáncer, que no las iban a ver, que las dejaron morir. ¡Qué sé yo!

-Ustedes me llegan a meter en un geriátrico sin mi consentimiento y las mato a las dos. ¡Las corto en pedacitos!

Si yo estoy bien. ¡Bueno…, me duele un poco el ciático! Pero eso me pasa desde que tengo cuarenta años ¿A quién no? Y más si una tuvo hijos. Lo que no puedo mucho es moverme desde la última vez que me caí, cuando me rompí la cadera y después nunca me recuperé del todo. Pero eso fue más por culpa de los médicos que mía.

¡Porque antes a mií no me dolía paara nada la cintura! ¡Y la espalda menos!

¡Bueno…, los días de humedad un poco sí! ¿Pero a quién no? Si tengo la plata guardada para hacerme los dientes y nada, y por h o por b nunca me pueden llevar. Si les llego a pedir qué necesito hacerme una resonancia en la cadera y les digo que me lleven, ponen el grito en el cielo. ¡Mamaá! Nunca querés ir y justo hoy que yo no puedo acompañarte se te ocurre, me dicen. ¿Y cuándo se me va a ocurrir?

¡Ma sí, me hago llevar con un auto y listo! Al final siempre me dicen lo mismo, que me tome un remís. Y yo me lo tomaría. Lo que pasa es que el muchacho de la agencia que conocía no está más y yo ahora con el quilombo que me arman ustedes dos, cada vez que vienen a mi casa, no encuentro por ningún lado la tarjeta que me dejó ese chico.

Siempre lo mismo: que porque les pasó algo a mis nietas, que los maridos o lo que mierda sea, nunca me pueden llevar. Cualquier excusa meten con tal de no hacerme un favor a mí. ¡Pero bien que me cobran la nafta cada vez que vienen! Y me critican cómo como la pizza, si me quedo dormida en la mesa mientras miro la televisión, si ando toda meada, si no me lavé la cabeza o no tomé la pastilla de la presión.

¡Si la presión me la suben ustedes cada vez que vienen!

Si yo estoy bien. Qué tanto. ¡Bueno…, tengo una úlcera en la pierna que no me termina nunca de cerrar! Pero nada más. Si Ofelia me la cura todos los días con soda y bicarbonato.

¡Ahora estoy mejor! Fijate. Mirá. ¿Ves lo que te digo? ¡Mirame cuando te hablo! En vez de mirar todo el día ese celular. ¿Qué es lo que pasa tan importante en ese teléfono de morondanga que no podés escuchar a tu madre una vez que te lo pide?

A decir verdad, estoy un poco encorvada también. ¿Pero quién no está un poco torcida a mi edad? ¿A quién no le duelen las articulaciones a los ochenta y dos años, me querés decir? ¡Las quiero ver a ustedes cómo llegan a mi edad!

¿Cómo?

¿Ochenta y dos, u ochenta y cuatro años tengo yo? Nunca me acuerdo bien. ¿Vos te acordás, Clarita? Si soy del 32 yo, ¿qué edad tengo?

-¡Mamá, soy Marcela! Clarita no vino hoy. ¡Ochenta y tres tenés! ¡Y hace una hora que te estoy escuchando! No te acordás que me tocaba a mí venir los sábados para ayudarte, que arreglamos así. Y cuando vos quieras te llevamos a hacerte los dientes o a verte la cadera. ¡Sos vos la que pone excusas y nunca quiere ir!

-¡Excusas, excusas…! Mirá si me voy a estar acordando qué día viene cada una. Con las cosas que yo tengo en la cabeza. ¿Ochenta y tres tengo? ¡Además vos y tu hermana me vuelven looca! Me la cambian todo el tiempo. Que un día viene una, que otro día la otra. Al final nunca sé cuándo viene ninguna.

¡Ma sí!, estás acá y listo. Si vos siempre querés venir pero nunca querés estar. Si se la pasan mandoneándome todo el día. ¡Vos y tu hermana! Que me quieren lavar la cabeza, que me mandan a bañar, que quieren que me cambie la ropa y que me saque el camisón porque son las doce del mediodía y estoy en veremos… Que ahora encima se les dio por darme de comer a las ocho de la noche porque se tienen que ir volando para su casa. Cuando yo lo único que quiero es que me dejen ver el noticiero tranquila, o a Markic que tanto me gusta.

¡Que me dejen de joder! Eso quiero.

Que me comí todas las galletitas, que me acuerdo que me faltan los remedios justo cuando ustedes se tienen que ir. Y ni que hablar cuando me olvido los pañales. ¡Se ponen como locas! Como si se lo hiciera a propósito. ¡Me olvido! ¡Qué sé yo!

¡Pero si no la escuchan a una cuando habla!

¡Ma sí! Fangulo. Estás acá y listo.

-No ves que siempre querés pelear, mamá.

-¿Quién quiere pelear? ¿Quién quiere pelear…?

No te digo que Muñecote era la más grande del grupo de todas nosotras. Así que la edad que dicen que tiene, tranquilameente la puede tener. Yo también, desde que ustedes me mudaron acá a Lomas nunca más pude pasar por la casa. Si no me llevan. Y decí que de la turca y de la Charo perdí los teléfonos. Si no las llamaba y me sacaba esta duda que tengo que no me deja dormir.

¿Clarita, vos tenés el teléfono de la turca?

-¡Marcela soy, mamá! Mirá si voy a tener el teléfono de la turca, yo.

-¡Bueno! El de la Charo, entonces, o de alguna otra de mis amigas de la calle Rauch.

-La Charo se murió mamá.

-¡En serio me decís! ¿Hace cuánto? Yo no sabía naada. Recieén me acabo de anoticiar. ¡Me desayuno con esto! Al final yo siempre soy la última en enterarme de las cosas. ¡Decí que te pregunté! Si no iba a seguir pensando que estaba viva.

-¡Ay, mamá! Sí que sabías. Te habrás olvidado. Qué sé yo. ¿Ves que tenés ganas de pelear?

-¿Quién tiene ganas de pelear? ¡Vos tenés ganas de pelear hoy!

Si te estaba contando que a Martita no la llamo para preguntarle qué pasó con lo de Muñecote porque está sorda como una tapia la pobre y no te oye bien cuando vos le hablás. ¡Si no la llamaba! Si le preguntás por los nietos y te contesta otra cosa. O lo que es peor, nunca sabe nada y te dice: “Yo no sé, yo no me meto, a mí no me cuentan, vaya una a saber”. ¿Y quién le va a contar? Si no escucha una mierda la pobre y te dice: “Yo no les pregunto porque si no te tildan de metida y no los quiero molestar”. Eso te dice.

¿A vos te parece, Marcela?

En cambio, sí: parece importarle más lo que dicen en la televisión que las cosas que le pasan a su propia hija. Repite como un loro toodo lo que dicen en la tele. Se la pasa todo el día mirando lo que hablan del programa de Tinelli. Y cuando le preguntás, te dice que lo deja prendido pero que no le presta atención. ¡Y claro, si no escucha, la pobre!

Le interesa más lo que opina Mirtha Legrand que lo que puedo contarle yo.

Yo no me acuerdo bien. Pero para mí que Muñecote está viva. Aunque me escucho lo que digo y me hace dudar. Porque era la más grande del grupo de las amigas que tenía que se reunían por las tardes en el Club de los italianos, donde ahora hay un restaurant y supo haber un cine alguna vez.

¿Te acordás, Marcela? Sobre Rosales.

¡Qué años, no! Pero eso fue hace mucho tiempo. Tanto que ya mucho no me acuerdo. Si yo era la más chica de todas. Si cruzábamos Uriarte de Melo a Azara para ir a las reuniones danzantes del Orillas del Plata y el salón era tan chico que había que esperar sentadas en las sillas que había contra la pared hasta que te tocara el turno de bailar. Algunas iban con sus novios o ya maridos. Y las que no, bailábamos entre nosotras. ¿Qué bien que la pasábamos, no?

¿Te acordás, Marcela? Que te vas a acordar, si vos ni habías nacido.

¿Cheé, te estás quedando dormida? Y yo meta a hablar sola.

-¡Noo, mamá! Estoy cansada, pero no me estoy quedando dormida. Hace más de un hora que te estoy escuchando, si estoy hablando con vos, qué otro remedio me queda. Si das vueltas y vueltas con esto de Muñecote.

(Pero eso de los bailes fue hace mucho tiempo)

-Para mí que es Isabel.

-¿Quién?

– Isabel. ¡La que pone los carteles! ¿Cómo? ¿No sabés quién es Isabel?

-Noo, mamá. No sé quién es Isabel.

-¡Isabeel! Si te conté. ¡Para mí que es esa hija de mil putas la que está poniendo los carteles!

-Ya te dije que no sé quién es Isabel.

-¿Qué, no te conté?

Siií….  Isabel, la que le pusieron el pasacalle sobre Escultor Cafferata. Ese que dice: “Isa: paragua puta, roba marido”. La que viene a hacer ahora algo así como la nuera de Muñecote y se las da de señora desde que se le arrimó al hijo. Para sacarle la guita, supongo. Porque por amor no creo que sea. Porque es una chica mucho más joven que él. ¡Fulera, pero joven! Él está gordo y pelado y tiene que haber pasado hace rato los cincuenta.

-¿Y vos cómo sabés si no la viste nunca?

-¡Ahora no la veo! Y cómo la voy a ver si ustedes me trajeron a vivir al centro de Lomas a este departamento de morondanga sin luz que parece una ratonera y me alquilaron mi casa de Lafinur y Rauch. Y encima la plata del alquiler se la quedan casi toda ustedes. ¡Y la de la jubilación yo ni la veo! ¡Así que mejor no me hagas acordar de eso, querés! ¡Cómo me cagaron a mí desde que pusieron el sistema este nuevo de la tarjeta!

Pero esto que te digo me lo contó Chicha, la del perrito, y yo a Chicha le creo. Y a Jeremías no me vas a decir que no lo conozco bien. Mirá que se volvió chitrulo ese tipo con los años, eh. Venir a engancharse con esa trola y dejar de clavo a su mujer de toda la vida. ¡Una mina báarbara! La que le dio dos hermosos hijos, buenos, trabajadores, y le aguantó la vela cuando los dos corrían la coneja con la hiperinflación en los ‘80. ¡Bueno! Como todos. Pero por lo que me contaron ellos la pasaron peor. Si la Vicky tuvo que salir a laburar de cualquier cosa para poder pagar la olla.

Porque le calculo cerca de sesenta al hijo de Muñecote. Si empezaron juntos el taller mecánico de la calle Melo en la época de Alfonsín, y justo ahora cuando empezaba a irle bien la viene a largar.

¿A vos te parece, Marcela?

¡No ves que no termina nunca una de conocer a los maridos! Ta casás con uno feo, bien feo, con cara de boludo y te caga igual. ¡Porque mirá que es feo el Jeremías!

¡Ya te dije! Para mí que es Isabel la que pone los carteles de: “Cuidado con el árbol. Peligro de caída” Si está deseando que el árbol gigante que tiene en el jardín que está cada vez más inclinado, en vez de caerse para el lado de la calle y mate a alguien, se caiga para adentro encima del techo de chapas vencido de la casa y si es posible la mate a la pobre vieja.

¡Si es que ya no la mató ella! Porque andan diciendo eso también.

Porque el rumor que corre es que si Muñecote no está muerta, un día esa casa se le va a caer encima y la va a matar. ¡Si está toda deteriorada!

Porque ya nadie la va a visitar y ni siquiera le dan una mano con los arreglos. ¿Porque cuánto hace que a esa casa no va un gasista, un plomero, un techista, un electricista, algo? Si no viste cómo tiene las paredes, húmedas por el rocío de los años. Si en cualquier momento se le caen encima, como dicen. A pedazos, por la humedad del barrio cada vez que se inunda.

-¿Qué sabés vos mamá? ¿De dónde sacás todas estas cosas?

-¿Saber… saber? Que no voy a saber yo.

¡Bueno…! No sé, pero me lo imagino. No hay que ser muy inteligente. Si no va nadie a ayudarla a la pobre de Muñecote. Al final de qué te sirve haber sido una buena mujer, si te cagan igual y te dejan tirada como un trapo de piso. Y hasta están esperando que te mueras para venderte la casa.

Yo si atendiera el teléfono la llamaría. Pero para mí que le cortaron la línea de la compañía por falta de pago. O algún mal intencionado pasó y le cortó el teléfono, o le robaron el cable. ¡Qué sé yo! Si la casa parece abandonada, y yo te estoy hablando ya de hace un par de años. Antes andaba con un celular que le regaló la Vicky. Que mucho no sabía usarlo. ¡Pero ahora mismo no sé!

-Ay, mamá. Eso fue hace mucho tiempo.

-¡No te digo que no sé! Que fue hace mucho tiempo. Mucho tiempo, no. Tres o cuatro años a lo sumo.

-¿Cuánto hace que vos no hablás con Vicky, mamá?

-¿Y cómo voy a hablar yo? Si desde que se separó se mudó a Guernica a lo de la mamá y no tengo el teléfono. Y no supe más nada de ella. Y no te dije que de la turca y de la Charo también perdí los números.

-¡Mamá, Charo se murió!

-Cierto que me dijiste eso. ¡Pobre Charo! ¿Por qué no me conseguís su teléfono? En lugar de sacarme de mentira a verdad y tratarme como si fuera una mentirosa.

-No te digo que se murió.

-¿De qué se murió, sabés?

-No, no sé, mamá.

-Bueno, el de la turca al menos. ¡Alguno!

-¿No ves que querés pelear?

-¡Yo no quiero pelear! Pero tampoco quiero que me tomen de chitrula. Todo tiene un límite. ¡El tema es así como yo te lo cuento!

Para mí, Isabel, la paraguaya, la metió a Muñecote en un geriátrico de mala muerte en Lanús para quedarse con la casa y el boludo del hijo se quedó de brazos cruzados y no hizo nada de nada y bien que se cayó la boca ese sinvergüenza. Si a mí me contaron que hasta tenía un cartel de venta y todo,la casa, y que alguien de buenas a primeras lo sacó. Si lo tiene agarrado de las pelotas. ¡Loco de amor que le dicen! ¿O de quién sabe qué cosa? Porque estas paraguayas tienen fama de ser bastante rapiditas, por decirlo de alguna manera -al sexo, digo- y se hacen las modositas: “¿Qué necesitas? Que mi maridito de acá. Que mi maridito de allá. ¿Qué quieres que te haga, mi amor?”.

¡Ma qué maridito ni maridito! Si está arrimada, la turra esta. Si no es la mujer legal. Si la vieras cuando se cruza con el Jeremías para el lado de Banfield y se pasea por los locales pitucos nuevos que pusieron sobre la calle Alvear gastando la plata que le saca a él. O el boludo se la da. Eso no sé bien.

-¿Y vos como sabés? Si no vas hace años por allá.

-¡No te digo que no sé bien! A mí me lo contó la reflexóloga que se puso un local de zapatos por ahí y le va muy bien, parece. Por eso te lo digo.

-¿Quién?

-Alicia, la reflexóloga. Con la que íbamos con la alemana a las clases de yoga. ¡Al final vos resulta que no conocés a nadie!

-¡Pero eso fue hace mil años, mamá!

-Tantos años no.

¡Es así como yo te lo cuento! Esto de Muñecote es un misterio. Le tendría que decir a Chicha que se dé una vuelta por allá para revelarlo de una vez por todas y terminar con este asunto. ¡Porque hablar con vos del tema es como hablarle a la pared! O no te interesa, o está visto que no lo entendés. Si ella anda por todos lados. ¡Le digo que se vaya con el perrito y listo!

-Mamá, andá a dormir y dejate de joder. ¡Me hacés ese favor! Mañana la seguimos.

-Ahora resulta que soy yo la que jodo, pero bien que de Muñecote no sabés un pito a la vela y está a las claras que entendés menos.

-¡Me dormí, mamá! Estoy dormida. Ya no te escucho. Me dormí.

-¿Y quién quiere que me escuches? Yo lo que quiero saber es qué pasó con Muñecote. Si en realidad es ella, Sí o No, la que pone los carteles.

II

-Leona, ¿cómo se siente hoy? Le traje las galletitas de hojaldre del Día que tanto le gustan. Monferrato no hay más, ahora se llama Tres Torres, espero que le guste. Y unos bifecitos tiernitos de lomo de Morrone compré también con la plata que me dio. Tuve que ir al frigorífico porque al Coto nuevo que pusieron frente a la plaza de Escalada no me dejaron entrar.

El rati que está en la puerta se ortibó y discutimos un poco y casi que nos vamos a las piñas. Y eso que me conocía de la estación cuando jorobaba a la gente diciendo: “Al mundo lo inventó el león, después… nacieron todos muertos” A lo mejor de ahí me agarró bronca, se ve que no le gustaba que hiciera eso. Pero eso fue hace un tiempo y ya no hago más ese tipo de boludeces ayudándome con el culo de botella de una gaseosa para que retumbe el mensaje en los oídos cansados de los que bajan del tren. Me dijo que afeaba el lugar, que yo era un ciruja, que estaba barbudo, pelilargo y sucio y que tenía olor a vino. Mucho olor, y a vino. ¡Y usted vio cómo es esto del vino: uno empieza porque no puede dormir por las noches y después sigue!

Así que me parece que si no se ofende, hoy le voy a usar un poco el baño. Limpio todo después. Lo dejo como lo encontré. No se preocupe por eso.

-Usá, León, usá. Pero no me llames más Leona, Muñecote decime, como me llaman todos.

-Ya sé, Leona, pero si yo soy el León para la gente, usted es una Leona.

Si hace un par de noches le festejé los cien años y todavía la sigue peleando. Y yo con todas las que pasé en mi vida y en la calle, con mis sesenta y dos años estoy hecho un León. Si así me siguen llamando cuando voy por las tardes a la parada del 51 a Pavón, al lado del quiosco de diarios, en frente del Vea y del tipo que se puso con un cajoncito a lustrar los zapatos. ¡Los arregla también, creo! Y cuando noto que la fila del colectivo se pone larga, bien larga, les grito al oído mi rugido de rabia de león contenida y entonces los asusto para que sientan el mismo miedo a la vida que sentimos nosotros. Y cuando me miran con mala cara les digo: “Al mundo lo inventó el león, después… nacieron todos muertos”, y no sabe cómo se ponen pensando que estoy loco. Y después para aflojar un poco la cosa exclamo con vehemencia: “Qué Tinelli, ni Tinelli. Al mundo lo inventó el león”.

Si soy un León, el León de Escalada, sabe.

-¡Ya sé León…! Pero te dije que no me gusta que hagas eso. Que te la pases asustando a la gente sin motivos.

-Bueno… mi Leona. ¡Perdón, Muñecote, digo!

