Raúl Kersenbaum Archives - Juan Botana https://juanbotana.com/secciones/escritores/raul-kersenbaum/ Comunicación y cultura Sat, 27 Apr 2024 01:39:48 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.9 https://i0.wp.com/juanbotana.com/wp-content/uploads/2025/07/cropped-ico-jb.jpg?fit=32%2C32&ssl=1 Raúl Kersenbaum Archives - Juan Botana https://juanbotana.com/secciones/escritores/raul-kersenbaum/ 32 32 Penal. Por Raúl Kersembaun https://juanbotana.com/penal-por-raul-kersembaun/ Sat, 27 Apr 2024 01:34:31 +0000 https://cartaabierta.com.ar/?p=13437 Juan está a unos pasos de la pelota y mide a Toto que espera el penal en el medio de dos montones de buzos y remeras que hacen las veces de arco improvisado.  En la canchita de la fábrica abandonada, el desafío era siempre el mismo: el mejor de cinco.

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Juan está a unos pasos de la pelota y mide a Toto que espera el penal en el medio de dos montones de buzos y remeras que hacen las veces de arco improvisado. 

En la canchita de la fábrica abandonada, el desafío era siempre el mismo: el mejor de cinco. Estaban cuatro a cuatro.

Antes de volver al arco, Toto se acerca a la pelota y escupe cerca a modo de cábala.

-¿Qué hacés, boludo?

-Nada… dale, pateá que acá está Fillol.

Juan retrocede para tomar carrera y ve Toto que espera con las piernas flexionadas, listo para el salto. El tiempo se vuelve lento y el arco se le hace cada vez más chico. Las zapatillas van levantando polvo a medida que corre. El golpe es de puntín y la pelota alza vuelo hacia Toto que se lanza a detenerla. Imposible. El balón cruza por arriba, lejos del alcance del arquero y sobrevuela el cerco que delimita la cancha.

-¡Gooool!

Juan se abraza con sus compañeros.

-¿Qué gol, boludo? ¡Pasó por arriba! –protesta Toto.

-¡Qué por arriba! ¡Fue gol!

Y las protestas y las defensas por el tiro se confunden entre risas y enojos de los ocho chicos del partido. Y en el desacuerdo llegan a lo que tantas otras veces sucedió. Se repite el tiro.

-Buscá la pelota –dice Juan.

-¿Dónde está?

-Del otro lado.

-¡Ah, no, andá vos! ¡Vos pateaste!

-¡Vos no la atajaste!

Juan y Toto buscan un lugar por donde colarse a través de la cerca que bordea lo que alguna vez fue una fábrica textil. Van recorriendo el perímetro hasta que finalmente encuentran un lugar en donde está suelto el alambre tejido. Toto tira hacia arriba y permite que Juan repte por el pasto crecido hacia el otro lado y después lo sigue. Caminan hacia donde creen que puede haber caído la pelota, pero no la encuentran. La búsqueda los acerca a uno de los lados del edificio y un golpe metálico los sobresalta. Juan, le hace un gesto a Toto para que no haga ruido y empieza a acercarse a una de las ventanas. Se acomoda y usando la mano a modo de visera mira al interior. Atado a una silla caída sobre el piso, hay un hombre desnudo, ensangrentado, rodeado por otros tres que parecen deliberar. Toto se le acerca.

—¿Qué hay ahí? –—pregunta.

Uno de los hombres gira la cabeza y los ve en la ventana. Alza un brazo y con los dedos en posición de pistola simula un disparo.

—¡Rajemos! —dice Juan.

—¿Pero, qué hay?

—¡Corré, boludo! —grita.

Los pies de ambos vuelan sobre el pasto, llegan hasta la abertura del alambrado y se lanzan a través de ella.

—¡Corran, corran! —les grita Juan a los compañeros al llegar a la canchita.

Los chicos empiezan a caminar alejándose. Los pasos se hacen cada vez más rápidos hasta que finalmente corren.

