Querido Indio:
Hoy te fuiste.
Y siento que una parte de mi vida se va con vos. Se va mi adolescencia, se van esos años en los que todo parecía posible y una canción podía decir exactamente lo que uno no sabía cómo explicar.
Se van mis primeros rocanroles, esos que cantaba o intentaba sacar con la guitarra que alguna vez me regaló mi vieja. Se van las tardes de descubrimientos, cuando entendía poco de la vida, pero ya intuía que algunas canciones terminan acompañándonos para siempre.
También vuelven las misas. Los viajes interminables, la incertidumbre de no saber cómo llegar y, sin embargo, salir igual. Hacer dedo, encadenar trenes y colectivos, caminar kilómetros con los bolsillos flacos y el corazón lleno de expectativas. Había algo hermoso en esa aventura compartida: la sensación de que el destino valía cualquier esfuerzo.
Y siempre aparecía esa multitud imposible. Gente distinta, historias distintas, pero unida por una misma emoción. Durante unas horas nadie estaba solo.
Nunca fui un experto en tu obra. No conocía cada detalle de tu historia ni podía recitar de memoria cada canción. Pero eso nunca importó demasiado.
Porque te viví.
Te viví en los amigos que quedaron para toda la vida. En las charlas después de un recital. En las noches en que una canción aparecía justo cuando hacía falta. Te viví como se viven las cosas que terminan formando parte de una época y, sin pedir permiso, también forman parte de uno.
Por eso esta despedida tiene algo de balance personal. No porque se vaya únicamente un artista, sino porque al mirar hacia atrás aparecen fragmentos de mi propia historia que inevitablemente están ligados a vos.
Entre esos recuerdos vuelve Victoria. Su Morral Colorado, su sonrisa y aquel tatuaje de Los Redondos que parecía contar una historia propia. Y mientras escribo estas líneas no puedo evitar pensar que, si existe algún lugar donde las almas vuelven a encontrarse, seguramente Victoria debe estar recibiéndote en este momento. Quizás con la misma alegría con la que esperaba que sonaran esas canciones que tanto significaban para ella. Ese pensamiento, al menos, me regala una pequeña paz.
Tus letras fueron compañía para muchos. Nos hicieron pensar, discutir, imaginar y sentir. Nos dejaron preguntas más que respuestas, y quizás ahí estaba parte de su magia.
Hoy no siento que se apague una voz. Siento que queda un legado enorme repartido en miles de historias pequeñas: una ruta, un tren, un abrazo, una amistad, una canción cantada a los gritos.
Eso es lo que permanece.
Y por eso, más que una despedida, estas palabras son un agradecimiento.
Gracias por haber sido parte del paisaje de una generación.
Gracias por los recuerdos que ayudaste a construir.
Y gracias por ocupar, sin saberlo, un rincón de mi historia.
Buen viaje, Indio.
