Patricia Marina Pérez Novo Archives - Juan Botana https://cartaabierta.com.ar/secciones/escritores/patricia-marina-perez-novo/ Comunicación y cultura Sat, 06 Jul 2024 23:59:54 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.9 https://i0.wp.com/juanbotana.com/wp-content/uploads/2025/07/cropped-ico-jb.jpg?fit=32%2C32&ssl=1 Patricia Marina Pérez Novo Archives - Juan Botana https://cartaabierta.com.ar/secciones/escritores/patricia-marina-perez-novo/ 32 32 La casa de la calle Luna. Por Patricia Pérez Novo https://juanbotana.com/la-casa-de-la-calle-luna-por-patricia-perez-novo/ Sat, 06 Jul 2024 23:24:53 +0000 https://cartaabierta.com.ar/?p=14853 Recuerdo tener siete o tal vez ocho años, y mudarnos a una casa en la calle Luna, en Barracas. Es de noche y lo primero que veo es la escalera que está al costado de la galería que sube a la terraza. Entre cajones de cubiertos, vasos y muebles amontonados

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Recuerdo tener siete o tal vez ocho años, y mudarnos a una casa en la calle Luna, en Barracas. Es de noche y lo primero que veo es la escalera que está al costado de la galería que sube a la terraza.

Entre cajones de cubiertos, vasos y muebles amontonados que voy esquivando, subo los escalones hasta la mitad de la escalera de cemento. Me siento allí, abrazando mis rodillas y me acomodo como quien va a admirar algo hermoso, de pronto observo a lo lejos, la inmensidad de un parque por encima del tapial, o quizá sea un río, que refleja la luna.

En ese momento no logro ver con claridad. Me impresiona, le pregunto a mamá desde allí arriba si enfrente hay algún río y me quedo mirando con asombro y felicidad.

Me dice que no y sonríe desde el patio. “Es un baldío, hija dice- sólo que el reflejo de la noche y la lluvia estancada te hicieron pensar que es un espejo de agua. “

La felicidad de una casa nueva lo abarca todo. Las casas nuevas, aunque sean viejas, abren las esperanzas.

Por la tarde escucho el solfeo que repite mamá en un piano chico que me regaló en Navidad, estoy en la sala de una casa con patio y celosías verdes, con pisos de pinoteas que hacen música cuando camino.

Mi bisabuela alquilaba este lugar a gente que venía del interior, en cada cuarto vivía alguien, imagino cuántas historias habrá en las paredes.

Luego de su muerte la casa quedó vacía. Hoy vivimos nosotras junto con mi hermana. Nadie más.

Con una galería de baldosas de colores y vidrios esmerilados, azules, rojos y amarillos. Con paredes descascaradas que parecen contar historias.

El piano tiene un pájaro labrado pintado en azul.

Mamá estira los dedos y me mira gesticulando para que siga cantando. Sonríe, y yo no puedo ver aún todo lo que lucha.

Mamá está sola y nos cría, como puede.

Me canta algún tango y yo la miro y pienso cómo puede sonar tan lindo. En el colegio en las horas que no hago gimnasia viene una profesora de música a buscarme, mientras estoy sentada en un banco, me pregunta si quiero cantar con ella. Ella es Lidia.

Yo ya sé vocalizar y el solfeo me lo sé de memoria, porque me lo enseña mamá todas las tardes. Entonces, las manos de Lidia tocan un piano enorme de cola que hay en la sala de música. Así conozco a Eladia, a las melodías de Da Casinha Pequeñina, Lunita tucumana, algún bolero de Manzanero, rancheras, tangos y pedacitos de canciones líricas. Lidia se levanta siempre del banquito redondo y giratorio en donde se sienta a tocar y aplaude al final de cada canción.

Allí empiezo a amar la música. Digo que yo la amo, porque la música nunca me devolvió lo que puse en ella . A veces pasa. Hay cosas y amores, que piden más de lo que dan. La música ha sido eso conmigo. Y quizás mi madre también lo fue.

