Cuándo el viejo reloj de péndulo daba las doce, en aquel viejo bar de la ciudad de Buenos Aires. Pedro y Antonia se encontraron. Jamás se habían visto, sin embargo se reconocieron enseguida.
Pedro tenía una cicatriz en el lado izquierdo de la cara, producto de un viejo ajuste de cuenta. Antonia unos ojos profundos invadidos por el odio y el dolor, cabellos prolijos, mal cortados, y llevaba puesto aquel tapado negro, pasado de moda, que le habían regalado las amigas del barrio cuando cumplió los 30.
No hablaron mucho, se pusieron de acuerdo enseguida. Quien los había convocado no se equivocó cuando pensó que eran la pareja perfecta, ambos tenían mucha experiencia en el oficio.
Apenas pasaron 15 minutos del encuentro, tomaron lo que quedaba del café y se marcharon.
La dirección estaba a pocas cuadras, cuando llegaron, les resultó sencillo forzar la cerradura. El gato que les salió al encuentro enseguida hallo su fin, una navaja filosa le cortó su cuello.
Con una rápida mirada, Antonia detectó las escaleras y decidida se dirigió a la única habitación que tendría la casa. Pedro buscó la cocina.
Una vez en el cuarto, Antonia abrió la puerta con delicadeza, dejándola apenas entornada. Estaba acostumbrada a ver en la penumbra.
La adrenalina invadía todo su cuerpo, un calor extraño le aceleraba las pulsaciones, sintió que esta vez no era como las otras, pero continuó. Se acerco al borde de la cama que se encontraba junto a la ventana, y con un movimiento digno de una profesional, tomó el almohadón y lo apretó con fuerza sobre el rostro de alguien que dormía. En ese preciso momento un trueno la sacudió y un relámpago iluminó la pieza, dejando ver en el reflejo un cuerpo ya sin vida.
Al bajar vio que Pedro, visiblemente nervioso, parado junto a la escalera marcaba un numero en su celular- Pedro ¿qué haces? ¿te volviste loco? ¿a quién llamas?
El no respondía. Algo no estaba saliendo bien y había decidido hacer esa llamada. Fue entonces cuando Antonia pudo observar como el rostro de Pedro se transformaba mientras escuchaba con el teléfono apenas apoyado en la oreja.
¡Antonia! Dijo Pedro, mirándola con desesperación. ¡Antonia! ¡Ramallo 345! ¡Ramallo 345! -Ellos estaban en Ramallo 435.-
