Pink Floyd Archives - Juan Botana https://juanbotana.com/secciones/musico/pink-floyd/ Comunicación y cultura Fri, 13 Jun 2025 02:47:49 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.9 https://i0.wp.com/juanbotana.com/wp-content/uploads/2025/07/cropped-ico-jb.jpg?fit=32%2C32&ssl=1 Pink Floyd Archives - Juan Botana https://juanbotana.com/secciones/musico/pink-floyd/ 32 32 Pink Floyd y la Psicología (Segunda Parte). Por Rodolfo Zamora Damonte https://juanbotana.com/pink-floyd-y-la-psicologia-segunda-parte-por-rodolfo-zamora-damonte/ Fri, 21 Mar 2025 00:02:42 +0000 https://cartaabierta.com.ar/?p=17981 Siguiendo con la intención de acercarme a una asociación entre Floyd y la Psicología mas allá de aquellos copados elementos como vasos, remeras y llaveros que los unen en el ya clásico “Pink Freud”; continuaré mencionando ese halo siempre psicoanalítico que rodea a las letras floydianas cualquiera sea su época, aunque

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Siguiendo con la intención de acercarme a una asociación entre Floyd y la Psicología mas allá de aquellos copados elementos como vasos, remeras y llaveros que los unen en el ya clásico “Pink Freud”; continuaré mencionando ese halo siempre psicoanalítico que rodea a las letras floydianas cualquiera sea su época, aunque más notablemente en la “Era Waters”.

Y dije Freud, así como también “psicoanalítico” porque el Complejo de Edipo recibe un aporte sensacional de parte del “Licenciado” Roger Waters en, por ejemplo, “Mother”, cuando a diferencia de las madres retratadas por otros músicos y sus consiguientes letras; la madre de Waters no es angelical y divina como la de Palito Ortega, no es la confidente de un hijo que le confiesa un crimen como la de “Rapsodia Bohemia”, menos aún la conflictiva madre de Eminem o la de Tracy Bonham; que va un paso atrás en la evolución de su hija. La madre de Waters es la que ayuda al pibe a construir el muro entre él y la realidad misma en una insoportable cápsula de sobreprotección (“mamá te dejará cantar pero no volar”, “mamà chequeará a todas tus novias”) pero es la dadora de un afecto inconmensurable (“nene, no llores”, “te mantendrá arropado”) y, además, es la confidente “mercuriana” (“mamà ¿ella es peligrosa para mí?, “¿debo confiar en el gobierno?”, “ ¿debo candidatearme para presidente?”) O sea todo ese, justamente; complejo que es usualmente mamita.

Pero también en épocas de Syd Barrett mediante la genial “Matilda Mother” hay una aproximación a la madre sobreprotectora y mucho tiempo después el Gilmour solista con “Faces of Stone” también irá tras las sombras (más que luces) que su madre dejó en su psiquismo.

Si hay Edipo y madres pues también hay padres y es Waters quien lo hace notar en “The Wall” y “The Final Cut” cuando clama por la ausencia de su padre muerto en la segunda guerra mundial tiendo él apenas meses. Esa ausencia será un torbellino o, como dice nuestro Fito “un fuerte vendaval” no solo en la obra de Roger sino en su vida y militancia política y social.

Justamente es imposible evitar lo político y lo social en Floyd, esa parte constitutiva de todos y que la psicología, la sociología, las ciencias políticas, antropología y demás ciencias se encargan de analizar día a día. Fácil sería decir que Roger Waters es no solo el más comprometido políticamente de los Floyd sino, probablemente, uno de los artistas más militantes y controvertidos de la historia. No solo expone en Pink Floyd sus ideales, es en su obra solista donde más radicaliza su militancia y álbumes como “Amused to Death” o “Is this the life we really want?” son perfectas reseñas de su activa militancia. Todo ello acompañado de mega recitales donde la defensa de Palestina, la denuncia a figuras como Trump, Bush y diversas nefastas personalidades que el mundo ha sufrido y sufre son un perfecto complemento para entender el ABC ideológico de un artista comprometido hasta lo más profundo.