Por eso le hice caso, y ahora a la mañana ya no lo hago más y en cambio pido limosna en la Iglesia de Rosales y a la hora de la siesta me quedo merodeando la zona para no despertar sospechas. Si incluso lo mandé al loco de la Coca Cola, ese que se la pasa tomando y pidiendo Coca Cola todo el tiempo por el lado de Melo y Roca, cerca de la placita de Rauch, que ahora le cambiaron el nombre a Alajarín en memoria de Oscar, héroe y mártir ferroviario muerto por la dictadura militar en los ´70. Y está bien, porque tengo miedo que nos delate y diga que fuimos nosotros los que sacamos el cartel de venta de la casa y lo cambiamos por el de: “Cuidado con el árbol. Peligro de caída

Igual quién le va a creer. Si está más loco que un chivo loco. Quién le va a creer que amenacé a la Isa con contarle a su hijo Jeremías que estaba casada en su país y que una vez vino a buscarla el marido hecho una tromba, y la tuve que defender con mi cuchillo para que no la cagara bien a trompadas y se la llevara de los pelos arrastrándola al Paraguay. Si le pegaba siempre, parece, el muy hijo de puta. Por eso lo debe haber dejado y se vino escapando para Buenos Aires. Que tengo fotos besándolo, paseando con los dos hijos chiquitos del matrimonio por la peatonal de Lanús, y entrando al hotel alojamiento de la avenida, y le saqué las fotos con la cámara que usted me regaló para que la siguiera. ¿Se acuerda, no? Así que por un buen tiempo no va a venir por acá. Ni va a insistir con eso de la venta de la casa.

En cambio la Vicky, su nuera, pobre, está tan mal con esto de la separación, aunque ya pasaron más de tres años, que ni pinta por el barrio y sus hijos tampoco. ¿Y usted tiene ganas de ver a sus nietos, no? De todos modos ellos ya son grandes y se fueron a vivir con sus novias: uno se fue a Cañuelas y el otro a la Capital. En cambio, Jeremías -su hijo me refiero- podría venir, pero es tan pollerudo que hace todo lo que le dice la Isa. Si engualichado parece que lo tuviera.

¡Muñecote!, me baño y me tiró en el sofá un ratito. Cualquier cosa que necesite me avisa. Hacemos así, como todas las noches desde hace casi un año.

-¿Me regaste las madreselvas?

-Sí, Muñe, ya se las regué. Quédese tranquila por eso. Cualquier cosa que necesite me avisa.

III

Pero al León no hubo rugido ni aspecto de calle que lo pudiera defender esta vez, y de anticipar ese encuentro hubiera podido evitar aquella humillación, acaso. Porque un desafío a pelear o un duelo, por lo desparejo, no fue. Cuando de las sombras se le apareció el marido de la Isa con sed de venganza. El tipo se había venido otra vez del Paraguay, o de quién sabe dónde, con un revólver y tres amigos a buscarlo. Se lo llevaron a la rastra primero por Ramón Franco, luego por Beltrán, cruzaron la plaza de Escalada, después la estación de tren, hasta llegar a las vías muertas del ferrocarril por los talleres; cuando lo interceptaron por Marco Avellaneda, y a empujones lo amarraron del cuello hasta la Colonia ferroviaria, que a decir verdad está cada vez más abandonada y sola. ¡Qué pena! Con lo que cuesta dar identidad a un barrio como es Las Colonias, asentado en los años veinte y de apogeo más o menos por los cincuenta, y terminado de venir a menos por la debacle neoliberal de los ´90. Cuando el ferrocarril dejó de ser el mismo. Pero en los ´70 no estaba tan mal. Si el propio Simón (o León, como se hace llamar ahora) se vino de Corrientes para probar suerte en el fútbol en el club Talleres, y hasta llegó a jugar de delantero en la primera división de la segunda categoría del fútbol argentino. Era un nueve aguerrido y picante con gol, un poco petiso para el puesto, pero muy ligero. Y justo cuando su tío materno le consiguió un trabajo de ferroviario en el Roca, lo ficharon como profesional en el club. Y aunque cobrara poco y nada al principio, decidió optar por la pelota, hasta que tuvo la mala suerte que el arquero Hernán Burgos de Temperley le rompiera los ligamentos cruzados de un planchazo. Después de la lesión dejó el fútbol profesional para siempre y se ganó la vida de mozo, de pizzería en pizzería, primero por Gerli y Avellaneda y después por el este de Lanús, pero nunca formó familia Simón. Tuvo alguna que otra novia pero nada más. Y la plata que ganó, el pobre, se la gastó toda en joda y amigos, hasta llegar a este presente transhumante de croto borracho, ayudando más por compañía que por un baño caliente y un techo para dormir, a la buena de Muñecote. Tratando de conservar lo que para algunos nunca murió.

-¡Saltá, pelotudo! Antes de que te pongas a llorar como un viejo borracho que sos. O te meto un cuetazo en el medio de la frente; o mejor en los pies, así no podés caminar más por la calle como tanto te gusta, espiando a todos y a todo por todos lados. ¡Vieja chusma! O estás caliente con la Isa que tanto te la pasás siguiéndola. ¡NdeañaRa’y!

A ver cómo te las arreglás ahora para sacar el cuchillo con los brazos atados, como hiciste la vez pasada en la puerta de esa casa hecha concha donde solía ir la Isa a cuidar a esa señora. Y sacaron el cartel de venta con ese loquito de la Coca Cola. ¡Te pensás que no sé! ¡Al pedo! ¿Quién carajo va a comprar esa casa en el estado en que está? Sólo a la Isa se le puede ocurrir eso. Salvo por el valor del terreno, pero nada más.

¡Manejás bien el cuchillo,che, vos! Se nota a la legua que sos correntino. ¡A tu Corrientes porá! ¡Bailá chamamé, pelotudo, como dicen acá!  O te gusta la pendeja. ¿Te gusta la pendeja? ¡NdeTavypiko!¡O Ndetavyetémavoi! Porque la Isa es mía. Está acá para sacarle la guita a ese viejo de mierda, pero le está llevando demasiado tiempo. ¡Así que se acabó! ¡Nos volvemos para Asunción! Pero antes te hago cagar a vos. ¡Añamengui…! ¡Nde Aña memby! Así aprenden y se le van las ganas de una vez a todos de llamar puta a mi Isa.

A partir de ese día la Isa desapareció de Escalada, ni una carta le dejó al pobre de Jeremías, que se quedó mirando la ventana esperando que volviera un par de días hasta que el tiempo se cansó de llover. ¡Si hasta pensó en llamar a la Vicky para pedirle perdón! Y ya no tenía fuerzas para abrir el taller, ni siquiera mandó al mudo, como le decían a un ayudante que tenía, a cobrar los últimos trabajos que había hecho. Y si seguía así se lo iban a comer los piojos, o mejor dicho los proveedores. Porque hasta los ahorros que acababa de sacar del banco Credicoop se los llevó la Isa, y alguna que otra joya que guardaba de su madre, que conservaba él, por miedo a que alguien pudiera robársela. Y se fue cabizbajo con el caballo cansado a lo de su mamá, Muñecote. Tuvo que forzar la puerta de entrada, cosa que no fue muy difícil, porque a la cerradura la habían cambiado entre el León y el loco de la Coca Cola y mucho de eso no sabían. Además, al juego anterior de llaves tampoco lo encontraba, porque lo había escondido para que Isabel no pudiera ir más a visitar a su madre. ¿Para qué? Si últimamente decía que era una vieja turra, que tenía que morirse sola: de enferma o de hambre. ¡Pero la vieja parecía no morirse nunca! “Si nunca nos apoyó en nuestro amor”, decía la Isa. Si está plagada de prejuicios como esa Mirtha Legrand que mira siempre en la televisión Led o LCD que tiene ahora, esa que vos le compraste, y, nosotros en cambio con un televisor de tubo de 20 pulgadas, Noblex, viejo, todo destartalado. Si le parece mal que un hombre de cincuenta largos se enamore de una chica de veintiséis como yo, que te mostró el calor humano de un beso a escondidas. ¡Si se te paró más conmigo que en toda tu vida! Y las chusmas del barrio se murieron de celos por eso. Si al final este resultó un barrio plagado de familias infelices y chatas de amor –y me vienen a decir puta a mí- que se muere de celos cuando escuchan los gritos de goce de un hombre feliz por las noches. Si para mí que fue ella la que puso el cartel sobre Cafferata y seguro le paga a uno de esos linyeras que merodean la casa, para que cada vez que lo saco lo ponga de nuevo. ¡Te parece que es lindo saber que todo el barrio se burla cuando leen el pasacalle: “Isa, paraguaputa, roba marido”, para que no se olviden de lo que le hicimos a la Vicky!.¿Te parece que es lindo? Por eso me fui.

Así que Jeremías, su único hijo, concebido con tanto amor luego de varios tratamientos, ya de grande, después de tanto tiempo, volvió a entrar solo y temblando a la casa materna, traspirando, con las manos sudadas de olvido y la garganta seca de tragar disgustos, donde lo único que quedaba en flor: eran las madreselvas del jardín de la esquina de Rauch (ahora Alajarín) y Del Valle Iberlucea, regadas por la lluvia del día anterior y por tantos olvidos.

-¡Mamí, Mamá! ¡Mamaaá! ¿Dónde te metiste? ¿Estás bien?

Hasta que la pregunta de nuevo se cayó contra el piso -¡Mamí, Mamá! ¡Mamaaá! ¿Dónde te metiste?- con la espalda a cuestas. Y tuvo que llamar de urgencia a la ambulancia de guardia cuando la encontró sin aire desplomada en el suelo. Si estaba todo cerrado. Si todo hacía suponer que hace días nadie ventilaba la casa. Si al León le quitaron la vida a los golpes y terminó internado en el Evita para ser atendido por algunas fracturas y cuando volvió a la casa, Muñecote ya no estaba y lloraban de pena las madreselvas sin flor. Se habían rajado del todo las tejas del techo, y el árbol gigante, ahora sí, corría inminente peligro de caída. La puerta estaba forzada, debe haber sido el Jeremías que lo vio sacando el cuerpo de la casa; o mejor dicho, se lo contó Coca Cola. Los vidrios de las ventanas estaban rotos a piedrazos por el loco que arrojó de bronca todas las botellas de vidrio a las personas que pasaban por la esquina, incluso las llenas. Al llegar el León, sin aliento, regó las madreselvas y sin cambiar el cartel movieron el árbol con el loco con fuerza hasta que se cayera. Para culparse en el pecho que Muñecote muriera.

IV

-¡Hablee…!

-¡Hola, señora Tita, cómo le va! Usted no me conoce, ¿sabe? A lo mejor oyó hablar de mí, pero nada más. Me llaman el León…, pero mi nombre real es Simón. Me pidió Muñecote encarecidamente que la llamara cuando pasara lo que le tengo que contar.

-Decime… querido por favor: ¿Qué pasó? Hace tiempo que estoy esperando noticias de ella.

-Muñecote murió.

-¿Cómo me decís…?

– Ayer a la noche murió. Y me parece que yo la maté. Sin quererlo, ¡claro!

-¿Coómo me decís…?

-Yo tenía que cuidarla y la dejé sola, ¿sabe? Eso pasó.

Así como se lo cuento.

Me pidió que le dijera que tenía un gran recuerdo suyo, que últimamente se pasaba las noches recordando las historias de los bailes en el Orillas del plata, cuando eran tan jóvenes, las tardes de mate y cremona y galletitas de hojaldre y de charlas con usted. Me pidió que le dijera que no hiciera como ella y que no deje nunca de ver a sus hijas. Que aunque le parezca mentira: es mejor siempre discutir con los hijos que dejar de verlos. Yo de eso mucho no sé porque no tuve la suerte de tener hijos, ¿sabe?

Me pidió encarecidamente que la llamara. Que usted era la única amiga que debía estar preocupada realmente por ella. De las que quedaron del grupo, ¡claro! Porque ya se fueron unas cuantas, me dijo.

-Y sí… claro. ¡Cómo no iba a estar preocupada! Si como te decía: hace rato que no tenía noticias de ella. Si casualmente hablaba anoche con mi hija la mayor de esto.

Y no pegué un ojo en toda la noche pensando. Porque este asunto de la muerte de Muñecote me estaba dando vueltas en la cabeza sobre todo desde ayer. Vos viste cómo somos los viejos, que nos vemos poco y nos llenamos de excusas por eso, y por una cosa u otra no nos llamamos nunca ni nos vemos, pero estas cosas las presentimos. Y yo tenía un mal presentimiento ayer. Se lo dije a Marcela.

¡No llores, querido! Es la vida…, no fue culpa tuya.

-Es que yo tenía que cuidarla, y, ¿sabe?, la dejé sola. Se lo había prometido y esta vez no pude. Iba para su casa cuando me interceptaron por Rosales el marido de la Isa con tres tipos más. Me agarraron por la espalda, ¿sabe?, y empezaron a golpearme de lo lindo. Tanto que todavía me duele. Y cuando saqué el cuchillo como normalmente hago para defenderme y corté a uno, Ramón, el marido de la Isa, se ensañó más conmigo y me puso un revólver en la cabeza, y otro de los que estaba con él me encapuchó con una bolsa de arpillera para que no viera más nada. Y siguieron pegándome.

-¿Qué…?  ¿La Isa tenía marido, entonces? ¡Mirá ahora lo que me vengo a enterar!

-Resultó que estaba casada en el Paraguay. No sabe las cosas que hicimos para evitar que vendieran la casa y que todos creyeran que era peligroso vivir allí. Si hasta pusimos un cartel de: “Cuidado con el árbol. Peligro de caída”. Para que nadie camine la vereda. Ni se acerque demasiado a la vivienda. Pero el marido de la Isa se me apareció de repente cuando iba a visitarla, y me llevó a punta de pistola a un descampado cerca de las vías del tren, y después los otros tres siguieron pegándome. Me quebraron las costillas. A uno le decían el Taku o algo así, y al otro Celso creo, y a ese me parece que fue al que le corte el brazo cuando quiso amarrarme, entonces le sacó de prepo el revólver al Ramón y me disparó en el pie cuando intenté escaparme, hasta que me tropecé y al caer para atrás me golpeé con una piedra en la cabeza y fui a parar al Hospital Evita, y de ahí en más no me acuerdo nada. No me puedo acordar. Me dijeron que me encontró el de seguridad del Coto que siempre me boludeaba por mi facha de croto y borracho, pero esta vez me salvó.

Es por eso que no puede ir a ver a mi leona estos días.

-¿Cómo la llamaste, querido?

-Leona. Así le decía yo. Ella decía que yo era el mejor hombre de todos, y eso me halagaba, porque entendía las cosas. Hablábamos por las noches. Y yo le contaba las novedades del barrio, porque ella ya no salía. Y le gustaba dormirse oyendo mis relatos. Le contaba que donde era el Club de los Italianos ahora pusieron un restaurant. Bastante lindo.

-Pero eso desde que yo vivía por allá.

-Que el de la pollería El Trébol cada vez trae los pollos más chiquitos y para mí que hace trampa con el peso con esa balanza alemana que tiene. Que la pizzería Mi cuñado continúa con el mismo nombre pero cambió de dueños y bajó la calidad de la muzzarella. Que el Bocha de la ferretería Los hijos de López no cambia más, tarda casi 1 hora con cada cliente, se toma su tiempo como dice, es capaz de limar un clavo que le llevás de muestra para hacerlo tornillo, y después te dice: “andá, andá pibe, a mí no me debés nada”. Que el chapista Alex, el que se mudó sobre Rauch para el lado de Lafinur, se dejó el pelo largo de nuevo y ahora sale con una pendeja. Que pusieron un Supermercado Chino nuevo sobre Rosales y tienen una bebita chinita con los pelos parados que si la ves te la comés a besos. Que el Club de los Pescadores ahora vende pizzas y empanadas y hasta hace deliverytambién. Que La Triestina II sigue siendo atendida por Omar, su dueño, o eso te hace creer, y que ya cumplió un año en el barrio, y no aumenta los precios para conservar la clientela. Que Rauch ahora se llama Alajarín, en memoria de Oscar, héroe y mártir ferroviario muerto por la dictadura militar en los ´70 y está bien. Porque tiene más que ver con la identidad del barrio. Si nosotros siempre fuimos una manga de obreros perdedores. Y a la casas estilo inglés que nos construyeron hace años las están haciendo dúplex o edificios de departamentos. Si hasta el club Lanús le roba la plata que le corresponde por ley a Talleres por las regalías del Bingo. Si siempre nos cagan. Si siempre fue así. Y los pibes de ahora se consuelan en la plaza fumando marihuana y escuchando al Indio. Y a la Biblioteca Alberdi y al Club de ajedrez, salvo un par de viejos, nadie quiere ir.

Ella me escuchaba, sabe Tita, entonces era fácil hablar.

-¡No llores, querido!

-Yo no los vi venir a esos tipos, ¿se da cuenta?, entonces ella se murió. Esperando. Por mi culpa. Seguro le llegó el cuento a la pobre que a mí me había pasado algo. Nos necesitábamos el uno al otro, ¿sabe? La dejé sola y ella se murió.

-¡No llores más, querido!

-La entierran hoy en el cementerio de Uriarte, pero yo no voy a ir. No quiero que me vea así, tan débil y temeroso, ¿sabe?  Porque yo para ella era un león.

Disculpe, Tita, al final me la pasé hablándole de mí en vez de contarle de Muñecote, estoy muy mal por esto, ¿sabe?, la tengo que dejar. Pero quería cumplir con el pedido de mi leona. Muñecote para usted, claro.

-Tenés que ser fuerte, Simón, aunque no seas un León a veces. ¡Muchas gracias, querido,  por haberme llamado! ¡No sabés cómo se va a poner Marcela cuando se lo cuente! Seguro va a decir que yo invento las cosas.

“Leones de Escalada (Parte IV)” de Juan Botana

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Leones de Escalada (Parte III). Autor: Juan Botana https://juanbotana.com/leones-de-escalada-parte-iii-autor-juan-botana/ Sat, 01 Oct 2022 10:51:12 +0000 https://cartaabierta.com.ar/?p=3126 Interpretada por Susana Rebequi I A mí me dijeron que no puede ser. Que no debe ser ella. Que tiene que ser otra la persona que pone los carteles en el alambrado de la casa. Esos que dicen: “Cuidado con el árbol. Peligro de caída”. Para que nadie camine la

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Interpretada por Susana Rebequi

I

A mí me dijeron que no puede ser. Que no debe ser ella. Que tiene que ser otra la persona que pone los carteles en el alambrado de la casa. Esos que dicen: “Cuidado con el árbol. Peligro de caída”. Para que nadie camine la vereda. Ni se acerque demasiado a la vivienda. Ni se atreva a tocar el timbre a ver si todavía está allí (si no anda el timbre). Ni pase por la esquina de Alajarín y Del Valle Iberlucea y la vea. ¡Más con este calor! ¡Qué ganas!

-¡Vos sabés que la tengo que llamar a Martita!

“Porque hay que ser viejo para saber lo que le pasa a un viejo”. Hablar es fácil. Decir que Muñecote está muerta o tendría que estarlo, también. ¡Qué vivos! Por la edad lo dicen. ¡Cómo le gusta a la gente hablar macanas de los otros sin saber, eh!