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Recuerdos. Por Raúl Kersenbaum https://juanbotana.com/recuerdos-por-raul-kersenbaum/ Mon, 11 Mar 2024 21:36:04 +0000 https://cartaabierta.com.ar/?p=12857 Detuvo un taxi y arregló el precio por llevarlos a Ezeiza. Cargó las valijas en el baúl y subieron. El auto tomó por Sáenz Peña. Esa mañana Miguel había abierto placares y aparadores. Revisó cajas que guardaban cosas que ya no recordaba. Encontró la Spica y se le vino a

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Detuvo un taxi y arregló el precio por llevarlos a Ezeiza. Cargó las valijas en el baúl y subieron. El auto tomó por Sáenz Peña.

Esa mañana Miguel había abierto placares y aparadores. Revisó cajas que guardaban cosas que ya no recordaba. Encontró la Spica y se le vino a la memoria la voz chillona del parlante que transmitía los partidos de San Lorenzo los domingos a la tarde.

Iban dejando atrás San Cristóbal por la avenida Independencia y llegaban a Boedo. Con una amargura cercana a la bronca, se preguntó dónde andarían sus hermanos.

En un costado del aparador estaba la pila de discos long play. Encontró Refrescos Musicales. Se acordó de la fiesta en casa de Juan, cuando Ray Coniff empezó a sonar. Había esperado ese momento para declarársele a Julia, pero apenas se animó a bailar en silencio con ella.

Ahora recorrían Juan Bautista Alberdi. En el asiento de al lado, Marta miraba por la ventanilla en silencio mientras Carlitos se iba durmiendo con el vaivén del auto.

Al fondo de un estante descubrió las revistas eróticas que solía pedirle a escondidas al diarero. Miguel las hojeó con una sonrisa, redescubriendo las imágenes que alguna vez le resultaron excitantes y que hoy le parecían inocentes. Las tiró a la basura.

Ya subían por la General Paz. Volvió a pensar en sus dos hermanos que estaban siendo buscados. No les reprochaba su militancia, sino el hecho de no darse cuenta de que con eso los ponían en peligro a él y a su familia.

En el primer cajón de la cómoda vio la Instamatic con la que había sacado las fotos de su luna de miel en Córdoba, de las fiestas de cumpleaños y la torta con muñequitos de Kiss que había usado para los ocho de Carlitos.

Faltaba poco. La Ricchieri los conducía a Ezeiza.

El grabador Geloso le hizo acordar de sus primeros pasos como el periodista que nunca llegó a ser. Sus entrevistas a parientes. Las risas cuando con los amigos improvisaban un radioteatro.

Vinieron los trámites frente al mostrador mientras estudiaban detenidamente los pasaportes y los pasajes para Israel. La vista hacia abajo, no fuese cosa que alguien tomara a mal una mirada.

En el avión, Miguel se recostó contra el respaldo del asiento. En el bolsillo del saco llevaba la Parker que había usado durante la secundaria. Probó escribir algo sobre la tapa de una revista pero la tinta estaba seca.

Buenos Aires se alejaba.

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En la ESMA. Por Raúl Kersenbaum https://juanbotana.com/en-la-esma-por-raul-kersenbaum/ Sat, 24 Feb 2024 15:33:50 +0000 https://cartaabierta.com.ar/?p=12600 Me reencontré con Andrea la primera vez que visité la ex ESMA. Era un sábado frío y lluvioso. Íbamos a una muestra de improvisación teatral. Hablamos del lugar y su historia. Yo le dije que no terminaba de darme cuenta de dónde estaba. —Al principio me pasó lo mismo —me

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Me reencontré con Andrea la primera vez que visité la ex ESMA. Era un sábado frío y lluvioso. Íbamos a una muestra de improvisación teatral. Hablamos del lugar y su historia. Yo le dije que no terminaba de darme cuenta de dónde estaba.

—Al principio me pasó lo mismo —me confesó —, hasta que llegué a donde están las fotos pegadas a la pared. Ahí me quebré.

No supe qué decir y se hizo un breve silencio.