Lidia es maestra de música y trabaja en el Teatro Colón de Buenos Aires y ahora me enseña a mi. Soy afortunada, muchas veces lo soy. Lo he sido.

Sin desmerecer lo que hace mamá para que yo aprenda a cantar, podría decir que Lidia lo intenta desde otro lugar.

Mamá me enseña cada tarde para que yo cante o toque el piano. Lidia en cambio ve en mí algo y trata de sacarlo, lo sustrae, lo llama con su música interna. Parece intuir lo que uno guarda o esconde. Lo impulsa, con una sonrisa y paciencia, puede ver más allá de la piel, tan sólo con algo de amor.

A veces, cuando me aplaude, sentada en su banqueta giratoria, me hace sentir que tal vez lo hago bien.

Ésta es mi primera experiencia con la música. A partir de la llegada de Lidia en mi vida yo canto día y noche. Canto cuando vuelvo del colegio y en la sala que dá a la calle cruzando la galería.
Canto, mientras mamá prepara la cena. Canto cuando estoy triste y me voy por la noche a la escalera a mirar el parque de enfrente o el baldío.

Mamá a veces canta conmigo y me cuenta historias de su vida. Que quería ser actriz y no la dejaron, porque eso estaba mal visto en una mujer, que en el barrio le decían Maria Felix y algunas historias más de amores y desamores.

Si hay algo que recuerdo de mamá son sus manos. Siempre estaban tibias, aunque estuviera nevando. Tengo buena circulación, -me decía.- yo en cambio tenía las manos heladas, siempre, entonces, me hacía un huequito y me las calentaba.

Mamá era más simple, ella nunca hablaba de cosas profundas, ni siquiera cuando yo la buscaba para hacerlo. Sólo le preocupaba no cubrir las necesidades básicas.

Supongo que no tenía tiempo para la profundidad y no la culpo. Para las demás cosas estaba Lidia.

De ella aprendí que todos tenemos algo que hay que jalar. Todos necesitamos hablar de profundidades, aunque seamos chicos. De mamá aprendí que cada uno da lo que persigue. A veces damos lo que nos falta. Y buscamos también eso. También damos lo que aprendimos a dar. Yo buscaba la aprobación de mamá. Lidia sin querer me la ofrecía, generosamente. La música nunca me dio esa profundidad, paradójicamente.

Con el tiempo apareció la escritura y fue como la mirada de Lidia, cayó despacio y sin evaluarme. Se metió en mi vida confiando. Queriéndome con lo que tenía para dar. Sacándome pedazos y jalando todo lo que yo escondía, entonces, entendí qué a veces, los baldíos, en algún lugar, pueden ser un maravilloso río de la noche.

Patry Marina Perez Novo

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La loca del 165. Por Patricia Marina Pérez Novo https://juanbotana.com/la-loca-del-165-por-patricia-marina-perez-novo/ Thu, 23 May 2024 21:31:47 +0000 https://cartaabierta.com.ar/?p=14068 Sube al colectivo apurada. Con cara de susto. Casi agitada llega corriendo, como escapando, mirando hacia los lados. Le pide al colectivero si la lleva a la estación del tren porque no tiene dinero. Tiene puesto un pulóver gris agujereado y un pantalón palazzo viejo y dejado, con unas zapatillas

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Sube al colectivo apurada.

Con cara de susto. Casi agitada llega corriendo, como escapando, mirando hacia los lados. Le pide al colectivero si la lleva a la estación del tren porque no tiene dinero.

Tiene puesto un pulóver gris agujereado y un pantalón palazzo viejo y dejado, con unas zapatillas rojas. Su pelo es mitad negro mitad canoso, tiene la boca grande y los ojos con expresion siempre de sorpresa.

Busca un asiento. Su aspecto es amigable, para nada agresivo.

