Cuando mi madre estaba sin pareja sonaban una tras otra las canciones de amor en casa. Todo lo hacía cantando romances perdidos y esperados: cocinaba silbando boleros, tarareaba valses y barría… Yo la miraba tender la ropa cuando se acercó hasta mi cara de ojos intrigados en los que fijó los suyos y me dijo, agarrándome del mentón con sus manos frías y arrugadas por las sábanas mojadas: “si estuviera presa cantaría a la libertad, pero vos sos las puertas abiertas de mi vida, cantá conmigo, mi cielo”. Y fue a buscar su cepillo de pelo para que yo tuviera un micrófono en mis manos.
