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]]>Entre cajones de cubiertos, vasos y muebles amontonados que voy esquivando, subo los escalones hasta la mitad de la escalera de cemento. Me siento allí, abrazando mis rodillas y me acomodo como quien va a admirar algo hermoso, de pronto observo a lo lejos, la inmensidad de un parque por encima del tapial, o quizá sea un río, que refleja la luna.
En ese momento no logro ver con claridad. Me impresiona, le pregunto a mamá desde allí arriba si enfrente hay algún río y me quedo mirando con asombro y felicidad.
Me dice que no y sonríe desde el patio. “Es un baldío, hija dice- sólo que el reflejo de la noche y la lluvia estancada te hicieron pensar que es un espejo de agua. “
La felicidad de una casa nueva lo abarca todo. Las casas nuevas, aunque sean viejas, abren las esperanzas.
Por la tarde escucho el solfeo que repite mamá en un piano chico que me regaló en Navidad, estoy en la sala de una casa con patio y celosías verdes, con pisos de pinoteas que hacen música cuando camino.
Mi bisabuela alquilaba este lugar a gente que venía del interior, en cada cuarto vivía alguien, imagino cuántas historias habrá en las paredes.
Luego de su muerte la casa quedó vacía. Hoy vivimos nosotras junto con mi hermana. Nadie más.
Con una galería de baldosas de colores y vidrios esmerilados, azules, rojos y amarillos. Con paredes descascaradas que parecen contar historias.
El piano tiene un pájaro labrado pintado en azul.
Mamá estira los dedos y me mira gesticulando para que siga cantando. Sonríe, y yo no puedo ver aún todo lo que lucha.
Mamá está sola y nos cría, como puede.
Me canta algún tango y yo la miro y pienso cómo puede sonar tan lindo. En el colegio en las horas que no hago gimnasia viene una profesora de música a buscarme, mientras estoy sentada en un banco, me pregunta si quiero cantar con ella. Ella es Lidia.
Yo ya sé vocalizar y el solfeo me lo sé de memoria, porque me lo enseña mamá todas las tardes. Entonces, las manos de Lidia tocan un piano enorme de cola que hay en la sala de música. Así conozco a Eladia, a las melodías de Da Casinha Pequeñina, Lunita tucumana, algún bolero de Manzanero, rancheras, tangos y pedacitos de canciones líricas. Lidia se levanta siempre del banquito redondo y giratorio en donde se sienta a tocar y aplaude al final de cada canción.
Allí empiezo a amar la música. Digo que yo la amo, porque la música nunca me devolvió lo que puse en ella . A veces pasa. Hay cosas y amores, que piden más de lo que dan. La música ha sido eso conmigo. Y quizás mi madre también lo fue.
Lidia es maestra de música y trabaja en el Teatro Colón de Buenos Aires y ahora me enseña a mi. Soy afortunada, muchas veces lo soy. Lo he sido.
Sin desmerecer lo que hace mamá para que yo aprenda a cantar, podría decir que Lidia lo intenta desde otro lugar.
Mamá me enseña cada tarde para que yo cante o toque el piano. Lidia en cambio ve en mí algo y trata de sacarlo, lo sustrae, lo llama con su música interna. Parece intuir lo que uno guarda o esconde. Lo impulsa, con una sonrisa y paciencia, puede ver más allá de la piel, tan sólo con algo de amor.
A veces, cuando me aplaude, sentada en su banqueta giratoria, me hace sentir que tal vez lo hago bien.
Ésta es mi primera experiencia con la música. A partir de la llegada de Lidia en mi vida yo canto día y noche. Canto cuando vuelvo del colegio y en la sala que dá a la calle cruzando la galería.
Canto, mientras mamá prepara la cena. Canto cuando estoy triste y me voy por la noche a la escalera a mirar el parque de enfrente o el baldío.
Mamá a veces canta conmigo y me cuenta historias de su vida. Que quería ser actriz y no la dejaron, porque eso estaba mal visto en una mujer, que en el barrio le decían Maria Felix y algunas historias más de amores y desamores.
Si hay algo que recuerdo de mamá son sus manos. Siempre estaban tibias, aunque estuviera nevando. Tengo buena circulación, -me decía.- yo en cambio tenía las manos heladas, siempre, entonces, me hacía un huequito y me las calentaba.
Mamá era más simple, ella nunca hablaba de cosas profundas, ni siquiera cuando yo la buscaba para hacerlo. Sólo le preocupaba no cubrir las necesidades básicas.
Supongo que no tenía tiempo para la profundidad y no la culpo. Para las demás cosas estaba Lidia.
De ella aprendí que todos tenemos algo que hay que jalar. Todos necesitamos hablar de profundidades, aunque seamos chicos. De mamá aprendí que cada uno da lo que persigue. A veces damos lo que nos falta. Y buscamos también eso. También damos lo que aprendimos a dar. Yo buscaba la aprobación de mamá. Lidia sin querer me la ofrecía, generosamente. La música nunca me dio esa profundidad, paradójicamente.
Con el tiempo apareció la escritura y fue como la mirada de Lidia, cayó despacio y sin evaluarme. Se metió en mi vida confiando. Queriéndome con lo que tenía para dar. Sacándome pedazos y jalando todo lo que yo escondía, entonces, entendí qué a veces, los baldíos, en algún lugar, pueden ser un maravilloso río de la noche.
