Carlos Alberto Leiva no habla del pasado

Carlos Alberto Leiva no habla del pasado

En 2026, con la grieta convertida en ruido de fondo y sin clima de elecciones que obligue a la épica, la conversación política en X se volvió silencio: picos de chicana, largos baches de indiferencia, incluso entre los que bancan a Milei o al kirchnerismo. No es unanimidad; es fatiga. La gente no quiere más relato, quiere que las cosas funcionen: alquiler, bondi, boleta de luz, seguridad, trabajo. En ese vacío, Leiva no vuelve al pasado —2001, la corrupción K, la interna de Cambiemos, la motosierra— porque sabe que agitarlo solo alimenta el negocio compartido de los extremos.

Si fuera candidato emergente en 2027, no se presentaría como “el centro” ni repartiría certificados de pureza republicana. No diría “con este sí, con este no”. Si le preguntan, respondería lo mínimo —“voy a trabajar con quien haga falta para resolver X”— y volvería al problema concreto. Su lenguaje es de resultados, no de valores abstractos; de oficio, no de liturgia. Alianzas tácticas, sí, pero sin épica: “para que salga la ley de infraestructura necesito a todos los que estén dispuestos a votarla”. Tono desapasionado, sin chicana, sin insulto.

Carrió lo miraría con incomodidad: le disputa el monopolio de la voz moral. Ella construyó su capital sobre la pureza y el antagonismo; Leiva desarma esa épica y la reemplaza por gestión. No tiene “pedigrí” republicano, no viene de la liturgia, mide y descarta lo que no sirve. Le saca el enemigo —Milei y el kirchnerismo se necesitan mutuamente, dice— y sin enemigo el discurso de Carrió pierde combustible. En público lo minimizaría (“es un analista, no tiene territorio”); en privado entendería que expone la dificultad de la CC para conectar con la vida cotidiana del AMBA.

Hay algo de Henry Rollins en él: directo, seco, sin pose. Pasó del análisis a la cancha sin perder el gesto de outsider que canta las cuarenta. No hace acting republicano; habla como en un monólogo filoso, con datos y diagnóstico. Su herramienta es la palabra hablada como estilete, al estilo de los profetas incómodos: corta, precisa, sin adornos. No anuncia el apocalipsis ni promete redención; señala lo que nadie quiere escuchar: que la grieta es funcional, que el centro está vacío y que la salida es oficio, no épica.

Y no reniega de su carnalidad. Su vitalidad —voz, mirada, cuerpo— es parte del mensaje. No es el dirigente que se desexualiza detrás del saco para parecer “serio”; encarna lo que dice. Esa presencia le da carisma sin liturgia, cercanía sin amiguismo, autoridad sin púlpito.

En 2026 no hace falta hablar del pasado porque la demanda social está en el presente. Leiva parte de acá: “acá estamos, esto no funciona, hagamos que funcione”. Deja que la grieta muera de inanición y pone la conversación donde duele y donde se mide: en los problemas concretos y en las soluciones posibles.

Written by:

1.206 Posts

View All Posts
Follow Me :