Al subir pide permiso y al primero que la mira busca sacarle conversación. La gente ya la conoce, algunos la esquivan, más de uno tuerce la boca, se sonríen, cuchichean cosas. 

Es la loca del 165.

Con cualquier pretexto busca complicidad con el compañero de asiento que le toque y siempre  hay gente que aún no la conoce  y escucha su historia del famoso hombre que la persigue.

¿No que había un hombre?

-Le dice a una señora que está sentada al lado suyo y continua- venía atrás mio ¿no? suerte que el chófer me paró y subí.

 La señora que está al lado la mira  y parece seguirle la corriente. 

-Sigue hablando-

Yo lo ví ayer a la noche, dicen que te roba  ¿o no?.

Su conversación oscila entre la afirmación y la pregunta.

¿Será que no es malo ese hombre? Pero me corrió eh…

Se hace un pequeño silencio.

¿Lo vió usted?

-Pregunta otra vez a la señora y sigue hablando-  ¿Estaba corriendo atrás mío, no?

 ¿Y justo pasaba la policía, no?

-Casi sin esperar respuesta lanza más preguntas. –

Capaz lo agarraron…

Suerte que el chófer me paró rápido. ¿Si no, capaz me robaba, no?

¿O no? ¿Qué dice usted?

Sus ojos ahora se abren expresivamente, esperando una respuesta que no tiene.

 Sigue buscando complicidad en su compañera de asiento. La señora le dice que no con la cabeza, intentando cortar la conversación.

¿Usted lo vió?  Dicen que ayer estaba ¿Pero no es malo, no? Vuelve a preguntar sin obtener respuesta.

 Rosaura, así se llama, pero le dicen la loca del 165.

 Ahora la señora ya no responde. 

Es que la locura de los otros a veces nos da miedo.  Rosaura hace unos años que vino al barrio, no se sabe qué le ocurrió, sólo cuando sube al colectivo siempre dice que la  persigue un hombre. Muchas veces hasta se la  ha visto dialogar con las mujeres policías que patrullan las cuadras caminando, seguramente contándoles eso que la perturba.

El viaje continúa y ahora la mujer que estaba sentada se levanta y casi ignorando cualquier pregunta, sonriendo en complicidad con el resto, pide permiso y  baja del colectivo. Rosaura mira para el pasillo y busca algún otro pasajero que la quiera escuchar, casi nadie está dispuesto, la locura aunque no sea agresiva, espanta. 

Por lo bajo dos chicas de uniforme de colegio se tapan la boca y al oído cuchichean que está loca, ríen, mientras siguen hablando bajito.

 Rosaura escucha, las mira y les dice, no estoy loca eh… venía un hombre chicas, no lo vieron? Tengan cuidado,  anda por la noche por ahí.  Las chicas se ríen entre ellas y se van para la parte de  atrás del colectivo.

Rosaura sigue hablando sola. Yo lo vi, ¿pero no creo que haga nada, no?  ¿O no?  Se habla y se contesta.

Al lado de Rosaura ahora se sienta un hombre de unos setenta años, aproximadamente. La venía observando y aprovechó a sentarse ahora que está sola. ¿Usted qué piensa? le pregunta Rosaura, vió al hombre que me perseguía?

El hombre sentado al lado le contesta que sí.

Rosaura le dice: ¿usted lo vió? ¿Venía corriendo atrás mío, lo vió?   Yo sí, le vuelve a decir este hombre muy seguro. ¿Siempre está a la noche vió? Y la policía que no hace nada. ¿Andaba hoy también la policía, dicen, no?

Si, si lo ví,  le dice otra vez el hombre, yo te puedo ayudar a que no te persiga. Si venis a casa, te ayudo y te digo que hacer.

 Rosaura se levanta del asiento y se va para la parte de atrás del colectivo, toca el timbre .

