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]]>Doy un paso, como su estatua, pero no hacia el vacío: hacia el amor, hacia ese territorio sin mapas donde los cuerpos titubean y los corazones aprenden la gramática del otro. Doy un paso y en él me reconozco, con la misma fragilidad estirada al viento, con el mismo anhelo de atravesar el tiempo sin perderme.
Giacometti sabía que caminar es amar: lanzarse a lo incierto con la fe de que habrá un suelo que sostenga, una mirada que acoja. Su estatua avanza y yo con ella, sabiendo que el amor es eso: un paso, un temblor, un vértigo hermoso que nos convierte en obra de arte.
El acero descarnado del artista avanza con la obstinación de quien ha sido despojado de todo menos del deseo de ir más allá. No hay carne en sus figuras, solo el temblor de un cuerpo que persiste aun cuando el viento lo atraviesa.
Su paso es un desafío al peso del mundo, una rebelión silenciosa contra la inmovilidad. Un pie delante del otro, y ya no es estatua: es hombre que duda y aun así, avanza.
Pero mi pie no se hunde en el bronce, sino en la carne del instante, en el umbral del amor que me llama.
Porque amar es eso: atreverse al vacío, atravesar la intemperie del miedo con el cuerpo expuesto, ser como el acero del escultor, vulnerable y eterno en un mismo gesto.
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]]>amarrado a la cúspide
azul celeste,
manos afanosas
de morunos almohades,
con turbante cerusa
y jirones de tejido,
tus murallas antiguas
alzaron impasibles.
Desde tu castillo morisco,
hoy vestigio desencajado
con torres ocre dorado,
almenas desdentadas
y alcazaba desarticulada,
ciudad milenaria,
infatigable y brava,
custodia contra gumía
y alfanje del enemigo.
Encalados con pigmentos
añiles y blancos,
en tus barrios antiguos
por un recinto ceñidos,
calles laberínticas,
con casas sobrias
y patios frugales,
desembocan en un pasadizo
con paredes apretadas.
Llamado el “Callejón del beso”
en su leyenda popular,
cobijas en tu pecho albo
las caricias añejas
de un tiempo pasado
y los besos secretos
de los amantes engarzados,
posados sobre mejilla enrojecida
con desusada ternura.
En una de tus siete colinas,
en la antigua judería,
tu ermita de San Rafael,
con su tez caliza
y sus ojos garzos,
orando piadosa,
hospeda, candorosa,
a sus peregrinos clementes,
entre candelas de claveles
y destellos chispeantes.
En los pliegues verticales
de tu amplio refajo
de listas zarcas,
corren tus aguas
frías y caudalosas,
de los ríos sinuosos,
Segura y Mundo,
entre valles florecidos
con arracadas violáceas
de romero y tomillo.
Con tu traje de gala,
luces mantilla argilosa,
chambra blanca rociada
con arrozales abultados,
fruncida en un escote bondadoso,
mangas de almilla
con frutales sabrosos,
corpiño con olivos centenarios,
viñedos y almendros frondosos,
ajusta el talle a tus caderas.
Con alpargatas de cáñamo
atadas con cintas negras,
y medias de hilo blanco,
en la cima silvestre
de la Sierra del Pino,
alabando a tu Virgen,
bailas con donosura,
en tono jocoso y festivo,
al son de seguidillas
y jotas manchegas.
De tu delantal mineral
ancho y rumboso,
rebozan de tus faltriqueras
arropadas de recuerdos
almibarados,
caramelos anisados
de azúcar tostada
y yema confitada,
con papel de pergamino
bermejo y coral blanco.
Hellín, cortesana eterna,
distinguida y respetada,
con vestidura humilde,
semblante risueño
y perfume de tierra seca,
pulida tras lunas y soles,
al mundo muestras
el pudor de tu luz,
con notas virtuosas
de paz y alegría.