¿Cómo?

Yo muy bien no me acuerdo, pero algunos hasta le cuentan más de cien. Yo le cuento noventa y nueve. Y por ahí más o menos tiene que tener. No sabés cómo manejaba el frío / calor la última vez que la vi.

¿Cómo?

Ese que le compró el Jeremías.

Yo bien no me acuerdo. Pero si todas sus amigas: la que no está en un geriátrico, está en la flor de última, o ya pasaron a mejor vida las pobres. Que la diálisis, que el cáncer, que no las iban a ver, que las dejaron morir. ¡Qué sé yo!

-Ustedes me llegan a meter en un geriátrico sin mi consentimiento y las mato a las dos. ¡Las corto en pedacitos!

Si yo estoy bien. ¡Bueno…, me duele un poco el ciático! Pero eso me pasa desde que tengo cuarenta años ¿A quién no? Y más si una tuvo hijos. Lo que no puedo mucho es moverme desde la última vez que me caí, cuando me rompí la cadera y después nunca me recuperé del todo. Pero eso fue más por culpa de los médicos que mía.

¡Porque antes a mií no me dolía paara nada la cintura! ¡Y la espalda menos!

¡Bueno…, los días de humedad un poco sí! ¿Pero a quién no? Si tengo la plata guardada para hacerme los dientes y nada, y por h o por b nunca me pueden llevar. Si les llego a pedir qué necesito hacerme una resonancia en la cadera y les digo que me lleven, ponen el grito en el cielo. ¡Mamaá! Nunca querés ir y justo hoy que yo no puedo acompañarte se te ocurre, me dicen. ¿Y cuándo se me va a ocurrir?

¡Ma sí, me hago llevar con un auto y listo! Al final siempre me dicen lo mismo, que me tome un remís. Y yo me lo tomaría. Lo que pasa es que el muchacho de la agencia que conocía no está más y yo ahora con el quilombo que me arman ustedes dos, cada vez que vienen a mi casa, no encuentro por ningún lado la tarjeta que me dejó ese chico.

Siempre lo mismo: que porque les pasó algo a mis nietas, que los maridos o lo que mierda sea, nunca me pueden llevar. Cualquier excusa meten con tal de no hacerme un favor a mí. ¡Pero bien que me cobran la nafta cada vez que vienen! Y me critican cómo como la pizza, si me quedo dormida en la mesa mientras miro la televisión, si ando toda meada, si no me lavé la cabeza o no tomé la pastilla de la presión.

¡Si la presión me la suben ustedes cada vez que vienen!

Si yo estoy bien. Qué tanto. ¡Bueno…, tengo una úlcera en la pierna que no me termina nunca de cerrar! Pero nada más. Si Ofelia me la cura todos los días con soda y bicarbonato.

¡Ahora estoy mejor! Fijate. Mirá. ¿Ves lo que te digo? ¡Mirame cuando te hablo! En vez de mirar todo el día ese celular. ¿Qué es lo que pasa tan importante en ese teléfono de morondanga que no podés escuchar a tu madre una vez que te lo pide?

A decir verdad, estoy un poco encorvada también. ¿Pero quién no está un poco torcida a mi edad? ¿A quién no le duelen las articulaciones a los ochenta y dos años, me querés decir? ¡Las quiero ver a ustedes cómo llegan a mi edad!

¿Cómo?

¿Ochenta y dos, u ochenta y cuatro años tengo yo? Nunca me acuerdo bien. ¿Vos te acordás, Clarita? Si soy del 32 yo, ¿qué edad tengo?

-¡Mamá, soy Marcela! Clarita no vino hoy. ¡Ochenta y tres tenés! ¡Y hace una hora que te estoy escuchando! No te acordás que me tocaba a mí venir los sábados para ayudarte, que arreglamos así. Y cuando vos quieras te llevamos a hacerte los dientes o a verte la cadera. ¡Sos vos la que pone excusas y nunca quiere ir!

-¡Excusas, excusas…! Mirá si me voy a estar acordando qué día viene cada una. Con las cosas que yo tengo en la cabeza. ¿Ochenta y tres tengo? ¡Además vos y tu hermana me vuelven looca! Me la cambian todo el tiempo. Que un día viene una, que otro día la otra. Al final nunca sé cuándo viene ninguna.

¡Ma sí!, estás acá y listo. Si vos siempre querés venir pero nunca querés estar. Si se la pasan mandoneándome todo el día. ¡Vos y tu hermana! Que me quieren lavar la cabeza, que me mandan a bañar, que quieren que me cambie la ropa y que me saque el camisón porque son las doce del mediodía y estoy en veremos… Que ahora encima se les dio por darme de comer a las ocho de la noche porque se tienen que ir volando para su casa. Cuando yo lo único que quiero es que me dejen ver el noticiero tranquila, o a Markic que tanto me gusta.

¡Que me dejen de joder! Eso quiero.

Que me comí todas las galletitas, que me acuerdo que me faltan los remedios justo cuando ustedes se tienen que ir. Y ni que hablar cuando me olvido los pañales. ¡Se ponen como locas! Como si se lo hiciera a propósito. ¡Me olvido! ¡Qué sé yo!

¡Pero si no la escuchan a una cuando habla!

¡Ma sí! Fangulo. Estás acá y listo.

-No ves que siempre querés pelear, mamá.

-¿Quién quiere pelear? ¿Quién quiere pelear…?

No te digo que Muñecote era la más grande del grupo de todas nosotras. Así que la edad que dicen que tiene, tranquilameente la puede tener. Yo también, desde que ustedes me mudaron acá a Lomas nunca más pude pasar por la casa. Si no me llevan. Y decí que de la turca y de la Charo perdí los teléfonos. Si no las llamaba y me sacaba esta duda que tengo que no me deja dormir.

¿Clarita, vos tenés el teléfono de la turca?

-¡Marcela soy, mamá! Mirá si voy a tener el teléfono de la turca, yo.

-¡Bueno! El de la Charo, entonces, o de alguna otra de mis amigas de la calle Rauch.

-La Charo se murió mamá.

-¡En serio me decís! ¿Hace cuánto? Yo no sabía naada. Recieén me acabo de anoticiar. ¡Me desayuno con esto! Al final yo siempre soy la última en enterarme de las cosas. ¡Decí que te pregunté! Si no iba a seguir pensando que estaba viva.

-¡Ay, mamá! Sí que sabías. Te habrás olvidado. Qué sé yo. ¿Ves que tenés ganas de pelear?

-¿Quién tiene ganas de pelear? ¡Vos tenés ganas de pelear hoy!

Si te estaba contando que a Martita no la llamo para preguntarle qué pasó con lo de Muñecote porque está sorda como una tapia la pobre y no te oye bien cuando vos le hablás. ¡Si no la llamaba! Si le preguntás por los nietos y te contesta otra cosa. O lo que es peor, nunca sabe nada y te dice: “Yo no sé, yo no me meto, a mí no me cuentan, vaya una a saber”. ¿Y quién le va a contar? Si no escucha una mierda la pobre y te dice: “Yo no les pregunto porque si no te tildan de metida y no los quiero molestar”. Eso te dice.

¿A vos te parece, Marcela?

En cambio, sí: parece importarle más lo que dicen en la televisión que las cosas que le pasan a su propia hija. Repite como un loro toodo lo que dicen en la tele. Se la pasa todo el día mirando lo que hablan del programa de Tinelli. Y cuando le preguntás, te dice que lo deja prendido pero que no le presta atención. ¡Y claro, si no escucha, la pobre!

Le interesa más lo que opina Mirtha Legrand que lo que puedo contarle yo.

Yo no me acuerdo bien. Pero para mí que Muñecote está viva. Aunque me escucho lo que digo y me hace dudar. Porque era la más grande del grupo de las amigas que tenía que se reunían por las tardes en el Club de los italianos, donde ahora hay un restaurant y supo haber un cine alguna vez.

¿Te acordás, Marcela? Sobre Rosales.

¡Qué años, no! Pero eso fue hace mucho tiempo. Tanto que ya mucho no me acuerdo. Si yo era la más chica de todas. Si cruzábamos Uriarte de Melo a Azara para ir a las reuniones danzantes del Orillas del Plata y el salón era tan chico que había que esperar sentadas en las sillas que había contra la pared hasta que te tocara el turno de bailar. Algunas iban con sus novios o ya maridos. Y las que no, bailábamos entre nosotras. ¿Qué bien que la pasábamos, no?

¿Te acordás, Marcela? Que te vas a acordar, si vos ni habías nacido.

¿Cheé, te estás quedando dormida? Y yo meta a hablar sola.

-¡Noo, mamá! Estoy cansada, pero no me estoy quedando dormida. Hace más de un hora que te estoy escuchando, si estoy hablando con vos, qué otro remedio me queda. Si das vueltas y vueltas con esto de Muñecote.

(Pero eso de los bailes fue hace mucho tiempo)

-Para mí que es Isabel.

-¿Quién?

– Isabel. ¡La que pone los carteles! ¿Cómo? ¿No sabés quién es Isabel?

-Noo, mamá. No sé quién es Isabel.

-¡Isabeel! Si te conté. ¡Para mí que es esa hija de mil putas la que está poniendo los carteles!

-Ya te dije que no sé quién es Isabel.

-¿Qué, no te conté?

Siií….  Isabel, la que le pusieron el pasacalle sobre Escultor Cafferata. Ese que dice: “Isa: paragua puta, roba marido”. La que viene a hacer ahora algo así como la nuera de Muñecote y se las da de señora desde que se le arrimó al hijo. Para sacarle la guita, supongo. Porque por amor no creo que sea. Porque es una chica mucho más joven que él. ¡Fulera, pero joven! Él está gordo y pelado y tiene que haber pasado hace rato los cincuenta.

-¿Y vos cómo sabés si no la viste nunca?

-¡Ahora no la veo! Y cómo la voy a ver si ustedes me trajeron a vivir al centro de Lomas a este departamento de morondanga sin luz que parece una ratonera y me alquilaron mi casa de Lafinur y Rauch. Y encima la plata del alquiler se la quedan casi toda ustedes. ¡Y la de la jubilación yo ni la veo! ¡Así que mejor no me hagas acordar de eso, querés! ¡Cómo me cagaron a mí desde que pusieron el sistema este nuevo de la tarjeta!

Pero esto que te digo me lo contó Chicha, la del perrito, y yo a Chicha le creo. Y a Jeremías no me vas a decir que no lo conozco bien. Mirá que se volvió chitrulo ese tipo con los años, eh. Venir a engancharse con esa trola y dejar de clavo a su mujer de toda la vida. ¡Una mina báarbara! La que le dio dos hermosos hijos, buenos, trabajadores, y le aguantó la vela cuando los dos corrían la coneja con la hiperinflación en los ‘80. ¡Bueno! Como todos. Pero por lo que me contaron ellos la pasaron peor. Si la Vicky tuvo que salir a laburar de cualquier cosa para poder pagar la olla.

Porque le calculo cerca de sesenta al hijo de Muñecote. Si empezaron juntos el taller mecánico de la calle Melo en la época de Alfonsín, y justo ahora cuando empezaba a irle bien la viene a largar.

¿A vos te parece, Marcela?

¡No ves que no termina nunca una de conocer a los maridos! Ta casás con uno feo, bien feo, con cara de boludo y te caga igual. ¡Porque mirá que es feo el Jeremías!

¡Ya te dije! Para mí que es Isabel la que pone los carteles de: “Cuidado con el árbol. Peligro de caída” Si está deseando que el árbol gigante que tiene en el jardín que está cada vez más inclinado, en vez de caerse para el lado de la calle y mate a alguien, se caiga para adentro encima del techo de chapas vencido de la casa y si es posible la mate a la pobre vieja.

¡Si es que ya no la mató ella! Porque andan diciendo eso también.

Porque el rumor que corre es que si Muñecote no está muerta, un día esa casa se le va a caer encima y la va a matar. ¡Si está toda deteriorada!

Porque ya nadie la va a visitar y ni siquiera le dan una mano con los arreglos. ¿Porque cuánto hace que a esa casa no va un gasista, un plomero, un techista, un electricista, algo? Si no viste cómo tiene las paredes, húmedas por el rocío de los años. Si en cualquier momento se le caen encima, como dicen. A pedazos, por la humedad del barrio cada vez que se inunda.

-¿Qué sabés vos mamá? ¿De dónde sacás todas estas cosas?

-¿Saber… saber? Que no voy a saber yo.

¡Bueno…! No sé, pero me lo imagino. No hay que ser muy inteligente. Si no va nadie a ayudarla a la pobre de Muñecote. Al final de qué te sirve haber sido una buena mujer, si te cagan igual y te dejan tirada como un trapo de piso. Y hasta están esperando que te mueras para venderte la casa.

Yo si atendiera el teléfono la llamaría. Pero para mí que le cortaron la línea de la compañía por falta de pago. O algún mal intencionado pasó y le cortó el teléfono, o le robaron el cable. ¡Qué sé yo! Si la casa parece abandonada, y yo te estoy hablando ya de hace un par de años. Antes andaba con un celular que le regaló la Vicky. Que mucho no sabía usarlo. ¡Pero ahora mismo no sé!

-Ay, mamá. Eso fue hace mucho tiempo.

-¡No te digo que no sé! Que fue hace mucho tiempo. Mucho tiempo, no. Tres o cuatro años a lo sumo.

-¿Cuánto hace que vos no hablás con Vicky, mamá?

-¿Y cómo voy a hablar yo? Si desde que se separó se mudó a Guernica a lo de la mamá y no tengo el teléfono. Y no supe más nada de ella. Y no te dije que de la turca y de la Charo también perdí los números.

-¡Mamá, Charo se murió!

-Cierto que me dijiste eso. ¡Pobre Charo! ¿Por qué no me conseguís su teléfono? En lugar de sacarme de mentira a verdad y tratarme como si fuera una mentirosa.

-No te digo que se murió.

-¿De qué se murió, sabés?

-No, no sé, mamá.

-Bueno, el de la turca al menos. ¡Alguno!

-¿No ves que querés pelear?

-¡Yo no quiero pelear! Pero tampoco quiero que me tomen de chitrula. Todo tiene un límite. ¡El tema es así como yo te lo cuento!

Para mí, Isabel, la paraguaya, la metió a Muñecote en un geriátrico de mala muerte en Lanús para quedarse con la casa y el boludo del hijo se quedó de brazos cruzados y no hizo nada de nada y bien que se cayó la boca ese sinvergüenza. Si a mí me contaron que hasta tenía un cartel de venta y todo,la casa, y que alguien de buenas a primeras lo sacó. Si lo tiene agarrado de las pelotas. ¡Loco de amor que le dicen! ¿O de quién sabe qué cosa? Porque estas paraguayas tienen fama de ser bastante rapiditas, por decirlo de alguna manera -al sexo, digo- y se hacen las modositas: “¿Qué necesitas? Que mi maridito de acá. Que mi maridito de allá. ¿Qué quieres que te haga, mi amor?”.

¡Ma qué maridito ni maridito! Si está arrimada, la turra esta. Si no es la mujer legal. Si la vieras cuando se cruza con el Jeremías para el lado de Banfield y se pasea por los locales pitucos nuevos que pusieron sobre la calle Alvear gastando la plata que le saca a él. O el boludo se la da. Eso no sé bien.

-¿Y vos como sabés? Si no vas hace años por allá.

-¡No te digo que no sé bien! A mí me lo contó la reflexóloga que se puso un local de zapatos por ahí y le va muy bien, parece. Por eso te lo digo.

-¿Quién?

-Alicia, la reflexóloga. Con la que íbamos con la alemana a las clases de yoga. ¡Al final vos resulta que no conocés a nadie!

-¡Pero eso fue hace mil años, mamá!

-Tantos años no.

¡Es así como yo te lo cuento! Esto de Muñecote es un misterio. Le tendría que decir a Chicha que se dé una vuelta por allá para revelarlo de una vez por todas y terminar con este asunto. ¡Porque hablar con vos del tema es como hablarle a la pared! O no te interesa, o está visto que no lo entendés. Si ella anda por todos lados. ¡Le digo que se vaya con el perrito y listo!

-Mamá, andá a dormir y dejate de joder. ¡Me hacés ese favor! Mañana la seguimos.

-Ahora resulta que soy yo la que jodo, pero bien que de Muñecote no sabés un pito a la vela y está a las claras que entendés menos.

-¡Me dormí, mamá! Estoy dormida. Ya no te escucho. Me dormí.

-¿Y quién quiere que me escuches? Yo lo que quiero saber es qué pasó con Muñecote. Si en realidad es ella, Sí o No, la que pone los carteles.

II

-Leona, ¿cómo se siente hoy? Le traje las galletitas de hojaldre del Día que tanto le gustan. Monferrato no hay más, ahora se llama Tres Torres, espero que le guste. Y unos bifecitos tiernitos de lomo de Morrone compré también con la plata que me dio. Tuve que ir al frigorífico porque al Coto nuevo que pusieron frente a la plaza de Escalada no me dejaron entrar.

El rati que está en la puerta se ortibó y discutimos un poco y casi que nos vamos a las piñas. Y eso que me conocía de la estación cuando jorobaba a la gente diciendo: “Al mundo lo inventó el león, después… nacieron todos muertos” A lo mejor de ahí me agarró bronca, se ve que no le gustaba que hiciera eso. Pero eso fue hace un tiempo y ya no hago más ese tipo de boludeces ayudándome con el culo de botella de una gaseosa para que retumbe el mensaje en los oídos cansados de los que bajan del tren. Me dijo que afeaba el lugar, que yo era un ciruja, que estaba barbudo, pelilargo y sucio y que tenía olor a vino. Mucho olor, y a vino. ¡Y usted vio cómo es esto del vino: uno empieza porque no puede dormir por las noches y después sigue!

Así que me parece que si no se ofende, hoy le voy a usar un poco el baño. Limpio todo después. Lo dejo como lo encontré. No se preocupe por eso.

-Usá, León, usá. Pero no me llames más Leona, Muñecote decime, como me llaman todos.

-Ya sé, Leona, pero si yo soy el León para la gente, usted es una Leona.

Si hace un par de noches le festejé los cien años y todavía la sigue peleando. Y yo con todas las que pasé en mi vida y en la calle, con mis sesenta y dos años estoy hecho un León. Si así me siguen llamando cuando voy por las tardes a la parada del 51 a Pavón, al lado del quiosco de diarios, en frente del Vea y del tipo que se puso con un cajoncito a lustrar los zapatos. ¡Los arregla también, creo! Y cuando noto que la fila del colectivo se pone larga, bien larga, les grito al oído mi rugido de rabia de león contenida y entonces los asusto para que sientan el mismo miedo a la vida que sentimos nosotros. Y cuando me miran con mala cara les digo: “Al mundo lo inventó el león, después… nacieron todos muertos”, y no sabe cómo se ponen pensando que estoy loco. Y después para aflojar un poco la cosa exclamo con vehemencia: “Qué Tinelli, ni Tinelli. Al mundo lo inventó el león”.

Si soy un León, el León de Escalada, sabe.