Pero, de un modo más tímido y sencillo, aunque también interesante, hay ideología política expresada en Gilmour: “A great day for freedom”, “Dogs of the war”, “Sorrow”, “Keep Talking” o el manifiesto pro-Ucrania “Hey, Hey Rise up” son manifestaciones mucho mas dóciles que Waters pero contundentes de un artistas no radicalizado pero ciertamente atento a lo que considera atropellos o faltas de libertades en diversos lugares del mundo. En este ultimo sentido la participación de los cuatro Floyd en el Live 8 de 2005, de Gilmour y Waters solistas en diversos conciertos benéficos se suman a esta manifestación ideológica innegable de los muchachos de Cambridge.

Finalmente, no se podría dejar de mencionar el vinculo entre los mismos integrantes de la banda, el cual es de por si un autentico carnaval de conflictos, odios no resueltos, bardos legales, reconciliaciones efímeras y rencores que duran hasta hoy. Si en la primera parte se mencionó el brote de Barrett y la culpa-duelo-tributo de los demás miembros posterior a despedirlo del grupo . Habría que agregar el tremendo carácter cuasi dictatorial de Waters durante su ultima estadía en Floyd (desde 1978 hasta 1985) donde la composición, aún genial, queda a manos casi exclusivas de Roger y vuelve a despedir a un miembro fundador de la banda: Richard Wright. En esto imaginemos al Freud de “Tótem y Tabú” haciendo dulce. Todo ello devino en que Waters se fue pero no quiso que los otros siguieran con el nombre Pink Floyd (léase posible megalomanía) y de ahí a juicio que ganaron los otros tres. Luego; entrevistas incendiarias, el éxito de todos, más dichos bardeando a la otra parte, mas recaudación, reunión milagrosa en el Live 8 de 2005, nuevas peleas, más recaudación, más entrevistas dinamitadas de odio, los  egos de Waters y Gilmour estallando en contra del uno y el otro cada tanto y privando a millones de fans de una última reunión.

En julio de 2006, momento en que murió, el inventor de esta loca rueda: “Syd” Barrett , fotografiado cada tanto saliendo de su casa en musculosa, andando en bici, sin contestar palabra alguna, comprando verdura o artículos de limpieza, no concediendo entrevistas, hay quienes dicen que ni siquiera recordando que era eso de “Pink Floyd”, millones de dólares sin tocar en una cuenta por derechos de autor, un jardín de su casa donde durante horas hacía de jardinero, a veces pintor que pintaba un cuadro, le sacaba una foto y quemaba la obra. Nunca volvió a ver a sus compañeros de banda, tampoco ellos más que los mencionados tributos se interesaron en visitarlo. Solo Gilmour, paradójicamente su reemplazante, lo intentó pero se le comunicó que eso era tan inconveniente como inútil. Asi que hasta hoy es quien cuidó y cuida la obra del “diamante loco” y eso, sin duda, es un tema tan profundo como insólito en ese mundillo del rock. En casi todos sus recitales solistas Gilmour ha recreado una canción de Barrett, incluso aquellas de sus lunáticos discos solistas donde la locura se expresó con poesías solemnes como en “Dark Globe”, “Dominoes” o “Love Song”. Al año de morir lo homenajearon en un teatro, fueron todos los Floyd, pero tocaron por separado: Gilmour, Wright y Mason haciendo “Arnold Lynne” de Barrett y Waters la poco entendida para la ocasión “Flickering Flame” de…Waters.

Parece increíble que todos esos muchachos hayan trabajado juntos durante tantos años haciendo de los mejores discos y recitales de la historia del viejo y querido rock and roll. Pero, no solo lo hicieron, sino que, evidentemente deben haber utilizado para lograrlo algún tipo muy poco revelado de psicología.

Autor: Lic. Rodolfo M. Zamora Damonte

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Pink Floyd y la Psicología (Primera Parte). Por Rodolfo Zamora Damonte https://juanbotana.com/pink-floyd-y-la-psicologia-primera-parte-por-rodolfo-zamora-damonte/ Mon, 10 Mar 2025 15:04:40 +0000 https://cartaabierta.com.ar/?p=17853 No solamente por el doble facto de que soy amante confeso de la banda británica Pink Floyd y además Licenciado en Psicología he realizado este ensayo en búsqueda del vinculo entre ambos universos. No, el simple y masivo hecho constituido de un “significante Pink Floyd” asociado con múltiples conceptos de la

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No solamente por el doble facto de que soy amante confeso de la banda británica Pink Floyd y además Licenciado en Psicología he realizado este ensayo en búsqueda del vinculo entre ambos universos. No, el simple y masivo hecho constituido de un “significante Pink Floyd” asociado con múltiples conceptos de la ciencia que estudia el psiquismo y que circula desde hace décadas por la sociedad hace sencilla la elaboración de este intento.

