I
Se me ha muerto una palabra.
Con ella, yo jugaba.
Era cosa de magia:
iba y venía
como una paloma.
De tan mía, era fácil cuidarla.
Andaba por ahí, suelta y alada. Muchas veces
el juego era escondida o mancha.
Otras, el circo: cósmica carpa
en que ensayaba su salto mortal.
Se me ha muerto una palabra…
Conmigo, ella jugaba.
Aún, a veces, se presenta,
ella y yo simulamos
fugazmente.
Pero es un cadáver
embalsamado.
Y con los cadáveres, mi amor,
no se juega.
XII
A menudo me olvido
de la esencial tristeza de mis huesos
y alzo una copa
y me sonrío.
Otras veces me olvido
de la esencial caducidad de todo el resto
y porque llueve o truena
me hago un lío.
Y de olvido en olvido
va la historia.
Vivir
es un traspié de la memoria.
XXV
Un cálido refugio
en la montaña áspera y fría.
Un tesoro secreto; la llave del arcón
el mapa y el velero.
Un hogar tibio y perdurable
a dónde el alma vuelve
y vuelve…
con el ritmo del mar.
Oasis.
Seno pronto.
Bálsamo y sueño.
Es cierto que no es cierto
Pero ¡cómo abriga
saber que más allá del espacio y el tiempo
un corazón
ha dicho, para siempre: ¡te quiero!
Ha rezado la única oración:
te quiero por los siglos
de los siglos
amén.
XXX
Mi hijo camina solo.
Se me ocurren dos versos.
Mi mujer me ofrece un trago y un beso.
Llueve en la tarde
y descubro, por enésima vez,
al amigo que quiero.
Borges me da un destello.
A alguien doy una mano.
Vivaldi me hace señas
desde su convento veneciano.
Me oscurecen el alma las noticias.
Sonrío con orgullo: mi hija hereda el piano.
Es esto lo que tengo.
Por eso a los que urden sin cesar la trama
de la Gran Salvación,
les pido: déjenme un lugarcito
y un momento. La vida es eso.
Y es lo que necesito
para dejar un dejo
en algún corazón
y seguir vivo.