—¿Vos sabés? —siguió —.Yo estuve enamorada de un chico que estudiaba acá. Carlos se llamaba. Él tendría diecisiete y yo quince. Era el hermano de una amiga. Habremos salido un par de meses. Al principio todo fue bien, pero al tiempo se fue volviendo más callado. Más distante. Hasta que un día me dijo que no quería salir más conmigo. A él no lo vi más, pero seguí amiga de la hermana. Un día le pregunté cómo andaba Carlosy me contó que quería dejar la ESMA, pero no lo dejaban. Me sorprendí porque, desde mí y en aquel entonces, era un honor pertenecer a las fuerzas armadas. Pasó un tiempo y me fui a vivir Francia. —Andrea hizo una pausa—Haría dos años que vivía en París cuando supe por qué no le permitieron dejar la ESMA: él había sido testigo de todo lo que pasaba ahí.

Se había hecho de noche.

Dejé atrás el pabellón y caminé hasta una calle interior que me llevaba a la puerta de salida. La lluvia se había hecho más fuerte y el ruido del viento, que soplaba con intensidad, se mezclaba con el de los truenos. Me cerré la campera hasta el cuello y apuré el paso. Las ramas largas y oscuras de los árboles se mecían contra el fondo violáceo de la tormenta. Me imaginé que el frio que sentía era el mismo que otros habían sentido. Dejé de estar solo. Me acompañaban todos aquellos que ya no están y que vivieron entre la tortura y la muerte a pocos pasos de donde yo caminaba.

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Pasaporte. Por Raúl Kersembaum https://juanbotana.com/pasaporte-por-raul-kersembaum/ Wed, 07 Feb 2024 09:44:17 +0000 https://cartaabierta.com.ar/?p=12564 La cola para sacar la cédula y el pasaporte en el departamento de policía de Rosario era casi de una cuadra. Yo podría haber usado la influencia de Esteban, un oficial amigo de mi papá, para evitar el trámite, pero sabía por sus comentarios que tenía mucho trabajo y no

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La cola para sacar la cédula y el pasaporte en el departamento de policía de Rosario era casi de una cuadra. Yo podría haber usado la influencia de Esteban, un oficial amigo de mi papá, para evitar el trámite, pero sabía por sus comentarios que tenía mucho trabajo y no quise molestarlo. Lloviznaba y hubo que esperar un par de horas en la calle.

El interior del edificio estaba lleno de gente atenta a los letreros que indicaban a qué sector dirigirse.

Por fin, el cartel marcó“176, cabina 5”. Nos sentamos frente a un policía que comenzó a revisar los datos de mis formularios. Cuando Cecilia le extendió sus papeles, nos dijo que ella debía hacer la cola de nuevo porque atendían solamente una persona por número. Entonces yo desplegué toda mi persuasión hasta que él no sólo laatendió sino que nos anotó una dirección de donde podíamos retirar los documentos quince días después sin necesidad de esperar un mes.

Pasaron dos semanas de mucho estudio. Era noviembre y no queríamos llevarnos ninguna materia. Ese año terminábamos el colegio y mis padres me habían prometido el viaje a España con Cecilia como regalo de fin de curso.

Llegada la fecha, fuimos a buscar los pasaportes al lugar que nos había indicado el oficial. Era otra dependencia de la policía. En la guardia nos indicaron cómo llegar a “certificaciones”. Subimos al primer piso y buscamos la oficina. Llegamos a un sector grande e inhóspito, con paredes grises y ventiladores ruidosos que giraban despacio. Esta vez no había policías uniformados.En el lugar trabajaban hombres de civil, algunos con traje y otros vestidos de forma casual sin disimular las armas en la cintura. No dimos con la oficina que buscábamos y, desconcertadas, quedamos en medio de un hall en donde vimosun grupo de unas diez mujeres paradas en filade cara a la pared. Cruzamos una mirada con Cecilia,pero fue sólo un momentoporque una voz nos sacó de la situación.

—¿Qué hacésvos acá? —era Esteban, el amigo de papá.

—¡Hola, que sorpresa! ¡Vinimos a buscar nuestros pasaportes y estamos…!