 El hombre que estaba a su lado sentado le dice: esperá, me bajo con vos  te puedo  decir qué hacer para que ese hombre no te persiga más, vivo cerca de aquí a cinco cuadras, bajate conmigo y vení a casa y te ayudo a que no te persiga más.

 Rosaura lo mira seria, su mirada cambia ya no es como antes.

 Su actitud no es la misma que con las chicas o la señora, si no distinta.

Como si conociera algo del hombre que le habla . Como si en ese momento un cachetazo de las miserias humanas la volvieran a la realidad de repente.

 Rosaura camina hacia la puerta trasera del colectivo toca el

timbre y  baja, el hombre  insiste con que lo acompañe, ella se da vuelta le dice que se va sola, el hombre vuelve a decirle que él vió también a quien la perseguía.

 Rosaura le contesta que él no vió  nada y le dice que se tome el raje, se la nota enojada, mientras se baja.

El hombre queda sorprendido mirándola y vuelve a sentarse.

Quizá Rosaura lo único que quería era un momento para charlar con alguien y apagar su soledad.  Quizá su dolor no lo conozca cualquiera .

Tal vez algunos locos no lo estén tanto y eso sea una suerte entre tanta desgracia.

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La Campisi. Por Patricia Marina Pérez Novo https://juanbotana.com/la-campisi-por-patricia-marina-perez-novo/ Fri, 08 Dec 2023 12:58:04 +0000 https://cartaabierta.com.ar/?p=11517 Venía a casa a visitar a mamá, fue su amiga durante unos años, en el barrio le decían La Campisi, por su apellido. Mamá tenía un par de amigas muy diversas. Yo tendría unos diez años más o menos por ese entonces. Nely era dueña de una risa contagiosa. Vestía

