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]]>Me viene a la mente su aroma, ese olor a tierra húmeda, a flores, a jardín, recuerdo el día que nos encontramos, fue en el funeral de mi abuelo, después de meses de haber mantenido largas horas de conversación por teléfono; yo estaba destrozada frente una caja de madera y un Cristo, él camino hacia a mí, me estrecho entre sus brazos, mi corazón y su corazón se unieron desde ese momento, me susurro al oído —ahora me tienes a mí, nunca más estarás sola —, en ese momento yo le creí todo, ahora mi mundo era él, como imaginar que ese hombre me destrozaría el corazón, tal vez debí imaginarlo existía otra mujer, si en su vida y en sus pensamientos estaba otra.
Se me viene otro pensamiento a la cabeza, la primera vez qué hicimos el amor, yo estaba un poco nerviosa, empezó a rozar mis labios, mientras poco a poco sentía como su humedad se deslizaba entre mis piernas, sus brazos rodeaban mis caderas, mientras al mismo tiempo me estrechaba contra su pecho, utilizaba movimientos suaves y rítmicos qué me hacían sudar y gemir de placer.
Mi cabeza es un remolino de recuerdos, me viene otro pensamiento: el viaje qué hicimos al puerto, recuerdo cómo el aire nos despeinaba, mientras nos tomábamos de la mano, nos brillaban los ojos llenos de amor e ilusión, teníamos tantos planes una casa, hijos, plantas, mascotas; mientras admirábamos ese yate con letras a un costado la ballena blanca, un día haríamos ese viaje.
Mientras pasó por mi mente tu muerte,desde ese entonces la idea de darte un pequeño empujón y que cayeras al mar, sería una caída accidental y no me podrían culpar, sí, desde entonces empezaba a desear qué desaparecieras de mi vida.
Basta de recuerdos, aprieto con mayor decisión el cuchillo dentro de la gabardina roja, me dispongo a desempuñar, pero tú te encuentras ahí tirado, inerte, veo tus labios y creo oír que todavía me amas.
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]]>Suena el teléfono, con ese sonido de nostalgia, levantó la bocina,escuchó tu voz, mi corazón empieza a latir aceleradamente, casi no puedo articular ninguna palabra, los recuerdos me vienen como remolinos, recuerdo su voz de Maria, qué me dijo
—Dame un beso que duré veinte y nueve días —estas fueron sus últimas palabras entre las sábanas, en medio de mis piernas todavía siento su humedad, el roce de sus labios, su olor a tierra.
Regreso a ese instante donde aún estoy sosteniendo la bocina del teléfono
—Tengo qué confesarte algo, desde el día qué partí supe qué te perdería, qué mi ausencia, desvanecería mis caricias, mi amor, qué me volvería un evento fugaz en tu vida, aún así decidí subir a ese barco, las violetas moradas qué sembré frente a la ventana son para qué me recuerdes.
Rin, rin, rin suena la alarma del despertador, inmediatamente volteo a la otra orilla de la cama, María, está aún durmiendo, me levantó sin hacer ruido, ella abre los ojos
— Miguel, ¿aún me amas?—me pregunta
—Te amo hasta el último latir de mi corazón, hasta donde ya no salgan palabras de mi boca —ellaexhala su último suspiro, en ese instante de suboca expulsa mariposas blancas qué revolotean sobre las violetas moradas de la ventana.
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