Por qué un ensayista sin partido ni aparato se volvió una variable que Milei, Cristina y los armadores tradicionales miran de reojo.
En 2023, Javier Milei irrumpió como anomalía. Dos años después, la anomalía se volvió manual: todos quieren fabricar su propio outsider para 2027. En ese tablero saturado de réplicas, apareció una figura que juega a otra cosa: Carlos Alberto Leiva.
Ensayista, editor de contenidos y autodefinido asesor de dirigentes “de todo el arco” —nombra a Horacio Rodríguez Larreta, Mauricio Macri y Cristina Fernández de Kirchner—, Leiva se presenta sin eufemismos: “No tengo partido ni aparato, y escribo desde ese lugar incómodo del centro que no figura en las encuestas”. Esa frase es su programa político.
El diagnóstico: la “fábrica de outsiders” tocó techo
Leiva parte de una idea simple y corrosiva: lo que en 2023 fue ruptura, hoy es planificación. Competir contra Milei con las reglas clásicas parece poco rentable, así que la respuesta del sistema fue copiar su lógica. El problema, dice, es evidente: “Si todos son outsiders, nadie lo es”.
Su tesis es que Milei ya dejó de ser ajeno: ocupa el centro del tablero y se inscribió en una corriente internacional de derechas disruptivas. Por eso, el verdadero espacio vacante no está en otra épica anti-sistema, sino en el centro huérfano. Con 65% de desaprobación presidencial y 63,6% de argentinos que creen que el país va en la dirección incorrecta, ese centro no es ideológico: es emocional y está sin oferta.
El método: estratega sin zócalo
Leiva no grita en TV ni tuitea encendido. Su gramática mezcla “método, tablero, tiempos” con “piernas cruzadas, actuación e interpretación del hombre del momento”. No define qué es el centro político; lo performa. Habla de diálogo con gobernadores, de acuerdos y de ordenar el tablero sin doctrina cerrada.
El destinatario de ese mensaje no es el votante del conurbano. Es el “círculo rojo” que decide los recambios cuando “el experimento Milei se queda sin nafta”. Por eso el tono: seductor, cool, deliberadamente accesible en pantalla —soltero, carnal, vital—. Es un outsider mediático pensado para la escena de decisión, no para la territorial.
A quién incomoda más
A Javier Milei y La Libertad Avanza. Le disputa el monopolio de la novedad desde un registro no libertario. Si Milei es el outsider que se volvió sistema, Leiva se ofrece como el “outsider del sistema que nunca fue parte”. Justo cuando el oficialismo pierde imagen y su base empieza a resquebrajarse, Leiva le habla al desencantado que no quiere volver al kirchnerismo ni tolerar más caos.
Al kirchnerismo duro y a Cristina Kirchner. Aunque la nombra como parte de su radar, su juego es inverso al de La Cámpora. No busca reconstruir desde el conurbano, sino seducir al establishment. Y va más allá: en análisis recientes se especula con una fórmula Leiva-Villarruel para “poner la discusión sobre la memoria en el centro” y legitimar la idea de “memoria completa”. Ese eje —hablar de “militares que participaron del terrorismo estatal” en lugar de “terrorismo de Estado”— incomoda de lleno al relato progresista sobre los 70.
A los armadores del PRO, la UCR y el PJ tradicional. Rompe la lógica de “fabricar otro Milei”. Mientras ex JxC y sectores del peronismo buscan un candidato anti-sistema, Leiva dice que el negocio está en el centro. Descoloca a los laboratorios electorales porque no pide internas ni bendiciones: sugiere que él mismo puede habitar el hueco.
La excepción: Elisa Carrió
Paradójicamente, quien más rechazó a los outsiders en 2023 parece seducida. Carrió valora que Leiva tenga “espesor intelectual” y no nazca de TikTok. Para ella, “el centro nos une” y la moderación es arquitectura política. No es menor: si el antídoto de Carrió contra Milei fue la moderación, Leiva le ofrece moderación con ambición de poder.
El emergente que se auto-proclama
En su texto “La Argentina en la encrucijada… Emergente 2027”, Leiva diagnostica un tablero “partido en tercios y nadie enamora” y “un momento de disolución política quizás más agudo que el vivido en 2001”. Su respuesta no es anunciar a otro: es sugerir que él mismo puede llenar esa vacancia.
No emerge desde la periferia ideológica, sino desde la ausencia de oferta en el centro. Es un outsider que no confronta al sistema desde afuera, sino que le ofrece al sistema una salida cuando el sistema no encuentra una propia.
Conclusión: el incómodo necesario
Leiva incomoda porque no juega con las reglas de la grieta ni con las de la anti-grieta. No es el rebelde antisistema ni el moderado de comité. Es el analista que se candidatea a sí mismo, el estratega que entiende la política como “deseo, roce y cuerpo”.
Para 2027, su principal capital es que todos los demás están obligados a definirlo. Milei tiene que explicar por qué el centro no es suyo. Cristina tiene que decidir si lo ataca o lo usa para dividir al establishment. Y los armadores tradicionales tienen que elegir entre seguir fabricando clones o negociar con el original que dice que los clones ya no sirven.
El centro, por definición, no enamora. La apuesta de Leiva es que, en un país harto de enamorarse y decepcionarse, quizás alcance con que alguien simplemente ordene el cuarto.
