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]]>El hombre miró la luz del quirófano
Y recordó su primera camiseta;
La del pincha.
Siguió recordando, o ya alucinando
Y se vio siendo año tras año
El único de Estudiantes
En el jardín, escuelas, grupos varios
A 1200 kilómetros quedaba 1 y 57
De pibe la tele, a veces, pasaba los goles
(Pocos goles en esa época)
Como hasta ahora; los 5 “grandes” acaparaban todo
Vio a los campeones de América y el mundo
Verón, Flores, Pachamé… Zubeldía
A los del 82 y 83
Sabella, Brown, Russo… Bilardo
Se recordó esperando 23 años
Hasta que Pavone la levantó sobre Bobadilla
Y la pérdida del Ruso fue tributo
Y el descenso anécdota de despegue y aguante
Observó a la brujita levantar la copa de nuevo
39 años después
Y a Pachorra con su campera beige
Llevándolo a él ¡Si! ¡A él! Hacia el túnel
Dentro; miles de imágenes, tapas de revistas
El 7 a 0, el empate a Gremio con 4 menos
Las remontadas, las decepciones
Él mismo llorando, riendo, gritando, saltando
Al salir ya no fue túnel
Fue canal de parto
Murió y nació en otro sitio
Pero ya no se movió de 1 y 57.
Autor: Rodolfo Zamora Damonte
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]]>Y dije Freud, así como también “psicoanalítico” porque el Complejo de Edipo recibe un aporte sensacional de parte del “Licenciado” Roger Waters en, por ejemplo, “Mother”, cuando a diferencia de las madres retratadas por otros músicos y sus consiguientes letras; la madre de Waters no es angelical y divina como la de Palito Ortega, no es la confidente de un hijo que le confiesa un crimen como la de “Rapsodia Bohemia”, menos aún la conflictiva madre de Eminem o la de Tracy Bonham; que va un paso atrás en la evolución de su hija. La madre de Waters es la que ayuda al pibe a construir el muro entre él y la realidad misma en una insoportable cápsula de sobreprotección (“mamá te dejará cantar pero no volar”, “mamà chequeará a todas tus novias”) pero es la dadora de un afecto inconmensurable (“nene, no llores”, “te mantendrá arropado”) y, además, es la confidente “mercuriana” (“mamà ¿ella es peligrosa para mí?, “¿debo confiar en el gobierno?”, “ ¿debo candidatearme para presidente?”) O sea todo ese, justamente; complejo que es usualmente mamita.
Pero también en épocas de Syd Barrett mediante la genial “Matilda Mother” hay una aproximación a la madre sobreprotectora y mucho tiempo después el Gilmour solista con “Faces of Stone” también irá tras las sombras (más que luces) que su madre dejó en su psiquismo.
Si hay Edipo y madres pues también hay padres y es Waters quien lo hace notar en “The Wall” y “The Final Cut” cuando clama por la ausencia de su padre muerto en la segunda guerra mundial tiendo él apenas meses. Esa ausencia será un torbellino o, como dice nuestro Fito “un fuerte vendaval” no solo en la obra de Roger sino en su vida y militancia política y social.
Justamente es imposible evitar lo político y lo social en Floyd, esa parte constitutiva de todos y que la psicología, la sociología, las ciencias políticas, antropología y demás ciencias se encargan de analizar día a día. Fácil sería decir que Roger Waters es no solo el más comprometido políticamente de los Floyd sino, probablemente, uno de los artistas más militantes y controvertidos de la historia. No solo expone en Pink Floyd sus ideales, es en su obra solista donde más radicaliza su militancia y álbumes como “Amused to Death” o “Is this the life we really want?” son perfectas reseñas de su activa militancia. Todo ello acompañado de mega recitales donde la defensa de Palestina, la denuncia a figuras como Trump, Bush y diversas nefastas personalidades que el mundo ha sufrido y sufre son un perfecto complemento para entender el ABC ideológico de un artista comprometido hasta lo más profundo.
Pero, de un modo más tímido y sencillo, aunque también interesante, hay ideología política expresada en Gilmour: “A great day for freedom”, “Dogs of the war”, “Sorrow”, “Keep Talking” o el manifiesto pro-Ucrania “Hey, Hey Rise up” son manifestaciones mucho mas dóciles que Waters pero contundentes de un artistas no radicalizado pero ciertamente atento a lo que considera atropellos o faltas de libertades en diversos lugares del mundo. En este ultimo sentido la participación de los cuatro Floyd en el Live 8 de 2005, de Gilmour y Waters solistas en diversos conciertos benéficos se suman a esta manifestación ideológica innegable de los muchachos de Cambridge.
