En una vieja milonga de barrio, donde el piso crujía como si guardara siglos de pasos, se encontraron.
Ella llegó con un vestido oscuro que parecía absorber la luz, y él con un saco gastado que olía a noche y a café. No se miraron de inmediato. Primero dejaron que el bandoneón hablara por ellos, quejarse como un corazón que aprende a latir al compás de otro.
Cuando al fin se abrazaron, no fue un abrazo común. Sus cuerpos no se tocaron como dos extraños, sino como dos mitades que reconocen su contorno. Él apoyó la mano en su espalda como quien sostiene un secreto; ella dejó caer la cabeza sobre su hombro, escuchando no solo la música, sino el pulso que venía de adentro. Giraron lentamente, dibujando círculos sobre el piso gastado.
Afuera, Buenos Aires seguía con su ruido de colectivos y faroles temblorosos, pero dentro de ese abrazo el tiempo se volvió un hilo finísimo. Cada paso era una pregunta, cada pausa una respuesta.
En un momento, mientras el bandoneón suspiraba su nota más larga, pareció que sus corazones se acercaban tanto que ya no se sabía cuál latía en cuál. No se fusionaron del todo: se sostuvieron, delicados, como dos pájaros posados en la misma rama.
Cuando la música se apagó, se separaron apenas. Se miraron sin decir nada. Y en ese breve silencio quedó flotando la certeza de que, aunque nunca más se vieran, aunque soltaran las manos, seguirían caminando por la ciudad con un poco del latido del otro adentro.
