Vivíamos en Berlín durante la Guerra Fría. La televisión nos recordaba lo perdedores que éramos y lo lejos que estábamos de nuestro país. Aprender alemán nos daba pereza. Éramos demasiado jóvenes para vivir esa época. Nos alimentábamos mal, dormíamos peor.
Alquilamos una habitación oscura a las afueras de la ciudad. Tocábamos en los parques; las limosnas nos alcanzaban para el alcohol, que nos ayudaba a no entender un idioma que cada día se volvía más nítido y terrorífico.
Ella me miraba borracha, me suplicaba con los ojos que nos marcháramos de allí. Y yo, tan analfabeto en complacer. Quería seguir tocando cada día en los parques grises, viendo a la gente observarnos con desdén.
Cantábamos en español y apenas reconocíamos nuestra propia lengua.
La guerra duró varios años más. Un día, la televisión anunció que había terminado, meses después, todo seguía igual de frío.
Ella dejó de suplicar con los ojos; solo bebía hasta caer sin conciencia en la cama. Yo la abrazaba fuerte, para poder llorar en todos los idiomas que aún ignoraba.