—¡Ustedes no tienen nada que hacer acá! —nos reprochó. Se lo veía muy alteradoy nos dijo de mal modo que lo siguiéramos.

A pasos rápidos, siempre detrás de él, cruzamos el inmenso salón hasta que Esteban abrió una puerta y nos hizo pasar.

—¡Se quedan acá y no se mueven, ni salen, ni hablan de lo que vieron! ¿Entendieron?

Lo esperamos calladas, intranquilas en ese cuarto sin ventanas. Diez minutos más tarde volvió con los pasaportes y casi sin cruzar palabra con nosotras, nos llevó hasta la salida donde nos despidió como si no nos conociéramos.

Yo lo volví a ver varias veces antes de nuestro viaje en asados y en algunos cumpleaños. Era el mismo Esteban de siempre, amable, alegre. Nunca mencionó el tema de los pasaportes y yo jamás le pregunté.

Ese verano fuimos a España. Vimos la Alhambra, el Alcázar y también,los diarios de Madrid, que decían lo que estaba pasando en Argentina. Era enero de 1977.

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Juegos a la tarde. Por Raúl Kersenbaum https://juanbotana.com/juegos-a-la-tarde-por-raul-kersenbaum/ Sat, 27 Jan 2024 11:52:55 +0000 https://cartaabierta.com.ar/?p=12390 El sol de las cinco alarga las sombras de los árboles sobre una calle de Hurligham. Lucía corre a Juana que trata de escaparse viboreando alrededor de un poste hasta que finalmente la alcanza y le toca la espalda. —¡Mancha! Entre risas, Juana se detiene a descansar contra una pared.

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El sol de las cinco alarga las sombras de los árboles sobre una calle de Hurligham.

Lucía corre a Juana que trata de escaparse viboreando alrededor de un poste hasta que finalmente la alcanza y le toca la espalda.

—¡Mancha!

Entre risas, Juana se detiene a descansar contra una pared.

—Pará…, juguemos a otra cosa…, juguemos al “En la calle veinticuatro”, ¿dale?
Lucía se para delante de Juana.

—En la ca-llevein… —comienza a cantar Lucía.

—¡Esperá, Lu, las dos juntas! —protesta Juana.

Entonces cantan las dos.

—En la ca-llevein-ti cua-tro…

Las palmas de las chicas chocan al ritmo de la canción.

—… se ha cometi-do un ase-si-na-to, una vieja matunga-to…

Las chicas se esfuerzan por no equivocarse a medida que la canción y las palmas se aceleran.

—…con la pun-ta del za-pa-to, pobre vie-ja…

Un muchacho que pasa por la vereda se contagia de las risas cuando Lucía se equivoca y sus manos quedan flotando en el aire.

—Dale, otra vez —reclama Lucía.

De nuevo se ubican frente a frente y repiten la canción mientras el muchacho se aleja sonriendo.

—En la ca-llevein-ti cua-tro, se ha cometi-do un ase-si-na-to, una vieja matunga-to, con la pun-ta…

Un Falcon irrumpe por la calle a toda velocidad y frena violentamente al lado del muchacho que duda unos instantes y se vuelve corriendo hacia donde están las chicas.

Lucía toma a Juana del brazo y la arrastra para atrás. Él pasa rápido junto a ellas, pero se paraliza cuando un segundo auto lo intercepta. Las puertas se abren y bajan dos hombres armados que lo arrastran sin que se resista. Antes de que lo metan en el coche, Lucía alcanza a cruzar una mirada con el muchacho. Una mirada de súplica.

Lucía toma a Juana de la mano y salen corriendo asustadas.

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Por Curioso. Por Raúl Kersenbaum https://juanbotana.com/por-curioso-por-raul-kersenbaum/ Tue, 16 Jan 2024 13:40:22 +0000 https://cartaabierta.com.ar/?p=12162 Ese domingo, a Héctor lo despertaron los ruidos y las voces de la calle. Cuando se sentó en la cama, el frío de las baldosas lo obligó a ponerse las pantuflas. Con los años los huesos le dolían, así que fueron lentos los pasos que dio hasta la ventana. Corrió

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Ese domingo, a Héctor lo despertaron los ruidos y las voces de la calle.

