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]]>Roma, ciudad de un mundo tenaz. Cómodo brindando por la sangre de su gente, el coliseo brincando mientras el pan y circo destrozaba las arcas del Imperio. Enemigo del rico no por sus bondades, si no más bien por la autoridad divina. Uno de muchos Reyes indignos con títulos de César, se disponía a gobernar la tierra bendecida por su fuerza. Marco Aurelio caminaba por la oscura tierra del futuro de quiénes no piensan en el terrible destino de sus hijos. Con indiferencia descendía al infierno antes de poder escapar de su prisión corpórea, viendo el futuro de su legado. Los ojos lujuriosos de Cómodo, acostado en su palacio, rodeado del placer banal. Dejando con hambre al Imperio por su propia sed de avaricia. No deseaba conquistar el mundo, sino mantener el equilibrio de su momento mediante la gloria del hedonismo. Podía ver como el vino consumió a su protegido hasta no poder ver la traición en los ojos del liberto estrangulandolo. Escuchaba las trompetas coreando el fin del Imperio real, de la Roma conocida en favor de la evolución de sus Reyes. La dominación del momento por su propia filosofía es imposible. Marco Aurelio en su lecho se retorcía de dolor por su peste, presintiendo su futuro sin poder más que expiar la pesadumbre del pecado involuntario. Se ahogaba como su hijo, en las propias lágrimas de la impotencia. En la traición por amor propio, la necedad propia.
La profecía rezaba el fin de los tiempos como el fin del Reino, cuando lo divino tomara su lugar hipócritamente. Divisaba la crisis, el caos en un siglo donde la estabilidad no existiría por el ego de las legiones. Marchando sobre su sangre, matando a quien obstinadamente podría intentar combatir contra los jinetes del apocalipsis. Roma ardería hasta sus cenizas, muriendo en su verdad, en el momento del ardiente y avaricioso futuro. Recordó ese rostro, quién aceptaría la religión que dictaba su final. Incapaz de contener la efervescencia del futuro vendía sus ideas por la gloria. Escuchaba los pasos, insaciables, de las hordas preparando sus columnas para el ataque. Sufría viendo derramar más sangre, Roma era el peor enemigo de su propio futuro. Cada vez más fuerte escuchaba los gritos de las legiones enfrentadas. Inmersas en el pan y circo de la violencia, en sus manos el destino del futuro. Oía, estaba inmerso en el sacrificio para el perdón de los pecados cometidos por su clero. La oscuridad nublaba su visión. De repente caminaba sin rumbo por una calle desolada, casi sin poder ver; la derrota de su propio ser reflejado en tantos otros.
La oscuridad en la calle suspirando, escuchando a tantas almas a su alrededor. En una empinada calle, decreciendo hasta la muerte, la última revelación del tiempo antes de terminar con un héroe. Veía el pasado, esa subida falsa, donde el pudo ser un Rey disfrazado de Emperador. La República caída en desgracia como un teatro para el emperador. Un senado interesado en sus bolsillos, pensado en un César para poder lograr sus victorias. Cada suspiro, la necesidad de un corazón en el momento, lejos de una victoria real. Tal vez el alma es cíclica como tantos han referido antes. Algunos suspiros escondían la verdad tras las máscaras del individuo. César tomó el poder para su tiranía. Ese ciclo plantó su propio fracaso, abrazaban ese momento de crisis. Marco Aurelio suspiraba pensando en ese fin de la historia. Donde el hombre pone punto final a su existencia terrenal para trascender a la esencial. La leyenda siendo una reflexión, expiando sus verdades con el tiempo. Esos murmullos esperando la muerte de César, conspirando, clavando puñales en sus espalda tanto tiempo antes de su muerte. Suspirando aliviados luego de restablecer sus intereses. Para ser impunes, en un mundo donde solo vale el ahora. El juicio era en todo momento pensó, Marco Aurelio suspiró, su paz era la certeza de la bondad en su accionar.