Pink Floyd sería una figura para observar de dos modos; la estrictamente vinculada con la música, con la banda de rock que supo ser, y esto es; un grupo humano con diversas, enigmáticas y carismáticas individualidades que lo constituyeron, quienes a través de diversas épocas crearon obras tan únicas como irrepetibles e indispensables en el imaginario de la cultura popular.  Y por otro lado todo aquello que trasciende la mera figura de un conjunto musical y se instala en el imaginario e inconsciente colectivo: letras que se salen de una estructura musical y devienen en herramienta de análisis y evaluación de distintas variables de la sociedad. Versos que aparecen como certeras maneras de explicar fenómenos, situaciones tan cotidianas como inevitables: la vida, la muerte, el dinero, tiempo, amor (en pocas dosis tratándose de la obra floydiana) la guerra, la  sociedad y sus vicios, la música y sus caretas y, casi como un eje transversal a lo largo de toda la obra independientemente de sus ocasionales lideres: la locura, aquello que la psicología observa, estudia, confronta, vuelve a observar, estudiar y confrontar.  Es allí donde iniciaré la asociación Pink Floyd-Psicología. No hay entre los integrantes de Floyd psicólogo o psiquiatra alguno pero el trágico destino de su fundador Roger Keith “Syd” Barrett  obligó a sus co-equipers a adentrarse en los confines de la locura. Encima cuenta la historia que Barrett era un pibe súper amable, cool y buena onda, pero el alto consumo de acido y el peso de la incipiente fama hicieron estragos en su cabeza a punto de, luego de bizarras y disruptivas conductas dentro y fuera del escenario, ser expulsado de Pink Floyd, banda para la que, a ese momento, componía el 80% del material y hasta el nombre le había puesto en honor a los bluseros Pink Anderson y Floyd Council. A partir de allí ese despido será, a su vez, la eterna causa de tributo de hasta incluso su reemplazante: David Gilmour, quien junto con los demás; Roger Waters, Richard Wright y Nick Mason producirán sus caóticos dos discos solistas y lo homenajearán en docenas de canciones y hasta un álbum conceptual entero ( “Wish you Were here” de 1975”). Nunca un despido, la consecuente culpa, intento de redención-disculpas y el transversal homenaje al “héroe caído” (o terminado de empujar al precipicio) fueron tan exitosos y rendidores en la historia de la música. El mismo Sigmund Freud debería haberle dado unos retoques o ,al menos unos pies de pagina, a esta historia emocional de locura-alienación asistida por amigos y posterior culpa y melancolía millonariamente redituable. Aquella locura y despido de “Syd” ocurrió a comienzos de 1968 y hasta el año pasado (2024) Gilmour, Waters y Mason seguían rindiéndole homenajes en cada uno de sus recitales solistas.

No sería descabellado que ese brote de locura literal de ese inicio (la banda tenía apenas un año de antigüedad al enloquecer Barrett) marcara el pulso (vaya termino tratándose de Floyd) de toda su obra posterior. Es la locura y la alienación un tema constante que, ocasionadas por variables cotidianas como el dinero (“Money”, “Welcome to the Machine” o “Have a Cigar”), el irreversible paso del tiempo y su consecuente “pase de factura” (“Time”, “What shall we do”, “High Hopes”), la guerra (“Corporal Clegg”, gran parte de los discos “The Wall” y “The Final Cut”) y demás tópicas hacen siempre presente a la locura. Pink Floyd crea, lucra y deslumbra con la locura. Hay una locura sin filtros, como un “Ello” a flor de piel en la poética de Barrett, con galaxias lejanas o en la descripción de una bicicleta o seres mitológicos tan inocentes como psicodélicos. Luego la locura adquiere un tono más diagnóstico con las letras de Waters, se trata de una especie de DSM-V de locuras diagnosticadas ante variables asociadas por el Doctor Waters (ipso facto en los shows de “The Wall” en 1980 y 1981 el mismo Waters aparecerá en escena durante la apoteótica presentación del himno “Comfortably Numb” vestido con chaquetilla de facultativo). Waters en su lirica concibe al mundo moderno como un auténtico generador de locura. Se trata de un mundo que por derecha o izquierda desquiciará hasta al más cuerdo. En “Dark side of the Moon” (“El lado oscuro de la luna” de 1973) la idea de una humanidad acuciada por básicamente todo lo que hace al status quo o el establishment social genera alienación mental. Luego en el disco que sigue (“Wish you Were here” de 1975) además de “desear que este aquí” Syd Barrett, narran como es su locura en “Shine on you crazy diamond” y como te puedes transformar en un potencial “Syd” mediante las imposiciones de la industria musical (“Welcome to the Machine” y “Have a Cigar”). No es un extraño detalle menor que en la mismísima grabación de ese disco un desconocido y corroído Syd Barrett se le aparece a los Floyd y estos no saben que decir o hacer ante la locura en primera persona. Por ello el “deseo que estuviera allí” es poco más que discutible y habla de aquello que un viejo amigo clamaba cada tanto: “Una cosa es escribirla, otra vivirla”.