-¡Ya sé León…! Pero te dije que no me gusta que hagas eso. Que te la pases asustando a la gente sin motivos.

-Bueno… mi Leona. ¡Perdón, Muñecote, digo!

Por eso le hice caso, y ahora a la mañana ya no lo hago más y en cambio pido limosna en la Iglesia de Rosales y a la hora de la siesta me quedo merodeando la zona para no despertar sospechas. Si incluso lo mandé al loco de la Coca Cola, ese que se la pasa tomando y pidiendo Coca Cola todo el tiempo por el lado de Melo y Roca, cerca de la placita de Rauch, que ahora le cambiaron el nombre a Alajarín en memoria de Oscar, héroe y mártir ferroviario muerto por la dictadura militar en los ´70. Y está bien, porque tengo miedo que nos delate y diga que fuimos nosotros los que sacamos el cartel de venta de la casa y lo cambiamos por el de: “Cuidado con el árbol. Peligro de caída

Igual quién le va a creer. Si está más loco que un chivo loco. Quién le va a creer que amenacé a la Isa con contarle a su hijo Jeremías que estaba casada en su país y que una vez vino a buscarla el marido hecho una tromba, y la tuve que defender con mi cuchillo para que no la cagara bien a trompadas y se la llevara de los pelos arrastrándola al Paraguay. Si le pegaba siempre, parece, el muy hijo de puta. Por eso lo debe haber dejado y se vino escapando para Buenos Aires. Que tengo fotos besándolo, paseando con los dos hijos chiquitos del matrimonio por la peatonal de Lanús, y entrando al hotel alojamiento de la avenida, y le saqué las fotos con la cámara que usted me regaló para que la siguiera. ¿Se acuerda, no? Así que por un buen tiempo no va a venir por acá. Ni va a insistir con eso de la venta de la casa.

En cambio la Vicky, su nuera, pobre, está tan mal con esto de la separación, aunque ya pasaron más de tres años, que ni pinta por el barrio y sus hijos tampoco. ¿Y usted tiene ganas de ver a sus nietos, no? De todos modos ellos ya son grandes y se fueron a vivir con sus novias: uno se fue a Cañuelas y el otro a la Capital. En cambio, Jeremías -su hijo me refiero- podría venir, pero es tan pollerudo que hace todo lo que le dice la Isa. Si engualichado parece que lo tuviera.

¡Muñecote!, me baño y me tiró en el sofá un ratito. Cualquier cosa que necesite me avisa. Hacemos así, como todas las noches desde hace casi un año.

-¿Me regaste las madreselvas?

-Sí, Muñe, ya se las regué. Quédese tranquila por eso. Cualquier cosa que necesite me avisa.

III

Pero al León no hubo rugido ni aspecto de calle que lo pudiera defender esta vez, y de anticipar ese encuentro hubiera podido evitar aquella humillación, acaso. Porque un desafío a pelear o un duelo, por lo desparejo, no fue. Cuando de las sombras se le apareció el marido de la Isa con sed de venganza. El tipo se había venido otra vez del Paraguay, o de quién sabe dónde, con un revólver y tres amigos a buscarlo. Se lo llevaron a la rastra primero por Ramón Franco, luego por Beltrán, cruzaron la plaza de Escalada, después la estación de tren, hasta llegar a las vías muertas del ferrocarril por los talleres; cuando lo interceptaron por Marco Avellaneda, y a empujones lo amarraron del cuello hasta la Colonia ferroviaria, que a decir verdad está cada vez más abandonada y sola. ¡Qué pena! Con lo que cuesta dar identidad a un barrio como es Las Colonias, asentado en los años veinte y de apogeo más o menos por los cincuenta, y terminado de venir a menos por la debacle neoliberal de los ´90. Cuando el ferrocarril dejó de ser el mismo. Pero en los ´70 no estaba tan mal. Si el propio Simón (o León, como se hace llamar ahora) se vino de Corrientes para probar suerte en el fútbol en el club Talleres, y hasta llegó a jugar de delantero en la primera división de la segunda categoría del fútbol argentino. Era un nueve aguerrido y picante con gol, un poco petiso para el puesto, pero muy ligero. Y justo cuando su tío materno le consiguió un trabajo de ferroviario en el Roca, lo ficharon como profesional en el club. Y aunque cobrara poco y nada al principio, decidió optar por la pelota, hasta que tuvo la mala suerte que el arquero Hernán Burgos de Temperley le rompiera los ligamentos cruzados de un planchazo. Después de la lesión dejó el fútbol profesional para siempre y se ganó la vida de mozo, de pizzería en pizzería, primero por Gerli y Avellaneda y después por el este de Lanús, pero nunca formó familia Simón. Tuvo alguna que otra novia pero nada más. Y la plata que ganó, el pobre, se la gastó toda en joda y amigos, hasta llegar a este presente transhumante de croto borracho, ayudando más por compañía que por un baño caliente y un techo para dormir, a la buena de Muñecote. Tratando de conservar lo que para algunos nunca murió.

-¡Saltá, pelotudo! Antes de que te pongas a llorar como un viejo borracho que sos. O te meto un cuetazo en el medio de la frente; o mejor en los pies, así no podés caminar más por la calle como tanto te gusta, espiando a todos y a todo por todos lados. ¡Vieja chusma! O estás caliente con la Isa que tanto te la pasás siguiéndola. ¡NdeañaRa’y!

A ver cómo te las arreglás ahora para sacar el cuchillo con los brazos atados, como hiciste la vez pasada en la puerta de esa casa hecha concha donde solía ir la Isa a cuidar a esa señora. Y sacaron el cartel de venta con ese loquito de la Coca Cola. ¡Te pensás que no sé! ¡Al pedo! ¿Quién carajo va a comprar esa casa en el estado en que está? Sólo a la Isa se le puede ocurrir eso. Salvo por el valor del terreno, pero nada más.

¡Manejás bien el cuchillo,che, vos! Se nota a la legua que sos correntino. ¡A tu Corrientes porá! ¡Bailá chamamé, pelotudo, como dicen acá!  O te gusta la pendeja. ¿Te gusta la pendeja? ¡NdeTavypiko!¡O Ndetavyetémavoi! Porque la Isa es mía. Está acá para sacarle la guita a ese viejo de mierda, pero le está llevando demasiado tiempo. ¡Así que se acabó! ¡Nos volvemos para Asunción! Pero antes te hago cagar a vos. ¡Añamengui…! ¡Nde Aña memby! Así aprenden y se le van las ganas de una vez a todos de llamar puta a mi Isa.

A partir de ese día la Isa desapareció de Escalada, ni una carta le dejó al pobre de Jeremías, que se quedó mirando la ventana esperando que volviera un par de días hasta que el tiempo se cansó de llover. ¡Si hasta pensó en llamar a la Vicky para pedirle perdón! Y ya no tenía fuerzas para abrir el taller, ni siquiera mandó al mudo, como le decían a un ayudante que tenía, a cobrar los últimos trabajos que había hecho. Y si seguía así se lo iban a comer los piojos, o mejor dicho los proveedores. Porque hasta los ahorros que acababa de sacar del banco Credicoop se los llevó la Isa, y alguna que otra joya que guardaba de su madre, que conservaba él, por miedo a que alguien pudiera robársela. Y se fue cabizbajo con el caballo cansado a lo de su mamá, Muñecote. Tuvo que forzar la puerta de entrada, cosa que no fue muy difícil, porque a la cerradura la habían cambiado entre el León y el loco de la Coca Cola y mucho de eso no sabían. Además, al juego anterior de llaves tampoco lo encontraba, porque lo había escondido para que Isabel no pudiera ir más a visitar a su madre. ¿Para qué? Si últimamente decía que era una vieja turra, que tenía que morirse sola: de enferma o de hambre. ¡Pero la vieja parecía no morirse nunca! “Si nunca nos apoyó en nuestro amor”, decía la Isa. Si está plagada de prejuicios como esa Mirtha Legrand que mira siempre en la televisión Led o LCD que tiene ahora, esa que vos le compraste, y, nosotros en cambio con un televisor de tubo de 20 pulgadas, Noblex, viejo, todo destartalado. Si le parece mal que un hombre de cincuenta largos se enamore de una chica de veintiséis como yo, que te mostró el calor humano de un beso a escondidas. ¡Si se te paró más conmigo que en toda tu vida! Y las chusmas del barrio se murieron de celos por eso. Si al final este resultó un barrio plagado de familias infelices y chatas de amor –y me vienen a decir puta a mí- que se muere de celos cuando escuchan los gritos de goce de un hombre feliz por las noches. Si para mí que fue ella la que puso el cartel sobre Cafferata y seguro le paga a uno de esos linyeras que merodean la casa, para que cada vez que lo saco lo ponga de nuevo. ¡Te parece que es lindo saber que todo el barrio se burla cuando leen el pasacalle: “Isa, paraguaputa, roba marido”, para que no se olviden de lo que le hicimos a la Vicky!.¿Te parece que es lindo? Por eso me fui.

Así que Jeremías, su único hijo, concebido con tanto amor luego de varios tratamientos, ya de grande, después de tanto tiempo, volvió a entrar solo y temblando a la casa materna, traspirando, con las manos sudadas de olvido y la garganta seca de tragar disgustos, donde lo único que quedaba en flor: eran las madreselvas del jardín de la esquina de Rauch (ahora Alajarín) y Del Valle Iberlucea, regadas por la lluvia del día anterior y por tantos olvidos.

-¡Mamí, Mamá! ¡Mamaaá! ¿Dónde te metiste? ¿Estás bien?

Hasta que la pregunta de nuevo se cayó contra el piso -¡Mamí, Mamá! ¡Mamaaá! ¿Dónde te metiste?- con la espalda a cuestas. Y tuvo que llamar de urgencia a la ambulancia de guardia cuando la encontró sin aire desplomada en el suelo. Si estaba todo cerrado. Si todo hacía suponer que hace días nadie ventilaba la casa. Si al León le quitaron la vida a los golpes y terminó internado en el Evita para ser atendido por algunas fracturas y cuando volvió a la casa, Muñecote ya no estaba y lloraban de pena las madreselvas sin flor. Se habían rajado del todo las tejas del techo, y el árbol gigante, ahora sí, corría inminente peligro de caída. La puerta estaba forzada, debe haber sido el Jeremías que lo vio sacando el cuerpo de la casa; o mejor dicho, se lo contó Coca Cola. Los vidrios de las ventanas estaban rotos a piedrazos por el loco que arrojó de bronca todas las botellas de vidrio a las personas que pasaban por la esquina, incluso las llenas. Al llegar el León, sin aliento, regó las madreselvas y sin cambiar el cartel movieron el árbol con el loco con fuerza hasta que se cayera. Para culparse en el pecho que Muñecote muriera.

IV

-¡Hablee…!

-¡Hola, señora Tita, cómo le va! Usted no me conoce, ¿sabe? A lo mejor oyó hablar de mí, pero nada más. Me llaman el León…, pero mi nombre real es Simón. Me pidió Muñecote encarecidamente que la llamara cuando pasara lo que le tengo que contar.

-Decime… querido por favor: ¿Qué pasó? Hace tiempo que estoy esperando noticias de ella.

-Muñecote murió.

-¿Cómo me decís…?

– Ayer a la noche murió. Y me parece que yo la maté. Sin quererlo, ¡claro!

-¿Coómo me decís…?

-Yo tenía que cuidarla y la dejé sola, ¿sabe? Eso pasó.

Así como se lo cuento.

Me pidió que le dijera que tenía un gran recuerdo suyo, que últimamente se pasaba las noches recordando las historias de los bailes en el Orillas del plata, cuando eran tan jóvenes, las tardes de mate y cremona y galletitas de hojaldre y de charlas con usted. Me pidió que le dijera que no hiciera como ella y que no deje nunca de ver a sus hijas. Que aunque le parezca mentira: es mejor siempre discutir con los hijos que dejar de verlos. Yo de eso mucho no sé porque no tuve la suerte de tener hijos, ¿sabe?

Me pidió encarecidamente que la llamara. Que usted era la única amiga que debía estar preocupada realmente por ella. De las que quedaron del grupo, ¡claro! Porque ya se fueron unas cuantas, me dijo.

-Y sí… claro. ¡Cómo no iba a estar preocupada! Si como te decía: hace rato que no tenía noticias de ella. Si casualmente hablaba anoche con mi hija la mayor de esto.

Y no pegué un ojo en toda la noche pensando. Porque este asunto de la muerte de Muñecote me estaba dando vueltas en la cabeza sobre todo desde ayer. Vos viste cómo somos los viejos, que nos vemos poco y nos llenamos de excusas por eso, y por una cosa u otra no nos llamamos nunca ni nos vemos, pero estas cosas las presentimos. Y yo tenía un mal presentimiento ayer. Se lo dije a Marcela.

¡No llores, querido! Es la vida…, no fue culpa tuya.

-Es que yo tenía que cuidarla, y, ¿sabe?, la dejé sola. Se lo había prometido y esta vez no pude. Iba para su casa cuando me interceptaron por Rosales el marido de la Isa con tres tipos más. Me agarraron por la espalda, ¿sabe?, y empezaron a golpearme de lo lindo. Tanto que todavía me duele. Y cuando saqué el cuchillo como normalmente hago para defenderme y corté a uno, Ramón, el marido de la Isa, se ensañó más conmigo y me puso un revólver en la cabeza, y otro de los que estaba con él me encapuchó con una bolsa de arpillera para que no viera más nada. Y siguieron pegándome.

-¿Qué…?  ¿La Isa tenía marido, entonces? ¡Mirá ahora lo que me vengo a enterar!

-Resultó que estaba casada en el Paraguay. No sabe las cosas que hicimos para evitar que vendieran la casa y que todos creyeran que era peligroso vivir allí. Si hasta pusimos un cartel de: “Cuidado con el árbol. Peligro de caída”. Para que nadie camine la vereda. Ni se acerque demasiado a la vivienda. Pero el marido de la Isa se me apareció de repente cuando iba a visitarla, y me llevó a punta de pistola a un descampado cerca de las vías del tren, y después los otros tres siguieron pegándome. Me quebraron las costillas. A uno le decían el Taku o algo así, y al otro Celso creo, y a ese me parece que fue al que le corte el brazo cuando quiso amarrarme, entonces le sacó de prepo el revólver al Ramón y me disparó en el pie cuando intenté escaparme, hasta que me tropecé y al caer para atrás me golpeé con una piedra en la cabeza y fui a parar al Hospital Evita, y de ahí en más no me acuerdo nada. No me puedo acordar. Me dijeron que me encontró el de seguridad del Coto que siempre me boludeaba por mi facha de croto y borracho, pero esta vez me salvó.

Es por eso que no puede ir a ver a mi leona estos días.

-¿Cómo la llamaste, querido?

-Leona. Así le decía yo. Ella decía que yo era el mejor hombre de todos, y eso me halagaba, porque entendía las cosas. Hablábamos por las noches. Y yo le contaba las novedades del barrio, porque ella ya no salía. Y le gustaba dormirse oyendo mis relatos. Le contaba que donde era el Club de los Italianos ahora pusieron un restaurant. Bastante lindo.

-Pero eso desde que yo vivía por allá.

-Que el de la pollería El Trébol cada vez trae los pollos más chiquitos y para mí que hace trampa con el peso con esa balanza alemana que tiene. Que la pizzería Mi cuñado continúa con el mismo nombre pero cambió de dueños y bajó la calidad de la muzzarella. Que el Bocha de la ferretería Los hijos de López no cambia más, tarda casi 1 hora con cada cliente, se toma su tiempo como dice, es capaz de limar un clavo que le llevás de muestra para hacerlo tornillo, y después te dice: “andá, andá pibe, a mí no me debés nada”. Que el chapista Alex, el que se mudó sobre Rauch para el lado de Lafinur, se dejó el pelo largo de nuevo y ahora sale con una pendeja. Que pusieron un Supermercado Chino nuevo sobre Rosales y tienen una bebita chinita con los pelos parados que si la ves te la comés a besos. Que el Club de los Pescadores ahora vende pizzas y empanadas y hasta hace deliverytambién. Que La Triestina II sigue siendo atendida por Omar, su dueño, o eso te hace creer, y que ya cumplió un año en el barrio, y no aumenta los precios para conservar la clientela. Que Rauch ahora se llama Alajarín, en memoria de Oscar, héroe y mártir ferroviario muerto por la dictadura militar en los ´70 y está bien. Porque tiene más que ver con la identidad del barrio. Si nosotros siempre fuimos una manga de obreros perdedores. Y a la casas estilo inglés que nos construyeron hace años las están haciendo dúplex o edificios de departamentos. Si hasta el club Lanús le roba la plata que le corresponde por ley a Talleres por las regalías del Bingo. Si siempre nos cagan. Si siempre fue así. Y los pibes de ahora se consuelan en la plaza fumando marihuana y escuchando al Indio. Y a la Biblioteca Alberdi y al Club de ajedrez, salvo un par de viejos, nadie quiere ir.

Ella me escuchaba, sabe Tita, entonces era fácil hablar.

-¡No llores, querido!

-Yo no los vi venir a esos tipos, ¿se da cuenta?, entonces ella se murió. Esperando. Por mi culpa. Seguro le llegó el cuento a la pobre que a mí me había pasado algo. Nos necesitábamos el uno al otro, ¿sabe? La dejé sola y ella se murió.

-¡No llores más, querido!

-La entierran hoy en el cementerio de Uriarte, pero yo no voy a ir. No quiero que me vea así, tan débil y temeroso, ¿sabe?  Porque yo para ella era un león.

Disculpe, Tita, al final me la pasé hablándole de mí en vez de contarle de Muñecote, estoy muy mal por esto, ¿sabe?, la tengo que dejar. Pero quería cumplir con el pedido de mi leona. Muñecote para usted, claro.

-Tenés que ser fuerte, Simón, aunque no seas un León a veces. ¡Muchas gracias, querido,  por haberme llamado! ¡No sabés cómo se va a poner Marcela cuando se lo cuente! Seguro va a decir que yo invento las cosas.

“Leones de Escalada (Parte III)” de Juan Botana

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Leones de Escalada (Parte II). Autor: Juan Botana https://juanbotana.com/leones-de-escalada-parte-ii-autor-juan-botana/ Sat, 01 Oct 2022 10:44:59 +0000 https://cartaabierta.com.ar/?p=3122 Interpretado por Susana Rebequi. I A mí me dijeron que no puede ser. Que no debe ser ella. Que tiene que ser otra la persona que pone los carteles en el alambrado de la casa. Esos que dicen: “Cuidado con el árbol. Peligro de caída”. Para que nadie camine la

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Interpretado por Susana Rebequi.

I

A mí me dijeron que no puede ser. Que no debe ser ella. Que tiene que ser otra la persona que pone los carteles en el alambrado de la casa. Esos que dicen: “Cuidado con el árbol. Peligro de caída”. Para que nadie camine la vereda. Ni se acerque demasiado a la vivienda. Ni se atreva a tocar el timbre a ver si todavía está allí (si no anda el timbre). Ni pase por la esquina de Alajarín y Del Valle Iberlucea y la vea. ¡Más con este calor! ¡Qué ganas!

