Reprimidas. Por el ensayista Carlos Alberto Leiva

Reprimidas. Por el ensayista Carlos Alberto Leiva

El mundo actual no discurre; se publicita. Hemos trocado la experiencia de vivir por la obligación imperativa de relatarla, de reducir la existencia a una sucesión de consignas pasteurizadas que prometen la redención a cambio de un par de clics y una cuota de coaching ontológico. En este teatro de sombras hiperconectado, donde la consigna del día exige “elegir una sola cosa, hacerla y avanzar en línea recta hacia la vida perfecta”, se revela la peor de las patologías modernas: la pretensión de domesticar el caos humano con manuales de autoayuda.

Frente a esa arquitectura de cartón pintado, la reacción genuina solo puede ser el desprecio o el silencio. Vivimos rodeados de una escenografía donde dos reprimidas se aplauden mutuamente en un loop infinito de validación digital. Se autofestejan la “emancipación”, escriben en mayúsculas, vomitan hashtags prefabricados sobre la culpa de cobrar por “sanar” y se regodean en un empoderamiento de vidriera. Pero debajo de ese barniz de PNL y biodescodificación no hay verdadera libertad; hay pánico. Hay terror a la intemperie, a la contradicción, al error y a la carne viva. Son los frutos podridos de una época que convirtió la introspección en un producto de mercado.

La felicidad real —esa que nunca es lineal, que dura lo que un destello y que se escurre entre los dedos de los optimistas seriales— no habita en la optimización de la agenda ni en la meta idealizada de la chica de la tele. Habita en el barro. Habita en la memoria de un pibe que de chico veía la tele en blanco y negro, que disfrutaba al Superagente 86 y que cometía torpezas hermosas e incorrectas, como meter a alguien en una bolsa de arpillera sabiendo que no se debía, pero haciéndolo igual. Eso es carne: el impulso, el error, la culpa honesta y la contradicción.

El ruido contemporáneo no es meramente sonoro; es ideológico, es el mandato constante de someterse a la opinión masiva, de aplaudir lo estipulado, de consumir íconos de cartón y de repetir como loros que alguien nos parece “increíble”. Es una anestesia colectiva que ahoga la existencia. La única salida digna ante semejante maquinaria de asfixia es apagar el amplificador, renunciar al aplauso fácil y elegir la trinchera de lo imperfecto.

Al final del día, la verdadera resistencia no pasa por elegir una meta productiva para el día siguiente, sino por tener el coraje de habitar los afectos reales, los vínculos ásperos y la propia sombra, lejos del brillo falso de las redes y muy lejos de la farsa de quienes necesitan vender su propio despertar para creer que están vivos.

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