Aloka, la perra que camina delante,
no habla… pero enseña.
Ella es la vigésima en la marcha:
cuando son diecinueve los monjes,
ella completa el círculo.
No por jerarquía,
sino por misión.
Aloka representa lo que muchas veces el ser humano olvida:
el perdón que no reclama,
la compasión que no juzga,
y la transmutación que sana sin herir.
Su corazón marcado en la frente
no es casualidad:
es signo visible de que la paz comienza en el corazón,
de que solo se ablandan los corazones humanos
cuando se camina con amor verdadero.
Me emociona el alma ver estos signos visibles
que comienzan a manifestarse en el mundo.
Son señales que interpelan, que despiertan,
y que me llevan a no callar,
a levantar la voz con mansedumbre
y a caminar la verdad sin miedo.
Ella guía sin imponerse,
avanza sin rencor,
y recuerda a las naciones
que la paz no se conquista…
se encarna.
Que su paso manso nos enseñe
a perdonar,
a sanar,
y a caminar juntos,
para que la paz deje de ser un deseo
y se vuelva camino.
