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]]>Es que, según creo, la extensión de un texto literario no es una dimensión que pueda medirse por la cantidad de palabras que lo conforman. Según afirma Umberto Eco, en Obra Abierta: “La teoría de la información tiende a medir la cantidad de información contenida en un mensaje”. En suma —y para no adentrarme en ese vértigo teórico—, diré que un texto de dos páginas puede ser muy extenso comparado con la “brevedad” de Rayuela.
Hay seguramente otras razones que determinan la tendencia a la economía de palabras y páginas que se verifica en nuestros días. McLuhan afirma que: “el medio es el mensaje”. En tal sentido, la llegada de las nuevas tecnologías construyó, por cierto, un lector —y un escritor— más impaciente y apegado a lo corto. Quizá el “emoji” sea el epítome de ese fenómeno.
Es posible imaginar razones más remotas —y más paulatinas— para la brevedad imperante. En la actualidad, el tráfico de imágenes es incesante y enormemente rico. Imagino que un escritor “pretecnológico” necesitaba más extensión para describir seres, ámbitos, paisajes y objetos, cuya sola mención hoy nos basta para evocarlos, porque ya los “tenemos vistos”.
¿Estamos siendo testigos de una nueva etapa literaria marcada por la rapidez de las tecnologías?
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]]>¿Por qué el dolor insiste en tus escritos?
Esa interesante pregunta, así formulada, es casi una respuesta. Efectivamente, no soy yo, como autora, la que intenta interpelar ese tema. Mis escritos no insisten en el dolor, es el dolor el que se adueña de ellos. No quiero aventurarme a sostener ninguna teoría literaria. Creo, sin embargo, que hay, cuanto menos, dos formas de operar a la hora de escribir. Una es elegir un tema y abordarlo desde la voluntad, “dirigir” la página hacia el tópico previsto. Otra es dejar que el texto ocurra. Efectivamente, en mi caso, siento que el texto insiste, “quiere ser dicho”. Solo soy “obediente”. Evito imponerme. Sospecho, además, que escribir sobre el dolor es una involuntaria forma de conjurarlo.
¿Qué género eliges para escribir?
El género narrativo es lo que, efectivamente, elijo para escribir. No sé a qué subgénero adjudicar mis escritos. Creo que hay cuentos y prosas. La temática, más allá de lo insinuado en lo ya nombrado, se aproxima a lo fantástico. En “Los bares del diablo” intento —desde el título— naturalizar la irrupción de ciertos instintos. El Diablo, en esos relatos es, enteramente humano. Creo que en esa condición radica su poder.
Háblame de tus libros “Los bares del diablo” e “Historias mínimas”.
“Los bares del diablo” es una serie de relatos que trasciende la frontera con la realidad. Creo que, en su paulatina génesis (los textos se fueron acumulando sin plan), descubrí mi fascinación por esos lugares lúgubres que parecen detenidos en el tiempo.
Además de sus escenarios y atmósferas, hay otro rasgo común en esos textos: más allá de los episodios individuales de cada historia, sus protagonistas, hombres o mujeres, no rehúyen la confrontación con el diablo. Sienten la gravitación de esas antesalas del infierno, deploran su entorno, temen, pero se adentran en ellas para someterse a sus designios. Intentan decirnos que las verdaderas llamas del infierno son el deseo, la eternidad y el amor sin límites.
“Historias Mínimas” no responde a un nacimiento ordenado. No sabía que estaba creando un libro. Son relatos breves. Confié —cuando decidí publicarlos— en que esa brevedad fuera la que Jorge Luis Borges recomienda. Dice el maestro en su prólogo a Ficciones: “Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos”.
¿Qué autores o autoras te han inspirado?
Cortázar, Borges, Pizarnik, Kafka y Sábato. Sin duda, estos autores me marcaron mucho como lectora, supongo que algo se verá reflejado en esa forma instintiva que tengo de escribir.
¿Cuánto de autobiográfico hay en tus escritos?
Creo que no hay en mis escritos nada voluntariamente autobiográfico. Por supuesto, en un sentido más general, nada hay en ellos que no lo sea. Son mis emociones, mis miedos, mis deseos y mis frustraciones. Son mis sentimientos, en suma, los que dictan cada párrafo que escribo. Lo que escribo es ficción. Pero la ficción, lo sabemos, se vuelve contra la realidad para mejor indagarla.
¿Qué sientes cuando ves tus libros en las librerías?
En “Ruinas Circulares”, Borges cuenta la historia de un mago que se propone interponer en la vida real a un hijo concebido en un sueño. Luego de algún intento fallido, recomienza su trabajo soñando con un corazón que late. Dedica tiempo a perfeccionarlo. Terminada esa primera tarea, sueña con otro órgano. Tarda años en completar esa minuciosa creación. Finalmente, su “hijo” está listo para nacer.
De todas las lecturas posibles de ese maravilloso relato, una admite la asimilación de los conceptos “hijo” y “libro”. Cuando veo mis libros expuestos al público, siento temor, siento agradecimiento y siento la esperanza de que esos “hijos” encuentren en los lectores su máxima justificación.
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