Por qué escribo. Por Claudia Patricia Arbeláez Henao

Por qué escribo. Por Claudia Patricia Arbeláez Henao

Siempre he querido escribir sobre todo aquello que hace que garabatee entre historias, contarle al mundo lo que me impulsa a poner el corazón sobre una hoja de papel, las razones por las que me embarco en este viaje sin regreso.

– Si me preguntas ¿por qué escribo? te diré:

Si llego a la vejez, seguro ella me desvestirá de recuerdos, tal vez pierda la lucidez y los años quizá se lleven los colores de mis primeros pasos, por eso me escribo; al leerme entre líneas a pesar de la memoria que se desgasta con los años, tendré paz al repasar los días, las canciones que bebía y la  certeza de haber vivido lo suficiente.

Escribo para no olvidar quién soy, quién fui, de dónde vengo y en qué cosas he puesto el alma, para no olvidarme de mí; a través de la palabra logro desenredarme, puedo corregir lo que desde mi sinrazón nace o dejarlo así después de convencerme de que lo hecho no tenía otra forma.

En este acto íntimo, ni el silencio más eterno puede coartarme, digo lo que pienso y desangro mis pensamientos entre dulces metáforas, ellas nunca hablan, esperan ser descubiertas y acariciadas, seguiré oculta mientras alguien pueda verme en ellas sin condenarme.

Escribo antes y después de la muerte, juego con versos, los hago bailar, los elevo, los visto con ropas ajenas y desvisto; los hago míos, los presto, los pongo en otras bocas y alimento.

A través de la letra sueño, me libero, trazo mis luchas, hago predicciones acerca de mi futuro, modifico mis tiempos, los lugares que piso; conjugo los verbos que más amo en los tiempos que me poseen, aunque no sea el día, puedo habitar otros cuerpos, hago realidad fantasías a mi amaño; recreo mis días minuto a minuto y me renombro siempre que quiero, remolineo entre vientos, me hago sur, norte y otras veces borrasca.

Tejo palabras por necesidad y pasión, puedo transformar las tardes, vivir las noches entre claras y oscuras; lo hago por confrontación, castigo, reconciliación y regocijo; por el simple deseo de deslizarme entre líneas, me adentro en esos mundos desconocidos que me habitan y afloran en mi interior.

Escribir es una de esas estrategias para recordar de una forma diferente, haciendo conciencia de cada color, motivo y textura mientras enfrentamos la existencia y la hacemos un poco reflexiva; escribir es la puerta que nunca se cierra.

Con las palabras que pinto me consuelo, me maquillo, elijo mis trajes, una sonrisa para cada día, para ocultar mis penas, mis dolores, desequilibrios y terquedades; la palabra me absuelve en la medida en que peco. Camino en medio de letras por osadía y afán, por miedo y con la ilusión de que en ellas soy yo. Puedo gritar mis odios, ira y frustración y no habrá quien me castigue  porque yo puedo poner punto donde hay un final y si veo llegar a alguien a detener mi canto, a mordisquear mis palabras y asesinar mis versos, no habrá tragedia que contar, porque ya se ha escrito y sólo el tiempo puede borrar lo que queda trazado en el papel.

Escribo para acercarme al universo y entender lo que pasa, esas cosas que nunca me explicaron; para ser, estar, aclarar el pensamiento o revolucionar el corazón dispuesto a la guerra. Suelo escribir para sostenerme en mi razón y no perder la cordura o perderla y que la razón no me esclavice, lo hago amarrando mis impulsos a letras y versos, lo hago también para arder y hacerme ave; en definitiva, escribo cada día con un aliento diferente, para volar o enraizarme, a veces sólo ato letras tratando de cristalizar mis sueños,

aunque no toquen la realidad; así los quiero. Cuando escribo creo castillos, en ellos encierro mis demonios, descifro acertijos, abro las habitaciones que deseo y allí me escondo, salgo al jardín y riego las flores, me desbordo, deliro en azules, me disperso y pierdo el horizonte que otras veces encuentro; puedo reinventar el mundo a mi manera, soltarme en la playa, disparatarme, vestirme de flor y de promesa, hacerme volcán o río, extender mi mente, parir nuevos desafíos sin más pretensiones que las de soñar y anclarme sólo a la luz de mis eternidades.

Puedo decir y desdecir, bendecir el día y las noches de luna, puedo mostrar la luz que se alborota en mis entrañas; me hago ceniza, lienzo, montaña y a veces hoguera.

Cuando me elevo entre renglones sólo me comprometo con mi alma, no hay justificaciones para nadie, los argumentos sobran; hago consciente lo que en mi vigilia no puedo comprender, ordeno mis ideas o las desordeno sino están a mi amaño, aunque el corazón siga inquieto.

Tomado de Las palabras y yo

Claudia Patricia Arbeláez Henao

Antioquia – Colombia 

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