Cada 2 de abril me queda una sensación que no termina de acomodarse. Por un lado están los caídos y los que volvieron, esos pibes que cargaron con una mochila que no eligieron. Por otro, el ocultamiento del error de fondo: una guerra decidida por la cúpula de la dictadura, sin respuestas intelectuales ni proyecto colectivo, que usó a una generación como herramienta de propaganda.
No fueron soldados profesionales ni militantes de una causa: fueron conscriptos de 18, 19 años, arrancados de la escuela, del trabajo, de la música y de los planes de futuro, para ponerles un fusil en la mano. No eligieron cargar armas ni cargar con el lastre de un autoritarismo vacío. Por eso me hace ruido que todavía haya operadores mediáticos —Feinmann es el ejemplo más claro— que se enojan cuando se los llama “chicos de la guerra” y retrucan “¡fueron hombres!”. No es una discusión semántica: decir “hombres” los mete en el molde del héroe y corre el foco de la responsabilidad de la Junta; decir “chicos” recuerda que fueron arrastrados a un conflicto sin sentido.
La película Los chicos de la guerra (1984), de Bebe Kamin, planteada desde una mirada progresista, incomoda a los sectores conservadores porque desarma la épica patriótica. Muestra la presión de una dictadura que se desvanecía y, al mismo tiempo, el impulso de jóvenes que empezaban a reclamar libertades individuales. No discute la legitimidad del reclamo histórico sobre las islas: discute el modo en que la dictadura utilizó Malvinas para sostenerse y cómo, después, la sociedad osciló entre la “desmalvinización” —el silencio, el olvido, el rechazo a hablar de la guerra— y una “malvinización” posterior, entendida como la voluntad popular de mantener la causa de la soberanía por la vía diplomática, separándola de la aventura militar.
Malvinas dejó una herida que se superpuso a otra herida previa, la del terrorismo de Estado. Por eso el duelo argentino es doble: el dolor íntimo por los caídos y los excombatientes, y el dolor colectivo por una sociedad que tuvo que procesar, casi al mismo tiempo, la represión y una guerra improvisada. El 2 de abril condensa esa contradicción: honrar a quienes combatieron sin blanquear la irresponsabilidad de quienes los mandaron. Y sostener, en democracia, que la causa de la recuperación de las islas sigue siendo legítima, pero por medios pacíficos, sin épicas prestadas ni reivindicaciones a la cúpula militar.
Carlos Alberto Leiva
