Hay noches en que la televisión parece un espejo roto,
pero no porque mienta del todo,
sino porque elige qué pedazos del mundo merecen existir.
Esta noche la miro
y siento el peso agrio de la derrota moral.
Mientras en la hermana tierra boliviana
los ponchos rojos vuelven a respirar historia,
allá donde la montaña todavía conversa con el hombre
y el viento lleva nombres antiguos
que no aprendieron los burócratas ni los mercados,
allá donde las manos callosas del altiplano
siguen defendiendo la memoria de los abuelos
contra el olvido organizado,
algo profundo parece moverse.
No es una noticia cualquiera.
No es una curiosidad folclórica
para turistas del alma.
Es un pueblo intentando decirse a sí mismo
que aún existe.
Son las venas viejas de América
recordando que debajo del cemento,
debajo del desprecio de las élites,
debajo de los discursos prolijos
y de las sonrisas importadas,
todavía hay fuego.
Todavía hay barro.
Todavía hay dignidad.
Pero aquí…
Aquí la pantalla brilla por otra causa.
Un cohete.
Otro artefacto de acero
lanzado hacia un cielo cada vez más privatizado.
Y porque cayó,
porque falló,
porque un multimillonario vio tambalear por minutos
su promesa tecnológica,
las voces solemnes de la televisión argentina
se acomodan el gesto,
fruncen el ceño,
analizan trayectorias, cifras, inversiones, posibilidades.
Horas.
Horas enteras de fascinación obediente.
Como si la historia estuviera ocurriendo allí arriba,
entre combustibles y balances bursátiles,
y no en la tierra áspera
donde hombres y mujeres todavía pelean
por no ser borrados.
¿Podemos ser más cipayos?
Pero ya ni siquiera sé si alcanza esa palabra.
El cipayo, al menos, sabía a quién servía.
Nosotros parecemos servir por reflejo.
Nos entrenaron para admirar lo lejano
y sospechar de lo propio.
Para mirar el Norte
como el campesino hambriento mira el banquete ajeno.
Nos enseñaron a maravillarnos
con los juguetes del imperio
mientras llamamos atraso
a la rebeldía de nuestros pueblos.
Si un millonario extranjero tose,
hay paneles.
Si una nación hermana despierta,
hay silencio.
Y el silencio también es una forma de violencia.
Porque no vivimos tiempos inocentes.
Mientras la televisión cuenta tornillos y explosiones,
hay niños aprendiendo el lenguaje del miedo
debajo de bombas que nunca aparecen completas en pantalla.
Hay madres abrazando ropa vacía.
Hay pueblos enteros enterrando generaciones.
Hay banderas convertidas en mortajas.
Hay guerras donde la palabra “daño colateral”
sirve para esconder cadáveres.
Y uno se pregunta, con rabia, con tristeza, con cansancio:
¿Cuándo demonios perdimos la empatía?
¿Cuándo se nos secó el corazón?
¿Cuándo dejamos de sentir el dolor ajeno
como una herida compartida?
Porque esta América nuestra —mestiza, rota, luminosa—
alguna vez supo abrazarse.
Alguna vez el minero boliviano,
el obrero argentino,
el campesino peruano,
el jornalero paraguayo,
el pescador chileno,
el maestro cubano,
se reconocían en la misma hambre
y en la misma esperanza.
No eran iguales.
Pero sabían algo esencial:
que nadie se salva solo.
¿Y ahora?
Ahora discutimos algoritmos
mientras los poderosos fabrican guerras.
Defendemos magnates
como si fueran parientes.
Aplaudimos fortunas obscenas
como si la riqueza de unos pocos
fuera una promesa para todos.
Nos emocionamos más por una máquina rota
que por un pueblo humillado.
Y entonces vuelve la pregunta.
Molesta.
Persistente.
Dolorosa.
¿Fue en el sesenta y siete?
¿Fue cuando cayó en la selva
aquel médico flaco de respiración asmática
y terquedad continental,
Ernesto ‘Che’ Guevara?
¿Fue cuando asesinaron no solo a un hombre,
sino una idea de fraternidad feroz?
Tal vez no.
Tal vez empezó antes.
Tal vez siguió después.
Tal vez nos fueron domesticando lentamente.
Una noticia a la vez.
Un miedo a la vez.
Una traición pequeña a la vez.
Hasta convencer a generaciones enteras
de que la solidaridad era ingenuidad,
de que la ternura era debilidad,
de que el vecino era competencia,
de que el pobre merecía explicaciones
y el rico admiración.
Y así llegamos aquí.
A esta noche absurda.
Donde un cohete fallido parece tragedia nacional,
mientras un continente entero
sigue peleando por recordar quién es.
Pero hay algo que todavía resiste.
Porque allá…
en la altura fría de Bolivia,
cuando un poncho rojo se levanta contra el olvido,
cuando una comunidad decide no arrodillarse,
cuando un pueblo vuelve a nombrarse a sí mismo,
la historia —aunque la oculten—
vuelve a respirar.
Y quizás todavía no esté todo perdido.
Quizás América siga soñando debajo de las cenizas.
Quizás los muertos ilustres,
los obreros anónimos,
las madres tercas,
los desaparecidos,
los rebeldes sin estatua,
todavía anden conversando con el viento.
Esperando.
No héroes perfectos.
No salvadores.
Solo pueblos capaces de mirarse otra vez
como hermanos.
Porque ninguna estrella fabricada por millonarios
brilla más fuerte
que la dignidad de un pueblo que despierta.