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Venía a casa a visitar a mamá, fue su amiga durante unos años, en el barrio le decían La Campisi, por su apellido. Mamá tenía un par de amigas muy diversas. Yo tendría unos diez años más o menos por ese entonces. Nely era dueña de una risa contagiosa. Vestía polleras largas y su cabello era carré y ondulado, su piel siempre brillaba. Sus dientes limpios y blancos. Usaba lentes con aumento de ésos que son como culo de sifón -diría mamá – y pintaba su boca con un labial rojo fuerte que dibujaba perfecto sus labios redondos. Nely era especial, cuando hablaba lo hacía rápido y contando historias de sus amores, era viuda con una familia de origen que no la trataba bien y estaba muy sola. Cuando venía a casa se reía mucho y pronunciaba muchas malas palabras cuando relataba sus amores que conocía en medio de su soledad, era muy gracioso. La forma, la gestualidad y la capacidad de decir malas palabras. Una vez yo estaba detrás de la puerta escuchando y le contó a mamá que había ido con un amor a un hotel, un albergue transitorio y no habían podido tener intimidad porque al hombre no se le paró en toda la noche, que él insistía en probar su ropa y sus zapatos. En ese momento, Nely comenzó a reír imagino yo porque le daba vergüenza . Le dijo a mamá: “a este hijo de puta no lo veo más en la puta vida ” y siguió puteando, mientras se reía. Yo escuchaba detrás de la puerta porque me parecían interesantes sus relatos y como los contaba, y también reía aunque algunas cosas todavía no las entendía Mamá no sabia que yo escuchaba. Y se reía mucho también . Nely siempre tenia una bolsa de tela de rafia en la mano, de esas de comprar . Pasaba penurias, era una loca linda, de esas que la gente quiere huir o hablar sólo porque tiene heridas que se ven desde muy lejos. Nunca nos contó demasiado, más allá de sus historias de amores fugaces. Pero se notaba que sufría. Portaba una pena silenciosa que aplacaba con su risa. Mamá cuando ella venía la ayudaba con cosas que había comprado en el supermercado, Nely nunca le pidió nada, no venía a casa por eso, venía a reír. A permitirse contar la vida . A darse permiso para seguir viviendo en soledad, como podía Ella sólo traía risas . Supongo que mamá como yo, se daba cuenta de que Nely necesitaba mucho, eran los 80 y la indiferencia era la misma de siempre. Una vez una vecina le dijo a mamá que Nely estaba media tocada, quiso decir que estaba mal de la cabeza, yo me animo a decir que estaba tocada por una varita, la varita del amor a los otros. ¿Qué quería decir tocada? A todos nos toca la vida . Nely era una loca linda que muchos no podían ver. O no querían ver . Para mi siempre tuvo ternura, a veces me escuchaba cantar y decía; “¿ Quién canta así?” Y entonces venía a mi pieza atravesando la galería a decirme que siga cantando. O escuchaba cuando mamá tocaba el piano . A casa siempre traía su bolsita y sus malas palabras, sus anécdotas amorosas que yo escuchaba tras la puerta sin que mamá me viera . Ella daba su amor, quizá buscando lo mismo, ése que en la familia de su madre no le daban. Había tiempos en que no aparecía y entonces nos preocupábamos y la visitábamos nosotros. Vivía en una casa hermosa pero abandonada, quedada en el tiempo . Con un jardín de invierno lleno de vidrios de colores y plantas verdes que trepaban y se cuidaban solas . No había flores, ni una, ni una sola, pero igualmente era hermoso . Una vez la vi lavar los platos y algo llamó mucho mi atención. Las ollas, las sartenes y los platos estaban todos aceitosos, no los lavaba, solo los enjuagaba y dejaba correr el agua, mucho, mientras nos contaba que su madre la maltrataba. Miré eso y me pregunté por qué lo haría. Nunca lo supe, aunque lo intuía. Siempre intuí el dolor ajeno. Ése día fue la última vez que la vimos, y estaba callada, no era la Nely de siempre. Creo que estaba llena de pena. Nos contó que su madre no la estaba tratando bien como de costumbre y que extrañaba a su marido. La vi seria . Sin sonrisa, ella, que todo lo hacía gracioso y lo contaba tan bello. Nos fuimos y al tiempo nos enteramos que un día, no se sabe por qué, terminó con su vida Se prendió fuego a lo bonzo, dijeron las chusmas del barrio que para éso eran mandadas a hacer. Me pregunto y me digo, si vemos lo diferente de cada uno, por qué no vemos estas cosas . Por qué solo señalamos, por qué existen Nelys que cuando dan amor y sonrisas lo pasamos por alto y preferimos no mirar . A Nely, mi recuerdo y agradecimiento por traer amor en su bolsa a rayas.

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Los trenes no se pierden, los amores sí. Por Patricia Marina Pérez Novo https://juanbotana.com/los-trenes-no-se-pierden-los-amores-si-por-patricia-marina-perez-novo/ Mon, 04 Dec 2023 10:37:07 +0000 https://cartaabierta.com.ar/?p=11451 La volvió a besar después de un año de no verla . La besó mientras el subte llegaba a la estación Scalabrini Ortiz, una tarde fría de mayo. Nueve segundos . Fue lo que tardó en estacionar el subte. Estimo que también el beso que él le dio a Emilia