-¡Vos sabés que la tengo que llamar a Martita!

“Porque hay que ser viejo para saber lo que le pasa a un viejo”. Hablar es fácil. Decir que Muñecote está muerta o tendría que estarlo, también. ¡Qué vivos! Por la edad lo dicen. ¡Cómo le gusta a la gente hablar macanas de los otros sin saber, eh!

¿Cómo?

Yo muy bien no me acuerdo, pero algunos hasta le cuentan más de cien. Yo le cuento noventa y nueve. Y por ahí más o menos tiene que tener. No sabés cómo manejaba el frío / calor la última vez que la vi.

¿Cómo?

Ese que le compró el Jeremías.

Yo bien no me acuerdo. Pero si todas sus amigas: la que no está en un geriátrico, está en la flor de última, o ya pasaron a mejor vida las pobres. Que la diálisis, que el cáncer, que no las iban a ver, que las dejaron morir. ¡Qué sé yo!

-Ustedes me llegan a meter en un geriátrico sin mi consentimiento y las mato a las dos. ¡Las corto en pedacitos!

Si yo estoy bien. ¡Bueno…, me duele un poco el ciático! Pero eso me pasa desde que tengo cuarenta años ¿A quién no? Y más si una tuvo hijos. Lo que no puedo mucho es moverme desde la última vez que me caí, cuando me rompí la cadera y después nunca me recuperé del todo. Pero eso fue más por culpa de los médicos que mía.

¡Porque antes a mií no me dolía paara nada la cintura! ¡Y la espalda menos!

¡Bueno…, los días de humedad un poco sí! ¿Pero a quién no? Si tengo la plata guardada para hacerme los dientes y nada, y por h o por b nunca me pueden llevar. Si les llego a pedir qué necesito hacerme una resonancia en la cadera y les digo que me lleven, ponen el grito en el cielo. ¡Mamaá! Nunca querés ir y justo hoy que yo no puedo acompañarte se te ocurre, me dicen. ¿Y cuándo se me va a ocurrir?

¡Ma sí, me hago llevar con un auto y listo! Al final siempre me dicen lo mismo, que me tome un remís. Y yo me lo tomaría. Lo que pasa es que el muchacho de la agencia que conocía no está más y yo ahora con el quilombo que me arman ustedes dos, cada vez que vienen a mi casa, no encuentro por ningún lado la tarjeta que me dejó ese chico.

Siempre lo mismo: que porque les pasó algo a mis nietas, que los maridos o lo que mierda sea, nunca me pueden llevar. Cualquier excusa meten con tal de no hacerme un favor a mí. ¡Pero bien que me cobran la nafta cada vez que vienen! Y me critican cómo como la pizza, si me quedo dormida en la mesa mientras miro la televisión, si ando toda meada, si no me lavé la cabeza o no tomé la pastilla de la presión.

¡Si la presión me la suben ustedes cada vez que vienen!

Si yo estoy bien. Qué tanto. ¡Bueno…, tengo una úlcera en la pierna que no me termina nunca de cerrar! Pero nada más. Si Ofelia me la cura todos los días con soda y bicarbonato.

¡Ahora estoy mejor! Fijate. Mirá. ¿Ves lo que te digo? ¡Mirame cuando te hablo! En vez de mirar todo el día ese celular. ¿Qué es lo que pasa tan importante en ese teléfono de morondanga que no podés escuchar a tu madre una vez que te lo pide?

A decir verdad, estoy un poco encorvada también. ¿Pero quién no está un poco torcida a mi edad? ¿A quién no le duelen las articulaciones a los ochenta y dos años, me querés decir? ¡Las quiero ver a ustedes cómo llegan a mi edad!

¿Cómo?

¿Ochenta y dos, u ochenta y cuatro años tengo yo? Nunca me acuerdo bien. ¿Vos te acordás, Clarita? Si soy del 32 yo, ¿qué edad tengo?

-¡Mamá, soy Marcela! Clarita no vino hoy. ¡Ochenta y tres tenés! ¡Y hace una hora que te estoy escuchando! No te acordás que me tocaba a mí venir los sábados para ayudarte, que arreglamos así. Y cuando vos quieras te llevamos a hacerte los dientes o a verte la cadera. ¡Sos vos la que pone excusas y nunca quiere ir!

-¡Excusas, excusas…! Mirá si me voy a estar acordando qué día viene cada una. Con las cosas que yo tengo en la cabeza. ¿Ochenta y tres tengo? ¡Además vos y tu hermana me vuelven looca! Me la cambian todo el tiempo. Que un día viene una, que otro día la otra. Al final nunca sé cuándo viene ninguna.

¡Ma sí!, estás acá y listo. Si vos siempre querés venir pero nunca querés estar. Si se la pasan mandoneándome todo el día. ¡Vos y tu hermana! Que me quieren lavar la cabeza, que me mandan a bañar, que quieren que me cambie la ropa y que me saque el camisón porque son las doce del mediodía y estoy en veremos… Que ahora encima se les dio por darme de comer a las ocho de la noche porque se tienen que ir volando para su casa. Cuando yo lo único que quiero es que me dejen ver el noticiero tranquila, o a Markic que tanto me gusta.

¡Que me dejen de joder! Eso quiero.

Que me comí todas las galletitas, que me acuerdo que me faltan los remedios justo cuando ustedes se tienen que ir. Y ni que hablar cuando me olvido los pañales. ¡Se ponen como locas! Como si se lo hiciera a propósito. ¡Me olvido! ¡Qué sé yo!

¡Pero si no la escuchan a una cuando habla!

¡Ma sí! Fangulo. Estás acá y listo.

-No ves que siempre querés pelear, mamá.

-¿Quién quiere pelear? ¿Quién quiere pelear…?

No te digo que Muñecote era la más grande del grupo de todas nosotras. Así que la edad que dicen que tiene, tranquilameente la puede tener. Yo también, desde que ustedes me mudaron acá a Lomas nunca más pude pasar por la casa. Si no me llevan. Y decí que de la turca y de la Charo perdí los teléfonos. Si no las llamaba y me sacaba esta duda que tengo que no me deja dormir.

¿Clarita, vos tenés el teléfono de la turca?

-¡Marcela soy, mamá! Mirá si voy a tener el teléfono de la turca, yo.

-¡Bueno! El de la Charo, entonces, o de alguna otra de mis amigas de la calle Rauch.

-La Charo se murió mamá.

-¡En serio me decís! ¿Hace cuánto? Yo no sabía naada. Recieén me acabo de anoticiar. ¡Me desayuno con esto! Al final yo siempre soy la última en enterarme de las cosas. ¡Decí que te pregunté! Si no iba a seguir pensando que estaba viva.

-¡Ay, mamá! Sí que sabías. Te habrás olvidado. Qué sé yo. ¿Ves que tenés ganas de pelear?

-¿Quién tiene ganas de pelear? ¡Vos tenés ganas de pelear hoy!

Si te estaba contando que a Martita no la llamo para preguntarle qué pasó con lo de Muñecote porque está sorda como una tapia la pobre y no te oye bien cuando vos le hablás. ¡Si no la llamaba! Si le preguntás por los nietos y te contesta otra cosa. O lo que es peor, nunca sabe nada y te dice: “Yo no sé, yo no me meto, a mí no me cuentan, vaya una a saber”. ¿Y quién le va a contar? Si no escucha una mierda la pobre y te dice: “Yo no les pregunto porque si no te tildan de metida y no los quiero molestar”. Eso te dice.

¿A vos te parece, Marcela?

En cambio, sí: parece importarle más lo que dicen en la televisión que las cosas que le pasan a su propia hija. Repite como un loro toodo lo que dicen en la tele. Se la pasa todo el día mirando lo que hablan del programa de Tinelli. Y cuando le preguntás, te dice que lo deja prendido pero que no le presta atención. ¡Y claro, si no escucha, la pobre!

Le interesa más lo que opina Mirtha Legrand que lo que puedo contarle yo.

Yo no me acuerdo bien. Pero para mí que Muñecote está viva. Aunque me escucho lo que digo y me hace dudar. Porque era la más grande del grupo de las amigas que tenía que se reunían por las tardes en el Club de los italianos, donde ahora hay un restaurant y supo haber un cine alguna vez.

¿Te acordás, Marcela? Sobre Rosales.

¡Qué años, no! Pero eso fue hace mucho tiempo. Tanto que ya mucho no me acuerdo. Si yo era la más chica de todas. Si cruzábamos Uriarte de Melo a Azara para ir a las reuniones danzantes del Orillas del Plata y el salón era tan chico que había que esperar sentadas en las sillas que había contra la pared hasta que te tocara el turno de bailar. Algunas iban con sus novios o ya maridos. Y las que no, bailábamos entre nosotras. ¿Qué bien que la pasábamos, no?

¿Te acordás, Marcela? Que te vas a acordar, si vos ni habías nacido.

¿Cheé, te estás quedando dormida? Y yo meta a hablar sola.

-¡Noo, mamá! Estoy cansada, pero no me estoy quedando dormida. Hace más de un hora que te estoy escuchando, si estoy hablando con vos, qué otro remedio me queda. Si das vueltas y vueltas con esto de Muñecote.

(Pero eso de los bailes fue hace mucho tiempo)

-Para mí que es Isabel.

-¿Quién?

– Isabel. ¡La que pone los carteles! ¿Cómo? ¿No sabés quién es Isabel?

-Noo, mamá. No sé quién es Isabel.

-¡Isabeel! Si te conté. ¡Para mí que es esa hija de mil putas la que está poniendo los carteles!

-Ya te dije que no sé quién es Isabel.

-¿Qué, no te conté?

Siií….  Isabel, la que le pusieron el pasacalle sobre Escultor Cafferata. Ese que dice: “Isa: paragua puta, roba marido”. La que viene a hacer ahora algo así como la nuera de Muñecote y se las da de señora desde que se le arrimó al hijo. Para sacarle la guita, supongo. Porque por amor no creo que sea. Porque es una chica mucho más joven que él. ¡Fulera, pero joven! Él está gordo y pelado y tiene que haber pasado hace rato los cincuenta.

-¿Y vos cómo sabés si no la viste nunca?

-¡Ahora no la veo! Y cómo la voy a ver si ustedes me trajeron a vivir al centro de Lomas a este departamento de morondanga sin luz que parece una ratonera y me alquilaron mi casa de Lafinur y Rauch. Y encima la plata del alquiler se la quedan casi toda ustedes. ¡Y la de la jubilación yo ni la veo! ¡Así que mejor no me hagas acordar de eso, querés! ¡Cómo me cagaron a mí desde que pusieron el sistema este nuevo de la tarjeta!

Pero esto que te digo me lo contó Chicha, la del perrito, y yo a Chicha le creo. Y a Jeremías no me vas a decir que no lo conozco bien. Mirá que se volvió chitrulo ese tipo con los años, eh. Venir a engancharse con esa trola y dejar de clavo a su mujer de toda la vida. ¡Una mina báarbara! La que le dio dos hermosos hijos, buenos, trabajadores, y le aguantó la vela cuando los dos corrían la coneja con la hiperinflación en los ‘80. ¡Bueno! Como todos. Pero por lo que me contaron ellos la pasaron peor. Si la Vicky tuvo que salir a laburar de cualquier cosa para poder pagar la olla.

Porque le calculo cerca de sesenta al hijo de Muñecote. Si empezaron juntos el taller mecánico de la calle Melo en la época de Alfonsín, y justo ahora cuando empezaba a irle bien la viene a largar.

¿A vos te parece, Marcela?

¡No ves que no termina nunca una de conocer a los maridos! Ta casás con uno feo, bien feo, con cara de boludo y te caga igual. ¡Porque mirá que es feo el Jeremías!

¡Ya te dije! Para mí que es Isabel la que pone los carteles de: “Cuidado con el árbol. Peligro de caída” Si está deseando que el árbol gigante que tiene en el jardín que está cada vez más inclinado, en vez de caerse para el lado de la calle y mate a alguien, se caiga para adentro encima del techo de chapas vencido de la casa y si es posible la mate a la pobre vieja.

¡Si es que ya no la mató ella! Porque andan diciendo eso también.

Porque el rumor que corre es que si Muñecote no está muerta, un día esa casa se le va a caer encima y la va a matar. ¡Si está toda deteriorada!

Porque ya nadie la va a visitar y ni siquiera le dan una mano con los arreglos. ¿Porque cuánto hace que a esa casa no va un gasista, un plomero, un techista, un electricista, algo? Si no viste cómo tiene las paredes, húmedas por el rocío de los años. Si en cualquier momento se le caen encima, como dicen. A pedazos, por la humedad del barrio cada vez que se inunda.

-¿Qué sabés vos mamá? ¿De dónde sacás todas estas cosas?

-¿Saber… saber? Que no voy a saber yo.

¡Bueno…! No sé, pero me lo imagino. No hay que ser muy inteligente. Si no va nadie a ayudarla a la pobre de Muñecote. Al final de qué te sirve haber sido una buena mujer, si te cagan igual y te dejan tirada como un trapo de piso. Y hasta están esperando que te mueras para venderte la casa.

Yo si atendiera el teléfono la llamaría. Pero para mí que le cortaron la línea de la compañía por falta de pago. O algún mal intencionado pasó y le cortó el teléfono, o le robaron el cable. ¡Qué sé yo! Si la casa parece abandonada, y yo te estoy hablando ya de hace un par de años. Antes andaba con un celular que le regaló la Vicky. Que mucho no sabía usarlo. ¡Pero ahora mismo no sé!

-Ay, mamá. Eso fue hace mucho tiempo.

-¡No te digo que no sé! Que fue hace mucho tiempo. Mucho tiempo, no. Tres o cuatro años a lo sumo.

-¿Cuánto hace que vos no hablás con Vicky, mamá?

-¿Y cómo voy a hablar yo? Si desde que se separó se mudó a Guernica a lo de la mamá y no tengo el teléfono. Y no supe más nada de ella. Y no te dije que de la turca y de la Charo también perdí los números.

-¡Mamá, Charo se murió!

-Cierto que me dijiste eso. ¡Pobre Charo! ¿Por qué no me conseguís su teléfono? En lugar de sacarme de mentira a verdad y tratarme como si fuera una mentirosa.

-No te digo que se murió.

-¿De qué se murió, sabés?

-No, no sé, mamá.

-Bueno, el de la turca al menos. ¡Alguno!

-¿No ves que querés pelear?

-¡Yo no quiero pelear! Pero tampoco quiero que me tomen de chitrula. Todo tiene un límite. ¡El tema es así como yo te lo cuento!

Para mí, Isabel, la paraguaya, la metió a Muñecote en un geriátrico de mala muerte en Lanús para quedarse con la casa y el boludo del hijo se quedó de brazos cruzados y no hizo nada de nada y bien que se cayó la boca ese sinvergüenza. Si a mí me contaron que hasta tenía un cartel de venta y todo,la casa, y que alguien de buenas a primeras lo sacó. Si lo tiene agarrado de las pelotas. ¡Loco de amor que le dicen! ¿O de quién sabe qué cosa? Porque estas paraguayas tienen fama de ser bastante rapiditas, por decirlo de alguna manera -al sexo, digo- y se hacen las modositas: “¿Qué necesitas? Que mi maridito de acá. Que mi maridito de allá. ¿Qué quieres que te haga, mi amor?”.

¡Ma qué maridito ni maridito! Si está arrimada, la turra esta. Si no es la mujer legal. Si la vieras cuando se cruza con el Jeremías para el lado de Banfield y se pasea por los locales pitucos nuevos que pusieron sobre la calle Alvear gastando la plata que le saca a él. O el boludo se la da. Eso no sé bien.

-¿Y vos como sabés? Si no vas hace años por allá.

-¡No te digo que no sé bien! A mí me lo contó la reflexóloga que se puso un local de zapatos por ahí y le va muy bien, parece. Por eso te lo digo.

-¿Quién?

-Alicia, la reflexóloga. Con la que íbamos con la alemana a las clases de yoga. ¡Al final vos resulta que no conocés a nadie!

-¡Pero eso fue hace mil años, mamá!

-Tantos años no.

¡Es así como yo te lo cuento! Esto de Muñecote es un misterio. Le tendría que decir a Chicha que se dé una vuelta por allá para revelarlo de una vez por todas y terminar con este asunto. ¡Porque hablar con vos del tema es como hablarle a la pared! O no te interesa, o está visto que no lo entendés. Si ella anda por todos lados. ¡Le digo que se vaya con el perrito y listo!

-Mamá, andá a dormir y dejate de joder. ¡Me hacés ese favor! Mañana la seguimos.

-Ahora resulta que soy yo la que jodo, pero bien que de Muñecote no sabés un pito a la vela y está a las claras que entendés menos.

-¡Me dormí, mamá! Estoy dormida. Ya no te escucho. Me dormí.

-¿Y quién quiere que me escuches? Yo lo que quiero saber es qué pasó con Muñecote. Si en realidad es ella, Sí o No, la que pone los carteles.

II

-Leona, ¿cómo se siente hoy? Le traje las galletitas de hojaldre del Día que tanto le gustan. Monferrato no hay más, ahora se llama Tres Torres, espero que le guste. Y unos bifecitos tiernitos de lomo de Morrone compré también con la plata que me dio. Tuve que ir al frigorífico porque al Coto nuevo que pusieron frente a la plaza de Escalada no me dejaron entrar.

El rati que está en la puerta se ortibó y discutimos un poco y casi que nos vamos a las piñas. Y eso que me conocía de la estación cuando jorobaba a la gente diciendo: “Al mundo lo inventó el león, después… nacieron todos muertos” A lo mejor de ahí me agarró bronca, se ve que no le gustaba que hiciera eso. Pero eso fue hace un tiempo y ya no hago más ese tipo de boludeces ayudándome con el culo de botella de una gaseosa para que retumbe el mensaje en los oídos cansados de los que bajan del tren. Me dijo que afeaba el lugar, que yo era un ciruja, que estaba barbudo, pelilargo y sucio y que tenía olor a vino. Mucho olor, y a vino. ¡Y usted vio cómo es esto del vino: uno empieza porque no puede dormir por las noches y después sigue!

Así que me parece que si no se ofende, hoy le voy a usar un poco el baño. Limpio todo después. Lo dejo como lo encontré. No se preocupe por eso.

-Usá, León, usá. Pero no me llames más Leona, Muñecote decime, como me llaman todos.

-Ya sé, Leona, pero si yo soy el León para la gente, usted es una Leona.

Si hace un par de noches le festejé los cien años y todavía la sigue peleando. Y yo con todas las que pasé en mi vida y en la calle, con mis sesenta y dos años estoy hecho un León. Si así me siguen llamando cuando voy por las tardes a la parada del 51 a Pavón, al lado del quiosco de diarios, en frente del Vea y del tipo que se puso con un cajoncito a lustrar los zapatos. ¡Los arregla también, creo! Y cuando noto que la fila del colectivo se pone larga, bien larga, les grito al oído mi rugido de rabia de león contenida y entonces los asusto para que sientan el mismo miedo a la vida que sentimos nosotros. Y cuando me miran con mala cara les digo: “Al mundo lo inventó el león, después… nacieron todos muertos”, y no sabe cómo se ponen pensando que estoy loco. Y después para aflojar un poco la cosa exclamo con vehemencia: “Qué Tinelli, ni Tinelli. Al mundo lo inventó el león”.