Y el gentil David Gilmour, al marcharse del liderazgo Roger Waters, también hablará de locura. Acompañado usualmente por su mujer, la escritora Polly Samson, brindara letras donde hay una locura tan amable, melancólica, bucólica como el mismo Gilmour y su maravillosa Stratocaster negra: seres alienados de melancolía por una vida otrora feliz que no volverá, la vejez como un punto más de alejamiento del yo mismo que un estadio de paz y, más que nada tratándose de los dotes musicales de Gilmour; una música cargadísima de tristeza, redención y depresión. Canciones como “Sorrow”, “On the Turning away”, “High Hopes”, “Poles Apart” o “Louder Than Words” son solo algunos de los ejemplos de esta locura ya sin necesidad de chaleco de fuerza pero sí de antidepresivos varios.

Autor: Lic. Rodolfo M. Zamora Damonte

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A 40 años de la publicación de “The Final Cut”, de Pink Floyd https://juanbotana.com/a-40-anos-de-la-publicacion-de-the-final-cut-de-pink-floyd/ Sun, 02 Apr 2023 16:22:08 +0000 https://cartaabierta.com.ar/?p=7869 El disco en el que Roger Waters cuestionó a Margaret Thatcher por la Guerra de Malvinas Trabajo injustamente ensombrecido por las luces de su antecesor The Wall y por las peleas internas, resultó una suerte de canto del cisne de la banda británica. Se destacó por su impronta antimilitarista.  La fecha no podía

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El disco en el que Roger Waters cuestionó a Margaret Thatcher por la Guerra de Malvinas

Trabajo injustamente ensombrecido por las luces de su antecesor The Wall y por las peleas internas, resultó una suerte de canto del cisne de la banda británica. Se destacó por su impronta antimilitarista. 

La fecha no podía ser más sintomática. El 2 de abril de 1983, este domingo cuarenta años atrás, se cumplía apenas un año del desembarco de las tropas argentinas en las Islas Malvinas. Del inicio, por tanto, de una breve pero intensa guerra que terminaría poco más de dos meses después con una tragedia irremediable, a medir en vidas e intereses para el país. Fue pues aquel primer aniversario, el día escogido por Pink Floyd –todo Roger Waters, medio David Gilmour y un cuarto de Nick Mason, por entonces— para editar en Estados Unidos el bello y melancólico disco.

The Final Cut, se llamó. Un nombre que derivaba de múltiples sentidos. Pero dos de ellos, centrales: el del final –parcial, a vistas futuro– de la existencia de la banda, pero también el de una guerra infame que puede rastrearse a trasluz de sus canciones, de su autonomía, porque The Final Cut no fue, como Roger esbozó en un principio, un apéndice conceptual de su antecesor The Wall –de hecho se iba a llamar Spare Bricks (Ladrillos Sobrantes)– sino un trabajo con vuelo propio, holístico, en cuya clave se puede acceder a una mirada estética sobre Malvinas. Incluso desde un lugar difícil de concebir en inglés –el del dolor argentino– pero mucho menos desde la satisfacción inglesa por el triunfo.

De aquí el fruto atemporal de la obra. Una estela que parte de un ángulo de mirada equidistante, sensible, que apela al valor de la vida humana más allá de banderas, y el desvalor de perderla entre esquirlas, gritos y bombardeos. “No soy pacifista, pero me pone mal que se mate gente inocente”, dijo tras su edición Waters, quien no solo parecía ver la cara de su padre replicada en las víctimas de la Segunda Guerra Mundial, sino también en la de cada muerto de Malvinas.