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]]>tu ermita de San Rafael,
con su tez caliza
y sus ojos garzos,
orando piadosa,
hospeda, candorosa,
a sus peregrinos clementes,
entre candelas de claveles
y destellos chispeantes.
…
Hellín, cortesana eterna,
distinguida y respetada,
con vestidura humilde,
semblante risueño
y perfume de tierra seca,
pulida tras lunas y soles,
al mundo muestras
el pudor de tu luz,
con notas virtuosas
de paz y alegría.
Fragmento de su poema :
HELLÍN, TIERRA DE MIS ANCESTROS
Esther Jiménez Coïa.
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]]>son centenarios y majestuosos,
fortalecidos con los años de vida,
pies enraizados en tierra limosa,
empuñando el blasón,
rodeados de siete luceros de plata,
testigos de nuestros ancestros,
estelas de luz
en madrugadas opalinas
y en veladas escarlatas.
Frondosas copas verdes
brindan refugio a los recuerdos
de nuestros abuelos.
A la caída del sol,
en la penumbra de la primavera,
con candiles de aceite
en sus ramas leñosas,
la voz de su memoria canta,
podando los olivos
y cargando los costales
en los hombros.
Atalayas resistentes
en tiempos de hambruna,
centinelas invencibles
con troncos ensortijados
y hoyos escarolados,
bajo un cielo
descremado y enjuto,
con cayados arqueados
y piedras calizas
espantaron ayunos
en intestinos vacíos.
En el mes del Rosario,
sus cimas cetrinas,
redondeadas y lobuladas,
lucen diademas
de blancas inflorescencias
y manto de pétalos sesgados.
Una eclosión milagrosa
de racimos blancos
y sépalos campanulados
bailan entre bayas campestres
y hierba recién cortada.
Tras lluvias dilatadas
en tiempo de sequía,
descollantes ramas alardean
collar de follaje abundante,
con frutos deleitantes.
Aceitunas veneradas
que tanto han esperado,
engendradas en un parto
digno de alabanza,
anidan el soplo de la vida,
en un nimbo cálido y hogareño.
Pasarán los años infatigables,
vivirán miles de abriles
enlazando el pasado y el futuro
en un linaje continuo,
abriendo camino fragante
bajo un umbral de luz,
ungiendo con aceite
de aroma afrutado
de manzana o almendra,
las frentes tiernas y lisas
de las generaciones venideras.
En tierra hellinera
eché raíces,
en guarida enlucida
con cal azul.
Bajo una miríada
de estrellas plateadas,
fuerzas fogosas robaron
mi cuna de sayal,
tejida de lana burda,
abandonando corona de novia
y suelo prometido.
Décadas inagotables
marcaron el paso del tiempo
lejos de mi tierra
y en una llamada acuciante,
el susurro de una voz absorbente,
hechicero encanto,
me condujo de nuevo,
ante el tul de hojas
de mis olivos seculares
con toques gris argentado
y pinceladas blanquecinas.
Celebro mi morada tardía
en este embriagante paraje
que me dio su seno fecundo,
manantial jugoso con sabor a hinojo.
Bendigo mi último suspiro
cuando mis ojos se apaguen
y mis raíces trenzadas
se hundan profundas
por la Sierra de los Donceles,
acariciando el universo
uniendo el espacio y el tiempo
y alabando la savia generosa
de los olivos de mi tierra.
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]]>The post Templo de Luxor. Por Esther Jiménez Coia appeared first on Juan Botana.
]]>Entre arcos y pilares, los suspiros de los faraones reverberan, mientras los dioses, tallados en piedra, observan con ojos inmutables el devenir de los mortales.
Los jeroglíficos son versos secretos, poesía antigua que relata la grandeza de un pueblo en cada símbolo, mientras el viento lleva consigo ecos lejanos de ceremonias lejanas.
Luxor, templo de dioses, es un poema de mármol que despierta la nostalgia en el alma, un lugar donde el tiempo se detiene para escuchar los ecos de una civilización que vive eternamente en la memoria del mundo.
