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]]>No hace mucho alguien me recomendó probar con la escritura terapéutica, cosa de la que nunca había oído (o no había prestado atención) y me pareció interesante y fácil de hacer; sin esfuerzo, a mi ritmo y respetando mis tiempos. Lo poco que he escrito desde entonces fue quemado o destruido luego de terminarlo.
La escritura ha golpeado a mi puerta en muchas ocasiones. Tengo vagos recuerdos de mi niñez y hasta la preadolescencia participando en alguna consigna literaria de la escuela donde he escrito cosas que despertaron interés en los demás, incluso en algunas ocasiones he sido premiado, cosa que realmente me sorprendió mucho. En ese entonces debo admitir que era muy autoexigente en cuanto a la ortografía y la gramática; si había una idea que quisiera expresar debería ser lo más perfecta posible para así llamar la atención del lector. Con esto quedó claro que siempre preferí la literatura por encima de las matemáticas, pero por circunstancias de la vida y de mi formación escolar, me fui desviando del camino y terminé recibiéndome en un secundario del tipo comercial con orientación en informática para luego formar parte del negocio familiar fundado por mi abuelo que luego sería heredado por mi padre y que finalmente me terminaría perteneciendo a mi y a mis hermanos, si es que desearan participar. Y así sin darme cuenta dejé de escribir y de leer sobre lo que me interesaba. Eran momentos económicos difíciles, transcurría el año 2001, muchos de mis conocidos luchaban día a día para sobrevivir a la crisis, y yo me sentía afortunado participando del negocio familiar, al cual había que dedicarle un sacrificio enorme, pero que daba sus frutos. No me podía quejar, y viendo el contexto en el que vivía fue muy fácil convencerme de que ese camino a seguir era muy conveniente.
Con el pasar del tiempo, en paralelo a mis obligaciones laborales que me quitaban gran parte de mi vida diaria; invadido por la angustia y la incertidumbre, me fui adentrando en el camino del autoconocimiento, pasando por varias etapas. Todo comenzó con las típicas preguntas filosóficas que ya cargaban conmigo desde mi adolescencia: ¿Quiénes somos? ¿De donde venimos? ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Cuál es mi misión en esta vida? Etc… Pero principalmente me he centrado en esta última, en mi misión. Quería descubrir que vengo a hacer a este mundo y cómo puedo dejar una huella para indicar un camino a otros perdidos.
Después de varios años probando cualquier método del tipo esotérico que me cruzase llegué a conocer los registros akashicos y en varias lecturas que realicé con distintos conocedores del tema le he preguntado a mis guías y maestros ¿Cuál es mi misión en esta vida? Y siempre he obtenido la misma respuesta: ”LA PALABRA”. Tan simple como suena, sin más detalles. ¿Qué se supone que significa eso? ¿Acaso debo convertirme en un predicador evangélico? ¿O debería inscribirme en la carrera de lingüística y lenguas? ¿O simplemente decir lo que siento sin guardarme nada y sin pensar en las consecuencias? Y a su vez ¿Cuál sería el objetivo de esa misión? Me invadió la duda, pero siendo honesto, también la curiosidad…
Por lo pronto seguiré con la escritura terapéutica para vaciar mi mente de cualquier pensamiento y luego veré que surge… la experiencia adquirida a lo largo de los años me demostró que cada respuesta llega en el momento indicado.
Y luego de haber terminado de escribir esta breve carta (que sospecho que fue dirigida a mí mismo) siento que escribo para darme otra oportunidad…
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]]>Justo en este lugar la avenida Bustamante divide los partidos de Lanus sobre el lado derecho y Avellaneda del lado izquierdo. Bajando el puente hacia la derecha se puede ver la ferreteria de Carlitos, frente al autoservicio “El galpón”. En esa esquina nace la calle Lacarra, que pertenece al partido de Lanús. Antiguamente era mano hacia el sur pero ya hace un tiempo le cambiaron el sentido hacia el norte, aunque para todos y sin importar las ordenanzas municipales, siempre fue mano y contramano. Incluso no ha durado mucho el cartel de CONTRAMANO sobre uno de los postes de luz antes que algún vecino lo quitara ni el circulo azul con la flecha blanca que indica la mano de la calle antes que Carlitos pinte la fachada de la ferreteria.
Siguiendo por Bustamante, a pocos metros sobre el margen izquierdo nace la avenida Lacarra que es doble mano y pertenece al partido de Avellaneda, formando una especie de “T” entre las dos avenidas. Y acá es donde se produce el mayor quilombo, en la famosa intersección vulgarmente conocida como Bustamante y Lacarra. Esta esquina no es apta para conductores principiantes y no hay lugar para los débiles ni los que dudan. Si venís por Bustamante y tenes pensado doblar ya andá midiendo de antemano porque el que viene atrás tuyo te lleva puesto. Y si venis por Lacarra te aconsejo frenar y ceder el paso a los de Bustamante hasta encontrar el momento justo para mandarte en tiempo record. No te aconsejo asomar la trompa hasta no estar seguro de avanzar. Hace poco, con el avance de la urbanización y la competencia entre municipios para ver quien realiza mayores aportes a alguno de los dos intendentes no se le ocurrió mejor idea que poner un semáforo. Si tenían pensado mejorar la circulación lamento informarles que le erraron feo. Ahora resulta que cuando tienen verde los que vienen por la avenida Lacarra y doblan hacia la derecha para cruzar el puente se encuentran con los que vienen del otro lado, desde la calle Lacarra, que curiosamente también tienen verde y se arma una orquesta de bocinazos constante porque los dos creen tener el paso.
Yo no quiero avivar giles, pero este es el lugar ideal para que recauden los zorros municipales, los abogados caranchos con los peatones distraídos atropellados, o incluso si se les ocurre poner alguna cámara de fotomultas se cansarían de facturar. También es un buen lugar apto para los suicidas que quieran innovar y evitar arrojarse a las vías del tren. Por acá pasan varias líneas de colectivos que bajan el puente a los pedos o vienen tomando envión para subirlo. Este lugar también forma parte de la ruta de los ceberos, esos famosos camiones que pasan por las carnicerías recolectando el cebo y que parecen estar en una carrera sin fin mientras dos personas van separando la grasa de la carne en la parte trasera. Sólo es cuestión de cruzar caminando cuando pasen cualquiera de estas dos opciones y tendrás una muerte asegurada.
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