Cuando se sentó en la cama, el frío de las baldosas lo obligó a ponerse las pantuflas. Con los años los huesos le dolían, así que fueron lentos los pasos que dio hasta la ventana.

Corrió la cortina y apoyó la mejilla contra el vidrio helado. Trató de mirar a ambos lados de la calle, pero no vio nada.

Mientras se abotonaba el saco pijama, caminó hasta la puerta. El golpe de aire le hizo entrecerrar los ojos al salir a la vereda, extrañamente vacía. Como nunca había cosido el botón que faltaba, se cerró el cuello con la mano.

Oyó los ruidos con más claridad y se dirigió hacia la esquina tratando de no perder las pantuflas. Ahí notó que a mitad de cuadra había una doble hilera de soldados que iba desde una casa hasta la parte trasera de un camión militar estacionado a pocos metros. Entre las dos filas, pasaban varios hombres con los brazos levantados por detrás de la nuca y eran obligados a subir al vehículo.

Héctor estuvo en la esquina el tiempo suficiente como para pensar en volver a su casa y abrigarse, cuando dos manos lo tomaron por detrás y comenzaron a llevarlo casi corriendo hacia el camión. Sus piernas no alcanzaban a moverse con tanta rapidez y en el intento de seguir el ritmo, perdió una de las pantuflas.

Quiso aclarar que no estaba haciendo nada, pero no llegó a decir palabra y lo subieron junto a los demás. Con él, eran ocho las personas sentadas en el piso de metal custodiadas por dos soldados armados. Uno de los detenidos trató de comunicarse por señas con otro, pero recibió un fuerte culatazo en la sien. Héctor optó por mirar hacia abajo y mantenerse en silencio.

El camión se puso en marcha y el viento, que se filtraba por las muchas hendijas de la caja, se le clavó como alfileres en la piel.

Llegaron a una seccional de policía y los encerraron en una habitación. Hacía rato que Héctor tiritaba sin parar. Trató de entibiarse las manos con el aliento y apoyó el pie desnudo sobre la pantufla que le quedaba.

Vio cómo se llevaban a tres de los detenidos antes de que un sargento lo tomara del brazo y lo condujera frente al comisario. El oficial miró a Héctor de arriba abajo.

—¿Qué hace este hombre acá?

El sargento se encogió de hombros.

Un tiempo después, el timbre anunció la salida de Héctor de la seccional. En la vereda se cruzó de brazos para darse calor y buscó con la vista la parada del colectivo. Esperó unos instantes y volvió sobre sus pasos hacia donde estaba el custodio.

—Disculpe. No tengo para viajar… ¿me podría prestar para el boleto?

—Mire, viejo, yo que usted me voy lo antes posible…

Y Héctor se alejó cojeando un poco.

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Mercedes Benz 1518. Por Raúl Kersembaum https://juanbotana.com/mercedes-benz-1518-por-raul-kersembaum/ Mon, 08 Jan 2024 16:33:48 +0000 https://cartaabierta.com.ar/?p=11955 A mi abuelo lo recuerdo como un gran tipo. En mi infancia, yo esperaba cada domingo porque era un día de descubrimientos, el día en que iba hasta su tallercito en la parte trasera de la casa y podía usar sus herramientas para hacer juguetes de madera o fuertes en

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A mi abuelo lo recuerdo como un gran tipo. En mi infancia, yo esperaba cada domingo porque era un día de descubrimientos, el día en que iba hasta su tallercito en la parte trasera de la casa y podía usar sus herramientas para hacer juguetes de madera o fuertes en donde poner los soldaditos de plomo que coleccionaba. Creo que mi interés por todo lo que era mecánico hizo que yo fuese su nieto preferido. Por lo menos, así lo vivía yo.

