Isla. Por Ana María Figueira

Isla. Por Ana María Figueira

Cuando Julián volvió de Malvinas, no volvió solo.

Los que esperaban en la estación de colectivos, lo vieron descender con el paso torpe, los ojos hundidos en un horizonte invisible, y a su lado, como una sombra fiel, un perro flaco, desgreñado, que olía a humo, a barro y a sal.

No fue un regreso con músicas ni banderas. Era un regreso de cenizas, de palabras que no cabían en la boca. Los vecinos lo rodeaban en silencio, su madre lo abrazó con una fuerza que parecía querer retenerlo allí para siempre, como si temiera que se le deshiciera entre los brazos. El perro observaba con los ojos pardos, serenos, y en esa mirada había algo antiguo, como si hubiera atravesado siglos para llegar hasta esa plaza de tierra.

—¿Y ese animal? —preguntó alguien, con la curiosidad mezclada de extrañeza.

Julián, sin soltarlo de la correa improvisada, murmuró:

—Es de allá. De las islas.

Nadie preguntó más.

El perro había aparecido en la segunda semana de combate. Una noche de viento y lluvia, cuando el barro trepaba hasta las rodillas y las balas zumbaban como moscas de acero. Julián lo encontró tiritando en la trinchera, mojado hasta los huesos, con las costillas a la vista. Había algo en la obstinación con que se acercó, en medio de la tormenta, que lo conmovió más que el miedo. Lo dejó quedarse.

Desde entonces compartieron las sobras de pan, los restos de carne enlatada, y sobre todo el calor de la compañía. En el silencio helado de la noche, cuando el eco de los bombardeos no dejaba dormir, el combatiente apoyaba la mano sobre el lomo tibio del animal y recordaba que aún existía algo vivo que respiraba junto a él.

Al perro lo bautizó “Isla”, aunque nunca lo llamaba en voz alta. Era apenas un murmullo, un nombre secreto para conjurar la soledad.

De vuelta en su pueblo, Isla se acostumbró pronto a la vida doméstica. Se echaba al sol en el patio, bajo la sombra del limonero. Había en él una calma vigilante, como si todavía estuviera atento al silbido de una bala perdida. Cuando el hombre despertaba agitado, empapado en sudor por las pesadillas, Isla apoyaba suavemente el hocico sobre su mano y lo traía de regreso al presente.

Los vecinos comenzaron a llamarlo “el de las islas”. Al verlo pasar muchos bajaban la mirada, como si ese animal les recordara una herida que preferían no mirar de frente.

Julián trabajaba en la carpintería de un primo. Con las manos curtidas, encontraba en la madera una especie de refugio. Cortar, lijar, unir: era un modo de recomponer lo que la guerra había roto. Por las tardes caminaba hasta la orilla del río. Isla lo seguía siempre, ladrando a las gaviotas, como si en cada vuelo reconociera la silueta de aquellas aves australes que alguna vez habían sobrevolado las trincheras.

El tiempo pasó. Los recuerdos de Malvinas no se borraban, pero se volvían como piedras en el fondo del río: invisibles desde la orilla, aunque siempre presentes. Julián hablaba poco de la guerra. Cuando lo hacía, era en voz baja, casi en susurro, como si temiera despertar fantasmas. Isla lo escuchaba acostado, con los ojos entrecerrados, respirando lento, como si también recordara.

Una tarde de invierno, Julián, ya con las sienes plateadas, se sentó bajo el limonero y miró a su compañero de tantos años. Isla dormitaba, viejo, cansado, con el hocico blanqueado por el tiempo. Sintió que se acercaba una despedida.

La mañana en que el perro murió, el pueblo entero pareció más silencioso. Julián lo enterró al pie del limonero, con sus propias manos. No hubo palabras ni coronas, solo la tierra cubriéndolo despacio, y el sol tibio de julio que iluminaba el patio.

Esa noche, Julián miró la luna, redonda y fría, y pensó que una parte de Malvinas se había quedado para siempre en su casa. Porque Isla no era solo un perro: era la memoria viva de aquellos días de barro, de miedo y de fraternidad en medio de la guerra.

Y aunque el mar de sus ojos no se secó nunca, desde entonces las olas golpearon con menos furia. Isla le había enseñado a sobrevivir.

Julián comprendió, en silencio, que a veces la patria se encuentra en un gesto tan simple como el calor de un fiel compañero que nos ilumina en la oscuridad.

Ana María Figueira

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