De esto habla la mayoría de las letras de The Final Cuttrabajo injustamente ensombrecido por las luces de The Wall, y las irremediables peleas en el seno de la banda. Impera entonces aprovechar el año redondo y traerlas al hoy. Releerlas y nombrarlas en castellano, a trasluz de los dos conectores que hilvanan la obra. El de “Maggie”, la inefable Margaret Thatcher a quien Roger acusa del hundimiento del General Belgrano y a la que, como inglés, le pregunta una y otra vez “¿qué hicimos?”, sin tener la más mínima respuesta (“Saca tus sucias manos de mi desierto”). Y el Eric Fletcher Waters, el padre de Roger muerto en la batalla de Anzio, cuando el niño tenía tres meses.

La canción emblema del disco rinde homenaje a él. Pero no solo. También desconoce barreras temporales y tienta una utilidad pedagógica. A cualquier estudiante de escuela media se le podría presentar hoy, mañana y pasado –de una manera entradora, claro– a Ronald Reagan, a Alexander Haig, a Menachem Begin, a Leonid Brezhnev, al “fantasma” de McCarthy, a Leopoldo Fortunato Galtieri, a las memorias de Richard Nixon y a los “magnates cárnicos latinoamericanos”, en apenas una escucha. “El hogar memorial de Fletcher” es en efecto el súmmum, la mejor manera que imaginó el autor para contrarrestar todos los males de ese mundo aterrador que poetizó: encerrar a todos –“Maggie” incluida– en un hogar de insanos, y aplicarles una especie de solución final, además de hacerles ver cómo fueron traicionados los sueños de los soldados que combatieron en la guerra (“Los sueños de pos guerra”).

El apocalipsis nuclear que ve venir el bravo vate británico por el retrovisor de su auto (“Dos soles en el poniente”), sumado a la absurda “fiesta en las calles” inglesas que recibe a sus héroes de Malvinas, o de cualquier guerra (“El retorno de los héroes”), completan un sentido de obra orgánica e ideológica difícilmente rastreable en la historia del rock. Un corpus de historias, visiones, ideas, posiciones frente al mundo, y miradas poéticas que no tendrían el mismo efecto sensorial de no ser por lo mejor de la música: la música.

Íntegramente compuesto por Waters, coproducido por James Guthrie y arreglado –también tocado– por Michael Kamen, The Final Cut implicó, implica e implicará también un viaje onírico por el universo del sonido. Atravesado por una atmósfera densa y tensa, sobrevolado también por calmos climas, la obra significó además el estreno mundial del sistema holofónico, diseñado por el italiano Hugo Zuccarelli. Una tecnología que posibilitó un sonido tridimensional apto para los efectos especiales que hacen ontológicamente al mundo sónico Floyd, pero que lamentablemente no pudo replicar en vivo, porque el disco nunca fue expuesto en público.

Las cálidas orquestaciones en –ahora va en inglés— “The post war dream” o “The Gunner`s Dream”–, no solo cumplen la función de arrullar al niño que sufre, y al hombre que muere, sino también la de desamparar al que mata. Y el tacto con que la National Philharmonic Orchestra entiende y expresa los arreglos de Kamen para arropar, junto a la voz de Waters, y la guitarra infalible de Gilmour a ese artillero que se piensa a sí mismo mientras muere (“The Gunner`s Dream”), es otro de los factores que hacen al sino del corte final.

Tampoco tendría el disco el brillo presente que lo defiende, sin esos dos solos memorables a cargo de Gilmour: el del tema epónimo –poco tiene tal que envidiarle al de “Comfortably Numb”— y el de “Your possible Pasts”, acciones ambas que sopesan con la nula incumbencia del guitarrista en la concepción de los temas, y la inexistencia de los teclados de Wright, que habían sido parte fundamental del Floyd clásico, además de la poca participación de Mason, tal como el baterista dejaría en claro, en la página 200 de su libro Dentro de Pink Floyd.. “Grabé algunas bases de batería y dediqué cierto tiempo a aparecer por el estudio para mostrar mi buena voluntad, y para recordarle a todo el mundo que todavía existía”.

Fuente: Página 12

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