El abuelo había llegado de Italia escapando de la hambruna que dejó la gran guerra y se quedó a vivir en Glew, en donde se casó y construyó su propia casa que se fue agrandando con el tiempo. De albañil pasó a chofer de una camioneta haciendo repartos para una fábrica de azulejos y después de unos años le ofrecieron manejar un camión que llevaba mercaderías al sur del país. En esa época nuestros encuentros se hicieron menos frecuentes por los viajes. Igual, siempre me traía dulces o chocolates de los distintos lugares en donde paraba. Cuando volvía a Buenos Aires, solía quedarse unos días antes de salir de nuevo y entonces se repetían los encuentros de los domingos. Yo estaba estudiando ingeniería y nos quedábamos charlando largo rato mientras tomábamos mate. Una de esas tardes, me contó en secreto que en los últimos años venía ahorrando para poder dar un anticipo y comprar su propio camión. Me emocionó verlo tan ilusionado.

Meses después, vi frente a su casa un Mercedes Benz 1518. Enorme, rojo, brillante. Y apoyado en la puerta de la cabina, me esperaba mi abuelo con una sonrisa. Me invitó a subir y encendió el motor. Paseamos por el centro del pueblo y por algunas calles de tierra. Iba orgulloso al volante y de tanto en tanto espiaba a la gente que caminaba por la calle para ver si lo miraban. La conversación fue totalmente dedicada al camión y al entusiasmo que le provocaba el viaje al Chaltén que haría al día siguiente.

Dos días más tarde, mi abuela me llamó por teléfono. Me dijo que los militares le habían confiscado el Mercedes al abuelo. Era fin de abril de 1982, pleno conflicto de Malvinas.

Terminada la guerra fuimos con el papel de decomiso que le habían dado los militares a infinidad de reparticiones tratando de recuperar el camión. Fue inútil. A pesar de las promesas, nunca nos lo devolvieron.

Al tiempo mi abuelo se enfermó y murió.

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Dos cuadras. Por Raúl Kersenbaum https://juanbotana.com/dos-cuadras-por-raul-kersenbaum/ Tue, 02 Jan 2024 16:16:50 +0000 https://cartaabierta.com.ar/?p=11811 Esteban cruza la puerta vaivén del teatro y se detiene debajo de la marquesina. Mira a ambos lados de la calle. Ni un alma. La lluvia brilla a contraluz del farol que ilumina la esquina. Puta, no traje piloto, piensa mientras se levanta el cuello del saco y se echa

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Esteban cruza la puerta vaivén del teatro y se detiene debajo de la marquesina. Mira a ambos lados de la calle. Ni un alma. La lluvia brilla a contraluz del farol que ilumina la esquina.

Puta, no traje piloto, piensa mientras se levanta el cuello del saco y se echa a caminar apurado con las manos en los bolsillos. Mejor voy más despacio, a ver si creen que estoy en algo. Siente las gotas sobre la cara y aminora el paso. Igual les puedo decir que andaba rápido por la lluvia, aunque mejor les digo que estaba en el teatro y que me olvidé el piloto. No, mejor lo del teatro no. Lo que sí me van a pedir es el documento y se lo voy a dar. Se palpa los bolsillos por quinta vez en el día para estar seguro de que tiene el documento. ¿A dónde va, de dónde viene? Vengo del teatro, se lo tengo que decir, y voy a mi casa… No, mejor, vengo del teatro de la otra cuadra, soy actor y voy para mi casa, allá… No, mejor lo de actor no, seguro que no les gusta, seguro que nunca van al teatro. Seguro.

Antes de llegar a la avenida, Esteban cruza Rodríguez Peña sumido en sus pensamientos. No, primero me van a pedir los documentos, entonces se los doy y me van a mirar y yo voy a estar tranquilo ¿total?, yo no estoy metido en nada y me van a dejar ir sin problemas.

Una vez en Corrientes, camina hacia Junín. Casi no hay movimiento en la calle, sólo unos pocos autos y un 60 vacío. Un hombre se acerca en sentido contrario. Esteban apenas lo distingue entre las sombras que proyectan las hojas de los árboles y se mantiene cerca de la pared. Cuando se cruzan lo espía por el rabillo del ojo y recién siente alivio al oír que los pasos se alejan.

