A veces no se sabe porque pasan ciertas cosas. Después de publicar “Flores plebeyas” no volví a escribir un solo poema.
Pero la convocatoria de Rita Frank para hacer una antología del “Espacio Alquimia” hizo que escribiera uno que se llama justamente “Alquimia”. Le pedí permiso para ponerle ese nombre.
Cuando me dijo que había que enviar dos hice otro que se llama “Primaveras”. Puede que me haya apurado en enviárselos antes de saber si me salía uno mejor, pero los hice pensando en la propuesta.
El primero empecé a hacerlo mientras mi hija cursaba clase de piano en el Conservatorio de Música Julián Aguirre en Banfield y el segundo entre la noche de ayer y esta mañana. Mientras veía a River contra Monterrey de México en el Mundial de Clubes y después escuchaba a Catriel y Paco Amoroso. Que a decir verdad no los habría conocido si no hubieran ganado los “Premios Gardel” y me parecen buenísimos.
Siempre estoy en busca de nuevas formas en la literatura, en los festivales y en la música y todo lo que pueda ampliar mi bagaje cultural ayuda.
Lo novedoso es que volví a escribir poesía. Siempre reniego del género. Tal vez porque me sale más fácil y yo quiero ser cronista. Quizás por mi formación en periodismo y comunicación social. De hecho, cuando me preguntan que soy digo cronista no poeta. Pero que alguien quiera ser una cosa no significa que lo sea. Y la poesía me llevó a organizar los festivales y es donde transmito mejor lo que me pasa y mi existencia.
A lo mejor porque les pongo el cuerpo cuando salen. Como si la cabeza por un tiempo se durmiera. Y sueño con ser Lezama Lima, Martí, Perlongher, Borges, Benedetti, Neruda, Asunción Silva, Pizarnik. Mistral, Orozco o Lemebel en la escritura. Y me olvido de Kipling, Nalé Roxlo, Onetti y Blasco Ibañez y recuerdo a Castillo y a García Lorca. Y me acuerdo de Arlt, de Pessoa, de Cortázar, de García Márquez y Darío. Y compro libros nuevos de Han Kang, de Zamba y de Baigorria. Y también de Monsivais, de Viel Témperley, de Aira y de Bolaño para ampliar mi biblioteca. Y no sé para que tengo de Vargas Llosa, de Carver, de Mujica Lainez y de Quiroga, si evito siempre leerlos. Y soy consciente que me faltan libros escritos por mujeres. Y ya no leo a Foucault, a Marx, a Gramsi, a Althusser, a Weber, a De Certeau, a Lyotard o a Bataille. Y ando buscando de Sbarra, de Lamborghini o de poesía china.
Todos los que escribimos buscamos algo. ¿Qué nos reconozcan? No. ¿Ser famosos? Menos. ¿Qué nos quieran? Tal vez. ¿Ganar plata? Cómo se les ocurre. ¿Qué nos lean? Pocos lo hacen. ¿Qué nos conozcan? Puede ser. ¿Qué nos de satisfacción? Seguro. El problema es que con las redes sociales somos más conocidos nosotros que nuestras historias.
Y todos tenemos una historia digna de contar. Más no sea en un posteo, en un libro, en una charla de café, en un whatsapp o en un mensaje de texto. De esos que esperas que te manden, justo cuando estás escribiendo.
Escribí 5 libros y no sé si tengo algo más para decir. Cambié de género creyendo cambiar algo. Hice cuentos en “Recovecos”, ensayo sobre la obra de Pedro Lemebel y teoría sobre la crónica en “Toda la voz de América en mi piel”, poesía en “Amores truncos”, crónica en “Sin ojos que los miren”, de nuevo poesía en “Flores plebeyas” y hago y dejo sin terminar “Pepo” sobre crónicas de rock, “Los otros días” un intento de novela y “Flores plebeyas 2” o lo que la poesía quiera que se llame o pueda.
Como cuando hago los festivales de poesía y se llenan de gente y a mí me gusta eso. Me gusta escribir, me gusta convocar, me gusta organizar, me gusta difundir, me gusta sentir, aunque nos duela.
Siempre digo que lo que hago es juntar gente. Gente que le gusta la poesía. Y sin querer queriendo reúno parecidos en busca de otra sensibilidad diferente a la oficial. Sin gorra, ni mandatos, ni prejuicios, ni prepotencia, ni egoísmo, ni armas, ni propiedades, ni peleas.
La cita es el segundo y último sábado de cada mes en el Jardín Botánico de Buenos Aires, a las 15 horas. Donde está la casona principal, a la vuelta.
