Por Carlos Alberto Leiva
Pobre Palestina. No pobre por débil. Pobre por sola. Pobre por usada.
Hay banderas que flamean y hay banderas que sangran. La de Palestina hace ambas cosas a la vez. La he visto en la remera de una candidata a jefa de gobierno porteña, pequeña, cosida a la altura del pecho, como una medalla. La he visto gigante en una marcha en Londres. La he visto tapando un féretro blanco, de esos que son demasiado chicos. Y cada vez que aparece, alguien grita.
No es casual.
Palestina no es Hamas. Esa frase, que hoy hay que explicar como si fuera una novedad, debería ser una obviedad histórica. Palestina es más vieja que Hamas. Es anterior a la Franja, anterior a Oslo, anterior a la nakba. Es el nombre de un pueblo que tiene poetas, maestros, olivos de trescientos años y llaves de casas que ya no existen. Hamas es, en cambio, una fecha: 1987. Un acrónimo. Un partido armado que ganó una elección en 2006 y en 2007, a tiros, se quedó con Gaza y dejó a Cisjordania en manos de la Autoridad Palestina. Desde entonces, dos palestinas. Una administrada, otra sitiada.
Pero el mundo no tiene paciencia para matices.
Para unos, la bandera palestina es automáticamente la bandera de Hamas. Les sirve. Les permite no ver los niños. Para otros, la bandera es una coartada inmaculada que no admite ninguna pregunta sobre cohetes o túneles. También les sirve. Les permite no ver los otros niños.
Y en el medio queda ella. Pobre Palestina.
Pobre porque la han convertido en un argumento de café en Buenos Aires. El periodista la ve y dice “banderita”, diminutivo que es un modo elegante de desprecio. La militante la ve y la levanta como un escudo para no hablar de otra cosa. Nadie le pregunta a Palestina qué quiere. Todos hablan en su nombre.
He pensado mucho en esa palabra: pueblo. Nos olvidamos lo que pesa. Un pueblo no es un gobierno. No es una milicia. No es una ONG ni una resolución de la ONU. Un pueblo es la gente que se levanta a hacer pan aunque ayer le bombardearon la panadería. Que guarda las escrituras de una tierra que la topadora ya aplanó. Que enseña a sus hijos a decir su apellido completo, por si se pierden.
Pobre Palestina porque no tiene donde caerse muerta y a la vez tiene a todos cayéndose encima.
No escribo esto a favor de Israel ni a favor de Palestina. No me interesan hoy los estados mayores que dibujan flechas en mapas. Me interesa la muchacha de 19 años en Rafah que no es de Hamas, no votó nunca —porque en Gaza no se vota desde que ella tenía 3 años—, y sin embargo el mundo le pide que se disculpe por Hamas cada vez que dice de dónde es.
Me interesa el muchacho israelí de 19 años en un puesto de control que tampoco votó a Netanyahu y que también tiene miedo.
El dolor no tiene bando. Pero hay dolores que están más solos que otros. Y el dolor palestino lleva setenta y siete años haciendo cola en la puerta de la historia, con un papelito numerado que nadie llama.
Pobre Palestina, entonces. No porque sea inocente en el sentido infantil que le quieren dar los buenos. Ningún pueblo lo es. Pobre porque está atrapada entre quienes la usan para justificar un genocidio y quienes la usan para justificar otro.
Y mientras tanto, la bandera sigue ahí. Con sus colores que no son de un partido: el negro del luto, el blanco de la piedra, el verde de los olivos, el rojo de la sangre que, desgraciadamente, siempre es roja de los dos lados.
Pero sobre todo, pobre.
