Entrevista a Natacha G. Mendoza, escritora española de las Isalas Canarias. Autora de los libros “Teoremas del silencio”, “Historias mínimas”, “Los bares del infierno” y “Saudade”. Por Juan Botana
¿Qué es el silencio y cómo abordás el tema en tu libro?
Desde luego, el libro no pretende ser un tratado físico sobre la ausencia de sonido. No me
interesa la acústica, sino el peso de lo «callado». Indago en esa forma particular de silencio
que no es vacío, sino un muro: aquello que no se atreve a articularse en un discurso
ordenado. Es un silencio poblado de palabras postergadas, de reservas, de emociones que
se pudren por no ser dichas. De esos escombros, de ese no-decir que a menudo pesa más
que cualquier grito, es de donde se nutren, con mayor o menor fortuna, estas páginas.
Es un silencio poblado de palabras postergadas, de reservas, de emociones que
se pudren por no ser dichas.
¿Tu prosa es poética?
No me adscribo conscientemente a ningún género o subgénero. Escribo obedeciendo a la
urgencia y a la pulsión que me dictan las palabras. Cuando me releo, reconozco pasajes
donde la crudeza de la realidad impone su discurso, y otros donde es la pura emoción (o la
poética de la herida) la que toma el mando. Dejo a los teóricos y especialistas la tarea de
clasificar los resultados; yo solo me encargo de dejar el pulso en el papel.
Escribo obedeciendo a la urgencia y a la pulsión que me dictan las palabras.
¿En qué se diferencia tu nuevo libro de los antecesores?
A diferencia de mis trabajos anteriores, donde los temas y las extensiones nacían de una
exploración más instintiva y fragmentada, en Los Bares del Diablo hay una decisión
deliberada de compartir un mismo escenario. Más que una evolución, hay una radicalización
de la mirada. He construido una geografía común para todos los relatos que me permite
trascender lo cotidiano. Si en mis otros títulos habitaba la ruina, aquí he decidido trazar su
plano arquitectónico. Utilizo esta forma de ficción no para escapar de la realidad, sino para
volver sobre ella, asomarme a su fonndo e indagarla con una precisión mucho más
inclemente.
He construido una geografía común para todos los relatos que me permite
trascender lo cotidiano.
¿Pensabas que ibas a convertirte en un referente de la literatura de Canarias?
Creo que esta última pregunta es, en realidad, un halago excesivo dictado por tu enorme
generosidad. Uno no escribe para convertirse en referente de ninguna geografía, sino para
sobrevivir a su propia intemperie. Si desde mis islas he logrado que alguien, al otro lado del
océano, sienta mi misma asfixia o encuentre un refugio en mis textos, entonces el milagro de la literatura ya está cumplido.
Uno no escribe para convertirse en referente de ninguna geografía, sino para
sobrevivir a su propia intemperie.
