Charla abierta de Juan Botana, escritor, gestor cultural y licenciado en comunicación.
Yo no nací escritor. Supongo que nadie nace nada. Uno se vuelve o se va haciendo. Calculo que fue en el 2013 cuando empecé a escribir relatos sobre la muerte de mi padre, que comencé a hacerlo con frecuencia y desde allí no paré. Los primeros textos fueron “Boca de lobos” y “Tablas”.
Hubo algunos intentos previos, como cuando era chico y jugábamos a que íbamos a ser cuando seamos grandes y decía: “escritor e ilustrador”. Después a los 15 o 16 años, cuando le escribía poemas a las chicas. Muchas ni siquiera se enteraron. Pero de ahí quedaron los textos “Te quiero” y “Recuerdos”. Y después lo hacía esporádicamente, más que nada poesía.
Luego con la facultad y la carrera de comunicación de la UBA comencé a hacer una escritura más técnica, relacionada a la investigación o al periodismo. Pero algo que se parece a la literatura fue en 2013. Me había quedado latente haber leído a Pedro Lemebel.
Yo hice la carrera de comunicación ni bien terminé el secundario y me hubiera recibido a los 23 años, pero mareado por vivir solo y un trabajo en una editorial que me pagaba bastante bien la dejé. Después regresé cuando se murió mi padre y finalmente la terminé de más grande. Y en el último año de la facultad en Teoría del periodismo tuve de profesor a Osvaldo Baigorria y él recomendaba leer a Pedro Lemebel.
Compré todos sus libros “Loco afán”, “De Perlas y Cicatrices”, “Tengo miedo torero”, “Aquella mariquita linda”, “Serenata Cafiola”, “La esquina es mi corazón”, “Zanjón de la Aguada”, “Háblame de amores”, “Bésame de nuevo forastero” y “Mi amiga Gladys”.
En él encontré una narrativa sensible, repleta de imágenes poéticas, con un manejo de teoría estructuralista o post marxista, similar a la que leía en la facultad y mucho de suburbios, márgenes y Latinoamérica.
Y ahí quizás me hizo el click. En eso de mezclar teoría social con imágenes poéticas, con crónica, pero sobre todo con una sensibilidad diferente a la oficial que se para en un lugar de reclamo, pero con una mirada tierna.
Y a partir de ahí comencé a pensar la relación con mi padre, con quien era mi mujer, con lo que fue el nacimiento de mi hija o un viaje, en clave de historias. Y surgieron los primeros textos: “Carlos en la tumba”, “Colonia de tarde”, “Susana”, “El camino de la babosa”, “Contratiempos” y los premonitorios “Desencuentro” y “Tengo miedo del final” que aparecen en mis primeros libros: “Recovecos” y “Amores truncos”. Después publiqué “Toda la voz de América en mi piel”, “Sin ojos que los miren” y “Flores plebeyas”.
Entonces, ya tenemos algo para pensar cómo me hice escritor: 1) Constancia en la escritura. En eso de empezar a hacerlo a partir de un momento y seguir haciéndolo 2) Una cantidad de textos que se podrían publicar 3) Publicar los textos en libros.
Pero faltarían los puntos 4) Que una editorial me publique o autopublicarme 5) Que me compren algún libro o que me paguen por eso o me den una beca 6) Cierto reconocimiento. Que para algunos será ganar algún premio, para otros aparecer en algún medio que diga: “el escritor tal… O recitar poemas o narrar en festivales o en encuentros literarios y que te aplaudan o alguien conocido te diga: “Qué bueno”. Algunos dirán firmar ejemplares o presentar el libro en algún espacio cultural o en la Feria del Libro o en el Café Tortoni. O ver su libro en la vidriera de alguna librería o biblioteca.
Cada uno tendrá razones personales que le harán sentir que es un escritor. Qué día se volvió escritor o empezó a serlo. En mi caso fue cuando empecé a escribir y seguí haciéndolo.
Pero a título personal les digo que la escritura es un viaje solitario, que te conecta con vos y te desconecta de otros. Que cuando vos le escribís un poema a alguien, no estás con la persona. Por más que pienses en ella y le dediques el más bello de los textos. Estás solo escribiendo un poema y ese tiempo que ocupás en hacerlo, no se transfiere. Si te gusta o necesitás escribir, escribí y seguí haciéndolo. Y si te pagan por eso o te da alguna satisfacción, mejor.
Pero tené en cuenta que en el camino quedan cosas. Y siempre es mejor vivirlas que escribirlas.