Menos mal que hoy llueve y seguro que no salen a patrullar. ¡Puta, siempre lo mismo! Pero si yo sé qué decir: vengo del teatro de la otra cuadra y voy a mi casa, casi en la esquina. Nos va a tener que acompañar. Bueno, déjenme avisarle a mi esposa, acá nomás, a media cuadra… No, no me van a decir eso, ¿por qué me van a llevar si yo no tengo nada que ver con nada?

Esteban recorre los últimos metros que lo separan de su casa ya con las llaves en la mano. Entra y cierra la puerta. Soy un boludo, todas las noches lo mismo, me preocupo al pedo.

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En el placard (testimonio). Por Raúl Kersenbaum https://juanbotana.com/en-el-placard-testimonio-por-raul-kersenbaum/ Wed, 27 Dec 2023 22:16:17 +0000 https://cartaabierta.com.ar/?p=11677 Era de noche. Mamá me hizo señas para que no hiciera ruido, me destapó y me levantó de la cama en brazos. Yo estaba medio dormida y confusa. Sin otra explicación, me hizo esperar frente al placard de su dormitorio y abrió las puertas. Corrió un par de valijas para

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Era de noche. Mamá me hizo señas para que no hiciera ruido, me destapó y me levantó de la cama en brazos. Yo estaba medio dormida y confusa. Sin otra explicación, me hizo esperar frente al placard de su dormitorio y abrió las puertas. Corrió un par de valijas para hacer lugar, nos metimos adentro y cerró.

En 1977 yo tenía nueve años y recién a los quince supe lo que había pasado esa noche.

Vivíamos en la calle Moctezuma en el Barrio San José en una casa con un jardín al frente.

Cuando iba a la escuela, los días transcurrían demasiado lentos para mi gusto, mientras que los fines de semana volaban. Los momentos que más disfrutaba eran los sábados cuando se reunía mi familia y jugaba con mis primos. Los mayores hacían sobremesa y bajaban la voz cuando hablaban de política. En realidad era mi tío Manuel el que empezaba la conversación y siempre traía una revista que mi mamá quemaba cuando él se iba.

Esa noche, a eso de las cuatro de la mañana, mi mamá se despertó por un ruido de motores que venía desde la calle. Miró a través de las hendijas de la persiana y vio unos autos que se estacionaban frente a nuestra casa. Entonces decidió no encender las luces y nos metimos dentro del placard entre la ropa y el olor a naftalina. Desde ahí escuchamos algunos gritos y después un silencio que siguió por un par de horas. Cuando salimos, ya estaba clareando. Supimos que unos hombres de civil se habían llevado a los vecinos, una pareja de la edad de mi tío. Tal vez habían venido por él y se equivocaron de casa, dijo mamá.

Nunca se supo nada más de esos vecinos. A mí me sigue asustando la oscuridad y todavía me acuerdo de la presión de la mano cuando mamá me tapaba la boca.

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De cinco meses. Por Raúl Kersenbaum https://juanbotana.com/de-cinco-meses-por-raul-kersenbaum/ Tue, 19 Dec 2023 12:46:46 +0000 https://cartaabierta.com.ar/?p=11636 La noche de noviembre entra por la ventana del dormitorio.Una brisa fresca llega desde la costa de Quilmes.En la cama, Lilianacambia de posición. Extiende el brazo hasta tocar el hombro de Andrés y sigue durmiendo. No pasa mucho tiempo antes de que, inquieta, abra los ojos. No…, otra vez. Espera

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La noche de noviembre entra por la ventana del dormitorio.Una brisa fresca llega desde la costa de Quilmes.En la cama, Lilianacambia de posición. Extiende el brazo hasta tocar el hombro de Andrés y sigue durmiendo.