Finalmente, no se podría dejar de mencionar el vinculo entre los mismos integrantes de la banda, el cual es de por si un autentico carnaval de conflictos, odios no resueltos, bardos legales, reconciliaciones efímeras y rencores que duran hasta hoy. Si en la primera parte se mencionó el brote de Barrett y la culpa-duelo-tributo de los demás miembros posterior a despedirlo del grupo . Habría que agregar el tremendo carácter cuasi dictatorial de Waters durante su ultima estadía en Floyd (desde 1978 hasta 1985) donde la composición, aún genial, queda a manos casi exclusivas de Roger y vuelve a despedir a un miembro fundador de la banda: Richard Wright. En esto imaginemos al Freud de “Tótem y Tabú” haciendo dulce. Todo ello devino en que Waters se fue pero no quiso que los otros siguieran con el nombre Pink Floyd (léase posible megalomanía) y de ahí a juicio que ganaron los otros tres. Luego; entrevistas incendiarias, el éxito de todos, más dichos bardeando a la otra parte, mas recaudación, reunión milagrosa en el Live 8 de 2005, nuevas peleas, más recaudación, más entrevistas dinamitadas de odio, los egos de Waters y Gilmour estallando en contra del uno y el otro cada tanto y privando a millones de fans de una última reunión.
En julio de 2006, momento en que murió, el inventor de esta loca rueda: “Syd” Barrett , fotografiado cada tanto saliendo de su casa en musculosa, andando en bici, sin contestar palabra alguna, comprando verdura o artículos de limpieza, no concediendo entrevistas, hay quienes dicen que ni siquiera recordando que era eso de “Pink Floyd”, millones de dólares sin tocar en una cuenta por derechos de autor, un jardín de su casa donde durante horas hacía de jardinero, a veces pintor que pintaba un cuadro, le sacaba una foto y quemaba la obra. Nunca volvió a ver a sus compañeros de banda, tampoco ellos más que los mencionados tributos se interesaron en visitarlo. Solo Gilmour, paradójicamente su reemplazante, lo intentó pero se le comunicó que eso era tan inconveniente como inútil. Asi que hasta hoy es quien cuidó y cuida la obra del “diamante loco” y eso, sin duda, es un tema tan profundo como insólito en ese mundillo del rock. En casi todos sus recitales solistas Gilmour ha recreado una canción de Barrett, incluso aquellas de sus lunáticos discos solistas donde la locura se expresó con poesías solemnes como en “Dark Globe”, “Dominoes” o “Love Song”. Al año de morir lo homenajearon en un teatro, fueron todos los Floyd, pero tocaron por separado: Gilmour, Wright y Mason haciendo “Arnold Lynne” de Barrett y Waters la poco entendida para la ocasión “Flickering Flame” de…Waters.
Parece increíble que todos esos muchachos hayan trabajado juntos durante tantos años haciendo de los mejores discos y recitales de la historia del viejo y querido rock and roll. Pero, no solo lo hicieron, sino que, evidentemente deben haber utilizado para lograrlo algún tipo muy poco revelado de psicología.
Autor: Lic. Rodolfo M. Zamora Damonte
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]]>Pink Floyd sería una figura para observar de dos modos; la estrictamente vinculada con la música, con la banda de rock que supo ser, y esto es; un grupo humano con diversas, enigmáticas y carismáticas individualidades que lo constituyeron, quienes a través de diversas épocas crearon obras tan únicas como irrepetibles e indispensables en el imaginario de la cultura popular. Y por otro lado todo aquello que trasciende la mera figura de un conjunto musical y se instala en el imaginario e inconsciente colectivo: letras que se salen de una estructura musical y devienen en herramienta de análisis y evaluación de distintas variables de la sociedad. Versos que aparecen como certeras maneras de explicar fenómenos, situaciones tan cotidianas como inevitables: la vida, la muerte, el dinero, tiempo, amor (en pocas dosis tratándose de la obra floydiana) la guerra, la sociedad y sus vicios, la música y sus caretas y, casi como un eje transversal a lo largo de toda la obra independientemente de sus ocasionales lideres: la locura, aquello que la psicología observa, estudia, confronta, vuelve a observar, estudiar y confrontar. Es allí donde iniciaré la asociación Pink Floyd-Psicología. No hay entre los integrantes de Floyd psicólogo o psiquiatra alguno pero el trágico destino de su fundador Roger Keith “Syd” Barrett obligó a sus co-equipers a adentrarse en los confines de la locura. Encima cuenta la historia que Barrett era un pibe súper amable, cool y buena onda, pero el alto consumo de acido y el peso de la incipiente fama hicieron estragos en su cabeza a punto de, luego de bizarras y disruptivas conductas dentro y fuera del escenario, ser expulsado de Pink Floyd, banda para la que, a ese momento, componía el 80% del material y hasta el nombre le había puesto en honor a los bluseros Pink Anderson y Floyd Council. A partir de allí ese despido será, a su vez, la eterna causa de tributo de hasta incluso su reemplazante: David Gilmour, quien junto con los demás; Roger Waters, Richard Wright y Nick Mason producirán sus caóticos dos discos solistas y lo homenajearán en docenas de canciones y hasta un álbum conceptual entero ( “Wish you Were here” de 1975”). Nunca un despido, la consecuente culpa, intento de redención-disculpas y el transversal homenaje al “héroe caído” (o terminado de empujar al precipicio) fueron tan exitosos y rendidores en la historia de la música. El mismo Sigmund Freud debería haberle dado unos retoques o ,al menos unos pies de pagina, a esta historia emocional de locura-alienación asistida por amigos y posterior culpa y melancolía millonariamente redituable. Aquella locura y despido de “Syd” ocurrió a comienzos de 1968 y hasta el año pasado (2024) Gilmour, Waters y Mason seguían rindiéndole homenajes en cada uno de sus recitales solistas.
