El arco. Por Ana María Figueira

El arco. Por Ana María Figueira

Nadie lo entrevistó jamás.
Cuando terminaba el partido, los periodistas corrían detrás del goleador, del arquero que había atajado un penal o del técnico que hablaba de estrategia. Nadie se acercaba al arco.
Y, sin embargo, era el único que había permanecido en su lugar desde el primer minuto hasta el último.
Conocía el miedo de las pelotas que venían desde lejos y la furia de las que llegaban como disparos. Sabía distinguir un remate lleno de esperanza de otro nacido de la desesperación. Había aprendido que un cabezazo tiene un sonido distinto al de un zurdazo cruzado y que las lágrimas pesan igual, sean de victoria o de derrota.
Aquella tarde el estadio estaba lleno.
El arco sintió el rumor de cuarenta mil personas atravesándole la red como si el viento hubiera aprendido a gritar.

—Hoy va a pasar algo —pensó.
El partido comenzó.
Los delanteros se acercaban una y otra vez. El arquero se apoyaba en uno de sus postes como quien busca el respaldo de un viejo amigo. Sin saberlo, le confiaba el equilibrio de todo un equipo.
El primer remate pasó rozando el travesaño.
El arco tembló.
No de miedo.
De alivio.
Después llegó otro disparo. El palo derecho respondió con un golpe seco y devolvió la pelota al campo. La multitud rugió como un animal gigantesco.

—Gracias —susurró el arquero, acariciando el poste.
Nadie oyó la respuesta.
Los minutos siguieron cayendo sobre el césped.
El arco observaba cómo el tiempo cambiaba de camiseta. A veces atacaban los de azul. A veces los de rojo. Para él daba igual. Los dos perseguían el mismo sueño: atravesarlo.
Comprendió entonces que ése era su destino.
Había nacido para ser vencido.
No existía un arco invencible. Todos terminaban abrazando alguna pelota. Algunos antes. Otros después. Pero ninguno escapaba a ese abrazo inevitable.
Faltaban segundos.
Empate.
Entonces apareció un delantero casi desconocido. Venía cansado, rengueando apenas, como si hubiera recorrido toda su vida para llegar hasta allí.
Le pegó a la pelota con más fe que fuerza.
El balón avanzó lentamente.
El arquero voló.
Los defensores cerraron los ojos.
El estadio dejó de respirar.
La pelota besó el ángulo y entró.
La red se infló como si hubiera tomado aire por primera vez.
El arco sintió el impacto.
No fue un golpe.
Fue una revelación.
Comprendió que los goles no eran heridas.
Eran palabras.
Cada pelota que lo atravesaba escribía una historia distinta. Algunas hablaban de revancha. Otras de infancia. Otras de un padre abrazando a un hijo en la tribuna, de una promesa cumplida, de un barrio entero festejando frente a un televisor.
Cuando el árbitro marcó el final, todos corrieron hacia el héroe del partido.
El arco quedó solo otra vez.
La noche empezó a vaciar el estadio.
Un empleado retiró las banderas, otro apagó las luces y el silencio regresó lentamente.
Antes de que la oscuridad lo cubriera por completo, el arco sonrió para sí:

Ahora vuelvo a esperar.
Tal vez mañana me despierten los gritos de un estadio repleto.
Tal vez solo me encuentre un chico que arrastre dos mochilas hasta un baldío para marcar mis límites.
No importa.
Yo seré el mismo.
Siempre hay alguien dispuesto a correr hacia mí creyendo que un gol puede cambiar su vida.
Y, a veces, tiene razón.
Los hombres hablan de goles inolvidables.
Discuten cuál fue el más hermoso, el más difícil, el más importante.
Se equivocan.
Hace mucho que dejé de contar los goles.
Son demasiados.
Con los años comprendí que todos terminan pareciéndose.
Lo que jamás olvido es otra cosa.
Recuerdo el instante anterior.
Ese momento diminuto en que el tiempo deja de respirar.
Cuando un niño, una mujer, un veterano, un desconocido o un campeón levantan la cabeza y me miran por última vez antes de patear.
En sus ojos nunca veo una pelota.
Veo un padre que ya no está.
Un barrio entero empujando desde una tribuna.
Una promesa hecha en silencio.
Una infancia.
Un regreso.
Un amor.
Una despedida.
Todo eso viaja hacia mí mucho antes que la pelota.
Y aunque el remate salga desviado…
Aunque pegue en el palo…
Aunque el arquero la detenga…
Ese sueño ya existió.
Nadie podrá quitárselo.
Ése es el secreto que he guardado durante toda mi vida.
Yo no custodio goles.
Custodio el último segundo en que un ser humano se atreve a creer que lo imposible puede suceder.
Por eso sigo aquí.
Esperando.
Porque mientras alguien corra hacia mí con un sueño en los ojos, el partido todavía no habrá terminado.

Ana María Figueira.
IG amfigueira.figueira
[email protected]

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