Lucho por lo que me atraviesa la sangre, no por consignas vacías ni por banderas que queden lindas en una foto. Lucho por el carnaval como identidad y como patria emocional; por el barrio que me formó, por esa mezcla que me dio voz y carácter.
Lucho para que la murga no sea nostalgia sino presente vivo, para que cada bombo siga diciendo quién soy.
Lucho por la palabra. Por convertirme en poeta de verdad. No por vanidad, sino porque escribir es mi manera de ordenar el dolor, el amor, la nostalgia y hasta la risa. Lucho para que mi voz tenga peso propio y mis libros no sean sólo papel, sino testimonio.
Lucho por el amor que elijo sostener, con madurez y decisión. Por amar mejor que antes, más consciente, más hombre.
Lucho por ser padre presente. Por estar. Por acompañar. Por que mis hijos y los vínculos que la vida me dio sepan que no soy de los que se borran.
Lucho contra mis propios límites, contra el cuerpo que a veces no responde como antes, contra la frustración y el paso del tiempo. No para negar los años, sino para seguir bailando, aunque duela.
Lucho por mi independencia, por mis proyectos, por construir algo propio sin pedir permiso.
Y en el fondo, lucho por no traicionarme. Por no volverme tibio. Por no apagar la intensidad que me define.
No lucho por poder ni por fama.
Lucho por sentido.
Por pertenecer.
Por amar.
Por crear.
Y por dejar una huella que diga, sin pedir disculpas: acá estuve yo.