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]]>The post La Semana Santa en Hellín. Por Esther Jiménez Coia appeared first on Juan Botana.
]]>Durante todo el año, reposa en un letargo sereno, sus adoquines pulidos por el paso de los años, como las arrugas de la experiencia en el rostro de un anciano.
Las fachadas de sus edificios parecen guardar secretos remotos, como los recuerdos que acechan en la memoria de quien ha vivido mucho.
Pero, una vez al año, durante la Semana Santa, la ciudad despierta al son de los tambores que atraviesan la calle como una oleada de juventud, inyectando vida en las venas del anciano.
Los tambores son como un llamado ancestral que convoca a generaciones pasadas y presentes. Las luces tenues y las estrellas en el cielo nocturno se reflejan en su pavimento, como recuerdos resplandecientes de un pasado glorioso.
Durante unos días, la calle del Rabal se alza como un anciano que, tras un profundo sopor, recupera su vigor. Sus balcones engalanados con banderas son los ornamentos de un atuendo que viste orgulloso en el breve vuelo del tiempo. Cada rincón revive, como un recuerdo de juventud al son de sus tambores y sus procesiones, despertando en una sinfonía de fervor y devoción.
Como un venerable anciano, El Rabal envuelto en túnica negra y pañuelo rojo, persiste a lo largo de las décadas, como un guardián del pasado que sostiene en su seno la memoria viva de un pueblo, honrando sus raíces y preservando el legado de aquellos que vinieron antes que nosotros.
En este ambiente cargado de emoción, el Rabal, epicentro de la celebración, recuerda a todos la fuerza y la belleza de una tradición ancestral, única y especial.
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]]>The post Valencia. Por Esther Jimenez Coia appeared first on Juan Botana.
]]>El agua, antaño calma se transforma en un monstruo desatado, en un torrente de furia que se abalanza sobre la tierra sin tregua ni piedad.
Se hace inundación y diluvio, arrancando raíces, arrastrando sueños, llevándose casas y recuerdos como si fueran hojas en la corriente.
En su impetuoso paso, lo que antes fue hogar se convierte en un vasto desierto de escombros, un lamento mudo en las entrañas de la tierra.
¿Qué aprenderán aquellos que, en su ceguera y ambición, han sembrado la semilla de este desastre? Cuando el agua se lleva todo, arrasando pueblos, hogares y cuerpos, ¿comprenderán finalmente que la naturaleza no es una esclava eterna, sino una madre herida que reclama justicia?
Tal vez, en las ruinas, en el silencio que deja la desolación, haya una lección, un llamado que debieron escuchar hace mucho tiempo.
Pero, ¿cómo enseñar a un corazón endurecido a sentir el dolor de la tierra que gime bajo su yugo? La muerte y el sufrimiento se alzan como sombras y la naturaleza, inclemente y soberana, responde con la misma indiferencia que nosotros le mostramos.
Quizás, frente a la magnitud de su propia destrucción, estos responsables verán, al fin, que cada río, cada bosque, cada aliento de vida no eran simples recursos, sino partes sagradas de un equilibrio que nunca debieron violar.
Y así, bajo el cielo gris y el peso de la tragedia, queda una esperanza tenue de redención: que la devastación se convierta en un espejo en el que puedan ver sus propios rostros, despojados de poder, enfrentados a las consecuencias de su descuido.
Solo entonces, quizá, aprenderán que la tierra no se puede poseer, que la vida no se negocia, y que la naturaleza, a la vez madre y juez, no perdona para siempre.
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]]>The post Salamantica Docet. Por María Calle Bajo appeared first on Juan Botana.
]]>-« ¡Tan dorada la muy redicha…! Se precie como se precie, todo Lazarillo en flor… De su rosetón a la torre del Gallo se eleva el sol charro. Una nocturna
Scala Coeli… se endiosa en los ojos de la Luna áurea: Ónfalo del cielo que es lluvia de luz sobre una desnuda Casa de las Conchas».
