Prólogo de “Flores plebeyas” de Juan Botana escrito por la creadora de “Mulanas”.
“La poesía no es otra cosa que eso que imita la vida entre la vigilia y los sueños”. En este compilado de poemas, Juan Botana nos sumerge en un vaivén de versos mundanos, de una extraña naturaleza, casi endeble, que se mezcla con aromas y afectos. De la belleza del recuerdo viaja hacia la nostalgia del amor profundo, todo aquello que no fue.
Sus poemas vuelan de la rima a las letras sueltas, colgadas en medios de dos puntas: un presente añejo y un pasado idealizado que anhela volver y grita desesperadamente para que lo oigan. En ellos están los lugares: Bolivia, Cuba, Turquía, Colonia, Formosa … espacios atravesados por el dolor, por los marginados y por la enfermedad.
Los poemas contienen superposición de imágenes: infancia, ciudades, “flores que crecen cuando quieren”. Cada una aparece para representar lo que queda de los vínculos, de la muerte, de la amistad y del amor. Las letras van calando en la mirada, como si los ojos fueran lupas hacia la profundidad del mar. Resuenan los personajes de nuestra historia, una geografía latinoamericana con pinceladas de escritores y escritoras, música, tradiciones y esa cultura diversa que destapa la locura de no saber dónde nos encontramos, en qué parte del mapa está nuestra raíz. Mujeres hijas, madres y abuelas reviven en su memoria para no olvidar el dolor y la pasión (Malena). Simpleza e intensidad son las dos caras de sus versos. Y cuando parece derrumbarse todo nace un poema que distiende y relaja en un tranquilo “te quiero mucho más de lo que diga una vulgar palabra”.
Botana revela su sentir en la invisibilidad de lo visible y cuenta historias de la vida misma desde un lugar despojado de la estructura sistémica, donde solo muestra lo que no interesa, lo que ama y deja de amar, los lugares que nadie piensa ni recuerda. Y de todo ello arma algo bello, repetitivo y cotidiano. Recorre pueblos, ciudades y barrios convirtiéndose en gitano, citando desde Neruda a Martí, Aristimuño y Silvio Rodríguez y también a aquellos que no escribieron ni hablaron. A través de los versos va sensibilizando la razón y la obviedad: “La sensibilidad se escucha, no se mira y menos a la distancia.” Y luego todo va llegando a su final, con preguntas existenciales, con un tiempo que no termina y con las grandes contradicciones de la vida. Un poemario disruptivo y a la vez melódico.