No sería descabellado que ese brote de locura literal de ese inicio (la banda tenía apenas un año de antigüedad al enloquecer Barrett) marcara el pulso (vaya termino tratándose de Floyd) de toda su obra posterior. Es la locura y la alienación un tema constante que, ocasionadas por variables cotidianas como el dinero (“Money”, “Welcome to the Machine” o “Have a Cigar”), el irreversible paso del tiempo y su consecuente “pase de factura” (“Time”, “What shall we do”, “High Hopes”), la guerra (“Corporal Clegg”, gran parte de los discos “The Wall” y “The Final Cut”) y demás tópicas hacen siempre presente a la locura. Pink Floyd crea, lucra y deslumbra con la locura. Hay una locura sin filtros, como un “Ello” a flor de piel en la poética de Barrett, con galaxias lejanas o en la descripción de una bicicleta o seres mitológicos tan inocentes como psicodélicos. Luego la locura adquiere un tono más diagnóstico con las letras de Waters, se trata de una especie de DSM-V de locuras diagnosticadas ante variables asociadas por el Doctor Waters (ipso facto en los shows de “The Wall” en 1980 y 1981 el mismo Waters aparecerá en escena durante la apoteótica presentación del himno “Comfortably Numb” vestido con chaquetilla de facultativo). Waters en su lirica concibe al mundo moderno como un auténtico generador de locura. Se trata de un mundo que por derecha o izquierda desquiciará hasta al más cuerdo. En “Dark side of the Moon” (“El lado oscuro de la luna” de 1973) la idea de una humanidad acuciada por básicamente todo lo que hace al status quo o el establishment social genera alienación mental. Luego en el disco que sigue (“Wish you Were here” de 1975) además de “desear que este aquí” Syd Barrett, narran como es su locura en “Shine on you crazy diamond” y como te puedes transformar en un potencial “Syd” mediante las imposiciones de la industria musical (“Welcome to the Machine” y “Have a Cigar”). No es un extraño detalle menor que en la mismísima grabación de ese disco un desconocido y corroído Syd Barrett se le aparece a los Floyd y estos no saben que decir o hacer ante la locura en primera persona. Por ello el “deseo que estuviera allí” es poco más que discutible y habla de aquello que un viejo amigo clamaba cada tanto: “Una cosa es escribirla, otra vivirla”.
Y el gentil David Gilmour, al marcharse del liderazgo Roger Waters, también hablará de locura. Acompañado usualmente por su mujer, la escritora Polly Samson, brindara letras donde hay una locura tan amable, melancólica, bucólica como el mismo Gilmour y su maravillosa Stratocaster negra: seres alienados de melancolía por una vida otrora feliz que no volverá, la vejez como un punto más de alejamiento del yo mismo que un estadio de paz y, más que nada tratándose de los dotes musicales de Gilmour; una música cargadísima de tristeza, redención y depresión. Canciones como “Sorrow”, “On the Turning away”, “High Hopes”, “Poles Apart” o “Louder Than Words” son solo algunos de los ejemplos de esta locura ya sin necesidad de chaleco de fuerza pero sí de antidepresivos varios.
Autor: Lic. Rodolfo M. Zamora Damonte
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]]>un rey con más movimientos en el tablero,
una reina que jamás se recuperaba,
una partida ni siquiera en tablas.
Los soles por delante de las torres,
sin sombras para descansar,
sin caballos para mejor avanzar,
sin grises; sólo blancos y negros.
El salario un injusto enroque,
con alfiles de deudas,
casilleros fríos de necesidades
y otros peones, como él, sólo viendo el juego.
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