Salamanca: hebra de oro donde se confecciona el conocimiento, el desengaño… Donde se tejen los besos de Calixto y Melibea… Pero, téngase en cuenta a doña Celestina, no nos vengan después con el pianto… O absténgase de estar en la parra, no preludie don Unamuno una nebulosa pajarita con el ala al bies… Que revolotea por el Patio de Escuelas, frágil, se posa un «decíamos ayer» en los labios de don Fray Luis de León…
Y un majestuoso retablo, de encriptado legado hispanogrecolatino, centraliza en alto relieve glorioso Medallón de los Reyes Católicos. Símbolo de un imperio mestizo, símbolo de Modernidad, símbolo del Nuevo Mundo, símbolo de la Hispanidad.
-«Teje y teje don Elio Antonio de Nebrija; vocabulario, gramática y ortografía, con esta hebra de granado alcance en el arte de su humanista docencia».
Yo, hispana, consciente de la fecha, marco los días en un consagrado Calendario Gregoriano, yo que vivo aquí… en Salamanca: En el corazón de España.
En presencia de ti…
«Quoniam uidebo celos tuos, opera digitorum tuorum; lunam et stellas, que Tu fundasti»
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]]>The post Crónica de un verano en Durán: Piscinas Inflables en las Aceras. Por Fátima Morán appeared first on Juan Botana.
]]>Inspira la imagen de familias enteras, vecinos de El Arbolito, Elsa Bucaram y otros barrios, desplegando sus piscinas inflables con destreza de artesanos urbanos. Es un ritual tan arraigado como necesario: la escapatoria al frescor en tiempos de austeridad.
El sol, cómplice eterno, alumbra la escena donde los niños, con risas que desafían el calor, se zambullen en aguas plásticas que, por un instante, son océanos imaginarios. Las madres, con la destreza de malabaristas, vigilan entre charlas y mate cocido, mientras los padres, obreros de asfalto y sueños, se suman a la danza acuática.
Es una estampa de sencillez y comunidad, donde las diferencias se desvanecen bajo la sombra de un toldo improvisado y el murmullo constante de la vida de barrio. La música se mezcla con el aroma de la parrilla, y el tiempo parece detenerse en un instante de plenitud compartida.
Como en “Silla en la Vereda” de Roberto Arlt, estas escenas cotidianas revelan la esencia misma de la vida en Durán: la capacidad de encontrar la belleza en lo simple, la alegría en lo común y la felicidad en la cercanía de los seres queridos. Es el retrato de una comunidad que, a pesar de las adversidades, se aferra a sus raíces con orgullo y resiliencia.
Así, mientras el sol se despide en el horizonte, dejando destellos dorados sobre las aguas plásticas, en Durán se teje una historia de veranos eternos, donde las piscinas inflables en las aceras son mucho más que un escape: son el reflejo de una vida vivida con intensidad y solidaridad.
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]]>The post África. Por Juan Botana appeared first on Juan Botana.
]]>y tocar el cielo.
Atravesar montañas y ríos
y caer al agua
convertido en pez.
Me gustaría que muchas
de las cosas que escribo
fueran al revés.
Que el sur
tenga las mismas posibilidades
que el norte
y que no tengamos
que nacer endeudados.
Y que papá no nos pegue.
Porque siempre duele.
Desde un cuarto oscuro
cualquier verde es montaña
y los ríos son mares.
Y queremos ser pájaros o peces
para escapar.
Cuando todos
los perjudicados
del mundo
son el mismo.
Y eso iguala
a un chico,
a un viejo,
a un negro,
a un aborigen,
a un pobre,
o a una mujer.
Y ahora que soy grande
y viajo a algunos lados
los lugares están más cerca
y la imaginación hace estragos.
.
Y en lo más hondo de un río
una piedra mapuche
tiene forma de África.
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