“Pintar es, para mí, un acto tan esencial como respirar”

“Pintar es, para mí, un acto tan esencial como respirar”

Entrevista a Fabrizia Braga Navarro, pintora, artista visual y muralista chivilcoyana. Por Juan Botana.

¿Qué significa pintar para vos?

Pintar es, para mí, un acto tan esencial como respirar. No concibo mi existencia sin dibujar, crear o habitar el gesto pictórico. La pintura es mi alimento primario.

Según cuenta mi madre, desde los dos años los lápices capturaron mi atención de forma definitiva. Ese impulso temprano no fue azaroso: provengo de una raíz profundamente artística. Mi bisabuelo y mi abuelo fundaron en Chivilcoy la primera sala teatral, “La Agrupación Artística”. A partir de ese origen, y más de ciento cincuenta años después, la ciudad fue declarada Capital Provincial del Teatro en la Argentina.

Las generaciones siguientes continuaron esa vocación. Mis tíos sostuvieron y expandieron ese legado, primero dentro de aquella agrupación y luego con la creación del Teatro “El Chasqui”, orientado a una expresión más social y comprometida. Escenarios, fotografía, escultura y pintura convivieron en ese ámbito, modelando una herencia que persiste. Es en ese linaje donde me reconozco. Mi mayor legado es mi familia.

Pintar es, para mí, un acto tan esencial como respirar. No concibo mi existencia sin dibujar, crear o habitar el gesto pictórico. La pintura es mi alimento primario.

¿Cómo garantizamos que una persona con alguna discapacidad no se sienta excluida?

Garantizar que una persona con discapacidad no se sienta excluida no es una cuestión de adaptación tardía, sino de concepción. El punto de partida es asumir que la diversidad no es una excepción, sino la condición natural de cualquier comunidad. Desde esa premisa, cada decisión : estética, técnica y espacial, se construye con la inclusión como eje estructural, no como agregado.

En la práctica mural, esto implica diseñar obras que puedan ser experimentadas desde múltiples formas de percepción. No se trata únicamente de lo visual. Incorporo relieves, texturas, variaciones de materialidad que habiliten una lectura táctil. El color no es decorativo: es lenguaje. Trabajo con contrastes claros para facilitar la percepción a personas con baja visión, evitando depender exclusivamente de sutilezas cromáticas que excluyen. La escala también es una herramienta: figuras legibles a distintas distancias, composiciones que no exijan un único punto de vista “correcto”.

El espacio donde se emplaza la obra es tan importante como la obra misma. La accesibilidad física no es negociable: recorridos sin obstáculos, alturas adecuadas, zonas de aproximación para sillas de ruedas, iluminación pensada para no generar sombras que distorsionen la lectura. Un mural inaccesible contradice su propia razón de ser.

Pero la inclusión no se resuelve solo en lo material. Hay una dimensión simbólica que define quién se siente parte y quién no. La representación importa. No desde el lugar de la condescendencia ni del estereotipo, sino desde la presencia real, digna y activa de cuerpos diversos, historias diversas, modos diversos de habitar el mundo. Cuando alguien se reconoce en una obra sin ser reducido a su condición, deja de ser espectador externo y pasa a ser sujeto.

El proceso es determinante. No trabajo “para” las personas con discapacidad, sino “con” ellas. La participación directa transforma la obra en un espacio de construcción colectiva. Escuchar experiencias concretas, incorporar miradas que no son propias, ceder control cuando es necesario. La inclusión genuina exige desplazar el ego autoral y entender el mural como territorio compartido.

También hay un trabajo de mediación. Señaléticas accesibles, textos en lectura fácil, incorporación de sistemas como braille o códigos auditivos cuando el contexto lo permite. La obra no termina en la imagen: se expande en las herramientas que facilitan su acceso.

Finalmente, la garantía no es absoluta ni se declara; se verifica en la experiencia concreta de quienes interactúan con la obra. Si alguien queda afuera, hay una falla de origen. Por eso el enfoque es dinámico: revisar, corregir, aprender. La inclusión no es un logro estático, es una práctica sostenida.

Desde mi recorrido como muralista, entiendo que incluir no es sumar, es transformar el modo en que concebimos el arte y el espacio público. Cuando eso sucede, la pregunta deja de ser cómo evitar la exclusión, y pasa a ser cómo profundizar una pertenencia real y activa de todos los cuerpos en la escena.

La diversidad no es una excepción, sino la condición natural de cualquier comunidad.

¿Cómo fue tu experiencia de estudio en El Rojas?

Mi formación en caricatura y humor gráfico en el Centro Cultural Rojas no hizo más que profundizar y ordenar una intuición que ya estaba presente desde la infancia. Aquellos primeros trazos en la escuela primaria, donde retrataba a compañeros, maestras y profesores con una mirada aguda y lúdica, encontraron allí un marco conceptual y técnico que les dio mayor precisión, intención y potencia expresiva.

Ese aprendizaje no quedó circunscripto al ámbito académico, sino que se proyectó directamente en mi práctica mural. Incorporé el lenguaje de la caricatura como recurso narrativo dentro de mis obras, utilizándolo para acentuar gestos, tensionar lo real y lo simbólico, y generar una conexión inmediata con el espectador. El humor, lejos de ser un elemento superficial, se transformó en una herramienta crítica y sensible, capaz de abordar lo social desde una perspectiva accesible y, a la vez, profunda.

La experiencia fue especialmente valiosa por el intercambio con colegas y maestros del género. Ese diálogo constante, atravesado por miradas diversas, enriqueció mi proceso creativo y consolidó una forma de trabajo donde la observación, la síntesis y la expresión se articulan con mayor conciencia. En ese cruce entre formación e instinto, mi lenguaje encontró una identidad más definida.

Mi formación en caricatura y humor gráfico en el Centro Cultural Rojas no hizo más que profundizar y ordenar una intuición que ya estaba presente desde la infancia.

¿De qué se trata Encuentro por las Artes?

El grupo cultural “Encuentro por las Artes” surge en diciembre de 1994 por iniciativa del artista plástico y autor local Mauricio Sotelo, quien convocó a pintores, fotógrafos, poetas, escritores y personas vinculadas a la vida cultural de Chivilcoy. Desde sus inicios, el colectivo desarrolló una actividad sostenida, organizando exposiciones colectivas, charlas, conferencias, talleres y diversos encuentros artísticos.

El 7 de abril de 2000 se inauguró su sede en la calle Pueyrredón 78, en un espacio cedido por el Consejo Escolar de la ciudad. En esa etapa inicial, la dirección estuvo a cargo de la artista plástica y docente María Ester Marangoni de Posik (1942–2013), cuya labor resultó fundamental para el crecimiento y consolidación de la institución.

A lo largo de más de dos décadas, el Centro Cultural “Encuentro por las Artes” ha construido una trayectoria sólida y diversa, con innumerables exposiciones individuales y colectivas, presentaciones de libros, talleres, espectáculos musicales y actividades culturales de distinta índole.

En la actualidad, funciona como una Asociación Civil sin fines de lucro, consolidada como un espacio de referencia para el desarrollo y la difusión de eventos culturales en la ciudad.
Actualmente estoy exponiendo mi última serie de obras pictóricas “Habitantes del delirio” Óleos, hasta fines de Abril 2026 .

A lo largo de más de dos décadas, el Centro Cultural “Encuentro por las Artes” ha construido una trayectoria sólida y diversa, con innumerables exposiciones individuales y colectivas, presentaciones de libros, talleres, espectáculos musicales y actividades culturales de distinta índole.

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