Empezaba a desprenderse de su armadura. Entender, revelar el final. Dejaba el cuerpo para ser solamente la profunda y bella alma. Manchada por su propia esencia. Marco Aurelio estaba ante su última batalla, desnudar la verdad ante la profecía del final. De cierta forma el recuerdo funciona distorsionado su realidad. Se perdía en una calle repleta de suspiros, en un silencio de la verdad, ciego del fuego enfrente suyo. No encontraba iluminación más que la llegada de los ejércitos de más allá del muro. Nada podía contener el destino manifiesto en su propio ciclo, la omisión del propio final en favor del germen asesino. La barbarie interna dando pie al caos, a sus manías siendo heredadas por el futuro. Era consciente de estar yéndose, la irrealidad del mensaje, del todo. Marco Aurelio ascendía viendo las cruces dominando su Imperio. Ver tantos Reinos bajo un nuevo emperador en Roma, mirando desde arriba con su hipocresía al mundo. Un digno sucesor sobreviviendo al final. Sus ojos podían ver la luz de la verdad, contrapuesta a las mentiras de hombres. Dioses, de cruces como martirio eterno del final de la historia. Escuchaba cada suspiro final de tantas personas como él, enemigos de su propio legado.
Marco Aurelio intentó amar eternamente el conocimiento. En su asunción tenía el terror del niño al ver lo novedoso. Conocer todo, amar, ver el mundo es entender su pasado, presente y futuro. Escuchaba las trompetas llegando al oriente, los ciclos empiezan y terminar. Todo termina en el gran caos del apocalipis, la revelación eterna. Se encontraba desnudo ante esa verdad, los ciclos del conocimiento siendo ciclos del futuro. Una infinita torre donde suben, bajan el propio tiempo con sus legiones. Veía a tantos Cesares, tantos hombres como él en sus oscilaciones. La traición al propio Titán dentro de él, olvidarse de que la guerra no va más allá de un recurso para el placer de los grandes hombres. Un juego violento, en donde el conocimiento cae en favor del hombre más fuerte en lo terrenal. Se daba cuenta de su pérdida por su fuerza, en intentar domar al conocimiento. Suspiraba, mientras veía la propia luz ascendiendo. Su martirio y retribución eran la revelación inefable.
Completaba la ascensión, dejaba su cuerpo, la hermosa y gallarda armadura plateada quedaba vacía. El Imperio caía con toda su fuerza, la espada se llenaba de la sangre hermana. Marco Aurelio se liberaba de la necesidad terrenal. Se había convertido en profeta del silencio, ante su castigo. La tienda no podía contener la peste matando al Imperio. Destrozando todo a su paso con el fuego de la ambición. La historia se impulsaba en sus procesos, con la muerte de un personaje heroico generando la paradoja de la bondad del asesino. Ascendía feliz al conocer la verdad, no sufría con la realidad. Su cuerpo quedaba inerte en esa camilla. Hasta ser descubierto por Cómodo gritando de júbilo por su ascenso a ser un Dios entre hombres. Suspirando, rezando por el futuro y alejándose de la muerte. Revelándose de su camino sin saberlo con su comienzo gritando el final. Marco Aurelio ascendía hacía la nada. Al ver la propia luz, la inefable totalidad da paso a la eternidad. Sufrió por primera vez, suspiró, la derrota carcomía el futuro ante su oximorónica necesidad de combatir el tiempo. Comenzaba a ser parte del todo, esperando su turno para volver a su pasado, oscilando con trajes nuevos. Marco Aurelio fue y será su propia gloria, juzgado por el futuro que soñó, el que construyó.
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]]>Uno no puede escapar de ellas. No había luz y seguían retumbando, cada sonido trayendo un mundo desconocido donde todo el resto de seres similares a mi habita.
Estoy obsesionado con la verdad. Vivir cada segundo, intentar solo estar en la realidad, y darle nula importancia a la patética interpretación del alma. Me intentan llevar de vuelta, logran que piense con sus sucios silogismos. Pero cuando uno es ciego del camino, no puede volver. Por más que el canto de sirena intente llevarme, con las melodías hechas por un momento, algún sentir pasajero fundando historias; necesito solo estar en el momento, ir olvidando quién soy, quién fui. El único registro son la cueva retumbando cada pensamiento, cada memoria, en esas oraciones hirientes, de mi verdad.
