Desde que lo conocí, nunca dejé de jugar con Cortázar.
En los inicios, como lectora, salté hasta los cielos de su rayuela. Atrapé conejitos y los guardé en una galera. Subí, bajé escaleras al derecho y al revés.
Abrí puertas de casas de infancia, casas habitadas por tías ocupadas en dar cuerda a viejos relojes que se negaban a marcar la hora exacta. Me bañé con jabones tan babosos como moluscos y visité a los cronopios viajando por la autopista del sur.
Conocí a Lucas en mis juegos eróticos, allá en las tierras mendocinas. Su familia y sus amistades engañosas. Lo cuidé en sus estadías en hospitales, hasta su recuperación.
Ring… ringtone… sus gatos maullaban en mi teléfono, yo siempre atendí.Con voz profunda y extraña, me hablaba en inglés y francés. Era incomprensible, pero desahuciada, me dejé llevar hasta el amor que me hizo escritora.
Andaba sin buscarlo, pero me desbordó el alma. Todos sus juegos comenzaron a ser mis fuegos. Entre sonrisas, guiños, ironías y sorpresas sorpresivas, conocí el extrañamiento. Por extrañarlo cuando no lo leía, por reconocer ese diálogo entre lo habitual que veía y lo habitual que comencé a ver, a reconocer.
Vi mis lágrimas que caían redondas, gorditas y ¡paf! se aplastaban en mi papel. Un motociclista las recogía y las llevaba a luchar una guerra florida, allá en mi viejo barrio de adoquines encajados como piezas de un tablero de ajedrez. Nuestro barrio.
Tal vez dormí, tal vez me dejé llevar por el nosotros, hasta llegar al nosotros mismos.
Tal vez, me desperté viendo cómo lentas botellas llegaban flotando a mis nuevos mares.
Solo las fui a recoger.
Ana María Figueira.
IG amfigueira.figueira