Si soy un León, el León de Escalada, sabe.

-¡Ya sé León…! Pero te dije que no me gusta que hagas eso. Que te la pases asustando a la gente sin motivos.

-Bueno… mi Leona. ¡Perdón, Muñecote, digo!

Por eso le hice caso, y ahora a la mañana ya no lo hago más y en cambio pido limosna en la Iglesia de Rosales y a la hora de la siesta me quedo merodeando la zona para no despertar sospechas. Si incluso lo mandé al loco de la Coca Cola, ese que se la pasa tomando y pidiendo Coca Cola todo el tiempo por el lado de Melo y Roca, cerca de la placita de Rauch, que ahora le cambiaron el nombre a Alajarín en memoria de Oscar, héroe y mártir ferroviario muerto por la dictadura militar en los ´70. Y está bien, porque tengo miedo que nos delate y diga que fuimos nosotros los que sacamos el cartel de venta de la casa y lo cambiamos por el de: “Cuidado con el árbol. Peligro de caída

Igual quién le va a creer. Si está más loco que un chivo loco. Quién le va a creer que amenacé a la Isa con contarle a su hijo Jeremías que estaba casada en su país y que una vez vino a buscarla el marido hecho una tromba, y la tuve que defender con mi cuchillo para que no la cagara bien a trompadas y se la llevara de los pelos arrastrándola al Paraguay. Si le pegaba siempre, parece, el muy hijo de puta. Por eso lo debe haber dejado y se vino escapando para Buenos Aires. Que tengo fotos besándolo, paseando con los dos hijos chiquitos del matrimonio por la peatonal de Lanús, y entrando al hotel alojamiento de la avenida, y le saqué las fotos con la cámara que usted me regaló para que la siguiera. ¿Se acuerda, no? Así que por un buen tiempo no va a venir por acá. Ni va a insistir con eso de la venta de la casa.

En cambio la Vicky, su nuera, pobre, está tan mal con esto de la separación, aunque ya pasaron más de tres años, que ni pinta por el barrio y sus hijos tampoco. ¿Y usted tiene ganas de ver a sus nietos, no? De todos modos ellos ya son grandes y se fueron a vivir con sus novias: uno se fue a Cañuelas y el otro a la Capital. En cambio, Jeremías -su hijo me refiero- podría venir, pero es tan pollerudo que hace todo lo que le dice la Isa. Si engualichado parece que lo tuviera.

¡Muñecote!, me baño y me tiró en el sofá un ratito. Cualquier cosa que necesite me avisa. Hacemos así, como todas las noches desde hace casi un año.

-¿Me regaste las madreselvas?

-Sí, Muñe, ya se las regué. Quédese tranquila por eso. Cualquier cosa que necesite me avisa.

III

Pero al León no hubo rugido ni aspecto de calle que lo pudiera defender esta vez, y de anticipar ese encuentro hubiera podido evitar aquella humillación, acaso. Porque un desafío a pelear o un duelo, por lo desparejo, no fue. Cuando de las sombras se le apareció el marido de la Isa con sed de venganza. El tipo se había venido otra vez del Paraguay, o de quién sabe dónde, con un revólver y tres amigos a buscarlo. Se lo llevaron a la rastra primero por Ramón Franco, luego por Beltrán, cruzaron la plaza de Escalada, después la estación de tren, hasta llegar a las vías muertas del ferrocarril por los talleres; cuando lo interceptaron por Marco Avellaneda, y a empujones lo amarraron del cuello hasta la Colonia ferroviaria, que a decir verdad está cada vez más abandonada y sola. ¡Qué pena! Con lo que cuesta dar identidad a un barrio como es Las Colonias, asentado en los años veinte y de apogeo más o menos por los cincuenta, y terminado de venir a menos por la debacle neoliberal de los ´90. Cuando el ferrocarril dejó de ser el mismo. Pero en los ´70 no estaba tan mal. Si el propio Simón (o León, como se hace llamar ahora) se vino de Corrientes para probar suerte en el fútbol en el club Talleres, y hasta llegó a jugar de delantero en la primera división de la segunda categoría del fútbol argentino. Era un nueve aguerrido y picante con gol, un poco petiso para el puesto, pero muy ligero. Y justo cuando su tío materno le consiguió un trabajo de ferroviario en el Roca, lo ficharon como profesional en el club. Y aunque cobrara poco y nada al principio, decidió optar por la pelota, hasta que tuvo la mala suerte que el arquero Hernán Burgos de Temperley le rompiera los ligamentos cruzados de un planchazo. Después de la lesión dejó el fútbol profesional para siempre y se ganó la vida de mozo, de pizzería en pizzería, primero por Gerli y Avellaneda y después por el este de Lanús, pero nunca formó familia Simón. Tuvo alguna que otra novia pero nada más. Y la plata que ganó, el pobre, se la gastó toda en joda y amigos, hasta llegar a este presente transhumante de croto borracho, ayudando más por compañía que por un baño caliente y un techo para dormir, a la buena de Muñecote. Tratando de conservar lo que para algunos nunca murió.

-¡Saltá, pelotudo! Antes de que te pongas a llorar como un viejo borracho que sos. O te meto un cuetazo en el medio de la frente; o mejor en los pies, así no podés caminar más por la calle como tanto te gusta, espiando a todos y a todo por todos lados. ¡Vieja chusma! O estás caliente con la Isa que tanto te la pasás siguiéndola. ¡NdeañaRa’y!

A ver cómo te las arreglás ahora para sacar el cuchillo con los brazos atados, como hiciste la vez pasada en la puerta de esa casa hecha concha donde solía ir la Isa a cuidar a esa señora. Y sacaron el cartel de venta con ese loquito de la Coca Cola. ¡Te pensás que no sé! ¡Al pedo! ¿Quién carajo va a comprar esa casa en el estado en que está? Sólo a la Isa se le puede ocurrir eso. Salvo por el valor del terreno, pero nada más.

¡Manejás bien el cuchillo,che, vos! Se nota a la legua que sos correntino. ¡A tu Corrientes porá! ¡Bailá chamamé, pelotudo, como dicen acá!  O te gusta la pendeja. ¿Te gusta la pendeja? ¡NdeTavypiko!¡O Ndetavyetémavoi! Porque la Isa es mía. Está acá para sacarle la guita a ese viejo de mierda, pero le está llevando demasiado tiempo. ¡Así que se acabó! ¡Nos volvemos para Asunción! Pero antes te hago cagar a vos. ¡Añamengui…! ¡Nde Aña memby! Así aprenden y se le van las ganas de una vez a todos de llamar puta a mi Isa.

A partir de ese día la Isa desapareció de Escalada, ni una carta le dejó al pobre de Jeremías, que se quedó mirando la ventana esperando que volviera un par de días hasta que el tiempo se cansó de llover. ¡Si hasta pensó en llamar a la Vicky para pedirle perdón! Y ya no tenía fuerzas para abrir el taller, ni siquiera mandó al mudo, como le decían a un ayudante que tenía, a cobrar los últimos trabajos que había hecho. Y si seguía así se lo iban a comer los piojos, o mejor dicho los proveedores. Porque hasta los ahorros que acababa de sacar del banco Credicoop se los llevó la Isa, y alguna que otra joya que guardaba de su madre, que conservaba él, por miedo a que alguien pudiera robársela. Y se fue cabizbajo con el caballo cansado a lo de su mamá, Muñecote. Tuvo que forzar la puerta de entrada, cosa que no fue muy difícil, porque a la cerradura la habían cambiado entre el León y el loco de la Coca Cola y mucho de eso no sabían. Además, al juego anterior de llaves tampoco lo encontraba, porque lo había escondido para que Isabel no pudiera ir más a visitar a su madre. ¿Para qué? Si últimamente decía que era una vieja turra, que tenía que morirse sola: de enferma o de hambre. ¡Pero la vieja parecía no morirse nunca! “Si nunca nos apoyó en nuestro amor”, decía la Isa. Si está plagada de prejuicios como esa Mirtha Legrand que mira siempre en la televisión Led o LCD que tiene ahora, esa que vos le compraste, y, nosotros en cambio con un televisor de tubo de 20 pulgadas, Noblex, viejo, todo destartalado. Si le parece mal que un hombre de cincuenta largos se enamore de una chica de veintiséis como yo, que te mostró el calor humano de un beso a escondidas. ¡Si se te paró más conmigo que en toda tu vida! Y las chusmas del barrio se murieron de celos por eso. Si al final este resultó un barrio plagado de familias infelices y chatas de amor –y me vienen a decir puta a mí- que se muere de celos cuando escuchan los gritos de goce de un hombre feliz por las noches. Si para mí que fue ella la que puso el cartel sobre Cafferata y seguro le paga a uno de esos linyeras que merodean la casa, para que cada vez que lo saco lo ponga de nuevo. ¡Te parece que es lindo saber que todo el barrio se burla cuando leen el pasacalle: “Isa, paraguaputa, roba marido”, para que no se olviden de lo que le hicimos a la Vicky!.¿Te parece que es lindo? Por eso me fui.

Así que Jeremías, su único hijo, concebido con tanto amor luego de varios tratamientos, ya de grande, después de tanto tiempo, volvió a entrar solo y temblando a la casa materna, traspirando, con las manos sudadas de olvido y la garganta seca de tragar disgustos, donde lo único que quedaba en flor: eran las madreselvas del jardín de la esquina de Rauch (ahora Alajarín) y Del Valle Iberlucea, regadas por la lluvia del día anterior y por tantos olvidos.

-¡Mamí, Mamá! ¡Mamaaá! ¿Dónde te metiste? ¿Estás bien?

Hasta que la pregunta de nuevo se cayó contra el piso -¡Mamí, Mamá! ¡Mamaaá! ¿Dónde te metiste?- con la espalda a cuestas. Y tuvo que llamar de urgencia a la ambulancia de guardia cuando la encontró sin aire desplomada en el suelo. Si estaba todo cerrado. Si todo hacía suponer que hace días nadie ventilaba la casa. Si al León le quitaron la vida a los golpes y terminó internado en el Evita para ser atendido por algunas fracturas y cuando volvió a la casa, Muñecote ya no estaba y lloraban de pena las madreselvas sin flor. Se habían rajado del todo las tejas del techo, y el árbol gigante, ahora sí, corría inminente peligro de caída. La puerta estaba forzada, debe haber sido el Jeremías que lo vio sacando el cuerpo de la casa; o mejor dicho, se lo contó Coca Cola. Los vidrios de las ventanas estaban rotos a piedrazos por el loco que arrojó de bronca todas las botellas de vidrio a las personas que pasaban por la esquina, incluso las llenas. Al llegar el León, sin aliento, regó las madreselvas y sin cambiar el cartel movieron el árbol con el loco con fuerza hasta que se cayera. Para culparse en el pecho que Muñecote muriera.

IV

-¡Hablee…!

-¡Hola, señora Tita, cómo le va! Usted no me conoce, ¿sabe? A lo mejor oyó hablar de mí, pero nada más. Me llaman el León…, pero mi nombre real es Simón. Me pidió Muñecote encarecidamente que la llamara cuando pasara lo que le tengo que contar.

-Decime… querido por favor: ¿Qué pasó? Hace tiempo que estoy esperando noticias de ella.

-Muñecote murió.

-¿Cómo me decís…?

– Ayer a la noche murió. Y me parece que yo la maté. Sin quererlo, ¡claro!

-¿Coómo me decís…?

-Yo tenía que cuidarla y la dejé sola, ¿sabe? Eso pasó.

Así como se lo cuento.

Me pidió que le dijera que tenía un gran recuerdo suyo, que últimamente se pasaba las noches recordando las historias de los bailes en el Orillas del plata, cuando eran tan jóvenes, las tardes de mate y cremona y galletitas de hojaldre y de charlas con usted. Me pidió que le dijera que no hiciera como ella y que no deje nunca de ver a sus hijas. Que aunque le parezca mentira: es mejor siempre discutir con los hijos que dejar de verlos. Yo de eso mucho no sé porque no tuve la suerte de tener hijos, ¿sabe?

Me pidió encarecidamente que la llamara. Que usted era la única amiga que debía estar preocupada realmente por ella. De las que quedaron del grupo, ¡claro! Porque ya se fueron unas cuantas, me dijo.

-Y sí… claro. ¡Cómo no iba a estar preocupada! Si como te decía: hace rato que no tenía noticias de ella. Si casualmente hablaba anoche con mi hija la mayor de esto.

Y no pegué un ojo en toda la noche pensando. Porque este asunto de la muerte de Muñecote me estaba dando vueltas en la cabeza sobre todo desde ayer. Vos viste cómo somos los viejos, que nos vemos poco y nos llenamos de excusas por eso, y por una cosa u otra no nos llamamos nunca ni nos vemos, pero estas cosas las presentimos. Y yo tenía un mal presentimiento ayer. Se lo dije a Marcela.

¡No llores, querido! Es la vida…, no fue culpa tuya.

-Es que yo tenía que cuidarla, y, ¿sabe?, la dejé sola. Se lo había prometido y esta vez no pude. Iba para su casa cuando me interceptaron por Rosales el marido de la Isa con tres tipos más. Me agarraron por la espalda, ¿sabe?, y empezaron a golpearme de lo lindo. Tanto que todavía me duele. Y cuando saqué el cuchillo como normalmente hago para defenderme y corté a uno, Ramón, el marido de la Isa, se ensañó más conmigo y me puso un revólver en la cabeza, y otro de los que estaba con él me encapuchó con una bolsa de arpillera para que no viera más nada. Y siguieron pegándome.

-¿Qué…?  ¿La Isa tenía marido, entonces? ¡Mirá ahora lo que me vengo a enterar!

-Resultó que estaba casada en el Paraguay. No sabe las cosas que hicimos para evitar que vendieran la casa y que todos creyeran que era peligroso vivir allí. Si hasta pusimos un cartel de: “Cuidado con el árbol. Peligro de caída”. Para que nadie camine la vereda. Ni se acerque demasiado a la vivienda. Pero el marido de la Isa se me apareció de repente cuando iba a visitarla, y me llevó a punta de pistola a un descampado cerca de las vías del tren, y después los otros tres siguieron pegándome. Me quebraron las costillas. A uno le decían el Taku o algo así, y al otro Celso creo, y a ese me parece que fue al que le corte el brazo cuando quiso amarrarme, entonces le sacó de prepo el revólver al Ramón y me disparó en el pie cuando intenté escaparme, hasta que me tropecé y al caer para atrás me golpeé con una piedra en la cabeza y fui a parar al Hospital Evita, y de ahí en más no me acuerdo nada. No me puedo acordar. Me dijeron que me encontró el de seguridad del Coto que siempre me boludeaba por mi facha de croto y borracho, pero esta vez me salvó.

Es por eso que no puede ir a ver a mi leona estos días.

-¿Cómo la llamaste, querido?

-Leona. Así le decía yo. Ella decía que yo era el mejor hombre de todos, y eso me halagaba, porque entendía las cosas. Hablábamos por las noches. Y yo le contaba las novedades del barrio, porque ella ya no salía. Y le gustaba dormirse oyendo mis relatos. Le contaba que donde era el Club de los Italianos ahora pusieron un restaurant. Bastante lindo.

-Pero eso desde que yo vivía por allá.

-Que el de la pollería El Trébol cada vez trae los pollos más chiquitos y para mí que hace trampa con el peso con esa balanza alemana que tiene. Que la pizzería Mi cuñado continúa con el mismo nombre pero cambió de dueños y bajó la calidad de la muzzarella. Que el Bocha de la ferretería Los hijos de López no cambia más, tarda casi 1 hora con cada cliente, se toma su tiempo como dice, es capaz de limar un clavo que le llevás de muestra para hacerlo tornillo, y después te dice: “andá, andá pibe, a mí no me debés nada”. Que el chapista Alex, el que se mudó sobre Rauch para el lado de Lafinur, se dejó el pelo largo de nuevo y ahora sale con una pendeja. Que pusieron un Supermercado Chino nuevo sobre Rosales y tienen una bebita chinita con los pelos parados que si la ves te la comés a besos. Que el Club de los Pescadores ahora vende pizzas y empanadas y hasta hace deliverytambién. Que La Triestina II sigue siendo atendida por Omar, su dueño, o eso te hace creer, y que ya cumplió un año en el barrio, y no aumenta los precios para conservar la clientela. Que Rauch ahora se llama Alajarín, en memoria de Oscar, héroe y mártir ferroviario muerto por la dictadura militar en los ´70 y está bien. Porque tiene más que ver con la identidad del barrio. Si nosotros siempre fuimos una manga de obreros perdedores. Y a la casas estilo inglés que nos construyeron hace años las están haciendo dúplex o edificios de departamentos. Si hasta el club Lanús le roba la plata que le corresponde por ley a Talleres por las regalías del Bingo. Si siempre nos cagan. Si siempre fue así. Y los pibes de ahora se consuelan en la plaza fumando marihuana y escuchando al Indio. Y a la Biblioteca Alberdi y al Club de ajedrez, salvo un par de viejos, nadie quiere ir.

Ella me escuchaba, sabe Tita, entonces era fácil hablar.

-¡No llores, querido!

-Yo no los vi venir a esos tipos, ¿se da cuenta?, entonces ella se murió. Esperando. Por mi culpa. Seguro le llegó el cuento a la pobre que a mí me había pasado algo. Nos necesitábamos el uno al otro, ¿sabe? La dejé sola y ella se murió.

-¡No llores más, querido!

-La entierran hoy en el cementerio de Uriarte, pero yo no voy a ir. No quiero que me vea así, tan débil y temeroso, ¿sabe?  Porque yo para ella era un león.

Disculpe, Tita, al final me la pasé hablándole de mí en vez de contarle de Muñecote, estoy muy mal por esto, ¿sabe?, la tengo que dejar. Pero quería cumplir con el pedido de mi leona. Muñecote para usted, claro.

-Tenés que ser fuerte, Simón, aunque no seas un León a veces. ¡Muchas gracias, querido,  por haberme llamado! ¡No sabés cómo se va a poner Marcela cuando se lo cuente! Seguro va a decir que yo invento las cosas.

“Leones de Escalada (Parte II” de Juan Botana

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Leones de Escalada (Parte I). Autor: Juan Botana https://juanbotana.com/leones-de-escalada-parte-i-autor-juan-botana/ Sat, 01 Oct 2022 10:26:13 +0000 https://cartaabierta.com.ar/?p=3116 Interpretado por Susana Rebequi. I A mí me dijeron que no puede ser. Que no debe ser ella. Que tiene que ser otra la persona que pone los carteles en el alambrado de la casa. Esos que dicen: “Cuidado con el árbol. Peligro de caída”. Para que nadie camine la

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Interpretado por Susana Rebequi.