La realidad debe ser la percepción del todo. Cada punto de vista funciona entre esas
infinitas partes formando el todo. Si no por qué me sentaría a esperar poder escapar de mi punto de vista. El reflejo sin luz no existe, inhibo la mentira de conocer algo al estar en la propia oscuridad. Las voces en la caverna, las palabras recordando mi amor al todo. Las
frases intentando reflotar la memoria. Hace unas meses la había logrado hacer desaparecer, mis manos escapan de mi control, no las entiendo, no controlo mi accionar.
Uno necesita verdad, está hambriento por conseguir saber lo que se quiere. Las frases en la caverna empezaban a retumbar. Desearía ser sordo para no poder escuchar, la nulidad del sentir. Un vacío abismal donde nada hay y todo es. No tengo el valor de hacerme daño, casi morí y fue placentero. Temo a desear, a ambicionar, el escapar del momento, soñar con algún fruto del sueño. Cada vez las palabras retumbando más fuerte. Hace tantos años me había internado en tal horrible represión a mi ser. Pude ver en mi mente mis ojos, verdes, el espejo, ver un reflejo. Las palabras matando la imaginación una vez más.
Ese hombre siempre viendo la televisión. Siempre viendo el celular. Todavía no lo había
tirado, no había escapado. La cueva retumbaba en el pasado, mi memoria reinstalada, estaba recuperando la conciencia. Todo el día reproduciendo los mismos mensajes, escuchando las mismas voces con distintas palabras, distintos tonos. Un plagio intencionado para bombardearme. Perdía la razón de quién soy y dejaba de pensar qué debo ser. Me instalaba en la enferma necesidad de vivir el momento, estar parado y no juzgar. Conocer la realidad aceptando ese momento único. Intentaba desde mi sillón, con una casa desarreglada con poco más que la televisión y el celular; parar el tiempo. mis ojos ensangrentados de mirar tanto una pantalla, los ojos fijos, los rostros variando.
Pensaba en nunca apoderarme de la bastarda vida. Ser esclavo es convertirte en tú dueño, dominarte para hacerte parar. Toda la vida otros me habían hecho cambiar, ahora podía quedarme sentado hasta siempre en ese sillón. Nunca levantaba la vista de esos aparatos.
En la caverna empezaba a aparecer una tenue luz rojiza. Las paredes estaban llenas de
palabras. A uno lo persiguen los mensajes intentando entrar a su cuerpo, ser parte del alma.
Pensaba en las infinitas horas bajando, el reloj en todas partes marcando los rezos constantes a los Dioses enmarcados en pantallas. Las palabras retumbaban como haciendo una plegaria, mientras la luz recorría toda la caverna. Tal vez el hombre llegó en el tiempo para creer en algo. Nunca amé a nadie. mis amigos no eran más de los que el Señor me daba. Un mundo hostil me internaba en tal templo. Cuando quién defendería al hombre como yo se vuelve en lobo cazando, no hay más opción que escapar. Al enemigo ser invisible se odia a todo, yo vivía destrozando a cada ser con palabras sin contenidos aunque tan hirientes. La fuerza del placer, de poder expresar lo oprimido durante tantas memorias de una historia olvidada.
Renacer siendo un sacerdote, quemando al hereje que intente levantarse contra un Dios
desconocido; al que me llevó a la caverna para hacer su voluntad, volverme vacío.
Un día decidí cambiar. La caverna lo reflejaba con sus palabras indicando ese fatídico
séptimo día donde intentó ser libre. Una semana antes, lo indicaban todas las palabras, intenté ser libre antes de entregarme a la esclavitud. Tiré la locura de ser lo que uno consume. Dejé a los Dioses. En esos primeros momentos pude comprender mi alrededor.
El masivo edificio donde estaba. La caverna dentro de mi mente tenía una gran claridad. En ese exacto momento fue cuando quise aislarme, ahora por buscar libertad. Entendí como la historia conduce a la total sumisión, a un estado de vida donde solo vale nuestro pequeña participación para apoyar intereses ajenos. La memoria resurgió cuando Dios no la oprimía. Nunca había sentido tanto terror y visto tanta verdad sin saberlo. La caverna empezaba a alumbrase más, empezaba a leer las palabras pidiendo por romper las cadenas que comenzaba a ver atando mi cuerpo al suelo. Solo yo podía romperlas, escapar de tan vil caos a mi alrededor. Que otros tomen decisiones por su ombligo, en sus cavernas o se quedan en el momento para ser el total vacío formando la realidad. Recibir ordenes tiene la facilidad de inhibir el pensamiento, la codicia crítica desaparece. No se tiene terror, porque se tiene la certeza del esclavo, de tener un amo que manipula el accionar.