No pasa mucho tiempo antes de que, inquieta, abra los ojos. No…, otra vez. Espera un rato mientras lucha entre el sueño y las ganas de ir a hacer pis. Finalmente, enciende la luz del velador y se sienta en el borde de la cama. Busca con la vista las chinelas, pero al no encontrarlas se levanta y va descalza al baño tomándose la panza de cinco meses.

Apenas largados chorritos.Puta madre. Espera unos momentos y luego tomala punta del papel higiénico y, como es su costumbre, tira fuerte del rollo que gira y deja caer más de lo que necesita. Liliana hace un bollo de papel y se seca.

Después vuelve a la cama, se tapa y apaga la luz. Está a punto de dormirse,cuando la pone alerta el ruido de un coche que se detiene.

—¿Estás bien? —pregunta Andrés.

—¿Escuchaste?

—¿Qué cosa?

—Un coche paró cerca.

Andrés vuelve a acomodarse para seguir durmiendo.

—No, no escuché…, a lo mejor es el de enfrente que viene en pedo como todos los viernes.

Liliana presta atención en la oscuridad. Unas pisadas sobre la vereda se suman a los ruidos de la noche. La sobresaltan los fuertes golpes contra la puertaque se repiten casi sin interrupción.

—¡No abras! —dice ella en voz baja.

—¿Qué hacemos?

Los golpes siguen con la misma violencia.

—No podemos no abrir. Prendé la luz —dice Andrés mientras se levanta con decisión—. ¡Ya va!

Iluminada por el velador, ella espera mientras oye los pasos de Andrés que va hasta la puerta y abre.

Y súbitamente, la confusión. Ruidos metálicos y de hombres que entran en el comedor de la casa. Gritos.

—¿Dónde está el NegroRamírez?

La voz de Andrés apenas llega a decir no sé quiénes cuando suena el golpe y se oye un gemido de dolor. Liliana se acurruca contra el respaldoy se tapa con la frazada hasta casi quedar oculta.Todo lo que había imaginado tantas veces, cómo actuar, qué decir, se deshace en el temblor que le invade el cuerpo.

Siguen más preguntas y el no séque se repite y el llanto y los golpes que se mezclan sin orden. Y de pronto, el silencio. Y unas pisadasque se acercan desde el comedor. Y un hombre alto, de traje,que entra al dormitorio y ve a Liliana hecha un ovillo bajo la manta.

El hombre recorre el lugar con la vista. Se pone a mirar por la ventana y sin darse vuelta pregunta:

—¿Dónde está el NegroRamírez?

—No lo conozco.

El hombre menea la cabeza y gira hacia ella.

—Mirá pendeja, es tarde, estoy cansado. Eso me pone mal, ¿entendés? No te hagás la boluda, no me hagás perder el tiempo y decime dónde está.

—Es en serio, señor. No lo conozco —contesta Liliana que tiembla encogida bajo la frazada.

De nuevo el hombre se vuelve hacia la ventana y golpea levemente el marco con el puño.

—¡Salí de la cama!

Liliana tarda unos segundos en levantase y se para al lado de la mesa de luz.

—Tenés una oportunidad más de salvarte… vos decidís.

Ella trata de hablar, pero se quiebra en llanto.

Disgustado, el hombre se da vuelta con violencia y recién ahí nota la redondez del vientre. Se contiene y se queda calladounos momentos

—Estás embarazada —señala.

Liliana asiente en silencio.

—¿De cuánto estás?

Ella deja de llorar.

—De cinco—murmura.

—¿El que está en la otra pieza es tu marido?

—Mi pareja.

—Acostate.

Ella se mete en la cama y vuelve a taparse con la frazada.

—¡Cabo, suelte al hombre y espérenme en la camioneta! —grita hacia el hueco de la puerta.

—¡A la orden, mi mayor!

Al tiempo que se escucha el portazo,Andrés entra al dormitorio. Le sale sangre de la nariz y de la boca.  Se sube a la cama y Liliana lo abraza cobijándolo.

El oficial se queda largos instantes mirándolos en silencio.

—Acordate de que te salvé—dice el hombre antes de irse—. Esta vez zafaron los dos, pero ojo, que los voy a estar vigilando.

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