I

A mí me dijeron que no puede ser. Que no debe ser ella. Que tiene que ser otra la persona que pone los carteles en el alambrado de la casa. Esos que dicen: “Cuidado con el árbol. Peligro de caída”. Para que nadie camine la vereda. Ni se acerque demasiado a la vivienda. Ni se atreva a tocar el timbre a ver si todavía está allí (si no anda el timbre). Ni pase por la esquina de Alajarín y Del Valle Iberlucea y la vea. ¡Más con este calor! ¡Qué ganas!

-¡Vos sabés que la tengo que llamar a Martita!

“Porque hay que ser viejo para saber lo que le pasa a un viejo”. Hablar es fácil. Decir que Muñecote está muerta o tendría que estarlo, también. ¡Qué vivos! Por la edad lo dicen. ¡Cómo le gusta a la gente hablar macanas de los otros sin saber, eh!

¿Cómo?

Yo muy bien no me acuerdo, pero algunos hasta le cuentan más de cien. Yo le cuento noventa y nueve. Y por ahí más o menos tiene que tener. No sabés cómo manejaba el frío / calor la última vez que la vi.

¿Cómo?

Ese que le compró el Jeremías.

Yo bien no me acuerdo. Pero si todas sus amigas: la que no está en un geriátrico, está en la flor de última, o ya pasaron a mejor vida las pobres. Que la diálisis, que el cáncer, que no las iban a ver, que las dejaron morir. ¡Qué sé yo!

-Ustedes me llegan a meter en un geriátrico sin mi consentimiento y las mato a las dos. ¡Las corto en pedacitos!

Si yo estoy bien. ¡Bueno…, me duele un poco el ciático! Pero eso me pasa desde que tengo cuarenta años ¿A quién no? Y más si una tuvo hijos. Lo que no puedo mucho es moverme desde la última vez que me caí, cuando me rompí la cadera y después nunca me recuperé del todo. Pero eso fue más por culpa de los médicos que mía.

¡Porque antes a mií no me dolía paara nada la cintura! ¡Y la espalda menos!

¡Bueno…, los días de humedad un poco sí! ¿Pero a quién no? Si tengo la plata guardada para hacerme los dientes y nada, y por h o por b nunca me pueden llevar. Si les llego a pedir qué necesito hacerme una resonancia en la cadera y les digo que me lleven, ponen el grito en el cielo. ¡Mamaá! Nunca querés ir y justo hoy que yo no puedo acompañarte se te ocurre, me dicen. ¿Y cuándo se me va a ocurrir?

¡Ma sí, me hago llevar con un auto y listo! Al final siempre me dicen lo mismo, que me tome un remís. Y yo me lo tomaría. Lo que pasa es que el muchacho de la agencia que conocía no está más y yo ahora con el quilombo que me arman ustedes dos, cada vez que vienen a mi casa, no encuentro por ningún lado la tarjeta que me dejó ese chico.

Siempre lo mismo: que porque les pasó algo a mis nietas, que los maridos o lo que mierda sea, nunca me pueden llevar. Cualquier excusa meten con tal de no hacerme un favor a mí. ¡Pero bien que me cobran la nafta cada vez que vienen! Y me critican cómo como la pizza, si me quedo dormida en la mesa mientras miro la televisión, si ando toda meada, si no me lavé la cabeza o no tomé la pastilla de la presión.

¡Si la presión me la suben ustedes cada vez que vienen!

Si yo estoy bien. Qué tanto. ¡Bueno…, tengo una úlcera en la pierna que no me termina nunca de cerrar! Pero nada más. Si Ofelia me la cura todos los días con soda y bicarbonato.

¡Ahora estoy mejor! Fijate. Mirá. ¿Ves lo que te digo? ¡Mirame cuando te hablo! En vez de mirar todo el día ese celular. ¿Qué es lo que pasa tan importante en ese teléfono de morondanga que no podés escuchar a tu madre una vez que te lo pide?

A decir verdad, estoy un poco encorvada también. ¿Pero quién no está un poco torcida a mi edad? ¿A quién no le duelen las articulaciones a los ochenta y dos años, me querés decir? ¡Las quiero ver a ustedes cómo llegan a mi edad!

¿Cómo?

¿Ochenta y dos, u ochenta y cuatro años tengo yo? Nunca me acuerdo bien. ¿Vos te acordás, Clarita? Si soy del 32 yo, ¿qué edad tengo?

-¡Mamá, soy Marcela! Clarita no vino hoy. ¡Ochenta y tres tenés! ¡Y hace una hora que te estoy escuchando! No te acordás que me tocaba a mí venir los sábados para ayudarte, que arreglamos así. Y cuando vos quieras te llevamos a hacerte los dientes o a verte la cadera. ¡Sos vos la que pone excusas y nunca quiere ir!

-¡Excusas, excusas…! Mirá si me voy a estar acordando qué día viene cada una. Con las cosas que yo tengo en la cabeza. ¿Ochenta y tres tengo? ¡Además vos y tu hermana me vuelven looca! Me la cambian todo el tiempo. Que un día viene una, que otro día la otra. Al final nunca sé cuándo viene ninguna.

¡Ma sí!, estás acá y listo. Si vos siempre querés venir pero nunca querés estar. Si se la pasan mandoneándome todo el día. ¡Vos y tu hermana! Que me quieren lavar la cabeza, que me mandan a bañar, que quieren que me cambie la ropa y que me saque el camisón porque son las doce del mediodía y estoy en veremos… Que ahora encima se les dio por darme de comer a las ocho de la noche porque se tienen que ir volando para su casa. Cuando yo lo único que quiero es que me dejen ver el noticiero tranquila, o a Markic que tanto me gusta.

¡Que me dejen de joder! Eso quiero.

Que me comí todas las galletitas, que me acuerdo que me faltan los remedios justo cuando ustedes se tienen que ir. Y ni que hablar cuando me olvido los pañales. ¡Se ponen como locas! Como si se lo hiciera a propósito. ¡Me olvido! ¡Qué sé yo!

¡Pero si no la escuchan a una cuando habla!

¡Ma sí! Fangulo. Estás acá y listo.

-No ves que siempre querés pelear, mamá.

-¿Quién quiere pelear? ¿Quién quiere pelear…?

No te digo que Muñecote era la más grande del grupo de todas nosotras. Así que la edad que dicen que tiene, tranquilameente la puede tener. Yo también, desde que ustedes me mudaron acá a Lomas nunca más pude pasar por la casa. Si no me llevan. Y decí que de la turca y de la Charo perdí los teléfonos. Si no las llamaba y me sacaba esta duda que tengo que no me deja dormir.

¿Clarita, vos tenés el teléfono de la turca?

-¡Marcela soy, mamá! Mirá si voy a tener el teléfono de la turca, yo.

-¡Bueno! El de la Charo, entonces, o de alguna otra de mis amigas de la calle Rauch.

-La Charo se murió mamá.

-¡En serio me decís! ¿Hace cuánto? Yo no sabía naada. Recieén me acabo de anoticiar. ¡Me desayuno con esto! Al final yo siempre soy la última en enterarme de las cosas. ¡Decí que te pregunté! Si no iba a seguir pensando que estaba viva.

-¡Ay, mamá! Sí que sabías. Te habrás olvidado. Qué sé yo. ¿Ves que tenés ganas de pelear?

-¿Quién tiene ganas de pelear? ¡Vos tenés ganas de pelear hoy!

Si te estaba contando que a Martita no la llamo para preguntarle qué pasó con lo de Muñecote porque está sorda como una tapia la pobre y no te oye bien cuando vos le hablás. ¡Si no la llamaba! Si le preguntás por los nietos y te contesta otra cosa. O lo que es peor, nunca sabe nada y te dice: “Yo no sé, yo no me meto, a mí no me cuentan, vaya una a saber”. ¿Y quién le va a contar? Si no escucha una mierda la pobre y te dice: “Yo no les pregunto porque si no te tildan de metida y no los quiero molestar”. Eso te dice.

¿A vos te parece, Marcela?

En cambio, sí: parece importarle más lo que dicen en la televisión que las cosas que le pasan a su propia hija. Repite como un loro toodo lo que dicen en la tele. Se la pasa todo el día mirando lo que hablan del programa de Tinelli. Y cuando le preguntás, te dice que lo deja prendido pero que no le presta atención. ¡Y claro, si no escucha, la pobre!

Le interesa más lo que opina Mirtha Legrand que lo que puedo contarle yo.

Yo no me acuerdo bien. Pero para mí que Muñecote está viva. Aunque me escucho lo que digo y me hace dudar. Porque era la más grande del grupo de las amigas que tenía que se reunían por las tardes en el Club de los italianos, donde ahora hay un restaurant y supo haber un cine alguna vez.

¿Te acordás, Marcela? Sobre Rosales.

¡Qué años, no! Pero eso fue hace mucho tiempo. Tanto que ya mucho no me acuerdo. Si yo era la más chica de todas. Si cruzábamos Uriarte de Melo a Azara para ir a las reuniones danzantes del Orillas del Plata y el salón era tan chico que había que esperar sentadas en las sillas que había contra la pared hasta que te tocara el turno de bailar. Algunas iban con sus novios o ya maridos. Y las que no, bailábamos entre nosotras. ¿Qué bien que la pasábamos, no?

¿Te acordás, Marcela? Que te vas a acordar, si vos ni habías nacido.

¿Cheé, te estás quedando dormida? Y yo meta a hablar sola.

-¡Noo, mamá! Estoy cansada, pero no me estoy quedando dormida. Hace más de un hora que te estoy escuchando, si estoy hablando con vos, qué otro remedio me queda. Si das vueltas y vueltas con esto de Muñecote.

(Pero eso de los bailes fue hace mucho tiempo)

-Para mí que es Isabel.

-¿Quién?

– Isabel. ¡La que pone los carteles! ¿Cómo? ¿No sabés quién es Isabel?

-Noo, mamá. No sé quién es Isabel.

-¡Isabeel! Si te conté. ¡Para mí que es esa hija de mil putas la que está poniendo los carteles!

-Ya te dije que no sé quién es Isabel.

-¿Qué, no te conté?

Siií….  Isabel, la que le pusieron el pasacalle sobre Escultor Cafferata. Ese que dice: “Isa: paragua puta, roba marido”. La que viene a hacer ahora algo así como la nuera de Muñecote y se las da de señora desde que se le arrimó al hijo. Para sacarle la guita, supongo. Porque por amor no creo que sea. Porque es una chica mucho más joven que él. ¡Fulera, pero joven! Él está gordo y pelado y tiene que haber pasado hace rato los cincuenta.

-¿Y vos cómo sabés si no la viste nunca?

-¡Ahora no la veo! Y cómo la voy a ver si ustedes me trajeron a vivir al centro de Lomas a este departamento de morondanga sin luz que parece una ratonera y me alquilaron mi casa de Lafinur y Rauch. Y encima la plata del alquiler se la quedan casi toda ustedes. ¡Y la de la jubilación yo ni la veo! ¡Así que mejor no me hagas acordar de eso, querés! ¡Cómo me cagaron a mí desde que pusieron el sistema este nuevo de la tarjeta!

Pero esto que te digo me lo contó Chicha, la del perrito, y yo a Chicha le creo. Y a Jeremías no me vas a decir que no lo conozco bien. Mirá que se volvió chitrulo ese tipo con los años, eh. Venir a engancharse con esa trola y dejar de clavo a su mujer de toda la vida. ¡Una mina báarbara! La que le dio dos hermosos hijos, buenos, trabajadores, y le aguantó la vela cuando los dos corrían la coneja con la hiperinflación en los ‘80. ¡Bueno! Como todos. Pero por lo que me contaron ellos la pasaron peor. Si la Vicky tuvo que salir a laburar de cualquier cosa para poder pagar la olla.

Porque le calculo cerca de sesenta al hijo de Muñecote. Si empezaron juntos el taller mecánico de la calle Melo en la época de Alfonsín, y justo ahora cuando empezaba a irle bien la viene a largar.

¿A vos te parece, Marcela?

¡No ves que no termina nunca una de conocer a los maridos! Ta casás con uno feo, bien feo, con cara de boludo y te caga igual. ¡Porque mirá que es feo el Jeremías!

¡Ya te dije! Para mí que es Isabel la que pone los carteles de: “Cuidado con el árbol. Peligro de caída” Si está deseando que el árbol gigante que tiene en el jardín que está cada vez más inclinado, en vez de caerse para el lado de la calle y mate a alguien, se caiga para adentro encima del techo de chapas vencido de la casa y si es posible la mate a la pobre vieja.

¡Si es que ya no la mató ella! Porque andan diciendo eso también.

Porque el rumor que corre es que si Muñecote no está muerta, un día esa casa se le va a caer encima y la va a matar. ¡Si está toda deteriorada!

Porque ya nadie la va a visitar y ni siquiera le dan una mano con los arreglos. ¿Porque cuánto hace que a esa casa no va un gasista, un plomero, un techista, un electricista, algo? Si no viste cómo tiene las paredes, húmedas por el rocío de los años. Si en cualquier momento se le caen encima, como dicen. A pedazos, por la humedad del barrio cada vez que se inunda.

-¿Qué sabés vos mamá? ¿De dónde sacás todas estas cosas?

-¿Saber… saber? Que no voy a saber yo.

¡Bueno…! No sé, pero me lo imagino. No hay que ser muy inteligente. Si no va nadie a ayudarla a la pobre de Muñecote. Al final de qué te sirve haber sido una buena mujer, si te cagan igual y te dejan tirada como un trapo de piso. Y hasta están esperando que te mueras para venderte la casa.

Yo si atendiera el teléfono la llamaría. Pero para mí que le cortaron la línea de la compañía por falta de pago. O algún mal intencionado pasó y le cortó el teléfono, o le robaron el cable. ¡Qué sé yo! Si la casa parece abandonada, y yo te estoy hablando ya de hace un par de años. Antes andaba con un celular que le regaló la Vicky. Que mucho no sabía usarlo. ¡Pero ahora mismo no sé!

-Ay, mamá. Eso fue hace mucho tiempo.

-¡No te digo que no sé! Que fue hace mucho tiempo. Mucho tiempo, no. Tres o cuatro años a lo sumo.

-¿Cuánto hace que vos no hablás con Vicky, mamá?

-¿Y cómo voy a hablar yo? Si desde que se separó se mudó a Guernica a lo de la mamá y no tengo el teléfono. Y no supe más nada de ella. Y no te dije que de la turca y de la Charo también perdí los números.

-¡Mamá, Charo se murió!

-Cierto que me dijiste eso. ¡Pobre Charo! ¿Por qué no me conseguís su teléfono? En lugar de sacarme de mentira a verdad y tratarme como si fuera una mentirosa.

-No te digo que se murió.

-¿De qué se murió, sabés?

-No, no sé, mamá.

-Bueno, el de la turca al menos. ¡Alguno!

-¿No ves que querés pelear?

-¡Yo no quiero pelear! Pero tampoco quiero que me tomen de chitrula. Todo tiene un límite. ¡El tema es así como yo te lo cuento!

Para mí, Isabel, la paraguaya, la metió a Muñecote en un geriátrico de mala muerte en Lanús para quedarse con la casa y el boludo del hijo se quedó de brazos cruzados y no hizo nada de nada y bien que se cayó la boca ese sinvergüenza. Si a mí me contaron que hasta tenía un cartel de venta y todo,la casa, y que alguien de buenas a primeras lo sacó. Si lo tiene agarrado de las pelotas. ¡Loco de amor que le dicen! ¿O de quién sabe qué cosa? Porque estas paraguayas tienen fama de ser bastante rapiditas, por decirlo de alguna manera -al sexo, digo- y se hacen las modositas: “¿Qué necesitas? Que mi maridito de acá. Que mi maridito de allá. ¿Qué quieres que te haga, mi amor?”.

¡Ma qué maridito ni maridito! Si está arrimada, la turra esta. Si no es la mujer legal. Si la vieras cuando se cruza con el Jeremías para el lado de Banfield y se pasea por los locales pitucos nuevos que pusieron sobre la calle Alvear gastando la plata que le saca a él. O el boludo se la da. Eso no sé bien.

-¿Y vos como sabés? Si no vas hace años por allá.

-¡No te digo que no sé bien! A mí me lo contó la reflexóloga que se puso un local de zapatos por ahí y le va muy bien, parece. Por eso te lo digo.

-¿Quién?

-Alicia, la reflexóloga. Con la que íbamos con la alemana a las clases de yoga. ¡Al final vos resulta que no conocés a nadie!

-¡Pero eso fue hace mil años, mamá!

-Tantos años no.

¡Es así como yo te lo cuento! Esto de Muñecote es un misterio. Le tendría que decir a Chicha que se dé una vuelta por allá para revelarlo de una vez por todas y terminar con este asunto. ¡Porque hablar con vos del tema es como hablarle a la pared! O no te interesa, o está visto que no lo entendés. Si ella anda por todos lados. ¡Le digo que se vaya con el perrito y listo!

-Mamá, andá a dormir y dejate de joder. ¡Me hacés ese favor! Mañana la seguimos.

-Ahora resulta que soy yo la que jodo, pero bien que de Muñecote no sabés un pito a la vela y está a las claras que entendés menos.

-¡Me dormí, mamá! Estoy dormida. Ya no te escucho. Me dormí.

-¿Y quién quiere que me escuches? Yo lo que quiero saber es qué pasó con Muñecote. Si en realidad es ella, Sí o No, la que pone los carteles.

II

-Leona, ¿cómo se siente hoy? Le traje las galletitas de hojaldre del Día que tanto le gustan. Monferrato no hay más, ahora se llama Tres Torres, espero que le guste. Y unos bifecitos tiernitos de lomo de Morrone compré también con la plata que me dio. Tuve que ir al frigorífico porque al Coto nuevo que pusieron frente a la plaza de Escalada no me dejaron entrar.

El rati que está en la puerta se ortibó y discutimos un poco y casi que nos vamos a las piñas. Y eso que me conocía de la estación cuando jorobaba a la gente diciendo: “Al mundo lo inventó el león, después… nacieron todos muertos” A lo mejor de ahí me agarró bronca, se ve que no le gustaba que hiciera eso. Pero eso fue hace un tiempo y ya no hago más ese tipo de boludeces ayudándome con el culo de botella de una gaseosa para que retumbe el mensaje en los oídos cansados de los que bajan del tren. Me dijo que afeaba el lugar, que yo era un ciruja, que estaba barbudo, pelilargo y sucio y que tenía olor a vino. Mucho olor, y a vino. ¡Y usted vio cómo es esto del vino: uno empieza porque no puede dormir por las noches y después sigue!

Así que me parece que si no se ofende, hoy le voy a usar un poco el baño. Limpio todo después. Lo dejo como lo encontré. No se preocupe por eso.

-Usá, León, usá. Pero no me llames más Leona, Muñecote decime, como me llaman todos.

-Ya sé, Leona, pero si yo soy el León para la gente, usted es una Leona.