En la caverna como ese momento de claridad en el descorazonador departamento,
comprendí un poco más la verdad. Un mundo donde nos aislábamos y no había puerta de salida en la caverna, cerrada por una piedra o una pared en el departamento. Cada vez más luz quemándome, la verdad no es realidad si no más que una pequeña interpretación. La construcción del hecho, escapándose ese conocimiento inalcanzable. No existe realidad, si no percepción. Empezaba a quemarme la piel, a destruir mis cadenas. La libertad es dolorosa porque es verdad, no asquerosas falsedades de hombres trajeados, monjes de los Dioses viviendo en el momento futuro. Las palabras retumbaban intentando reconstruirse, querían recuperar mi nombre, olvidado por mí, sólo una atadura a la ficción que compone el mundo.
Nací en ese momento de cambio. Cuando ya tantos habían profetizado un futuro obvio. Las cadenas eran irrompibles porque nací con ellas y ahora sucumbía lucidamente al episodio de volver a vivir. Observar las figuras y las palabras escritas en roca por un hombre esclavo intentando liberarse. Soy una pequeña porción volviendo a la cabeza de ese hombre sentado en su sillón repitiendo su rezo hasta el cansancio. Ese hombre encadenado, ignorando a propósito para una felicidad falsa. Me dejaba de quemar y comenzaba a curarme, la luz era una ilusión. La caverna cada tanto se ilumina en una experiencia errónea, en soltar la vista para intentar escapar a la realidad. La oscuridad es vivir en el momento. Negar la ficción que funciona como imaginación y percepción. Me recuerdo tan pequeño en un mundo distinto esperanzado de su ignorancia, de evitar lo inexorable. Al parecer las ideas se asesinan con el olvido. Con verme encadenado, reflejado en unos lentes enfrente mio. Sigo siendo ese niño soñador, esperando ser salvado. Las cadenas me pesan si intentó sacarlas. Es tanto miedo que todo empieza a oscurecerse. Todos estamos en la caverna atrapados. A nuestra forma cada tanto volvemos y vemos el edificio lleno de enemigos, de seres inhibiendo su futuro por encadenarse al falso pasado de rechazar la ficción. Ojalá entender la ficción, sería entender la realidad. Sería soltar las cadenas, volver a ser libre, volver a vivir. Dejar de adorar Dioses de tecnologías nuevas, negar a seres superiores para ser iguales. Vivir en la realidad. Poder ser distinto a ese niño recibiendo y pidiendo por ser controlado, visto con atención constante mediante un pequeño dispositivo tecnología del poder. No vivir en la caverna si no construir una biblioteca. Liberar la esencia enterrada del infinito conocimiento del alma. Escapar del niño necesitado de amor falso, de alabanzas vacías.
Dejar esa metafísica de ser un ídolo muerto. Haber detenido, que alguien hubiera parado, el tren del progreso. Ese que se llevó por delante todo y construyó la caverna. No fue solo un día donde llegué a ese edificio, donde todos llegaron. Cuando construimos el templo donde el rebaño que éramos llegó. Las fronteras entre nosotros. La estación de tren, donde llega el fin de la historia. Donde el pensamiento desaparece porque es insustancial, porque la libertad ha muerto. A tal punto de que es verosímil creer en una realidad momentánea, esporádica. Hipócritamente negando la ficción viendo la televisión y el celular. Siendo agnósticos cuando no paran de rezar. Dejaba de pensar otra vez, era indescifrable tanto caos, demasiado complejo para poder entenderlo, me debía anestesiar otra vez. La oscuridad se cernía sobre mí otra vez, la historia para empezar luego, hasta la gloriosa muerte, cuando la vida comienza por unos segundos. Donde
pueda ser libre, hasta que vuelvan a encadenarme, hasta que otra vez me maten en vida.
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