Para que pueda ser, he de ser otro.
Para salir de mi, buscarme entre los otros.
Octavio Paz
La primera señal apareció en Recondo, aunque nadie pudo precisar exactamente cuándo.
Fue en la biblioteca.
La directora llevaba años intentando conseguir presupuesto para reparar una gotera que, cada invierno, convertía una de las mesas de lectura en una pequeña laguna. Había enviado notas, cartas, formularios, solicitudes, reclamos y hasta una fotografía en la que se veía claramente el agua cayendo sobre un ejemplar de “Cien años de los otros”
Nunca obtuvo respuesta.
Pero aquella mañana recibió un subsidio.
No para arreglar la gotera.
Para organizar una jornada sobre la importancia de la biblioteca.
La directora leyó tres veces la resolución.
—Bueno —dijo finalmente—. Por algo se empieza.
La jornada se realizó un jueves.
“ LA IMPORTANCIA DE MIRAR LA BIBLIOTECA”
Hablaron de la biblioteca durante cinco horas.
Hablaron de su historia, de su patrimonio, de su identidad, de su compromiso, de su trayectoria y de su futuro.
No se mencionó la gotera.
Cuando terminó el acto, seguía lloviendo. El agua caía sobre la mesa. El libro naufragaba.
Nadie pareció verla.
Dos días después, el club del barrio anunció una conferencia titulada:
“EL CLUB Y NOSOTROS: CUARENTA AÑOS MIRÁNDONOS”
La frase gustó. Especialmente la segunda parte.
Después vino la escuela. Después el centro cultural. Después el museo.
Después la sociedad de fomento. Después…
Todos descubrieron que tenían una historia que contar. Todos querían contarla.
Nadie quería escuchar la de los otros.
En las reuniones se empezó a producir un fenómeno curioso: cuando alguien hablaba, los demás esperaban.
No para escuchar. Esperaban para hablar de sí mismos.
—A mí me pasó algo parecido…
—En mi institución…
—En mi caso…
—Yo una vez…
—Nosotros, como organización…
La palabra nosotros comenzó a usarse para decir yo.
Fue una transformación lenta. Casi elegante.
Nadie protestó.
La primera persona que notó algo raro fue Marta, la mujer que limpiaba el museo.
Estaba pasando un trapo por una vitrina cuando vio su reflejo en el vidrio.
Se quedó quieta. Había algo diferente en su cuerpo. Se levantó el delantal.
El ombligo sobresalía. No mucho. Apenas unos centímetros.
Marta lo tocó. No le dolía. Pensó que era una inflamación.
Al día siguiente, su compañera también lo tenía.
A la semana, todo el personal del museo.
A los quince días, medio barrio.
Los médicos dijeron que no había que preocuparse.
Los médicos también tenían ombligos grandes.
—Es una reacción —dijo uno.
—¿A qué?
El médico se encogió de hombros.
—A estos tiempos.
La explicación tranquilizó a todos.
Los tiempos, después de todo, tenían la culpa de muchas cosas.
Los ombligos siguieron creciendo.
La municipalidad creó una comisión. La comisión se reunió durante tres meses.
El acta de la primera reunión ocupó treinta y siete páginas.
La segunda reunión duró seis horas.
La tercera fue suspendida porque los integrantes discutieron sobre quién debía presidir la Comisión para el Estudio Integral del Ombligo Local.
Finalmente se resolvió crear dos comisiones.
Una para estudiar el fenómeno.
Otra para estudiar por qué la primera comisión debía estudiarlo.
La ciudad siguió creciendo alrededor de ellas.
Los negocios comenzaron a vender ropa adaptada.
Una casa de modas lanzó una línea de camisas con abertura central.
Una peluquería ofreció depilación de ombligo.
Una empresa de seguros empezó a cubrir accidentes derivados del crecimiento umbilical.
El municipio instaló carteles:
CUIDEMOS NUESTRO CENTRO.
Nadie preguntó qué había alrededor.
Mientras tanto, las cosas comenzaron a desaparecer.
Primero fueron los árboles.
Después algunas calles.
Después los nombres.
Un martes, la gente dejó de recordar cómo se llamaba la plaza.
—La plaza.
—Sí, la plaza.
—La de siempre.
Nadie supo decir más.
Una mujer preguntó dónde quedaba la estación.
Le señalaron una dirección. Llegó a un terreno vacío.
Había quedado solamente un banco.
Se sentó. Esperó.
No pasó ningún tren.
Al día siguiente, el banco tampoco estaba.
La ciudad se fue quedando sin bordes.
Sin embargo, el centro permanecía.
Y crecía.
En la plaza levantaron una escultura.
Era un ombligo enorme de bronce.
La inauguración fue un acontecimiento.
Había funcionarios, periodistas, vecinos, representantes de instituciones, artistas, dirigentes, fotógrafos.
Uno de los funcionarios habló durante cuarenta minutos.
Dijo que aquel monumento representaba la identidad.
La pertenencia.
La memoria.
La comunidad.
La construcción colectiva.
Alguien preguntó qué había detrás de la escultura.
El funcionario se volvió hacia él.
—¿Detrás?
—Sí.
El hombre miró. No había nada. Ni casas. Ni comercios. Ni calles.
Solo una llanura gris.
—Bueno —dijo—. Eso lo veremos en otra etapa.
Y continuó con el discurso. Todos aplaudieron.
La mujer del museo no.
Marta estaba atrás. Había llegado caminando.
Miraba la ciudad. O lo que quedaba de ella.
Miró la escultura. Miró a la gente. Miró sus propios pies.
Después levantó la cabeza.
Fue un movimiento sencillo. Casi olvidado.
Arriba estaba el cielo. No el cielo de una postal.
El cielo verdadero. Con una nube atravesándolo lentamente.
Marta la siguió con los ojos.
Hacía años que no miraba una nube. Le pareció hermosa.
Entonces escuchó un ruido. Una especie de crujido.
Miró hacia abajo.
La enorme escultura de bronce comenzaba a abrirse.
Una grieta la atravesaba desde el centro.
Nadie se movió.
Todos seguían mirándose.
Marta tomó el balde. La escoba. Y empezó a caminar.
No sabía hacia dónde.
Pero por primera vez, la ciudad no estaba delante de ella.
Estaba detrás.
Y el cielo, en cambio, seguía creciendo.