Si hace un par de noches le festejé los cien años y todavía la sigue peleando. Y yo con todas las que pasé en mi vida y en la calle, con mis sesenta y dos años estoy hecho un León. Si así me siguen llamando cuando voy por las tardes a la parada del 51 a Pavón, al lado del quiosco de diarios, en frente del Vea y del tipo que se puso con un cajoncito a lustrar los zapatos. ¡Los arregla también, creo! Y cuando noto que la fila del colectivo se pone larga, bien larga, les grito al oído mi rugido de rabia de león contenida y entonces los asusto para que sientan el mismo miedo a la vida que sentimos nosotros. Y cuando me miran con mala cara les digo: “Al mundo lo inventó el león, después… nacieron todos muertos”, y no sabe cómo se ponen pensando que estoy loco. Y después para aflojar un poco la cosa exclamo con vehemencia: “Qué Tinelli, ni Tinelli. Al mundo lo inventó el león”.

Si soy un León, el León de Escalada, sabe.

-¡Ya sé León…! Pero te dije que no me gusta que hagas eso. Que te la pases asustando a la gente sin motivos.

-Bueno… mi Leona. ¡Perdón, Muñecote, digo!

Por eso le hice caso, y ahora a la mañana ya no lo hago más y en cambio pido limosna en la Iglesia de Rosales y a la hora de la siesta me quedo merodeando la zona para no despertar sospechas. Si incluso lo mandé al loco de la Coca Cola, ese que se la pasa tomando y pidiendo Coca Cola todo el tiempo por el lado de Melo y Roca, cerca de la placita de Rauch, que ahora le cambiaron el nombre a Alajarín en memoria de Oscar, héroe y mártir ferroviario muerto por la dictadura militar en los ´70. Y está bien, porque tengo miedo que nos delate y diga que fuimos nosotros los que sacamos el cartel de venta de la casa y lo cambiamos por el de: “Cuidado con el árbol. Peligro de caída

Igual quién le va a creer. Si está más loco que un chivo loco. Quién le va a creer que amenacé a la Isa con contarle a su hijo Jeremías que estaba casada en su país y que una vez vino a buscarla el marido hecho una tromba, y la tuve que defender con mi cuchillo para que no la cagara bien a trompadas y se la llevara de los pelos arrastrándola al Paraguay. Si le pegaba siempre, parece, el muy hijo de puta. Por eso lo debe haber dejado y se vino escapando para Buenos Aires. Que tengo fotos besándolo, paseando con los dos hijos chiquitos del matrimonio por la peatonal de Lanús, y entrando al hotel alojamiento de la avenida, y le saqué las fotos con la cámara que usted me regaló para que la siguiera. ¿Se acuerda, no? Así que por un buen tiempo no va a venir por acá. Ni va a insistir con eso de la venta de la casa.

En cambio la Vicky, su nuera, pobre, está tan mal con esto de la separación, aunque ya pasaron más de tres años, que ni pinta por el barrio y sus hijos tampoco. ¿Y usted tiene ganas de ver a sus nietos, no? De todos modos ellos ya son grandes y se fueron a vivir con sus novias: uno se fue a Cañuelas y el otro a la Capital. En cambio, Jeremías -su hijo me refiero- podría venir, pero es tan pollerudo que hace todo lo que le dice la Isa. Si engualichado parece que lo tuviera.

¡Muñecote!, me baño y me tiró en el sofá un ratito. Cualquier cosa que necesite me avisa. Hacemos así, como todas las noches desde hace casi un año.

-¿Me regaste las madreselvas?

-Sí, Muñe, ya se las regué. Quédese tranquila por eso. Cualquier cosa que necesite me avisa.

III

Pero al León no hubo rugido ni aspecto de calle que lo pudiera defender esta vez, y de anticipar ese encuentro hubiera podido evitar aquella humillación, acaso. Porque un desafío a pelear o un duelo, por lo desparejo, no fue. Cuando de las sombras se le apareció el marido de la Isa con sed de venganza. El tipo se había venido otra vez del Paraguay, o de quién sabe dónde, con un revólver y tres amigos a buscarlo. Se lo llevaron a la rastra primero por Ramón Franco, luego por Beltrán, cruzaron la plaza de Escalada, después la estación de tren, hasta llegar a las vías muertas del ferrocarril por los talleres; cuando lo interceptaron por Marco Avellaneda, y a empujones lo amarraron del cuello hasta la Colonia ferroviaria, que a decir verdad está cada vez más abandonada y sola. ¡Qué pena! Con lo que cuesta dar identidad a un barrio como es Las Colonias, asentado en los años veinte y de apogeo más o menos por los cincuenta, y terminado de venir a menos por la debacle neoliberal de los ´90. Cuando el ferrocarril dejó de ser el mismo. Pero en los ´70 no estaba tan mal. Si el propio Simón (o León, como se hace llamar ahora) se vino de Corrientes para probar suerte en el fútbol en el club Talleres, y hasta llegó a jugar de delantero en la primera división de la segunda categoría del fútbol argentino. Era un nueve aguerrido y picante con gol, un poco petiso para el puesto, pero muy ligero. Y justo cuando su tío materno le consiguió un trabajo de ferroviario en el Roca, lo ficharon como profesional en el club. Y aunque cobrara poco y nada al principio, decidió optar por la pelota, hasta que tuvo la mala suerte que el arquero Hernán Burgos de Temperley le rompiera los ligamentos cruzados de un planchazo. Después de la lesión dejó el fútbol profesional para siempre y se ganó la vida de mozo, de pizzería en pizzería, primero por Gerli y Avellaneda y después por el este de Lanús, pero nunca formó familia Simón. Tuvo alguna que otra novia pero nada más. Y la plata que ganó, el pobre, se la gastó toda en joda y amigos, hasta llegar a este presente transhumante de croto borracho, ayudando más por compañía que por un baño caliente y un techo para dormir, a la buena de Muñecote. Tratando de conservar lo que para algunos nunca murió.

-¡Saltá, pelotudo! Antes de que te pongas a llorar como un viejo borracho que sos. O te meto un cuetazo en el medio de la frente; o mejor en los pies, así no podés caminar más por la calle como tanto te gusta, espiando a todos y a todo por todos lados. ¡Vieja chusma! O estás caliente con la Isa que tanto te la pasás siguiéndola. ¡NdeañaRa’y!

A ver cómo te las arreglás ahora para sacar el cuchillo con los brazos atados, como hiciste la vez pasada en la puerta de esa casa hecha concha donde solía ir la Isa a cuidar a esa señora. Y sacaron el cartel de venta con ese loquito de la Coca Cola. ¡Te pensás que no sé! ¡Al pedo! ¿Quién carajo va a comprar esa casa en el estado en que está? Sólo a la Isa se le puede ocurrir eso. Salvo por el valor del terreno, pero nada más.

¡Manejás bien el cuchillo,che, vos! Se nota a la legua que sos correntino. ¡A tu Corrientes porá! ¡Bailá chamamé, pelotudo, como dicen acá!  O te gusta la pendeja. ¿Te gusta la pendeja? ¡NdeTavypiko!¡O Ndetavyetémavoi! Porque la Isa es mía. Está acá para sacarle la guita a ese viejo de mierda, pero le está llevando demasiado tiempo. ¡Así que se acabó! ¡Nos volvemos para Asunción! Pero antes te hago cagar a vos. ¡Añamengui…! ¡Nde Aña memby! Así aprenden y se le van las ganas de una vez a todos de llamar puta a mi Isa.

A partir de ese día la Isa desapareció de Escalada, ni una carta le dejó al pobre de Jeremías, que se quedó mirando la ventana esperando que volviera un par de días hasta que el tiempo se cansó de llover. ¡Si hasta pensó en llamar a la Vicky para pedirle perdón! Y ya no tenía fuerzas para abrir el taller, ni siquiera mandó al mudo, como le decían a un ayudante que tenía, a cobrar los últimos trabajos que había hecho. Y si seguía así se lo iban a comer los piojos, o mejor dicho los proveedores. Porque hasta los ahorros que acababa de sacar del banco Credicoop se los llevó la Isa, y alguna que otra joya que guardaba de su madre, que conservaba él, por miedo a que alguien pudiera robársela. Y se fue cabizbajo con el caballo cansado a lo de su mamá, Muñecote. Tuvo que forzar la puerta de entrada, cosa que no fue muy difícil, porque a la cerradura la habían cambiado entre el León y el loco de la Coca Cola y mucho de eso no sabían. Además, al juego anterior de llaves tampoco lo encontraba, porque lo había escondido para que Isabel no pudiera ir más a visitar a su madre. ¿Para qué? Si últimamente decía que era una vieja turra, que tenía que morirse sola: de enferma o de hambre. ¡Pero la vieja parecía no morirse nunca! “Si nunca nos apoyó en nuestro amor”, decía la Isa. Si está plagada de prejuicios como esa Mirtha Legrand que mira siempre en la televisión Led o LCD que tiene ahora, esa que vos le compraste, y, nosotros en cambio con un televisor de tubo de 20 pulgadas, Noblex, viejo, todo destartalado. Si le parece mal que un hombre de cincuenta largos se enamore de una chica de veintiséis como yo, que te mostró el calor humano de un beso a escondidas. ¡Si se te paró más conmigo que en toda tu vida! Y las chusmas del barrio se murieron de celos por eso. Si al final este resultó un barrio plagado de familias infelices y chatas de amor –y me vienen a decir puta a mí- que se muere de celos cuando escuchan los gritos de goce de un hombre feliz por las noches. Si para mí que fue ella la que puso el cartel sobre Cafferata y seguro le paga a uno de esos linyeras que merodean la casa, para que cada vez que lo saco lo ponga de nuevo. ¡Te parece que es lindo saber que todo el barrio se burla cuando leen el pasacalle: “Isa, paraguaputa, roba marido”, para que no se olviden de lo que le hicimos a la Vicky!.¿Te parece que es lindo? Por eso me fui.

Así que Jeremías, su único hijo, concebido con tanto amor luego de varios tratamientos, ya de grande, después de tanto tiempo, volvió a entrar solo y temblando a la casa materna, traspirando, con las manos sudadas de olvido y la garganta seca de tragar disgustos, donde lo único que quedaba en flor: eran las madreselvas del jardín de la esquina de Rauch (ahora Alajarín) y Del Valle Iberlucea, regadas por la lluvia del día anterior y por tantos olvidos.

-¡Mamí, Mamá! ¡Mamaaá! ¿Dónde te metiste? ¿Estás bien?

Hasta que la pregunta de nuevo se cayó contra el piso -¡Mamí, Mamá! ¡Mamaaá! ¿Dónde te metiste?- con la espalda a cuestas. Y tuvo que llamar de urgencia a la ambulancia de guardia cuando la encontró sin aire desplomada en el suelo. Si estaba todo cerrado. Si todo hacía suponer que hace días nadie ventilaba la casa. Si al León le quitaron la vida a los golpes y terminó internado en el Evita para ser atendido por algunas fracturas y cuando volvió a la casa, Muñecote ya no estaba y lloraban de pena las madreselvas sin flor. Se habían rajado del todo las tejas del techo, y el árbol gigante, ahora sí, corría inminente peligro de caída. La puerta estaba forzada, debe haber sido el Jeremías que lo vio sacando el cuerpo de la casa; o mejor dicho, se lo contó Coca Cola. Los vidrios de las ventanas estaban rotos a piedrazos por el loco que arrojó de bronca todas las botellas de vidrio a las personas que pasaban por la esquina, incluso las llenas. Al llegar el León, sin aliento, regó las madreselvas y sin cambiar el cartel movieron el árbol con el loco con fuerza hasta que se cayera. Para culparse en el pecho que Muñecote muriera.

IV

-¡Hablee…!

-¡Hola, señora Tita, cómo le va! Usted no me conoce, ¿sabe? A lo mejor oyó hablar de mí, pero nada más. Me llaman el León…, pero mi nombre real es Simón. Me pidió Muñecote encarecidamente que la llamara cuando pasara lo que le tengo que contar.

-Decime… querido por favor: ¿Qué pasó? Hace tiempo que estoy esperando noticias de ella.

-Muñecote murió.

-¿Cómo me decís…?

– Ayer a la noche murió. Y me parece que yo la maté. Sin quererlo, ¡claro!

-¿Coómo me decís…?

-Yo tenía que cuidarla y la dejé sola, ¿sabe? Eso pasó.

Así como se lo cuento.

Me pidió que le dijera que tenía un gran recuerdo suyo, que últimamente se pasaba las noches recordando las historias de los bailes en el Orillas del plata, cuando eran tan jóvenes, las tardes de mate y cremona y galletitas de hojaldre y de charlas con usted. Me pidió que le dijera que no hiciera como ella y que no deje nunca de ver a sus hijas. Que aunque le parezca mentira: es mejor siempre discutir con los hijos que dejar de verlos. Yo de eso mucho no sé porque no tuve la suerte de tener hijos, ¿sabe?

Me pidió encarecidamente que la llamara. Que usted era la única amiga que debía estar preocupada realmente por ella. De las que quedaron del grupo, ¡claro! Porque ya se fueron unas cuantas, me dijo.

-Y sí… claro. ¡Cómo no iba a estar preocupada! Si como te decía: hace rato que no tenía noticias de ella. Si casualmente hablaba anoche con mi hija la mayor de esto.

Y no pegué un ojo en toda la noche pensando. Porque este asunto de la muerte de Muñecote me estaba dando vueltas en la cabeza sobre todo desde ayer. Vos viste cómo somos los viejos, que nos vemos poco y nos llenamos de excusas por eso, y por una cosa u otra no nos llamamos nunca ni nos vemos, pero estas cosas las presentimos. Y yo tenía un mal presentimiento ayer. Se lo dije a Marcela.

¡No llores, querido! Es la vida…, no fue culpa tuya.

-Es que yo tenía que cuidarla, y, ¿sabe?, la dejé sola. Se lo había prometido y esta vez no pude. Iba para su casa cuando me interceptaron por Rosales el marido de la Isa con tres tipos más. Me agarraron por la espalda, ¿sabe?, y empezaron a golpearme de lo lindo. Tanto que todavía me duele. Y cuando saqué el cuchillo como normalmente hago para defenderme y corté a uno, Ramón, el marido de la Isa, se ensañó más conmigo y me puso un revólver en la cabeza, y otro de los que estaba con él me encapuchó con una bolsa de arpillera para que no viera más nada. Y siguieron pegándome.

-¿Qué…?  ¿La Isa tenía marido, entonces? ¡Mirá ahora lo que me vengo a enterar!

-Resultó que estaba casada en el Paraguay. No sabe las cosas que hicimos para evitar que vendieran la casa y que todos creyeran que era peligroso vivir allí. Si hasta pusimos un cartel de: “Cuidado con el árbol. Peligro de caída”. Para que nadie camine la vereda. Ni se acerque demasiado a la vivienda. Pero el marido de la Isa se me apareció de repente cuando iba a visitarla, y me llevó a punta de pistola a un descampado cerca de las vías del tren, y después los otros tres siguieron pegándome. Me quebraron las costillas. A uno le decían el Taku o algo así, y al otro Celso creo, y a ese me parece que fue al que le corte el brazo cuando quiso amarrarme, entonces le sacó de prepo el revólver al Ramón y me disparó en el pie cuando intenté escaparme, hasta que me tropecé y al caer para atrás me golpeé con una piedra en la cabeza y fui a parar al Hospital Evita, y de ahí en más no me acuerdo nada. No me puedo acordar. Me dijeron que me encontró el de seguridad del Coto que siempre me boludeaba por mi facha de croto y borracho, pero esta vez me salvó.

Es por eso que no puede ir a ver a mi leona estos días.

-¿Cómo la llamaste, querido?

-Leona. Así le decía yo. Ella decía que yo era el mejor hombre de todos, y eso me halagaba, porque entendía las cosas. Hablábamos por las noches. Y yo le contaba las novedades del barrio, porque ella ya no salía. Y le gustaba dormirse oyendo mis relatos. Le contaba que donde era el Club de los Italianos ahora pusieron un restaurant. Bastante lindo.

-Pero eso desde que yo vivía por allá.

-Que el de la pollería El Trébol cada vez trae los pollos más chiquitos y para mí que hace trampa con el peso con esa balanza alemana que tiene. Que la pizzería Mi cuñado continúa con el mismo nombre pero cambió de dueños y bajó la calidad de la muzzarella. Que el Bocha de la ferretería Los hijos de López no cambia más, tarda casi 1 hora con cada cliente, se toma su tiempo como dice, es capaz de limar un clavo que le llevás de muestra para hacerlo tornillo, y después te dice: “andá, andá pibe, a mí no me debés nada”. Que el chapista Alex, el que se mudó sobre Rauch para el lado de Lafinur, se dejó el pelo largo de nuevo y ahora sale con una pendeja. Que pusieron un Supermercado Chino nuevo sobre Rosales y tienen una bebita chinita con los pelos parados que si la ves te la comés a besos. Que el Club de los Pescadores ahora vende pizzas y empanadas y hasta hace deliverytambién. Que La Triestina II sigue siendo atendida por Omar, su dueño, o eso te hace creer, y que ya cumplió un año en el barrio, y no aumenta los precios para conservar la clientela. Que Rauch ahora se llama Alajarín, en memoria de Oscar, héroe y mártir ferroviario muerto por la dictadura militar en los ´70 y está bien. Porque tiene más que ver con la identidad del barrio. Si nosotros siempre fuimos una manga de obreros perdedores. Y a la casas estilo inglés que nos construyeron hace años las están haciendo dúplex o edificios de departamentos. Si hasta el club Lanús le roba la plata que le corresponde por ley a Talleres por las regalías del Bingo. Si siempre nos cagan. Si siempre fue así. Y los pibes de ahora se consuelan en la plaza fumando marihuana y escuchando al Indio. Y a la Biblioteca Alberdi y al Club de ajedrez, salvo un par de viejos, nadie quiere ir.

Ella me escuchaba, sabe Tita, entonces era fácil hablar.

-¡No llores, querido!

-Yo no los vi venir a esos tipos, ¿se da cuenta?, entonces ella se murió. Esperando. Por mi culpa. Seguro le llegó el cuento a la pobre que a mí me había pasado algo. Nos necesitábamos el uno al otro, ¿sabe? La dejé sola y ella se murió.

-¡No llores más, querido!

-La entierran hoy en el cementerio de Uriarte, pero yo no voy a ir. No quiero que me vea así, tan débil y temeroso, ¿sabe?  Porque yo para ella era un león.

Disculpe, Tita, al final me la pasé hablándole de mí en vez de contarle de Muñecote, estoy muy mal por esto, ¿sabe?, la tengo que dejar. Pero quería cumplir con el pedido de mi leona. Muñecote para usted, claro.

-Tenés que ser fuerte, Simón, aunque no seas un León a veces. ¡Muchas gracias, querido,  por haberme llamado! ¡No sabés cómo se va a poner Marcela cuando se lo cuente! Seguro va a decir que yo invento las cosas.

“Leones de Escalada (Parte I)” de Juan Botana

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