Patry Marina Perez Novo
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]]>Con cara de susto. Casi agitada llega corriendo, como escapando, mirando hacia los lados. Le pide al colectivero si la lleva a la estación del tren porque no tiene dinero.
Tiene puesto un pulóver gris agujereado y un pantalón palazzo viejo y dejado, con unas zapatillas rojas. Su pelo es mitad negro mitad canoso, tiene la boca grande y los ojos con expresion siempre de sorpresa.
Busca un asiento. Su aspecto es amigable, para nada agresivo.
Al subir pide permiso y al primero que la mira busca sacarle conversación. La gente ya la conoce, algunos la esquivan, más de uno tuerce la boca, se sonríen, cuchichean cosas.
Es la loca del 165.
Con cualquier pretexto busca complicidad con el compañero de asiento que le toque y siempre hay gente que aún no la conoce y escucha su historia del famoso hombre que la persigue.
¿No que había un hombre?
-Le dice a una señora que está sentada al lado suyo y continua- venía atrás mio ¿no? suerte que el chófer me paró y subí.
La señora que está al lado la mira y parece seguirle la corriente.
-Sigue hablando-
Yo lo ví ayer a la noche, dicen que te roba ¿o no?.
Su conversación oscila entre la afirmación y la pregunta.
¿Será que no es malo ese hombre? Pero me corrió eh…
Se hace un pequeño silencio.
¿Lo vió usted?
-Pregunta otra vez a la señora y sigue hablando- ¿Estaba corriendo atrás mío, no?
¿Y justo pasaba la policía, no?
-Casi sin esperar respuesta lanza más preguntas. –
Capaz lo agarraron…
Suerte que el chófer me paró rápido. ¿Si no, capaz me robaba, no?
¿O no? ¿Qué dice usted?
Sus ojos ahora se abren expresivamente, esperando una respuesta que no tiene.
Sigue buscando complicidad en su compañera de asiento. La señora le dice que no con la cabeza, intentando cortar la conversación.
¿Usted lo vió? Dicen que ayer estaba ¿Pero no es malo, no? Vuelve a preguntar sin obtener respuesta.
Rosaura, así se llama, pero le dicen la loca del 165.
Ahora la señora ya no responde.
Es que la locura de los otros a veces nos da miedo. Rosaura hace unos años que vino al barrio, no se sabe qué le ocurrió, sólo cuando sube al colectivo siempre dice que la persigue un hombre. Muchas veces hasta se la ha visto dialogar con las mujeres policías que patrullan las cuadras caminando, seguramente contándoles eso que la perturba.
El viaje continúa y ahora la mujer que estaba sentada se levanta y casi ignorando cualquier pregunta, sonriendo en complicidad con el resto, pide permiso y baja del colectivo. Rosaura mira para el pasillo y busca algún otro pasajero que la quiera escuchar, casi nadie está dispuesto, la locura aunque no sea agresiva, espanta.
Por lo bajo dos chicas de uniforme de colegio se tapan la boca y al oído cuchichean que está loca, ríen, mientras siguen hablando bajito.
Rosaura escucha, las mira y les dice, no estoy loca eh… venía un hombre chicas, no lo vieron? Tengan cuidado, anda por la noche por ahí. Las chicas se ríen entre ellas y se van para la parte de atrás del colectivo.
Rosaura sigue hablando sola. Yo lo vi, ¿pero no creo que haga nada, no? ¿O no? Se habla y se contesta.
Al lado de Rosaura ahora se sienta un hombre de unos setenta años, aproximadamente. La venía observando y aprovechó a sentarse ahora que está sola. ¿Usted qué piensa? le pregunta Rosaura, vió al hombre que me perseguía?
El hombre sentado al lado le contesta que sí.
Rosaura le dice: ¿usted lo vió? ¿Venía corriendo atrás mío, lo vió? Yo sí, le vuelve a decir este hombre muy seguro. ¿Siempre está a la noche vió? Y la policía que no hace nada. ¿Andaba hoy también la policía, dicen, no?
Si, si lo ví, le dice otra vez el hombre, yo te puedo ayudar a que no te persiga. Si venis a casa, te ayudo y te digo que hacer.
Rosaura se levanta del asiento y se va para la parte de atrás del colectivo, toca el timbre .
El hombre que estaba a su lado sentado le dice: esperá, me bajo con vos te puedo decir qué hacer para que ese hombre no te persiga más, vivo cerca de aquí a cinco cuadras, bajate conmigo y vení a casa y te ayudo a que no te persiga más.
Rosaura lo mira seria, su mirada cambia ya no es como antes.
Su actitud no es la misma que con las chicas o la señora, si no distinta.
Como si conociera algo del hombre que le habla . Como si en ese momento un cachetazo de las miserias humanas la volvieran a la realidad de repente.
Rosaura camina hacia la puerta trasera del colectivo toca el
timbre y baja, el hombre insiste con que lo acompañe, ella se da vuelta le dice que se va sola, el hombre vuelve a decirle que él vió también a quien la perseguía.
Rosaura le contesta que él no vió nada y le dice que se tome el raje, se la nota enojada, mientras se baja.
El hombre queda sorprendido mirándola y vuelve a sentarse.
Quizá Rosaura lo único que quería era un momento para charlar con alguien y apagar su soledad. Quizá su dolor no lo conozca cualquiera .
Tal vez algunos locos no lo estén tanto y eso sea una suerte entre tanta desgracia.
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