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La volvió a besar después de un año de no verla . La besó mientras el subte llegaba a la estación Scalabrini Ortiz, una tarde fría de mayo. Nueve segundos . Fue lo que tardó en estacionar el subte. Estimo que también el beso que él le dio a Emilia duró ese tiempo. Cuantas cosas duran sólo un instante y nos dejan tanto, nos hablan de todo lo que no sabemos . Había sido una tarde de volver a ver a ese amor que no fue. Ahora, de repente, Emilia, se encontraba saliendo del Varela Valerita , buscando la estación del subte para volver a casa. Te acompaño, le dijo en voz baja Julián, y ella nunca encontró el valor de decirle lo que sentía. Esas cosas que se quedan pegadas a la garganta. Se agarran fuerte para no salir de allí, como una piedra que nos condena al silencio. Tal vez porque nunca hubo tiempo, ¿o es acaso eso una excusa para enmascarar la cobardía? . Julián había aparecido de la nada una vez en su vida . No creo que algo suceda sin que una fuerza extraña actúe. Esa fuerza extraña, rondaba el aire esa tarde, mientras las hojas de las acacias y de los almendros les caían encima, como destellos del invierno que se anunciaba. Pero él estaba como dormido o extraviado en el tiempo. Sólo se habían reencontrado esa tarde de frío en el parque del centro, como la magia que los había cruzado una vez . Algunos amores, tengo la sensación, que se encuentran tarde, como si el extraño tiempo, dueño de todas las cosas, tuviera ese propósito perverso. Una especie de revancha porque alguna vez la vida te hizo feliz con un amor. Le había contado a Emilia que se iría a Italia y se quedaría a vivir allí Cada vez que Emilia lo escuchaba se le incrustraba algo en la garganta, contrariamente a eso sentía felicidad por él , quizás el amor esté lleno de esas contradicciones, ¿acaso no es eso querer, desear que lo mejor le pase a alguien .? Esa tarde trató de no pensar y saber qué quiera o no, él se iría, pronto, que ése amor había llegado para no ser. Tal vez la vida sea más simple y sólo nos pida vivirla, aunque a veces sea sólo un instante. Saliendo del Varela Valerita, Emilia se cierra el tapado negro y mira hacia su izquierda en dirección a Scalabrini Ortiz, Julián le dice que quiere acompañarla a la estación de subtes mientras ambos caminan un tramo en silencio, ignorando el frio de la noche y otro tramo hablando de cosas sin importancia. ¿Cuántas cuadras son ? -pregunta ella- como aprovechando el tiempo mezquino que se escurría en el aire entre los dos. -Creo que siete- contesta él y un silencio asesino, los ronda y los deja sin voz . Siempre quise saber, ¿que nos dicen los silencios.? ¿Qué será lo que nos gritan ? Emilia baja las escaleras de la estación junto a Julián y desea que la tarde muera, que no exista el tiempo, que la vida sea oportuna y cambie de opinión, de pronto como un rayo que cae para arruinarlo todo, irrumpe la llegada del tren y no hay valor para decir nada, necesita que él le pida que se quede, aunque se vaya, aunque no le importe, aunque esté perdido, aunque sea la última vez . Julián sin decir palabra, toma su mejilla de repente, como si los minutos lo empujaran a su boca y en nueve segundos, nueve, un numero tan mágico como traicionero, la besa. Nueve segundos. ¿ Se puede decir que se quiere, en nueve segundos ? Emilia atraviesa el molinete y sube al tren, allí las puertas se cierran con furia, como si el universo se hubiera enfurecido por ver tanta cobardía en alguno de sus ojos . La formación arranca furiosa y se lleva ese momento como fotos pasadas en la memoria . Como si al tiempo le diera lo mismo si sos valiente o sos cobarde. Así, se lleva ese momento y todas las emociones que no encuentran un escondite digno. Así arranca el tren y con él los deseos y las palabras que callamos, que nos atan y finalmente, nos terminan matando. Los trenes no se pierden, los amores si. ¿Cuántas veces tendrá que pasar un tren que nos arranque de algún lugar para que nos demos cuenta de lo importante que es decir lo que sentimos .? Cuantas veces, esperamos sonido de un silencio que tal vez nos diga que alguien no es para nosotros. Cuantas veces, todo lo existente en algún lugar nos dice que no y nos arranca de un sitio como salvándonos y en realidad nos asesina en medio de una tarde ¿Cuántas veces, tendrán que pasar trenes más valientes e inoportunos, para darnos cuenta que fuimos cobardes y que no fuimos capaces de decir: “Quedate, no te vayas”.

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